Antifrágil de Nassim Taleb

Hace un tiempo tuve una entrevista de trabajo algo desagradable. Después de mucho rato de tensión, la conclusión del entrevistador fue que lo que todos buscamos es estabilidad en la vida. Lo curioso era que el puesto (en el mismo momento me enteré) era de media jornada y mal pagado, pues todavía hay muchas ofertas que no facilitan este tipo de información y vas a ciegas. Pero además, ni corto ni perezoso, el hombre me dijo que en aquella empresa nadie se asentaba hasta como mínimo pasados los tres años y que lo normal era que te despidieran por periodos de unos meses y luego te volvieran a llamar varias veces a lo largo de todo ese tiempo. Algo así como una prueba de obstáculos de resistencia.

Pero eso no fue todo, claro, el rato no tuvo desperdicio. En un momento dado y después de tanta tensión, tuve que parar y preguntar dónde quería llegar. Me dijo que quería saber si yo era conflictivo porque la empresa tenía una serie de denuncias y no querían más. Acabáramos, si hubiera empezado por ese punto. Era lo que parecía, una de esas entrevistas en las que la persona cree que en la organización y en el puesto se vive mucha tensión que es necesario saber soportar y no todo el mundo vale. Un joyita vaya, pues pocas cosas más devastadoras existen que creerse que en tu lugar de trabajo se soporta mucha presión y comulgar con ello, llevarlo a gala y que sea parte de la identidad corporativa. Suele indicar una dependencia muy alta de unas pocas personalidades, mucha desorganización y baja calidad del trabajo. Normalmente reina la idea de “este trabajo consiste en aguantar el tirón”, esa gran asignatura que se imparte en los diferentes ciclos de educación de todas las sociedades del conocimiento.

Este episodio me ha venido a la cabeza leyendo “Antifrágil”, libro de Nassim Taleb. Entiendo perfectamente la forma de pensar del entrevistador por la que es mejor ser duro, ya que si te portas correctamente con la gente te lo pagarán mal, los halagos debilitan y cosas en esa linea. Cómo no entenderlo si es lo que hemos vivido en distintas organizaciones, muchos desde el colegio, toda nuestra vida. Pero Nassim propone una serie de conceptos sobre este tema y otros que merecen considerarse. La cuestión es que a los humanos y a sus organizaciones nos hace bien la tensión, el estrés, los ejercicios para fortalecernos. Pero como todo el mundo que hace deporte sabe, es tan importante el esfuerzo como el descanso, la mitad del rendimiento futuro está en los periodos de descanso. Nada hay tan negativo como la tensión constante, es mejor más intensidad intercalada con periodos de recuperación. Lo contrario es como la tortura de la gota malaya, ir dejando que una insignificante gota te caiga en la frente durante mucho tiempo hace que te vuelvas loco. Está claro que algunas personas podrían confundir esto con una reivindicación de los demonizados sindicatos relativa a más periodos de vacaciones o mejores horarios y aunque puede estar relacionado no es la idea. Trabajar intensamente en un proyecto, aprender del mismo, salir fortalecido, crear todo un nuevo mundo de posibilidades y nuevas relaciones, permitir la creatividad y el error y empezar proyectos de nuevo, estimular en definitiva capacidades humanas, no tiene nada que ver con trabajar poco ni con ser blando. Hablamos de modelos de gestión.

La idea que nos propone es que en determinadas situaciones orgánicas y complejas, lo mejor no es la dureza sino la antifragilidad. El libro -como decía- merece una lectura para profundizar en ese concepto, si bien él preferiría una crítica porque dice que quien se atreve a opinar contracorriente sale más fortalecido de estas últimas si es antifrágil. El caso es que por todos lados volvemos a la dureza, en política, en relaciones internacionales… no sólo en aquella organización. A duros y duras gusta llamar a cualquiera que no es agresivo, blandos, a veces buenistas; confunden ambos términos, lo confunden todo. La cuestión es que lo que es duro puede costar que se rompa (aunque al final casi siempre lo hace por desgaste) pero tampoco mejora. Así que no puedo dar la razón a mi entrevistador de entonces, los humanos no buscamos la estabilidad. No pasar hambre no entra dentro de la idea de estabilidad. Nos gustan los retos, cambiar, aprender, el estrés aunque no que este sea parte diaria de toda nuestra vida laboral. En cambio, se nos enseña a acomodarnos como objetivo de ciertos ambientes y sistemas, a que no seamos conflictivos y cuestionemos cadenas de poder, pero en el fondo no está en nuestra naturaleza perder masa y volvernos fofos mentales. El problema suele ser que nos acostumbramos tanto a aguantar lo que venga, a bajar la cabeza que ya no se nos puede pedir otra cosa, nos entrará el pánico. Esto nos lleva a ser muy frágiles, cualquier cambio puede rompernos. Y todavía a algo más inquietante, muchas organizaciones duras, expuestas a no mejorar, en el fondo necesitan basarse en plantillas frágiles.

Bueno, ya sabemos que existen organizaciones y personas para todo y a muchos les va bien así, total, sólo se vive una vez y mientras el chiringo aguante… Correcto, lo único que me preocupó es que aquel hombre se quedó convencido de que me interesaba.

Feliz Navidad y próspero Año Nuevo señor Montoro

La sentencia sobre las cláusulas suelo del Tribunal de Justicia de la Unión Europea es muy importante, pero el lenguaje nuevamente puede traicionarnos. Se habla de cómo afecta a los bancos y las cantidades que pueden tener que devolver, con lo que es posible olvidarse de, por ejemplo, las personas que perdieron su casa porque no podían pagar la hipoteca y que sí habrían podido si no hubieran tenido esa cláusula.

A estas personas no es que les venga mal que les devuelvan el dinero que no deberían haberles cobrado, la cuestión es que destrozaron sus vidas y eso ya no tiene remedio. Hubo también mucha gente que aunque no llegara a perder su casa sufrió para mantenerla y su vida está también destrozada; impagos de dos meses, por ejemplo, y pagar algo dos días antes de que acabara el tercero con dinero que pedían a familiares o amigos aun sabiendo que el siguiente mes la cosa sería aun peor. Eso te machaca, te quita salud, nadie puede negarlo.

Es sencillo empatizar con nuestros congéneres que padecieron y padecen estas situaciones. En un momento de esta infinita crisis -más de 10 años de nuestras vidas que se dice pronto- todo el que tenía trabajo e hipoteca empezó a pensar que de seguir así en algún momento no le llegaría el dinero. Cuando las hipotecas empezaron a bajar muchas personas pudieron pensar que, si mantenían el trabajo, podrían sobrevivir. Si lo miramos desde cierta perspectiva, tal vez esta circunstancia ayudó a que no se produjera un estallido social que tantos predecían. Toda esa gente a la que habían convencido de que era clase media y se lo creyó, que podía respirar de nuevo, no tomaría ya las calles y seguiría agazapada esperando que la cosa no empeorara de nuevo. Pero hubo mucha gente a la que esos de entre 200 y 300 euros de menos a pagar cada mes por la hipoteca, no les bajó porque tenían una cláusula suelo. Es sencillo -como decía- ponerse en su situación, todo el que no lo está, estuvo muy cerca. Por descontado, aquellos millones de personas que perdieron su trabajo, lo veían todo más negro si cabe.

Ahora es comprensible que miremos la palabras, los bancos no son lo importante y de lo que se debe hablar. Esta sentencia que tan bien nos parece, mueve a más reflexiones porque no dice que las clausulas suelo fueran ilegales, dice que estaban mal comercializadas. Dice que está feo timar, no tanto que sea ilegal, porque -alegan los bancos y algunas sentencias en España- si tú sabes lo que firmas es problema tuyo. Menos da una piedra, claro, pero no es que ayude mucho a la confianza mínima para que una sociedad se desarrolle. Si lo piensan bien, hacer que el derecho o la política proteja algo que no sean las personas y sí a las empresas que no tienen existencia real, son un ente, es una perversión histórica del tal magnitud que todavía estamos por ver sus consecuencias.

Pero además aparece en escena Montoro, no podría ser otro ni de otra manera. Por Navidad nos regala su postura por la que Hacienda quiere una parte de ese dinero que se tiene que devolver. Alegría. Se verá si eso es así y puede reclamarlo, pero antes de poner en el mismo nivel la noticia sobre la sentencia que devuelve algo de fe en Europa a tantos españoles, con su afán renovado por ser el antipersonas del reino, podría haberles dicho algo a quienes lo perdieron todo, un lo siento por ejemplo; con que se hubiera dado un punto en la boca nos habríamos conformado. Señor Montoro, esto no es como si en estos días te toca el Gordo de Navidad y tienes que pagar Hacienda, disculpe que se lo recuerde. Estamos hablando de millones de sus conciudadanos, gente muy cerca aunque no quiera verla, a la que se les ha destrozado la vida por algo que, pese a que ahora se pueda recuperar el dinero, ya no cambiará la circunstancia de que usted y otros como usted podrían haberlo evitado sólo cumpliendo con sus obligaciones, haciendo su trabajo, hablando entonces y no ahora.

Pese a todo, pese a su cobardía, estulticia y crueldad, Feliz Navidad y próspero Año Nuevo. Y por extensión a todos los que diseñaron, avalaron, vendieron, protegieron o simplemente callaron cuando podrían haber dicho algo.

Pactar o negociar

La palabra pactar está siendo la más utilizada en estos días, justo después de la formación de gobierno. Está muy bien porque lo que nos estamos jugando es el modelo de bienestar europeo, esa es la discusión de fondo. Y, por lo que hasta ahora sabemos, el modelo ha dependido del acuerdo entre cristianodemócratas y socialdemócratas, tanto para su creación y desarrollo como para sus recortes.

También parece que los europeos somos partidarios de un sistema redistributivo basado en una lógica progresiva, es decir, que aporta más el que más tiene. Europeos son, obviamente, también las personas que defienden los intereses de grandes y poderosos y que son más partidarios de un sistema a la estadounidense, incluso de no contribuir si ello es posible. Pero estos ya se defienden muy bien solitos.

A nadie se le escapa que si se tiene una vocación pactista ésta se podría haber desarrollado antes, los cuatro años y 300 días en solitario, por lo que creerse que se trata de algo más que una estrategia es un acto de fe. Al final puede pasar que tanto hablar de pacto, si estos no llegaran, se culpe a los demás, pues no en vano ya nos hartamos nosotros de pronunciar la palabra. Es cuestión de sentarse a esperar y ver.

Pero otra cuestión importante es sobre qué se puede pactar. No es que ciertas partes de una ley sobre educación no sean importantes o la legislación laboral, el caso es que estas estarán siempre dentro de un contexto más amplio que es el modelo que se quiere. Y sobre eso no se pactará, siquiera parece que esté previsto hablar de ello. La lógica que nos domina es la de “no se puede hacer otra cosa”, esto nos lo imponen, aquello lo hemos comprometido y no podemos faltar a nuestra palabra (aquí van sonrisas), nos debemos a unos socios… Mientras, no conviene olvidar que en Europa se maneja el término de PIGS (Portugal, Italia, Grecia, Spain) para referirse a países como el nuestro, queriendo significar que somos unos aprovechados. Estando en nuestra raíz cultural quijotesca, nosotros en vez de combatir este estereotipo injusto, apretamos más en casa para demostrar que se equivocan, argumentando que no se puede hacer otra cosa.

Entonces pactar es llegar a acuerdos, pero la pregunta es si estos ya existen y por lo tanto no hace falta pactar nada. En tal caso sería más adecuado usar la expresión negociar, que viene a querer decir que se trata de encontrar la mejor manera de llevar algo a buen término. Se puede negociar para hacerlo de esta manera o de esta otra, pero el objetivo ya está decidido.

Puede que la elección de pacto en vez de negociación sea por casualidad. Pero también puede que no, puesto que en nuestras cabezas negociar implica reconocer a la otra parte y pactar… pues no lo sabemos tan claro, aunque la palabra suene más bonita. Lo que podría preocuparnos es si el gran pacto sobre el modelo europeo de bienestar está roto y entonces sería pertinente preguntarnos cuándo lo han negociado con nosotros y qué hemos decidido que lo sustituye.

Conciliación

Es un clamor que los horarios de trabajo se deben racionalizar. La mayor parte de las personas te dirá que no se rinde más por estar más horas y que le gustaría conciliar, lo que en principio significa tener vida además de trabajo, pero es mucho más. Sin embargo, cada vez que aparece el tema, lo hace también una oposición liberal soterrada, tal y como se pudo ver en el programa de televisión La Noche en 24 horas. La misma proviene de quienes tienen más autoridad y poder en las organizaciones laborales.

Conocí una organización que trabajaba de 9:00 a 14:00, paraba dos horas para comer y luego seguían hasta las 19:00. La atención al público no justificaba que la mayor parte de las personas que trabajaban allí tuvieran que quedarse hasta esa hora. El presidente de esa empresa, ya jubilado, aparecía a partir de las 17:00 y esperaba reunirse con todo el mundo que necesitara, hasta la hora que estimara adecuado. Si había una reunión, aunque no estuvieras en la misma, se esperaba que te quedaras a que terminara, para que te vieran y en cualquier caso salir a tu hora no era nunca lo esperado. En las dos horas de comer estaba mal visto no quedarse en la oficina para sacar un rato más. No sólo es una cuestión de cultura de una organización (porque la cultura también puede ser irracional) era un abuso y generaba muchos problemas internos de clima y desempeño. Se perdía – hablando de productividad- mucho tiempo justificando cada minuto de trabajo para no sufrir reproche por parte de compañeros o jefes. ¿Es sólo una anécdota o sigue habiendo muchas empresas, a fecha de hoy que siguen una tónica parecida?

En el mencionado programa invitaron a José Luis Casero, Presidente de la Asociación para la Racionalización de los horarios españoles y lo entrevistaron, con la ya conocida ronda de preguntas y comentarios de los periodistas presentes en la mesa. Se detecta un cierto grado de rechazo a las propuestas del invitado, incluso -se podría decir- algo más que a otras personas que asisten al programa, normalmente políticos. No significa que se usara mal tono, claro, pero sí uno de condescendencia y de inicio, a lo que el invitado planteaba. Lo curioso es que, en el fondo, más o menos estaban de acuerdo -los periodistas- con las propuestas y alegatos tomados por separado.

El argumento del entrevistado empieza por decir que no es tan importante el tema por el que le invitan, el cambio de usos horarios, como la racionalización de los mismos en varias maneras, una fundamental en el trabajo. Al parecer, el manifiesto de la Comisión del Congreso que se ocupó de esta cuestión -nos cuenta el presentador- dice que la racionalización de los horarios permitiría encontrar “más motivación y más lealtad a sus empresas”.

Primero toma la palabra Elsa González cuyo comentario dejamos para el final, pero que fue quien puso sobre la mesa el tema de los horarios de máxima audiencia en televisión. En los últimos años, estos se han ido retrasando por una cuestión de demanda, es decir, se han adaptando a la hora que pide el público ver la televisión, lo que significa -se supone- que el tiempo libre se ha retrasado también. Ello encaja con que en España se duerma menos horas de media que en países vecinos, pues la hora de entrada al trabajo no ha cambiado.

Graciano Palomo empieza su intervención por decir que en el periodismo no se puede racionalizar los horarios, una especie de enmienda a la totalidad de lo planteado. El argumento resulta algo peregrino puesto que la noticia se produce cuando se produce, lo que significaría, entonces, trabajar las 24 horas. Luego le pide al invitado medidas concretas, exactamente medidas concretas “esta, esta y esta”, “siempre que sea factible” -añade- porque él tampoco ve posible que en España se deje de comer a las 15:00. Los pinchos, entendiendo por tal el almuerzo de media mañana, se convierten en un tema importante de la conversación (ese nivel alcanza) y se cuestiona si se ha preguntado a los bares qué les parece. La respuesta a este último tema es bastante buena, porque inicialmente los bares tampoco estaban a favor de la prohibición de fumar y de lo que se trata es “que la gente llegue desayunada al trabajo y se vaya una hora y media antes a casa”.

Antonio Papell entendió que se está a favor de atrasar o adelantar la hora según el horario de invierno o verano y él está en contra radicalmente de una imposición de los “burócratas de la Unión Europea”. Resulta que el invitado tampoco está de acuerdo en que esto se haga, es como si no hubiera escuchado sus palabras previas. Luego le parece bien hablar de la conciliación, pero desde un punto de vista liberal e indirecto. Esto significa que no se debe imponer por norma, aunque está de acuerdo con las medidas, no le apetece parecerse a los alemanes ni a los franceses; lo que, llegado el caso, si estos hacen algo bien no tendría mucha lógica. Por supuesto no quiere que le quiten el desayuno de media mañana, el pincho. El invitado que ese tipo de cuestiones parece habérselas encontrado muchas veces y las tiene muy preparadas, alega que hay que distinguir entre las personas con altas responsabilidades y la mayoría de españoles que son “trabajadores de base”. Pone varios ejemplos demoledores, uno de una Ministra que puede que no se hubiera parado a pensar que no es lo mismo su sueldo y sus horarios que los de su secretaria que no tiene el mismo sueldo y sí los mismos horarios. El otro es el de un diputado que dice que a su secretaria le gusta quedarse hasta tarde cuando, por la cara de ella allí presente, no parecía cierto. Finalmente cuenta lo de un directivo de una cadena que, al parecer, opina que a los españoles nos gusta cenar tarde y ver la tela hasta tarde. La conclusión es evidente, lo que a los españoles les gusta es poder tener tiempo y hacer de él lo que les parezca, no lo que personas como estas creen que se debe hacer, a lo cual se añade que esta libertad era más alcanzable en el 2000 que hoy. La crisis reaparece constantemente cuando se habla de ir hacia atrás.

Julio César Herrero empieza diciendo que no entiende nada, que no entiende qué tienen que ver los sueldos con la racionalización de los horarios. Se mete en un lió sobre salir a cenar y empezar a las 17:00 a tomar cañas. Dice que en determinados trabajos no se puede racionalizar y pone el ejemplo de los profesores del turno de tarde, que -sin más comentario- no se entiende a qué viene, sólo que estaba en contra de algo. Sin embargo está de acuerdo en que estar más horas no es producir más.

Finalmente y promovido por el presentador, se habla de las llamadas fuera de hora como cosas normales por imponderables, a lo que el entrevistado contesta algo muy lógico: “trabajo para que eso no ocurra” aunque a veces se pueda dar.

Como antes se decía, existen personas con mayor responsabilidad que piensan que todo el mundo debe estar sujeto a la misma, a la suya. Les cuesta ver que determinadas horas para trabajar o recibir llamadas son evitables, se hace más por gusto que por necesidad y muchas veces significan una incapacidad o falta de voluntad de organización del trabajo propio y del de los demás. Resulta bastante raro que uno de los criterios de selección para acceder a posiciones de mayor responsabilidad sea poder quedarte a trabajar hasta cualquier hora, más que eso se llame horario flexible.

Hemos dejado los comentarios de Elsa Gozález para el final porque van en esa linea y pone claramente sobre la mesa el tema de la igualdad, a ella le resulta obvio. Por no poder conciliar, muchas mujeres no optan o son rechazadas para puestos de responsabilidad, por ejemplo. Pero el entrevistado tenía razón, la igualad hoy ya no es negociable y esto parece que tampoco se termina de ver. Y una cuestión muy importante es que la igualdad en el empleo y un empleo conciliable, es decir, un mejor empleo, redundaría en una mejora de la economía. Puede haber quienes no estén de acuerdo en esto y se callen porque resulta complicado oponerse al discurso de la igualdad o a que el modelo de supermujer mediterránea es insostenible. Sólo hablarán cuando escuchen que es necesario cierto gasto social aunque este se recupere multiplicado por mucho. Lo que tú dices -te dirán condescendientemente- está bien, pero no se puede pagar.

A los temas de la conciliación y de la igualdad les pasa algo curioso. El discurso es fácil, entendible y a todas luces resulta justo. Pero a la hora de hacerlo realidad, quienes ostentan mayor capacidad para promoverlo, pues no hacen nada, están bien así. El peso de la tradición aunque esta no se remonte más que a unos pocos años es muy grande, resistirse por cuestiones como los pinchos o comer a las 15:00 resulta dantesco. Los tiempos cambian muy deprisa, todo el mundo lo dice, pero para afrontar los nuevos riesgos sociales se tarda una barbaridad y quienes más podrían influir con sus decisiones están cómodos aunque sea en perjuicio del resto y contrario a las necesidades. Pedir a otros que hagan algo o cambien su forma de pensar está muy bien, necesario si eres tertuliano, pero ya hacerlo tú, es más complicado.

Un pueblo italiano monta barricadas

La noticia fue que un pueblo italiano montó barricadas para no permitir que entraran al mismo 12 mujeres y 8 niños refugiados. El Mundo trata la misma de una manera bastante aséptica -es una noticia- relata lo ocurrido y ofrece información sobre cómo pasó y algunos datos generales. La cuestión es ver luego la cascada de opiniones en forma de comentarios.

Hemos cogido esos comentarios para analizarlos. Estos se podrán ver en la propia noticia y adjunto a esta entrada va un documento que, quitando todas las referencias, deja sólo el texto. Resulta interesante atender a algunas de las cosas que se dice, cómo se dice y, sobre todo, cómo se relacionan. El caso es que sobre prejuicios y racismo algo se ha estudiado, si bien que más sobre las formas que adoptan en otros lugares, por ejemplo EE.UU que le dedica esfuerzos notables, pero que no son necesariamente las mismas.

Para empezar, en los comentarios que ahora miramos, hay varias críticas a los medios; la primera alega que la noticia intenta colar juicios morales. Las personas del pueblo italiano en cuestión -nos dice-, en base a que pagan impuestos y cumplen la ley, están en su derecho al no querer a estas personas. De formas ligeramente distintas, esta argumentación se repite en varios de los comentarios; ya sabemos que contra la inmigración se utiliza que no pagan impuestos y que son delincuentes o terroristas. Es necesario decir que no se habla de inmigrantes en esta noticia, se habla de mujeres y niños refugiados. La distinción es importante en términos de las legislaciones y convenios distintos que llevan detrás cada una de las palabras, pero más importante aún es entender la necesidad de eliminar esas diferencias.

Era de esperar o más bien deseable que la crisis de refugiados en Europa ayudara a entender mejor esta figura y al hacerlo despertara menos antipatías, pero no ha ocurrido del todo. Era de esperar porque se tiende a atribuir menos responsabilidad a quien es perseguido y sufre violencia que a quien decide voluntariamente irse a otro país. Esta discusión entre las figuras de inmigración y asilo puede ser larga, y no es tan sencilla, pero ahora sólo nos interesa recalcar que suele ser más fácil sentirse cerca de quien tiene una enfermedad desde su nacimiento y por lo tanto no tiene culpa que de quien se piensa que se la causa, como el estudio de las atribuciones sobre las adiciones o el VIH, por ejemplo, demuestran.

¿Por qué se empeñan los medios en meternos el tema de la inmigración con calzador? ¿Por qué juzgar la forma de actuar de las personas, que nos guste o no están en su derecho de reaccionar como deseen? Están en sus casas, sus pueblos, sus ciudades. Pagan sus impuestos y cumplen con la ley. ¿Por qué acoger tiene que ser una obligación y no un derecho de los habitantes del país receptor? Qué manera de crispar una y otra vez, y un día tras otro, y desde hace meses. Me pregunto qué ganan los medios montando toda esta algarabía y juicios morales.

Es llamativa la insinuación de manipulación de los medios puesto que en este caso la noticia es, a nuestro juicio y de nuevo, bastante neutra. Otro de los comentarios recalca que ya era hora de que se dijera algo negativo de Italia dado que parecía que era el gran país favorable y respetuoso de la inmigración. A nada que ves la prensa, no obstante, te das cuenta que Italia acumula toda una serie de noticias sobre acontecimientos racistas bastante amplia.

Es importante el rechazo a ser juzgados que aparece en estas palabras. No pocas de las estrategias para eliminar prejuicios y racismo pasan por la presión social bajo la idea de que si se sancionan determinadas expresiones públicas esto supondrá, en primer lugar, una inhibición por miedo al rechazo o la sanción ya sea esta legal o social y, a la postre, se acabará interiorizando, llegando a cambiar el contenido de fondo que mueve la expresión de prejuicios y racismo. Hasta cierto punto cabe pensar que la estrategia funciona pues del comentario se desprende ese rechazo a ser juzgados y por lo tanto que cierta presión se siente, aunque se resiste. Los grupos sociales o las personas dentro de los mismos que se consideran mayoritarios, grandes o importantes, tienen más capacidad de resistir la categorización. En los comentarios se puede ver la necesidad de determinar que se habla desde una posición mayoritaria y si es posible que representa al auténtico pueblo llano.

Hay bastantes palabras dedicadas a clarificar la Historia, esto también suele ser habitual. Lo que se discute es para determinar si la inmigración española fue más ordenada, mejor que la que hoy acontece. El intento es por justificar que tratemos a las personas como antes nos trataron otros o no porque no es lo mismo aquella inmigración que esta. Pero de nuevo no se ajusta al tema de los refugiados de la noticia que, en principio, tienen un estatuto legal y son reubicados o reasentados, es decir, existe un alto grado de orden en su llegada.

Vaya. Hasta ahora los medios solo nos contaban lo solidaria que era Italia con los presuntos refugiados, lo guays que eran sus politicos y lo concienciados que eran sus oenejetas… pero mira tu por donde parece que alli pasa como aqui. Que la minoria buenista de politicos, oenejetas y artistas repite una y otra vez el “güelcome refuchís”. Pero la mayoria de a pie ya esta mas que harta de que con sus impuestos se subvencione esta imigracion masiva y descontrolada de origen mahometano imposible de integrar.

En este comentario sí que hay algo de conciencia sobre la distinción entre inmigrante y refugiado que se soluciona con la expresión “presuntos refugiados”. Ello está muy posiblemente relacionado con las noticias que alertaban ante la posibilidad de que entre los refugiados hubiera yihadistas. En los recientes atentados en Europa, algunas veces han aparecido como culpables, refugiados. Es interesante ver el agrado con el que se muestra que allí -en Italia- pasa como aquí, se sobre entiende que existe mucho rechazo, y se expresa a modo de consuelo o como por sentirse acompañado.

Los impuestos aparecen ligados a las subvenciones a una inmigración masiva y descontrolada, estando detrás políticos buenistas (que son los menos según uno de los comentarios reconoce) y oenejetas. Los apellidos de la inmigración, en este caso masiva y descontrolada, son recurrentes –siempre- es una estrategia discursiva. Vincular asilo e inmigración es sencillo y útil dada la ya larga lista de discursos negativos construidos sobre la segunda.

La idea de buenismo está presente en varios de los comentarios (2) ligada a progres y utopías. En realidad todo este conjunto de expresiones se une a la idea de generar un sentimiento de pena, -lacrimógeno- por estas personas, sentimiento que se rechaza o se califica de estrategia. Es humanamente complicado no sentirse conmovido ante determinadas crudezas por lo que para construir una argumentación se utiliza desde el rechazo a esa estrategia lacrimógena por manipuladora, hasta la innecesaria insistencia en mostrar el tema en los medios. Llevado al extremo, este argumento sería contrario al de la insensibilización por lo terriblemente insoportable que nos transmiten los medios, es decir que miramos sin ver o sentir el telediario, como a veces se argumenta, y pasaría a una petición del público para que determinadas cosas desagradables no aparecieran y así evitar el esfuerzo de encontrar argumentos para aliviarme al conocerlas.

Utopía y buenismo suelen referirse al a) argumento de puertas abiertas y b) no existen medios económicos para hacerse cargo de todo lo malo del mundo. Este “bastante tengo con lo mío” y “aunque queramos no llega para todos” es una máxima inexorable.

Los políticos que nos roban también juegan su papel puesto que en realidad llevan sus vidas en una burbuja, ejemplificada con los colegios privados a los que asisten sus hijos, y no sufren las consecuencias de la inmigración a diario; para ellos es fácil ser buenistas. No importa si es cierto o cuántos hijos de políticos van a colegios privados, menos que los políticos buenistas sean pocos y si estos llevan o no a sus hijos a estos colegios.

En el caso de un comentarista, resulta que ninguno de los partidos con representación parlamentaria podría llegar a solucionar esto y recomienda otros fuera de la representación parlamentaria en el momento, culpando indirectamente a la responsabilidad en el voto de cada cual, de la situación. Otro utiliza las palabras de un pensador de utra izquierda que al parecer así se manifiesta, para justificar que la permisividad con la inmigración acabará decantando el voto hacia el populismo anti inmigración y -cabe suponer- que de utra derecha. Resulta paradójico que si se hace algo distinto a rechazar se acabará rechazando, incluso será peor. La mención a Donald Trump en uno de los comentarios refiriéndose a él como el único que es capaz de resistirse al sistema y por lo cual es castigado por los medios, va en este sentido.

Pero la puerta nunca queda cerrada del todo, se argumenta también que los de aquí ya padecen suficiente y que si eso se llegara a solucionar y sobrara, entonces se podría atender a los demás. Es este un argumento de control, para cuando todo lo demás falla en aliviar – de nuevo – la tensión que se supone uno siente por no preocuparse por los demás; no es así -se plantea- me preocupo por los que están mal, cerca de mi, no soy mala persona. La cuestión en este caso es que las cosas con los de cerca nunca han estado ni estarán bien, nuestros pobrecitos siempre servirán para justificar el no a los otros pobrecitos. Este argumento, llevado también al extremo, expone la necesidad de tener personas cerca que no estén bien, de nuevo para justificarme. Lo paradójico está en que si las personas que están cerca de mi son inmigrantes o refugiados ya no sabemos a qué atenernos, están cerca luego deberían merecer mi atención, entonces es mejor que estén lejos, pero… y si ya están aquí, a las puertas de mi pueblo ¿cómo justifico que no entren?

si usted quiere acojer a alguien me parece muy bien, pero hagalo con su dinero, no con el de todos, y ya de paso firme un aval para que usted con su patrimonio pague las indemnizaciones de los posibles delitos de esos “refugiados” seguro que como usted cree que son buena gente y no delinquiran, no dudara en firmar que usted paga todo lo que ellos causen, lo centrario seria ser generoso con dinero ajeno, hasta ahora no he visto a un proge rascarse el bolsillo para pagar lo que los “pobrecitos refugiados” destrozan ni pagar las indemnizaciones por sus delitos

Es perfectamente comprensible que si alguien es tildado de racista busque estrategias para contra argumentar que no lo es. El racismo liga, en gran parte del imaginario colectivo, directamente con ser mala persona y estar dispuesto a acciones negativas contra otros, y poca gente quiere asumir esto de su persona. Una solución menos deseable es que la persona acepte tal calificación y ya no tenga frenos, ni siquiera gaste energías en intentar construir argumentos, y algún ejemplo hay en estas líneas.

si no os gusta que nos invadan no votéis a los partidos que se consideran demócratas , hay que votar a españa 2000 , a democracia nacional o en el menor de los casos a vox . europa tiene previsto que para antes del año 2050 llegue a españa 12 millones de inmigrantes . así que ya sabéis si al brexit no a europa y todo mi apoyo a donald trump que esta siendo bombardeado por todos los medios para que el sistema no cambie

También es comprensible que ante realidades muy duras por injustas, la tensión emocional ayude a la construcción de todo tipo de barreras que la alivien, aunque estas contribuyan a agravar las situaciones que provocan la ansiedad inicial. Este agravamiento no se produce en el momento de alivio, la consecuencia no es inmediata, es a medio y largo plazo con lo que resulta más complicado asociar causa (mi construcción discursiva) y consecuencia (la situación del otro que me provoca). El rechazo a los refugiados es un callejón sin salida puesto que sólo causa la necesidad de seguir profundizando en el discurso del rechazo, no varía la situación.

Al progre de turno: no vas a conseguir que me sienta mal por no hacerme cargo de la parte que me quieres endosar de tu berenjenal utópico-buenista. A mi no me sobra un duro y lo que tengo lo necesito para los míos. A ti si te sobra, no entiendo como permites que en el cajero de tu barrio haya un sintecho durmiendo. ¿Acaso es más “guay” un refugee? No voy a comprometer mi seguridad ni la de los míos porque un trasnochado enajenado progre patalee sus arengas lacrimogenas. Hay que hacerse refractario a esa irradiación buenista.

Lo normal entonces, es dirigirse a los frenos discursivos y las personas o grupos que se considera los sostienen. Para rechazar o excluir al otro humano ya sabemos que es frecuente recurrir a su progresiva deshumanización, ello alivia la tensión interna. Y que esto salte también a las personas que tienen un discurso distinto es previsible, incluso en una ocasión se menciona a los artistas. No obstante, en las líneas de arriba se juntan todos los palos, el argumento racionalista de la falta de recursos, la necesidad de atender lo cercano si es que atiendo algo, el ataque a los otros por comprometer mi seguridad y el ataque a los que piensan de otra manera haciéndoles responsables de cualquier cosa que pase en el futuro. El insulto “buenista” nos parece desde estas lineas siempre digno de atención, es una maravillosa construcción social, tanto como peligro encierra desde el momento en que “ser bueno” es malo.

Las cuatro grandes lineas discursivas (no hay dinero, lo poco que tenemos para los de aquí, los otros son peligrosos o gorrones y sus defensores inconscientes) presentan un compacto equilibrio. Parece que hace daño la parte emocional de cualquier argumentación contraria, aquella que muestra el sin sentido humano al que nos enfrentamos y el dolor que causa. Y las cuatro ideas se mueven rápido para aliviar esa tensión. Atacar a los políticos o a los medios son recursos útiles, si bien que estos son también usados por las personas que opinan lo contrario, son recursos socialmente compartidos.

La cuestión es que el equilibro de este bloque de ideas no está en el centro con respecto a su opuesto, ocupa una posición de mayor influencia y a veces encuentra o busca refugio en que son muchos los que piensan igual, aunque estén callados. La inacción, por ejemplo, de la UE, se podría pensar que se debe a que unos discursos y otros están estancados, quietos, en equilibrio. Pero sabemos que no es cierto, la amenaza por un futuro con más votos a partidos de utra derecha no sólo aparece en los comentarios, es pieza clave del escenario. Cualquier buenista efectivamente tiene más miedo a esta posibilidad que a cualquier otra circunstancia. Esta amenaza no forma parte del núcleo central de las ideas y es utilizada por -digamos- los dos bloques discursivos, es otra idea satélite, socialmente compartida.

Al compacto bloque de ideas anti asilo-inmigración le resulta muy rentable el bloque de ideas socialmente compartidas. De tal forma, la manipulación de los medios, la negatividad hacia los políticos y la amenaza de radicalización del voto hacia la derecha, es posible que sirvan más a conservar su estabilidad como bloque que a lo contrario. En el plano de los discursos opuestos, no parece que por cada uno anti inmigración-asilo se esgrima otro con suficiente contundencia que lo contrarreste y, además, al compartir el resto aunque sea con intenciones distintas, estos juegan a favor de justificar el rechazo. Entre buenismo y racismo -podríamos decir- que en el plano discursivo es posible que siga ganando este último.

Te tolero lo de xenófobo porque a la vista de tu comentario no sabes lo que significa. Estoy a favor de la emigración cuando el pais receptor necesita de mano de obra. Estoy en contra de que una persona tenga que avandonar su pais por necesidad. Estoy en contra de que un pais deba recibir emigrantes que no necesita por lo problemas que conlleva. Como ves, el único xenófobo aquí eres tú que denigras a los italianos por defender sus derechos; que denigras a los españoles por defender a los españoles. La gente como tú es solidaria con el dinero de los demás, eso es robar. Deduce lo que eres.

Convención del Tercer Sector

El día 25 de octubre de 2016 se celebró la Convención del Tercer Sector. A mí me parece una anomalía que en la mesa de presentación estuviera sentada la Fundación La Caixa, lo siento. Al parecer patrocinó una parte del evento y no es menos cierto que progresivamente el sector tiene más y más financiación para proyectos de dicha entidad, mucha financiación.

Ante esta situación es posible tomar varias posiciones; para algunas entidades La Caixa es un financiador privado más, para otras, recibir dinero de un banco -ni más ni menos y con la que está cayendo- es pervertir su esencia, y entre medias todos los matices que se quiera.

Lo cierto es que no es un financiador privado al uso, no sólo por el volumen de dinero que pone, sino porque tiene sus propias condiciones sobre todo a la hora de justificar la acción, es decir, pide indicadores de rendimiento. También pone condiciones a la contratación y dedicación del personal para sus proyectos. Aquí se plantea la discusión sobre si las entidades que hacen la intervención y saben de ello, se deben plegar y adaptar su metodología al que paga como si de dinero público se tratara o si, por el contrario, está justificado vigilar la inversión de cada cual y, dado que pagas, pones condiciones. Para mí es una anomalía, si quieres poner dinero en acción social de manera privada, lo pones en la causa y con las premisas de quien lo está haciendo, te adhieres a su causa por así decirlo, siendo legítimo que te preocupes por tu imagen y demás cuestiones, pero no tanto condicionar a la entidad.

El Tercer Sector tiene un grave problema de financiación y es complicado cuestionar que se pliegue a exigencias de quien paga. Las muy diversas organizaciones deciden en función de sus necesidades, pero claro, el problema es que esto no sea objeto de debate. En el caso de las entidades que se presentan a concursos públicos sí existe ese debate, se discute acaloradamente si son entidades prestadoras de servicios y si eso debe ser el sector o no. Al final cada una hace lo que estima, si bien se discute. Pero no se escuchó una discusión similar sobre el modelo de La Caixa en la Convención aunque es cierto que en los pasillos internos del sector sí se habla a veces. La cuestión sin embargo es que no estuvo, dicha entidad financiera, como invitada sin más, estuvo como ponente en la mesa de apertura lo que, -simbólicamente- es muy representativo si es un gesto que viene de La Plataforma del Tercer Sector que por otro lado se vanagloria de hacer un trabajo muy fino respetando la sensibilidad de los muchos tipos de entidades que existen.

El caso es que a esta alturas El Tercer Sector ya debería estar acostumbrado a tener problemas de financiación, no es algo consecuencia sólo de esta infinita crisis. En parte por ello justifica los bajos sueldos de media que paga con respecto a otros sectores aunque se queje también de que no consigue atraer talento. Y esta es otra discusión interesante, talento tiene y mucho, lo que cuesta más es retenerlo y eso no se basa sólo en el sueldo, se debe, sobre todo a a) incoherencias internas a las organizaciones graves y b) mala gestión de las personas. Muchas son las personas que estudian queriendo trabajar en el sector o que al menos lo tienen como posibilidad, por ejemplo, pero muchas son también las que son rechazadas por el mismo debido, principalmente, a estas dos cuestiones señaladas. Es decir, personas con talento estarían dispuestas a cobrar menos -dado que ya saben de antemano que así será- que en otro tipo de trabajo, si se tuviera un mínimo de cuidado a esos dos factores. Lo de La Caixa es un ejemplo de incoherencia que afecta a muchas personas con talento, y sobre la mala gestión interna en muchas organizaciones tampoco se habla con franqueza en foros como el que invita a estas líneas. Está bien y es necesario hablar de la situación política, de todos los factores externos a las entidades, es primordial, pero a veces falta que desde una plataforma se diga a las entidades que por el bien del sector también hay que cuidar factores internos. Me atrevería a añadir que porque no se hace, el sector sigue lastrado, teniendo que hacer la pelota más de lo necesario a bancos y administraciones. No todo es una cuestión de dinero, quizás también se debería replantear el concepto de interlocución (con los pagadores) y volver a usar el de crítica social, y el dinero aparecía. Y si no lo hace, habrá merecido la pena.

Lo menos malo

Resulta que se producirá un debate de investidura, un partido dará su no y a las pocas horas se abstendrá; más o menos. De tal forma ya hay una decisión tomada, ya se conoce el resultado desde que ese partido expulsó a su líder y todavía se sigue perdiendo el tiempo. Y entonces me encontré con estas palabras.

Los políticos dicen que debaten horas perdiendo el tiempo en cosas que ya están decididas. No escuchan a la gente. Tienen prisa porque deben rendir, poder tener poder y tener dinero. Eso es todo lo que les importa: son animales salvajes. Dispersos, distraídos. No estudian nada.

En ese mismo texto de José Manuel Orozco y que hace una interpretación de los libros del filósofo Byung – Chul Han, también aparece una interesante reflexión sobre la innovación. Esta puede perfectamente partir del aburrimiento, de hacer y ver siempre lo mismo.

Empero, no todo aburrimiento es malo. En realidad, alguien puede aburrirse de caminar y caminar, y posiblemente después de un tiempo se preocupe por cambiar su forma de caminar. Se puede tornar innovador. Es decir, contempla con aburrimiento, fijamente, una serie de acciones y las modifica. Pero el que está disperso no contempla, pasa de una acción a otra con torpeza. No innova nada. (ver en su contexto)

Con nada que hayas vivido unos pocos años te darás cuenta que ya antes se ha hablado de cambiar la ley electoral, de que las pensiones no llegarán, del envejecimiento previsto y la baja natalidad, de los independentismos, por supuesto del paro y sus soluciones -ya las has escuchado antes-. También de corrupción y de cómo solucionarla, por supuesto de la independencia de los poderes, de reformar la educación con un gran pacto aunque puede que lo políticos no estudien, de recortes de lo público, de la desunión de la izquierda y el grupito unido de la derecha, de la libertad de conciencia o la disciplina de partido, de la Transición o de la República, de la desafección política… en serio qué aburrimiento.

Es difícil saber si los políticos se están ya aburriendo también y buscarán alguna fórmula distinta, tal vez deberían buscar alguna consultoría de gestión del cambio que está tan de moda, pues el resto de la sociedad va en camino. Lo que sí se puede decir es que cuando te venden una solución como la menos mala, al final todos y todas perdemos, también los propios partidos políticos. Lo mismo ocurre cuando votas al partido que consideras el menos malo, lo haces peor. Igual si sostenemos que la democracia es el menos malo de los sistemas conocidos. ¿En qué otras circunstancias de la vida queremos optar por lo menos malo?

¿Qué hemos aprendido?

Si escuchamos en una organización española, a un presidente o alguien con mucha responsabilidad diciendo en público cosas como somos los mejores en esto o los que más tenemos en aquello, por norma general debemos permanecer atentos y atentas. Puede ser hasta cierto, con datos objetivos en la mano, y la cuestión no es tanto si esos son los datos adecuados para medir la afirmación cuanto si sólo son buenos en una cosa y permanecen descuidados otro montón de aspectos.

Conocí una organización que era la que más presupuesto de España y quizás de Europa manejaba para el desarrollo de algunos de sus proyectos. Esto era casi cierto cuando lo decían. Lo que no decían tanto era que en ese sector apenas había competencia, pero sobre todo que los conflictos internos eran muchos y el clima malísimo. Acumulaban denuncias por motivos laborales y sus redes sociales estaban plagadas de comentarios negativos por los servicios que ofrecían y por la contradicción entre su misión y el trato a los trabajadores y trabajadoras. A nadie se le escapa que no tener a penas competencia y por lo tanto mucha solvencia económica es un buen motivo para hacer mejor las cosas, sobre todo porque puede que algún día la tengas y con muy poco perderás todo tu mercado.

Ser el mejor puede ser un objetivo muy legítimo, en principio digamos que todas las organizaciones deberían aspirar a ello, la cuestión es cómo defines ese “ser el mejor”. Serlo en un único aspecto, por ejemplo el volumen de negocios, quizás no sea suficiente y se deba medir por lo completa y compleja que es tu organización. Ser mejor puede referirse a no ser el que más destaca en un aspecto sino al que lo hace -cabe que no con tanta brillantez – en muchos a la vez. Una organización así en realidad es más fuerte, está más preparada para cualquier adversidad, pero también para introducir cambios e innovaciones.

Según ha ido evolucionando la crisis que empezó en 2007, cada vez es más frecuente escuchar organizaciones diciendo que se han desviado de su misión y que ese es su principal problema. En consecuencia se afanan en volver a la misma, en dejar de tener como único objetivo ingresar dinero, siendo lo normal que ya hayan intentado la vía de la innovación antes; a fin de cuentas está de moda. La lógica que muchas de estas organizaciones han seguido al ver que el negocio desaparecía, que cada vez era menor la posibilidad de tener el margen de beneficios deseado, ha sido empezar por la reducción de costes laborales y la innovación más o menos en paralelo. Esta doble estrategia ya sabemos que no funciona, por motivos obvios, es raro, pero las personas piensan peor cuando tienen miedo. Lo que trasladaban era “la cosa está fatal, el futuro es muy negro, tenemos que pensar (innovar) cómo atraer dinero”. A veces se adornaba de la dañina frase “la crisis es una oportunidad”. Entonces se hacían recortes, aumentaba la presión interna y se decía que había que pensar cómo recaudar para evitar todo aquello.

El problema fundamental es que no vieron que ya no había sitio conocido al que volver, el sistema se ha descompensado, muchas de las relaciones y reglas conocidas ya no están y la inestabilidad en busca de un nuevo equilibro es patente todo a nuestro alrededor.

“El problema no es adoptar un nuevo modelo mental sino deshacerse del antiguo”.
DEE HOOK (diseñador del sistema VISA)

Desde luego hay muchas inercias y seguirán estando por tiempo, lo cual permite que no pocos vean la luz al final del túnel después de haber sobrevivido a estos años. Se escucha menos decir que la crisis les sorprendió poco preparados, con escaso desarrollo interno en esto o aquello que hubiera ayudado a superarla. Es sorprendente mirar a muchas organizaciones y ver que los problemas que ya se planteaban antes de la crisis son los mismos que siguen teniendo, es decir, pensar que esta ha servido de acicate para afrontarlos y resolverlos no concuerda siempre con la experiencia. Muchas han tenido cambios sí, algunos muy dolorosos, pero siguen con los mismos problemas de fondo y lo peor es que ya ni siquiera sirven para afrontar el nuevo escenario. La crisis tampoco les planteó la opción de hacer ese trabajo que tanto hubiera ayudado, en realidad parece que ningún momento es bueno para el mismo, ni la bonanza, ni la crisis y esa es la clave del asunto. Empresas y organizaciones, al igual que la política, lo más frecuente es que sean cortoplacistas, miran al siguiente trimestre. No se suele ser consciente de que se está en un periodo de bonanza, sólo que se está en crisis.

Lo cierto es que el futuro a largo plazo es bastante impredecible, por muchos planes estratégicos que se quieran hacer, estos no dominan a aquel. Lo único que podemos saber con cierta certeza es que el desarrollo interno de una organización es la mejor inversión de cara al futuro, sea este el que sea que venga. Pero no, no es lo habitual, a mayor inestabilidad del entorno mayor atención también al mismo y a menor inestabilidad también. Nuestra organización puede influir en el entorno o aprovecharse del mismo, pero mucho más puede influir internamente y siempre, cosa que, quizás por obvia, nunca aparece lo suficientemente encima de las mesas de las grandes decisiones organizativas, salvada la excepción de cuando es para recortar gastos o producir más.

Podría parecer que de lo dicho se desprende la idea de tierra quemada, empezar de cero o una visión apocalíptica; tal vez una visión negativa de las organizaciones en general. No es cierto, el futuro se construye sobre el pasado y da igual que hagamos juicios sobre si el pasado fue bueno o malo, el caso es que sabemos que no volverá (nunca lo hace por definición) y todos y todas coincidimos en que queremos un futuro mejor. Y sobre lo que es un futuro mejor también existe un acuerdo social más o menos amplio, una idea del mismo compartida. Pero si hacemos caso a la filosofía oriental, el tiempo se mide en lecciones aprendidas no en días, meses y años. ¿Qué hemos aprendido? A tenor de que pocas organizaciones se vuelven hacia dentro, aumenta la presión sobre la personas, se amplía la brecha laboral, se vuelve al miedo para gestionar cada vez con un poco más de fuerza y se utilizan técnicas y pensamientos ya superados, poco hemos aprendido.

Crowdfunding

http://elpais.com/elpais/2016/09/02/opinion/1472819102_427681.html

Al parecer, a Julio Llamazares le molesta que le pidan por medio del crowdfunding. Acaba de ello extrayendo la conclusión de que sería más lógico que el Estado se hiciera cargo: “La cuestión es si la caridad del prójimo ha de sustituir al Estado, el responsable de poner los medios para que cualquiera con capacidad pueda desarrollar sus ideas, consiguiendo así el efecto perverso de que delegue cada vez más en la sociedad sus obligaciones, como ya sucede con las ONGs”.

Un primer tema que me parece interesante es el de la caridad. Este concepto aparece ligado a varias religiones (el islam también) y supone algo así como una obligación moral frente a personas con menos suerte en la vida. Un Estado (que hoy se pueda considerar como tal) no se basa en ese principio pues debe garantizar la libertad e igualdad. Así dicho parece muy sencillo, pero esas dos grandes palabras no están exentas de mucha discusión, tanta que de su definición se habla todos los días en la política. Y es que resulta cierto que las estructuras en las que vivimos coaccionan más a unos que otros y no siempre se puede entender como cuestión de mala suerte o unas malas decisiones que unas personas tengan peores condiciones que otras. La caridad tiene poco que ver con ello aunque lo diga Delibes (citado en el artículo). Esto es lo que suele hacer que nos invada un sentimiento de culpa cuando nos piden, la certeza -en el fondo- de que el mundo no es justo.

Pero salvo por ese nuestro problema con la culpa, pedir es una forma de relación básica entre humanos, nuestro jefe nos pide todos los días, nuestros compañeros, los hijos, los amantes, los amigos… nosotros pedimos constantemente ayuda a un dependiente, el pan… La cosa es tan así que existe formación específica dentro de los llamados soft skills que sólo buscan enseñar cómo se pide y cómo se dice no. Vale, a Julio Llamazares tampoco le gusta el uso de palabras inglesas para dar porte a conceptos que en español suenan menos egregios, al crowdfunding le llama el sablazo de toda la vida, por ejemplo. Pero ya me dirán qué termino utilizamos para las habilidades de pedir y decir no, algunos las incluyen dentro del más amplio habilidades sociales. Eso sí, conviene recordar, que todos y todas estamos más cómodos en la posición de dar que en la de pedir, es algo curiosamente mayoritario que nos guste más ser útiles a los demás que dependientes.

Al final también resulta molesto que cada vez que se habla de la caridad y el Estado aparezcan, como el que pasaba por allí, las ONG. Cuando una empresa se presenta a un concurso público para realizar una obra, la del AVE, por ejemplo, nadie piensa en la caridad. Cuando se subvenciona a cualquier sector de actividad, el automovilístico por ejemplo, tampoco. Por qué razón si se habla del prójimo, lo social o como queramos llamarlo, se cuestiona que el Estado delegue -pagando- en las ONG. Es cierto que no pocos piensan que la provisión de servicios sociales la debe asumir el Estado. No lo es menos que otros y por el contrario, creen que se debe privatizar al máximo todo aquello que hace hoy el Estado y dejar este al mínimo. Sin embargo, cuando unos y otros rascan poder no siempre hacen lo que piensan y los primeros siguen subcontratando servicios a las ONG porque son más baratas y los otros asumen nuevos servicios porque algo tienen que hacer cuando gobiernan que no sea sólo desmantelar los recursos que les pueden dar votos; esa es la práctica real de la política.

Y en todo este vaivén las ONG ya no saben a qué atenerse. Algunas están cómodas en la caridad y se lo pueden permitir, otras no quieren tener dinero público ni de empresas para mantenerse independientes. Las más, combinan la búsqueda de dinero privado donde el crowdfundig es sólo un método, con dinero de subvenciones y a veces contratos de servicios. También buscan dinero de fundaciones que controlan bancos y son reticentes a pagar impuestos. Además está toda la estrategia de captación de socios y parecidos, bien en la calle o de cualquier otra forma; creo que si miráramos bien el número de empleos más demandados, este de la captación de fondos para ONG sería de los primeros, vayan a los buscadores de empleo y vean. En estos tiempos, las ONG que no han cerrado emplean ingentes recursos en conseguir financiarse en detrimento -muchas veces- de su actividad que, se crea o no, es útil para la sociedad.

Claro, al final volvemos siempre al mismo punto ¿qué modelo de Estado queremos? Durante mucho tiempo las ONG en España fueron consideradas o auto consideradas socias de la acción del Estado y recibían dinero por ello. En nuestro modelo mediterráneo de Estado de bienestar era perfectamente compatible y se argumentaba además que estas organizaciones no sólo prestaban servicios necesarios y especializados sino que además -aunque se decía menos- servían de colchón para apaciguar una parte del conflicto social. A cambio de dinero para prestar servicios, no pocas no movilizaban a una parte de la sociedad y protestaban, proponiendo cosas o denunciando injusticias, pero en bajito.

La crisis, como sabemos, cambió todas las normas de juego. A las ONG les pasaron por la derecha y por la izquierda nuevos movimientos sociales cuyo origen no es muy distinto al de estas en sus comienzos, el malestar compartido. No pocas personas de esos movimientos pasaron a la política, cosa que también venía ocurriendo desde la creación de las primeras ONG en un continuo ir y venir. La diferencia, eso sí, es que antes de que el Estado pudiera hacer suyas las reclamaciones ya se habían creado partidos políticos que para qué iban a esperar si las podían hacer suyas directamente. Y las ONG clásicas in albis, acomodadas muchas de ellas, mirando a la supuestamente mejor forma de gestionar de la empresa privada con ánimo de lucro y descuidando la indignación que las vio nacer y que muchas de las personas que trabajan o son voluntarias en las mismas sentían desde mucho antes de la crisis, pero no querían verlo desde su sofá. El caso es que todos sabemos que el Estado suele ir por detrás, cuando no ignora determinadas necesidades sociales y alguien tiene que presionar. No suele ser lo habitual que desde el poder político se pongan sobre la mesa problemas sociales nuevos o que no tengan un presupuesto del que poder ufanarse al margen de los resultados.

Porque sí, señor Llamazares, aunque cueste creerlo, muchas personas estudian carreras para acabar siendo mal pagados y mal pagadas en ONGs, esto nunca le ha preocupado a nadie, incluso no pocos piensan que en dichas organizaciones no se cobra. A lo mejor a estas personas les molesta tanto como a usted que les pidan, se sienten igual de abrumados con la injusticia que nos rodea pero deciden, además, dedicarse profesionalmente o invertir su tiempo libre de manera voluntaria. Esto no quiere decir que sean mejores o peores personas que quienes deciden otras cosas, no nos engañemos, pero sí merecen, al menos, que el tema de las ONG (y el Estado de Bienestar que queremos) tenga un poco de consideración y no acabe resultando siempre una muletilla para cuestionar aquello que nace de buenos sentimientos (aunque sea por indignación ante la injusticia) como si fuera perverso, manipulador o sólo egoísta, queriendo aparentar lo contrario, algo así como un buenismo ingenuo achuchable. Es igual que lo del crowfunding, con decir que no o no decir nada, es suficiente.

Para criticar a las ONG que también tienen sus culpas y sus sombras, ya encontraré otro momento.

Burkini

Este verano el burkini se ha puesto de moda. Por momentos parecía que había que pronunciarse a favor de su prohibición en playas y piscinas o no, así como sobre si existe diferencia entre elegir libremente ponerse la prenda o es lo mismo pues se trata de una imposición machista en cualquier caso.

Todo parece empezar porque en Córcega se producen unos incidentes violentos pude que a tenor de la prenda en cuestión. Luego, desde el Ayuntamiento, se procede a la prohibición del atuendo, si bien que no haciendo mención expresa al mismo, sí argumentando cuestiones de seguridad.

A todo esto Natacha Polony publica un artículo que parece quitarle importancia a esos incidentes. El argumento es muy interesante. No le gusta, a la autora, el uso del concepto comunidad en los medios de comunicación. No existe tal cosa como una comunidad musulmana -argumenta- sino ciudadanos de confesión musulmana y esto mismo es extensible a cualquiera. Se basa en la lógica del liberalismo anglosajón de defensa de los derechos individuales. Y esto está bien, es una forma de afrontar el debate entre derechos individuales y colectivos, pero claro, ella misma acaba hablando del pueblo francés, presuponiendo además que este ente está claramente en contra del burkini y que los corsos son sólo unos valientes que lo dicen, no como sus acomplejados conciudadanos de las metrópolis.

Imaginemos, dado que no estábamos allí que somos cualquiera de nosotros o nosotras los que se ven acosados por una multitud por llevar una prenda o no llevarla. El miedo que pasas es individual (o el disgusto si la cosa no se pone tan fea), no cabe duda, pero si no consideras que has cometido agravio alguno luego tienes que intentar explicarte el motivo por el que eso te sucedió. No puede ser porque les cayeras mal a esas personas que ni conoces, entonces será por algo (quizás una comunidad) que ellos creen que representas. Tú estás ejerciendo tu libertad individual puesto que no existe norma en contra de llevar el burkini (luego se impuso) y te atacan. Además, a los días se da la razón de alguna forma a quienes te atacaron porque se prohíbe lo que antes formaba parte de tu libertad individual. Eso sí, se argumenta que es para protegerte.

Hombre, yo diría que algo de racismo subyace en todo ello, algunas cosas son de manual. Pero claro, esto no resuelve las grandes cuestiones, los debates de fondo, y no puedo estar más de acuerdo con Reverte en que es mejor no hacerlo desde estos lamentables acontecimientos pues son el peor punto de partida. Es algo tramposo empezar a pensar sobre cualquier tema con posiciones de fuerza sobre la mesa y más si no se condenan los ataques sufridos por personas que probablemente sólo querían disfrutar de un plácido día de playa, no se puede olvidar que ese es el origen. Entre lo mucho que se ha escrito me parece que se ha criticado poco lo ocurrido y, de alguna forma, así se justifica, se hace invisible también el racismo.

Pero claro, Natacha Polony deja algún recadito más por si alguien quisiera afrontar un debate que debería haberse intentado zanjar hace mucho tiempo y no esperar a que esto ocurriera. Habla de “aficionados al mestizaje y la mezcla” e interpela a su supuesta responsabilidad cuando las comunidades terminen de adueñarse del espacio público. O sea, que si te extrañas porque se ejerza un derecho individual que es llevar una prenda cuando no está prohibido, quizás puedas estar favoreciendo que los islamistas conquisten Occidente. No es eso lo que sugiere ¿verdad que no? En todo caso no creo que se trate de tener una afición como si de coleccionar sellos se estuviera hablando, el mestizaje es algo que ocurre (no siendo tampoco el mejor concepto pues nos lleva a la idea de raza y en los humanos sólo hay una) y supongo que mejor que así sea porque lo contrario – que podría ser mantener una imaginaria pureza en base a cualquier criterio que se nos antojara- ya sabemos donde acaba.