Poder hacer

Soterrado, asistimos a un debate en nuestra política sobre la concentración de poder. Los dos ejemplos más visibles han sido el de Cospedal y Susana Díez. Pues bien, dicha concentración de cargos y por lo tanto poder, ya sabemos que es alejarse de un ideal democrático.

Muchos insistirán en que democracia es poder votar, pero no estarán en el buen camino. La democracia se define antes por poder participar y ello no se limita sólo al voto. En demasiadas ocasiones el voto se utiliza para solucionar conflictos dando la razón definitiva a una postura frente a otra y, si me apuran, a decidir entre la solución menos mala. Si votar es decidir entre opciones empaquetadas de antemano, simplificaciones y además malas, la democracia podría considerarse el camino de la mediocridad, de la eterna casi solución.

Participar es más que poder votar o ser escuchado con benigna condescendencia para hacer luego lo que le parezca al escuchante. Participar significa más bien poder hacer algo, tener autonomía para emprender acciones que no sean sólo la de hacerte escuchar. Opinar sin prever la posibilidad de llevar algo a cabo, se puede convertir en un ejercicio radical.

Entonces -me dirán- no podemos hablar de democracia puesto que el poder de emprender acciones se concentra en unos pocos muy pocos. Sí y no, sí y por eso concentrar cargos es empeorar la democracia, pero no porque la posibilidad de tomar decisiones propias no se refiere sólo a unos pocos asuntos, es algo que se debe poder hacer en cualquier ámbito.

Llegados a este punto se suele argumentar que las relaciones laborales no son democráticas, ni la familia lo es como tampoco la escuela. Y la pregunta es si realmente se puede hablar de democracia cuando hay instituciones dentro de la misma que no son democráticas. Parece algo complicado salvo que nos remitamos a la idea de voto y así podemos seguir viendo familias que se empeñan en votar decisiones o escuelas que introducen sistemas parecidos, sin darse cuenta que realmente no alcanzarán mayores cuotas de democracia necesariamente, pero pueden enseñar frustración a los más jóvenes cuando contrasten que fuera de ese entorno quizás y con suerte, podrán votar cada dos años.

El mundo laboral es el mejor ejemplo. Se asume que uno o unos toman decisiones y los otros ejecutan lo que se les manda. Votar en este esquema es tan ridículo como esperar que me lleguen mis indicaciones o no tendré nada que hacer en mi día laboral. Te llegan los objetivos y la forma detallada de lograrlos, lo que resulta de lo más absurdo. Y en no pocas ocasiones las personas en el mundo laboral son asistentes personales de los asistentes personales, en cadena, donde uno tiene que hacer algo y se lo pide hacia abajo a otros que a su vez hacen lo mismo con otros. El problema aquí no es precisamente votar. En el mundo laboral no pocas veces la única decisión que uno pude tomar es quedarse o irse y no siempre. Y sin participar, tampoco se puede esperar que el compromiso sea otro que en lo que afecta a las propias condiciones laborales.

Existen muchas propuestas para democratizar sin votar el mundo laboral, otra cosa es que interese más seguir diciendo que el trabajo no puede ser democrático o no se sacaría adelante. Es comprensible que quienes llegan a posiciones de poder bajo este esquema, quieran mantenerlo, así hemos aprendido. Aquí sólo mencionaremos la cantidad de oportunidades que se pierden con esta forma de actuar, dado que la cantidad de posibilidades que se abren cuando más personas pueden tomar decisiones sobre su propio trabajo son exponencialmente mayores que cuando las toma una sola persona por ellas. Si, además, esta persona poderosa se equivoca, los resultados pueden ser catastróficos, mientras que si muchas otras con ámbitos distintos de actuación lo hacen, las consecuencias serán pequeñas e inmenso el potencial de dar con algo bueno.

¿Por qué alguien quiere ocupar cargos en el partido y responsabilidades de gobierno y todo lo que se cruce por delante? Obviamente para imponer su voluntad, para decir que esto es lo que se tiene que hacer y que otros lo vayan haciendo, para quitarse de encima cualquier posible discrepancia y a sus discrepantes, para medrar con el jefe o acabar siéndolo. Está bien, si esto no es más que la historia del poder, nada nuevo, pero no es lo más democrático aunque te voten para ello.

El argumento sobre el poder es sencillo. Podemos pensar que este es un bien finito y que por lo tanto cuanto más tenga una persona menos deben tener otras. O podemos pensar que es un concepto abstracto y que se amplía cuanto más poder se tenga en conjunto y por lo tanto no es ni finito ni infinito, el poder aumenta cuando el poder disminuye. Veamoslo de otra forma, se trata de poder-hacer y para ello, cuantas más cosas sea posible hacer más cantidad de poder existe. Una sola persona tiene un límite en cuanto a lo que es capaz de imaginar se puede intentar, pero muchas personas no lo tienen. Si el poder de una consiste en amarrar el poder de muchas para que no hagan salvo lo que esta dice, está limitando lo que se puede hacer en conjunto. Parece sencillo, pero nunca nadie dijo que la democracia lo sea.

A la estiba

El tema de la estiba va camino de convertirse en otro disparate nacional, promovido, en parte, por los medios y sus tertulianos. Uno de ellos, por ejemplo, en el programa nocturno de 24 Horas de Televisión Española, dijo que no entendía cómo nos alegramos tanto cuando el Tribunal de Justicia Europeo se pronunció sobre las cláusulas suelo y ahora que lo hacia sobre la estiba, la mayoría de los grupos políticos rechazaban un decreto ley propuesto para cumplir con una sentencia de ese mismo tribunal.

No pocos medios y sus comentaristas han decidido que el rechazo al real decreto para regular la estiba es un movimiento político y que, en un caso menor como este, los partidos aprovechaban para enseñar los dientes a un gobierno en minoría. Para empezar el tema no puede considerarse menor, primero porque hay personas y su familias que se ven afectadas por el mismo y luego porque la actividad económica detrás suministra mercancías al resto de ciudadanos aquí y en otros países, trabajos a muchos, negocio para empresas y, además, se mueve mucho dinero. Para continuar, si los partidos rechazan el real decreto sólo por esto, no por que, analizado, no les guste, es una irresponsabilidad de tal calibre que sería para cambiar a todas sus señorías de golpe y empezar de cero con personas serias. Se podría decir que pensar así -como yo- es algo ingenuo, no conocer la política, pero lo prefiero a realmente concluir que son tan flojos nuestros políticos y que de fondo poco importan los estibadores o la sociedad y sí medir fuerzas con este tema de cara a la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado, tal y como es la interpretación mayoritaria en los medios.

Además, lo que dice el Tribunal de Justicia europeo en este caso y -por seguir al tertuliano- el de las cláusulas suelo, no tienen absolutamente nada que ver. Dicho tertuliano, como otros, me parece que llevan sus argumentos a una generalización e igualación de ideas para favorecer las suyas que no se puede hace. En el caso de la estiba, dicho tribunal lo que hace es condenar a España por no favorecer que otras empresas de estados miembros operen sin condiciones en los puertos españoles.

al imponer a las empresas de otros Estados miembros que deseen desarrollar la actividad de manipulación de mercancías en los puertos españoles de interés general tanto la obligación de inscribirse en una Sociedad Anónima de Gestión de Estibadores Portuarios y, en su caso, de participar en el capital de ésta, por un lado, como la obligación de contratar con carácter prioritario a trabajadores puestos a disposición por dicha Sociedad Anónima, y a un mínimo de tales trabajadores sobre una base permanente…

Es un tema espinoso para la opinión pública. La cuestión es que España defiende de alguna forma sus intereses portuarios y a sus trabajadores. En aras de la competitividad, otros estados miembros se quejan y quieren que las empresas puedan contratar libremente estibadores. Con la que está cayendo en el mundo es complicado decir que España defiende lo suyo frente a otros estados miembros, el debate sería monstruoso, quizás muchos españolistas de derecha populista se quedarían sin otro argumento que menospreciar a Europa y muchos izquierdistas podrían concluir lo mismo pero por las consecuencias negativas que tiene la liberalización de cualquier sector. La solución a no tener este debate es llamativa, arremeter contra los estibadores, su sueldo y su profesionalidad, incluso su machismo. Es de locos y algo manipulador.

Por otro lado, la sentencia sobre las cláusulas suelo, lo que hace es confirmar que existen unas cláusulas abusivas según condena la propia justicia española pero que no tiene sentido poner un límite por retroactividad como también hizo esa sentencia española, es decir, si son abusivas son nulas todo el tiempo, desde el principio.

El artículo 6, apartado 1, de la Directiva 93/13/CEE del Consejo, de 5 de abril de 1993, sobre las cláusulas abusivas en los contratos celebrados con consumidores, debe interpretarse en el sentido de que se opone a una jurisprudencia nacional que limita en el tiempo los efectos restitutorios vinculados a la declaración del carácter abusivo, en el sentido del artículo 3, apartado 1, de dicha Directiva, de una cláusula contenida en un contrato celebrado con un consumidor por un profesional, circunscribiendo tales efectos restitutorios exclusivamente a las cantidades pagadas indebidamente en aplicación de tal cláusula con posterioridad al pronunciamiento de la resolución judicial mediante la que se declaró el carácter abusivo de la cláusula en cuestión

No parece la misma idea ¿verdad? En un caso se condena a España por -digamos- una forma de proteccionismo y en otra por dictar una sentencia pero mal, incluso para el derecho español. Sentencia que además es por abusividad contra todos los consumidores.

¿Cual puede ser la intención entonces de igualar ambas sentencias, de transmitir la idea de que Europa es justa en un caso y otro? Pues parece que criticar que los partidos critiquen a su vez el real decreto del gobierno sobre la estiba, pretendiendo que el mismo fuera para cumplir una sentencia justa. La sentencia bien puede ser, quizás y como todas, criticable, lo que no vale es el contenido del real decreto que pretende dar cumplimiento de la misma. Lo sentimos, señores del gobierno y periodistas afines, parece que se puede hacer cumplir lo que dice Europa de otra manera, al menos a juicio de la mayoría de partidos. Es cierto que cuesta entender que alguien se abstenga en este tema, tal como hizo Ciudadanos.

Pero claro, la cosa nunca queda así. Para esta corriente de pensamiento, la culpa de que tengamos que pagar multas, que cada ciudadano tenga que pagar dinero por que no votaron sí al real decreto (como si esto no fuera un argumento estrictamente populista), es de estos partidos, no del gobierno y una mala solución que no convence a tantos. Es una manipulación en toda regla, salvo que, efectivamente, algunos partidos estén usando este tema de manera política para castigar al gobierno, haciéndole ver su debilidad ante unos futuros presupuestos.

Como siempre, los ciudadanos nos quedamos atónitos ante las alternativas de interpretación que nos dejan algunos y que van de lo malo a lo peor. Si el gobierno propone un mal real decreto… mal, pero si algunos partidos juegan a la política… peor. Estamos desamparados si hacemos caso a estos profesionales de la interpretación.

Personalmente, aunque ganaran más dinero que ministros y el mismísimo presidente del gobierno, creo que se lo merecen más los estibadores. Una ley que supusiera el despido de muchas personas por la simple idea de liberalizar un sector me parece mala. Bajar sueldos como consecuencia de la misma me parece un error y justificar cualquier cosa porque unos trabajadores manuales ganan mucho cuando el dinero que generan lo permite, me parece una manipulación intencionada, cuando más bien al contrario, es hacia lo que deberíamos tender todos, no hacia concentrar los beneficios de cualquier actividad sólo en unos pocos.

Señor Jodi Sevilla

Una empresa como Samsung tuvo un problema con uno de sus modelos de móvil y lleva una buena temporada pidiendo disculpas de maneras diferentes. Ha sacado, por ejemplo, un anuncio -con lo que eso cuesta- sólo para decir que han mejorado su sistema de control de calidad, y en la feria de móviles mundial que se celebra en Barcelona, al parecer, pidió disculpas de manera expresa y de nuevo.

Sin embargo y por otro lado tenemos a los bancos. Han comercializado mal sus productos, lo dice la UE como en el caso de las suelo, han cobrado de más por los gastos de constitución de la hipoteca, han redondeado intereses a su favor, han estafado directamente como en el caso de las preferentes… y no hemos escuchado una sola disculpa, de ningún banco. Pero no sólo eso, ¡insisten! por ejemplo con las suelo, dado que y para empezar, no han dejado de cobrarlas, salvo en aquellos pocos casos en los se vieron obligados por sentencia firme.

¿Por qué se produce esta diferencia? Cómo es posible que nada afecte a la credibilidad de los bancos como para tener efecto en su negocio donde otros se lo juegan todo precisamente con la imagen. Es un sector curioso este de la banca, como nos creemos que necesitamos bancos, ellos han llegado a la conclusión de que se puede competir en negativo, es decir, en ver quién lo puede hacer peor, siempre que eso siga dando beneficios. Por mantener la analogía, muchos bancos vendieron productos con baterías defectuosas que a no poca gente le explotaron en la cara, arruinando su vida. Es un sector en el que ya no hace falta tener credibilidad, esta puede ser incluso contraproducente, son todos iguales -dice el abnegado consumidor- pues entonces me la jugaré con el peor de todos, a fin de cuentas será el que arroje mejores resultados.

Muy lejos, claro, de pedir disculpas, algunos bancos dicen que no son hermanitas de la caridad y que se deben a sus accionistas. En concreto el BBVA por medio de su presidente, dijo que le encantaría ser Papá Noel y hacer regalos todas las mañanas… y como la cosa nunca termina de ser peor, ahora contratan al exministro socialista Jordi Sevilla, para, en concreto, defender al BBVA en el tema de las cláusulas suelo. Se creen por encima del bien y del mal, saben que son necesarios y que hagan lo que hagan no se puede prescindir de ellos, si la cagan ya serán rescatados o a unas malas, si son despedidos sus directivos, cobrarán su indemnización millonaria y a otra cosa.

El problema es que hay no pocas personas que no llegan a fin de mes y con que sólo les dejaran de aplicar la cláusula suelo sobrevivirían. Esto es difícil de tragar señor Sevilla, si yo fuera socialista pediría que le expulsaran del partido, aunque como muchos, dejé de creer en su partido hace demasiados años. Claro que a estas tantas personas les vendría bien que les devolvieran lo cobrado indebidamente, pero les bastaría con que les aplicaran el Euribor al precio que está, cuesta hasta pronunciarlo, y a esa labor se quiere usted dedicar para el BBVA. Es innoble. Quiere ir contra el Tribunal de Justicia Europeo y el Supremo español después de muchos años e innumerables sentencias en la misma linea, y luego supongo que defenderá el cumplimiento de la ley o alguien en su partido lo hará; la ley cuando nos interesa, como siempre. Y lo que plantea, seguro, es enterrar a miles de clientes en más papeles, más años de pleitos hasta que se cansen ¿por qué? Dígale al BBVA que pague y elimine las suelo, que asuma su error y ponga los mecanismos para no caer en tropelías similares en el futuro. Añada que aun obtendrá beneficios y si espera y lo hace bien, incluso más beneficios que antes. Es verdad que este consejo supondrá una merma en sus propios ingresos, señor Sevilla, pero puede hacerse accionista como muestra de que espera ganar mucho con el banco en un futuro cercano, dado que si actúa correctamente le irá bien también.

Estos bancos no terminan de entender una lección muy sencilla de economía, ésta se basa en la confianza como todo lo que tiene que ver con la sociedad. Les puede parecer que presentar datos favorables en la siguiente junta de accionistas es suficiente, pero en realidad están condenando al sistema a un subdesarrollo a largo plazo y entonces tampoco les irá bien a ellos, es como si no nos acabara de pasar. Qué es lo que no entienden, es muy sencillo.

Monarquía

Una de las cuestiones que me preocupa de la Monarquía es saber qué nos garantiza que en su día a día se mueva y tome decisiones a favor de otros y no de sus propios intereses. Cualquier liberal entendería que esta familia las tomara en favor de ella misma y supondría que, al hacerlo, favorecería al conjunto. Claro que sí, esto sería así si los intereses del resto coincidieran con los de la realeza, cuestión que está por ver. El caso es que en este país es interesante ver el apego que algunos de los auto denominados liberales tienen a la monarquía.

Está claro que en sus decisiones, la Monarquía no se juega lo mismo que cualquier otra familia, obviamente tiene garantizada su supervivencia, si las toma equivocadas o no actúa correctamente no corre riesgos, esos, en todo caso, los asumimos los demás por ella.

Y aquí llegamos al caso Nóos. Ya tenemos sentencias, la Infanta condenada a pagar, su marido a la cárcel. Inocentes no son ¿verdad? Y ahora ¿qué? Pues nada y ¿quién ha pagado todo esto? Los que siempre asumimos los riesgos y las decisiones de los demás que no se juegan lo mismo que nosotros.

Muy bien, soy republicano, pero entiendo que en este país no es un debate que hoy se pueda tener con normalidad, quién sabe si algún día. Pero algo tendremos que hacer; pese al escándalo, nada cambia en la institución monárquica y por lo tanto, seguirá sin asumir los riesgos de sus actuaciones, vaya, que puede pasar otra vez y en buena lógica pasará. Necesitamos al menos un seguro, como los que nos obligan a tener para casi todo a los demás. Por qué no pedirle a Monarquía que responda con su propio patrimonio (al margen de lo que indique una posible sentencia) en caso de que ocurra de nuevo. De esta manera al menos se jugará algo y quizás tome medidas, el resto nos lo jugamos todo cada día. Si en nuestros trabajos nos equivocamos podemos tener un accidente o nos pueden despedir y, además, ya pagamos por anticipado por la posibilidad de que eso ocurra. En el caso de los políticos es igual, se juegan nada en sus decisiones, el riesgo de las mismas es para el resto, si bien es cierto que, con suerte, se les votará no en las siguientes elecciones, pero ¿la Monarquía? qué se juega y por qué debería defender algo que no sea a ella misma.

¿Por qué los sueldos no van a subir?

Hasta ahora la experiencia nos demuestra que si puedes pagar menos a alguien no le pagarás más. Sólo pagarás más a alguien si consideras que es la forma de encontrar las personas que necesitas o si tienes una presión y unos limites que, de no cumplirlos, pones en riesgo tu negocio. Y por supuesto, si temes que el mercado esté abierto y de no pagar más las personas que consideras importantes se pueden ir.

Pero todo esto es muy antiguo, no necesitamos grandes teorías económicas ni a sus gurúes para que nos digan lo que vemos a diario. Hoy tenemos el caso de los estibadores, por ejemplo. Pues ya sabemos lo que pasará si se liberaliza el sector, bajarán los sueldos y se producirán despidos que luego serán sustituidos por sueldos más bajos y más carga de trabajo en menos personas. También sabemos que se perderá calidad, el trabajo se hará peor. Y que a la larga los beneficios de las empresas no subirán tanto, pero tendrán el poder absoluto y serán muchas las personas a las que no les quedará otro remedio que bajar la cabeza y aceptar las condiciones que sean, no sólo en sueldos. Los sueldos en otros lados de las empresas que no sean los estibadores también subirán, lo tenemos claro. El poder vale mucho más que los beneficios y esto es algo que se suele decir poco.

¿Qué es lo que no funcionaba en el modelo actual? ¿Cuál es problema que hace falta resolver? ¿Era necesario este intervencionismo, más si cabe por parte de un gobierno liberal que, en principio, se declara en contra del mismo? Al parecer, una vez más, se escudan en la UE, que en este caso se mete donde no parece necesario, pues incluso algunas grandes empresas tampoco lo ven claro. Deberían decirnos qué entienden por liberalismo, si es intervenir sólo donde consideran los que gobiernan o pensar que de manera general no es necesario intervenir, pues parece que los ciudadanos podrían presentar un montón de otros sitios por los que empezar.

Conocemos de sobra las estrategias de estos días. No pocos medios empezarán a decir que los sueldos de los estibadores eran demasiado altos. Ya lo hemos visto en otros sectores antes y lo peor es que muchos ciudadanos estarán equivocadamente de acuerdo porque los compararán con los suyos. Sería más inteligente asumir que donde trabajan están perdidos pero no hacer nada al respecto, que pensar “que se aguanten que yo estoy peor”. La cuestión es que si nos dicen que los estibadores cobran 100 mil euros al año y que encima trabajan poco y mal, quizás no despierten muchas simpatías como sector, entre los que se lo crean.

Y esta es, en fin, la sencilla razón de por qué no subirán los sueldos. Cuando se los bajaron a los pilotos y los controladores, estaban de camino los de funcionarios y no pocas personas seguían alegrándose de que se corrigiera una gran injusticia, mientras, la bajada del resto de sueldos estaba ya de camino. Se despreciaban las huelgas y a los sindicatos, y ERE se convirtió en una palabra común entre nosotros.

No existe una relación lineal entre la buena marcha de una economía y la subida de sueldos, es un error pensar en estos términos. En España y para empezar porque existe la gran bolsa histórica de desempleo que sin duda no interesa a todos corregir, puesto que es una barrera de contención a las subidas salariales. Pero en países donde el desempleo es muy bajo y en momentos de mejoría económica, la bajada de sueldos también se ha producido, porque sabemos que no existe relación directa; por mucho que políticos y economistas de cabecera intenten convencernos, choca con la experiencia cotidiana. Tampoco existe una relación lineal entre los beneficios de una empresa y la subida de sueldos. Ya sabemos que los mercados no son una tabla de doble entrada por la que cuando se toca una variable se produce un cambio en la otra expresado mediante un función.

Uno de los argumentos más utilizados en estos casos suele ser que debido a la masa salarial el sector o la empresa no puede ser competitiva. Llevado a un extremo, el hilo de esta lógica nos dice que la solución sería poner los sueldos más bajos que se estén pagando en el país que más bajos los esté pagando, ¿quizás 2 euros al día?. Por el otro extremo, nos dicen, la lógica es centrarse en generar aquello que produce valor añadido o que la calidad sea la ventaja competitiva. Esto nos llevaría a que si hay personas en el mundo que están dispuestas a pagar 30 mil euros por una botella de vino exclusiva deberíamos dedicarnos a producir esas botellas. Dado que ninguno de los dos extremos parece que se corresponda con la realidad de lo que es posible hacer, no queda mucho mas remedio que cuestionar el argumento. Que el precio de los sueldos se refleja en el producto o servicio no parece cuestionable. Luego ya sólo nos queda definir lo que es ser competitivo. En el caso de los estibadores la cuestión parece sencilla, si no lo fueran habrían dejado de usarse los puertos españoles o estaríamos en camino y si esto fuera así ellos mismos habrían pedido bajar sus sueldos. Cosa bien distinta es que lo que nos estén diciendo por competitivo es que se pretende aumentar los beneficios y para ello lo mejor es recortar en uno, varios o todos los costes, en este caso los estibadores que de momento no son el eslabón más débil, pero se busca que lo sean.

No deberíamos confundir ser competitivos con obtener más beneficios y los liberales deberían decirnos cual su lógica para tomar decisiones sobre intervenir. Y quizás entonces algún día se cuestione con un Decreto también lo que ganan, por ejemplo, los jugadores de fútbol, nadie queda al margen de la bajada de sueldos ¿o sí? Ya puestos a bajar sueldos cuestionemos todos ellos que así nos será mucho más sencillo lograrlo, una guerra de todos contra todos hasta lograr pagar por trabajar, eso sí que es un reto.

Trump y los automoderados

Parece que se impone una nueva sección en los telediarios y tertulias, es el espacio Trump. Cada día de los pocos que lleva gobernando se hace necesario comentar alguno de sus varios desmanes de la jornada anterior. El hombre cunde, no cabe duda. Pero ¿qué se esperaban?

Durante muchos días, no obstante, hubo comentaristas, casi todos y todas la verdad, que decían que no sería lo mismo lo que decía en campaña que lo que luego haría. Estos mismos, algo más escépticos, están ahora -como antes- por que el sistema de frenos, su propio partido o vaya usted a saber qué, no le dejarán poner en práctica las cosas que firma. Es interesante preguntarse por qué le daban tanta cancha al personaje. Había sido machista, racista, despreciado el medio ambiente, dejado claros sus intereses comerciales personales… ¿qué hacía falta? ¿que le pareciera bien la tortura? pues ya lo tienen.

Desde luego eso no ha sido todo. Como estos comentaristas escuchaban su propio chirriar de ideas, no pocos recurrieron a que los populismos de derechas e izquierdas son lo mismo y así ya podían unir en el imaginario lo que está a la izquierda de PSOE en España con Trump. Y tan frescos se quedaron. No es menos cierto que a no pocos les sigue dando más miedo que gobierne ese populismo de izquierdas que el propio Trump. Han pretendido que cualquier postura disconforme con el sistema se considere populista y entonces ha aparecido un nuevo tipo de comentarista de la actualidad, el autodenominado moderado.

El automoderado es una figura muy interesante, se lo dice todo él mismo o ella misma, como si por hacerlo se pudiera medir esa moderación en lo que plantee a continuación y no siguiera siendo un espacio demasiado indefinido y sujeto a apreciaciones. Pero el efecto es impecable, si te sales de lo que digo, de la inmutabilidad del sistema como a mí me parece, eres un peligroso radical populista de derechas o de izquierdas, tanto da.

El caso es que no tienen nada que ver, que los extremos no se conectan salvo que seamos capaces de hacer un agujero en el espacio tiempo. Y los automoderados me dirán, claro, eso es que tú defiendes a los populismos de izquierda, radial -añadirán acusatoriamente-. Puede ser, pero no me dirán que la izquierda plantea ir contra la inmigración o contra las mujeres o contra el medio ambiente y defiende la tortura; yo veo diferencias aunque soy probado miope. A alguien se le puede ocurrir recurrir al tema de la libertad de prensa que supuestamente la izquierda radical pretende cortar, no se sabe muy bien qué pruebas hay de ello. Bien, pero aun así, después de ver lo que Trump hace con la prensa, este argumento se sostiene a duras penas; declarar la guerra a los medios y a la verdad desde el primer día no pinta muy bien.

Ya bueno, claro, no, -me dirán los automoderados- pero el populismo de izquierdas hace propuestas que no se pueden pagar. Eso está bien, entramos ya en el terreno de las cosas que se pueden discutir. Y no olvidemos que en estos días está también por ver que algún comentarista automoderado saque el tema de la subida de la bolsa. Este argumento es como aquel por el que, al fin y al cabo, el personaje ha ganado unas elecciones. Me parece que deberíamos pensar si no son dos síntomas de una misma enfermedad y ver si queremos hacer algo por averiguar cual es, tratar sólo los síntomas o no hacer nada y esperar que el cuerpo enfermo se cure por si solo.

Es esta una pregunta interesante. Imaginemos que el sistema está enfermo y la enfermedad es la desigualdad, por mucho que los automoderados se empeñen en negar los informes que hablan de ello. Desigualdad implica más pobreza, sin duda, pero no es tanto eso como el sentimiento de injusticia por el que unos tienen todo y otros cada vez menos, aunque coman todos los días. Es comprensible que determinadas clases sociales defiendan ese statu quo y que la izquierda que lo cuestiona haya sido su enemigo tradicional, pero ahora se enfrentan a un dilema, a un juego que no se sabe dónde llegará. Resulta que tienen que valorar a quienes no se preocupan por la enfermedad y seguirán defendiendo los intereses de unas clases, la suya incluida, pero se basan en el descontento de las demás. Puede ser que Trump y los que quizás vengan después, hayan puesto en una posición muy difícil a los automoderados. Se verá o no.

Cónclave de la ultraderecha europea

Cónclave de la ultraderecha europea este sábado en Alemania entre protestas

Hace ya algunos años, empecé a escribir unas pocas lineas sobre distintas situaciones injustas y equivocadas cuando tenían que ver con la inmigración. Siempre he pensado que es un tema vital para cualquier sociedad, pero nunca pude imaginar que se convertiría en el motivo principal del Brexit, la elección de Trump o el ascenso de los partidos de ultra derecha hasta el poder en Europa. O tal vez sí lo imaginaba, como el que tiene pesadillas y al despertar se acuerda pero sitúa las mismas en el sitio de los miedos con pocas posibilidades de ocurrir.

El caso es que ya hoy me queda muy poco más que añadir. El racismo se ha impuesto y es un argumento político de peso. Ante todas las advertencias que se hicieron por personas influyentes y no por quien -como es mi caso- no pinta nada, ya sólo se puede añadir “te lo dije”.

Hasta dónde nos llevará comulgar con los discursos del odio por el otro extranjero es cuestión de esperar. Por un lado cabe pensar que cuando enciendes la llama ya no te queda otra que mirar hasta que se queme el combustible. Tal vez confiar en que algún cortafuegos quede y que si bien no esté muy saneado, sirva de algo. Desde luego parece que lo que está por venir pondrá a prueba la capacidad de regeneración y autoconservación de nuestros sistemas.

Mientras tanto podemos empezar a pensar en qué hicimos mal o qué no hicimos para permitir que una vez más en la historia un grupo de personas se convirtieran en el chivo expiatorio, el motivo político unificador. Tal vez esté en nuestra naturaleza, aunque en la misma hay tantas cosas que no explicaría por qué se estimulan unas y no otras. Es posible que simplemente nunca se tomara en serio este tema.

También cabe pensar que una mayoría no quiera escuchar lo que consideran discursos moralistas. Bastante tienen con su día a día, sus muchas ocupaciones, renuncias y miedos, como para que encima unos pesados vengan con explicaciones rebuscadas que les hacen cuestionarse planteamientos y sentirse mal con ello. Desde luego no les gusta que les llamen racistas aunque lo sean de manual, mucho menos que por serlo caerán sobre todos las Siete Plagas.

Antifrágil de Nassim Taleb

Hace un tiempo tuve una entrevista de trabajo algo desagradable. Después de mucho rato de tensión, la conclusión del entrevistador fue que lo que todos buscamos es estabilidad en la vida. Lo curioso era que el puesto (en el mismo momento me enteré) era de media jornada y mal pagado, pues todavía hay muchas ofertas que no facilitan este tipo de información y vas a ciegas. Pero además, ni corto ni perezoso, el hombre me dijo que en aquella empresa nadie se asentaba hasta como mínimo pasados los tres años y que lo normal era que te despidieran por periodos de unos meses y luego te volvieran a llamar varias veces a lo largo de todo ese tiempo. Algo así como una prueba de obstáculos de resistencia.

Pero eso no fue todo, claro, el rato no tuvo desperdicio. En un momento dado y después de tanta tensión, tuve que parar y preguntar dónde quería llegar. Me dijo que quería saber si yo era conflictivo porque la empresa tenía una serie de denuncias y no querían más. Acabáramos, si hubiera empezado por ese punto. Era lo que parecía, una de esas entrevistas en las que la persona cree que en la organización y en el puesto se vive mucha tensión que es necesario saber soportar y no todo el mundo vale. Un joyita vaya, pues pocas cosas más devastadoras existen que creerse que en tu lugar de trabajo se soporta mucha presión y comulgar con ello, llevarlo a gala y que sea parte de la identidad corporativa. Suele indicar una dependencia muy alta de unas pocas personalidades, mucha desorganización y baja calidad del trabajo. Normalmente reina la idea de “este trabajo consiste en aguantar el tirón”, esa gran asignatura que se imparte en los diferentes ciclos de educación de todas las sociedades del conocimiento.

Este episodio me ha venido a la cabeza leyendo “Antifrágil”, libro de Nassim Taleb. Entiendo perfectamente la forma de pensar del entrevistador por la que es mejor ser duro, ya que si te portas correctamente con la gente te lo pagarán mal, los halagos debilitan y cosas en esa linea. Cómo no entenderlo si es lo que hemos vivido en distintas organizaciones, muchos desde el colegio, toda nuestra vida. Pero Nassim propone una serie de conceptos sobre este tema y otros que merecen considerarse. La cuestión es que a los humanos y a sus organizaciones nos hace bien la tensión, el estrés, los ejercicios para fortalecernos. Pero como todo el mundo que hace deporte sabe, es tan importante el esfuerzo como el descanso, la mitad del rendimiento futuro está en los periodos de descanso. Nada hay tan negativo como la tensión constante, es mejor más intensidad intercalada con periodos de recuperación. Lo contrario es como la tortura de la gota malaya, ir dejando que una insignificante gota te caiga en la frente durante mucho tiempo hace que te vuelvas loco. Está claro que algunas personas podrían confundir esto con una reivindicación de los demonizados sindicatos relativa a más periodos de vacaciones o mejores horarios y aunque puede estar relacionado no es la idea. Trabajar intensamente en un proyecto, aprender del mismo, salir fortalecido, crear todo un nuevo mundo de posibilidades y nuevas relaciones, permitir la creatividad y el error y empezar proyectos de nuevo, estimular en definitiva capacidades humanas, no tiene nada que ver con trabajar poco ni con ser blando. Hablamos de modelos de gestión.

La idea que nos propone es que en determinadas situaciones orgánicas y complejas, lo mejor no es la dureza sino la antifragilidad. El libro -como decía- merece una lectura para profundizar en ese concepto, si bien él preferiría una crítica porque dice que quien se atreve a opinar contracorriente sale más fortalecido de estas últimas si es antifrágil. El caso es que por todos lados volvemos a la dureza, en política, en relaciones internacionales… no sólo en aquella organización. A duros y duras gusta llamar a cualquiera que no es agresivo, blandos, a veces buenistas; confunden ambos términos, lo confunden todo. La cuestión es que lo que es duro puede costar que se rompa (aunque al final casi siempre lo hace por desgaste) pero tampoco mejora. Así que no puedo dar la razón a mi entrevistador de entonces, los humanos no buscamos la estabilidad. No pasar hambre no entra dentro de la idea de estabilidad. Nos gustan los retos, cambiar, aprender, el estrés aunque no que este sea parte diaria de toda nuestra vida laboral. En cambio, se nos enseña a acomodarnos como objetivo de ciertos ambientes y sistemas, a que no seamos conflictivos y cuestionemos cadenas de poder, pero en el fondo no está en nuestra naturaleza perder masa y volvernos fofos mentales. El problema suele ser que nos acostumbramos tanto a aguantar lo que venga, a bajar la cabeza que ya no se nos puede pedir otra cosa, nos entrará el pánico. Esto nos lleva a ser muy frágiles, cualquier cambio puede rompernos. Y todavía a algo más inquietante, muchas organizaciones duras, expuestas a no mejorar, en el fondo necesitan basarse en plantillas frágiles.

Bueno, ya sabemos que existen organizaciones y personas para todo y a muchos les va bien así, total, sólo se vive una vez y mientras el chiringo aguante… Correcto, lo único que me preocupó es que aquel hombre se quedó convencido de que me interesaba.

Feliz Navidad y próspero Año Nuevo señor Montoro

La sentencia sobre las cláusulas suelo del Tribunal de Justicia de la Unión Europea es muy importante, pero el lenguaje nuevamente puede traicionarnos. Se habla de cómo afecta a los bancos y las cantidades que pueden tener que devolver, con lo que es posible olvidarse de, por ejemplo, las personas que perdieron su casa porque no podían pagar la hipoteca y que sí habrían podido si no hubieran tenido esa cláusula.

A estas personas no es que les venga mal que les devuelvan el dinero que no deberían haberles cobrado, la cuestión es que destrozaron sus vidas y eso ya no tiene remedio. Hubo también mucha gente que aunque no llegara a perder su casa sufrió para mantenerla y su vida está también destrozada; impagos de dos meses, por ejemplo, y pagar algo dos días antes de que acabara el tercero con dinero que pedían a familiares o amigos aun sabiendo que el siguiente mes la cosa sería aun peor. Eso te machaca, te quita salud, nadie puede negarlo.

Es sencillo empatizar con nuestros congéneres que padecieron y padecen estas situaciones. En un momento de esta infinita crisis -más de 10 años de nuestras vidas que se dice pronto- todo el que tenía trabajo e hipoteca empezó a pensar que de seguir así en algún momento no le llegaría el dinero. Cuando las hipotecas empezaron a bajar muchas personas pudieron pensar que, si mantenían el trabajo, podrían sobrevivir. Si lo miramos desde cierta perspectiva, tal vez esta circunstancia ayudó a que no se produjera un estallido social que tantos predecían. Toda esa gente a la que habían convencido de que era clase media y se lo creyó, que podía respirar de nuevo, no tomaría ya las calles y seguiría agazapada esperando que la cosa no empeorara de nuevo. Pero hubo mucha gente a la que esos de entre 200 y 300 euros de menos a pagar cada mes por la hipoteca, no les bajó porque tenían una cláusula suelo. Es sencillo -como decía- ponerse en su situación, todo el que no lo está, estuvo muy cerca. Por descontado, aquellos millones de personas que perdieron su trabajo, lo veían todo más negro si cabe.

Ahora es comprensible que miremos la palabras, los bancos no son lo importante y de lo que se debe hablar. Esta sentencia que tan bien nos parece, mueve a más reflexiones porque no dice que las clausulas suelo fueran ilegales, dice que estaban mal comercializadas. Dice que está feo timar, no tanto que sea ilegal, porque -alegan los bancos y algunas sentencias en España- si tú sabes lo que firmas es problema tuyo. Menos da una piedra, claro, pero no es que ayude mucho a la confianza mínima para que una sociedad se desarrolle. Si lo piensan bien, hacer que el derecho o la política proteja algo que no sean las personas y sí a las empresas que no tienen existencia real, son un ente, es una perversión histórica del tal magnitud que todavía estamos por ver sus consecuencias.

Pero además aparece en escena Montoro, no podría ser otro ni de otra manera. Por Navidad nos regala su postura por la que Hacienda quiere una parte de ese dinero que se tiene que devolver. Alegría. Se verá si eso es así y puede reclamarlo, pero antes de poner en el mismo nivel la noticia sobre la sentencia que devuelve algo de fe en Europa a tantos españoles, con su afán renovado por ser el antipersonas del reino, podría haberles dicho algo a quienes lo perdieron todo, un lo siento por ejemplo; con que se hubiera dado un punto en la boca nos habríamos conformado. Señor Montoro, esto no es como si en estos días te toca el Gordo de Navidad y tienes que pagar Hacienda, disculpe que se lo recuerde. Estamos hablando de millones de sus conciudadanos, gente muy cerca aunque no quiera verla, a la que se les ha destrozado la vida por algo que, pese a que ahora se pueda recuperar el dinero, ya no cambiará la circunstancia de que usted y otros como usted podrían haberlo evitado sólo cumpliendo con sus obligaciones, haciendo su trabajo, hablando entonces y no ahora.

Pese a todo, pese a su cobardía, estulticia y crueldad, Feliz Navidad y próspero Año Nuevo. Y por extensión a todos los que diseñaron, avalaron, vendieron, protegieron o simplemente callaron cuando podrían haber dicho algo.

Pactar o negociar

La palabra pactar está siendo la más utilizada en estos días, justo después de la formación de gobierno. Está muy bien porque lo que nos estamos jugando es el modelo de bienestar europeo, esa es la discusión de fondo. Y, por lo que hasta ahora sabemos, el modelo ha dependido del acuerdo entre cristianodemócratas y socialdemócratas, tanto para su creación y desarrollo como para sus recortes.

También parece que los europeos somos partidarios de un sistema redistributivo basado en una lógica progresiva, es decir, que aporta más el que más tiene. Europeos son, obviamente, también las personas que defienden los intereses de grandes y poderosos y que son más partidarios de un sistema a la estadounidense, incluso de no contribuir si ello es posible. Pero estos ya se defienden muy bien solitos.

A nadie se le escapa que si se tiene una vocación pactista ésta se podría haber desarrollado antes, los cuatro años y 300 días en solitario, por lo que creerse que se trata de algo más que una estrategia es un acto de fe. Al final puede pasar que tanto hablar de pacto, si estos no llegaran, se culpe a los demás, pues no en vano ya nos hartamos nosotros de pronunciar la palabra. Es cuestión de sentarse a esperar y ver.

Pero otra cuestión importante es sobre qué se puede pactar. No es que ciertas partes de una ley sobre educación no sean importantes o la legislación laboral, el caso es que estas estarán siempre dentro de un contexto más amplio que es el modelo que se quiere. Y sobre eso no se pactará, siquiera parece que esté previsto hablar de ello. La lógica que nos domina es la de “no se puede hacer otra cosa”, esto nos lo imponen, aquello lo hemos comprometido y no podemos faltar a nuestra palabra (aquí van sonrisas), nos debemos a unos socios… Mientras, no conviene olvidar que en Europa se maneja el término de PIGS (Portugal, Italia, Grecia, Spain) para referirse a países como el nuestro, queriendo significar que somos unos aprovechados. Estando en nuestra raíz cultural quijotesca, nosotros en vez de combatir este estereotipo injusto, apretamos más en casa para demostrar que se equivocan, argumentando que no se puede hacer otra cosa.

Entonces pactar es llegar a acuerdos, pero la pregunta es si estos ya existen y por lo tanto no hace falta pactar nada. En tal caso sería más adecuado usar la expresión negociar, que viene a querer decir que se trata de encontrar la mejor manera de llevar algo a buen término. Se puede negociar para hacerlo de esta manera o de esta otra, pero el objetivo ya está decidido.

Puede que la elección de pacto en vez de negociación sea por casualidad. Pero también puede que no, puesto que en nuestras cabezas negociar implica reconocer a la otra parte y pactar… pues no lo sabemos tan claro, aunque la palabra suene más bonita. Lo que podría preocuparnos es si el gran pacto sobre el modelo europeo de bienestar está roto y entonces sería pertinente preguntarnos cuándo lo han negociado con nosotros y qué hemos decidido que lo sustituye.