Señor Sánchez

Espero, señor Sánchez, que pueda entender el profundo malestar que quien le escribe tiene con usted y el Gobierno de todos los españoles y españolas, por las decisiones sobre el barco pesquero Nuestra Madre Loreto y las personas recatadas del mar.

Si no lo he entendido mal, 12 personas se tiran al mar antes de ser llevadas a Libia, son rescatadas por un pesquero español y este no obtiene permiso para desembarcar en ningún puerto de nuestras costas, pero de ningún otro país europeo tampoco, durante 9 días, poniendo en peligro a las personas rescatadas y a la tripulación del barco. Al final, Malta acepta que desembarquen aunque una vez reciban atención médica serán acogidas por España. Resulta, no me diga, dantesco y si no fuera por la gravedad, por los perjuicios y riesgos para el pesquero y las personas recogidas, podría resultar hasta cómico.

Sin embargo, un vistazo a la prensa indica que lo que aparentemente es un gesto para mostrar dureza ante la inmigración (justo antes de las elecciones andaluzas) o no fue bien entendido o considerado un error, de manera unánime, por todas las ideológicas. A un lado reafirmó en su razón, al otro, enfadó posiblemente desincentivando. Si la decisión fue humanamente mala, los resultados de la misma peores.

Hoy que ya somos un poco más europeos, con un partido de la ultra derecha elegido para estar en las instituciones, conviene volver a pensar sobre si el tema de la inmigración debe ser utilizado para rascar unos votos. Es, desde luego, una tentación, recurrir a un discurso fácil de dureza y lleno de prejuicios o a gestos de inhumanidad e ineficacia como el suyo al que nos referimos, pero parece claro que sólo les funciona a determinados partidos si es que quisiéramos mantener únicamente la mirada del voto. Es una encrucijada, una trampa, no cabe duda, y tal como llevamos años viendo, un tema sobre el que no se está sabiendo cómo trabajar.

En el corto plazo con el que se suele mirar desde la política, el patrón del pesquero que, al parecer, es militante del PP, ofrece una lección cuando dice que en su presencia nadie muere ahogado si lo puede evitar. Es de cajón señor Sánchez, ninguna persona con decencia, sobre las que deseamos se asienten nuestras sociedades, haría lo contrario.

El medio y el largo plazo son el problema. Hay muchos de nuestros conciudadanos que votan en contra de partidos o bloques como ahora gusta llamar, por el tema de la inmigración y partidos que no dejarán pasar esa oportunidad para su beneficio. Tal y como están hoy las cosas, lo tienen todo a su favor, tiran de patria para el “primero los de aquí”, utilizan el buenismo en contra de todo el que quiera aportar una perspectiva distinta y, al final, han conseguido la trampa discursiva perfecta por la que, se haga lo que se haga, siempre suman votos apelando a las pulsiones, el miedo y el racismo. ¿Son racistas quienes los votan? La mayoría no, pero compran los discursos basados en el racismo y -sabemos de sobra- estos suelen siempre encubrir intereses bien distintos entre quienes los elaboran y quienes los siguen.

A estas alturas parece ya evidente que los datos, los análisis de personas con estudios, no cambian el sentir de demasiados votantes, son buenistas al parecer, puesto que si tiramos de los mismos, en épocas cercanas pero anteriores hubiera tenido más sentido que la inmigración movilizara voto. La cuestión parece ser que ha habido dejadez y despreocupación por el discurso sobre este tema durante muchos años, no se ha querido ver o daba miedo tocar, el caldo de cultivo que se estaba generando en la calle, en los bares, en las familias cuando se juntan para cenar. Y como no había argumentos discursivos contrarios, los partidos sin escrúpulos sólo han tenido que esperar el momento que les parecía mejor para utilizar todo aquello.

Ya está hecho y ¿ahora qué?

Pues es verdad que en estos días nos hemos cansado de escuchar consejos sobre lo que hacer para frenar el temible ascenso de partidos que pretenden devolvernos al pensamiento de la Edad Media, pero la alternativa sería el reproche por años de mirar hacia otro lado mientras, por ejemplo, la gente iba usando cada vez más la expresión “panchitos” sin sentir rechazo por ello; eso lo hemos vivido, yo día tras día en mi propia familia y durante mucho tiempo, demasiado. No me extraña por tanto lo que ha ocurrido, quizás en ambientes más refinados, cultos y correctos, el uso del lenguaje racista no ha crecido tanto sin encontrar oposición, pero en eso que llaman “la calle” sí.

Vaya pues mi consejo. Lo primero es lograr un país, una sociedad -si es que determinados términos molestan-, que sienta orgullo de decir que no se deja morir a nadie en el mar. Esto es sencillo a poco que se favorezcan los buenos sentimientos y la razón en vez del odio entre nosotros. No conviene equivocarse demasiado pensando que el debate sobre inmigración sea sobre “los otros”, es en realidad sobre nosotros. ¡Que no es buenismo! es ese un término que denota odio y simplemente cae por el propio peso de la empatía con los que son como nosotros, no hacen falta cientos de campañas de sensibilización, sólo decirlo claramente, sin complejos, y todo el mundo lo entenderá porque ninguna persona -nuevamente decente- dirá: sí, tienes mi consentimiento para dejar que se mueran ahogados, es más, deja que voy yo.

Lo segundo es vencer el discurso de “primero los de aquí” porque es una trampa racista. Quienes más lo defienden suele coincidir son aquellos que no demuestran -cuando llega el momento de hacer algo- interés alguno por tener, por ejemplo, un país con menos paro o miseria, y nunca encontrarían el momento para decir “vale, ahora ya somos un país rico, una de las primeras potencias del mundo, podemos dedicar algo de atención a los que no son de aquí”. Nunca, porque parte de su edificio ideológico caería. El mismo se basa en reminiscencias imperialistas y autárquicas al mismo tiempo. Se añora ser un imperio, se dice que somos un gran país y critica a quien no lo defienda, a la vez que se indica que debemos permanecer cerrados en nosotros mismos sin recibir influencias externas, primero nosotros.

Bien, pues es necesario decir que una sociedad que se proyecta hacia el futuro como próspera e influyente no será aquella lastrada por discursos racistas. Los mismos indican más bien una tendencia hacia la decadencia desde el statu quo actual; la economía que tanto nos preocupa y el discurso público están unidos. Un sentimiento de orgullo por ser una sociedad acogedora, dinámica y dispuesta a cambiar con todas las influencias positivas de las personas que formen parte de la misma es, sin duda y entre otras cosas, más rentable económicamente que el sentimiento que se desprende -al menos a mí- de leer, por ejemplo: “Suprimir la institución del arraigo como forma de regular la inmigración ilegal. Revocación de las pasarelas rápidas para adquirir la nacionalidad española.” (en el programa de Vox).

No me diga usted, señor Sánchez, que pensar en un vecino o vecina suyos que quiere vivir con sus hijos pequeños o padres mayores, pero no lo puede hacer por una ley, le proporciona un sentimiento de orgullo, una sensación de prosperidad o de proyecto ilusionante. Y qué me dice sobre la satisfacción que proporciona que una persona quiera declararse español, con la que está cayendo sobre este tema, y tampoco pueda por no sé que pasarela rápida; a mí no me anima mucho a seguir produciendo todos los días y formar parte de un todo común con alegría. Ridículos como el del Nuestra Madre Loreto tampoco ayudan.

Drogas III

El debate sobre la legalización del cannabis es de esos que dan dolor de cabeza a quienes se encargan de las políticas públicas. Cada vez son más las voces contra las mismas en materia de drogas porque durante al menos los últimos 50 años priman en el mundo aquellas que causan bastantes más daños a las personas que beneficios a su salud y eso, para una política pública, es un tema muy serio. El reconocimiento del fracaso de la denominada “Guerra Contra las Drogas” y por extensión de las posturas prohibicionistas cada vez atrae más consenso.

Si aceptamos que el prohibicionismo y su hermano más cruel la Guerra Contra las Drogas han fracaso (como ya se intuía desde el principio porque había precedentes) y que por el camino siguen dejado una huella de dolor humano imborrable, quizás no pocas personas piensen que no tiene sentido oponerse a la regularización del cannabis, si cabe aunque sólo sea por emprender un camino ligeramente distinto al seguido hasta ahora. Pero no debemos auto engañarnos ni jugar a las palabras, regularizar significa legalizar primero y luego permitir el consumo, ya legal, bajo determinadas condiciones, por no generar desde el principio más dudas, como si hubiera una solución intermedia.

https://www.elmundo.es/internacional/2018/09/09/5b9408b2e5fdea6a3e8b45b2.html

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2018-06-08/guerra-contra-drogas-espana_1574353/

https://idpc.net/es/publications/2018/10/balance-de-una-decada-de-politicas-de-drogas-informe-sombra-de-la-sociedad-civil

Un caso que gusta mucho mencionar a la mayoría de prohibicionistas y a nos pocos regularicionistas es el del tabaco. No se puede negar que ciertos éxitos se han conseguido en la reducción del consumo de dicha sustancia, pero tampoco que los mismos se deben, en muy buena medida, a que es y siempre ha sido una sustancia legal sobre la que se podía -precisamente- regular. ¿Qué evita que alguien piense que ese es el camino para otras sustancias, legalizarlas primero y regularlas después o la vez? Esta es, parece, la mayor oposición que ahora ponen los prohibicionistas en el debate sobre el cannabis, les preocupa y con razón, que si se permite hablar sobre una sustancia, lo siguiente sea hacerlo sobra otra o todas las que ahora se consideran ilegales. Les preocupa, principalmente que se discuta.

Pero desde el momento que ya se habla del cannabis se encuentran con una trampa, pues han estado insistiendo en que la baja percepción de riego de consumo de esta sustancia era un error, la misma es dañina y peligrosa como lo son todas ¿no es el mero echo de hablar sobre su legalización y no de otras, una asunción de que hay sustancias más y menos peligrosas? ¿es que acaso se debe legalizar en función de la peligrosidad? ¿no nos han insistido muchos en que, por ejemplo, el alcohol es la peor de todas siendo que es legal? Lo cierto es que nadie ha tendido esa trampa a los prohibicionistas, es fruto de sus propias contradicciones desde el principio y sobre todo, de insistir en ellas largo tiempo en una huida hacia delante.

Es verdad que el debate sobre la peligrosidad para la salud de una sustancia es también largo y no se puede simplificar. La única verdad es que las drogas repercuten siempre negativamente en la salud, incluso las que curan, puede ser a corto, medio o largo plazo, depende de la frecuencia, el cuerpo que las recibe, el contexto social, puede o no que el remedio sea peor que la enfermedad… y miles de consideraciones más. Pero precisamente por ello, cabe preguntarse si la peligrosidad de la sustancia debe ser parte del debate, porque entonces ya nos vemos obligados a hacer un ranking, de las menos a las más peligrosas y acabaremos en un punto que conocemos, los prohibicionitas serán partidarios de prohibir hasta el Ibuprofeno y los legalicionistas volverán a que el café debe ser parte también del debate (y eso que el que el café desapareciera de las discusiones sobre sustancias hace años no deja de tener su miga). Otra inquietante pregunta trasluce del mismo planteamiento, ¿acaso la perspectiva de la salud ayuda en la discusión sobre las drogas? Es este, de momento, un anatema y lo dejaremos.

Es posible poner el análisis de la peligrosidad sobre la mesa, discutir eternamente sobre el propio concepto de peligrosidad cuando de drogas hablamos, perpetuar así el debate, que quizás los prohibicionistas acaben cediendo en el cannabis, pero el fondo, si ese es el camino que se elige, lo importante para la humanidad continuará sin abordarse. Y es que el tema va más lejos que el que alguien tome una sustancia legal o ilegal, todo ser humano, en algún momento y si tiene suerte toma alguna, el debate es sobre las sociedades que queremos y cómo nos relacionamos con otros seres humanos y sus decisiones. Puede que algunos prohibicionistas de toda su vida se encuentren ahora abatidos por los derroteros que parece toman los acontecimientos y las reflexiones, como si su vida, obra y dedicación al bienestar de los demás se derrumbara por un rumbo que claramente ven equivocado. No es el momento, la discusión puede trascender a las drogas y formar parte, al fin, de otra mayor sobre el futuro de la humanidad, deberían aprovechar la ocasión pues en el fondo es la que han estado esperando toda su vida, quejándose de que el tema de las drogas -decían- no interesaba a nadie de verdad.

Por no llevar las cosas a la filosofía, el misticismo o la utopía, dejémoslo en que parece que la discusión todavía tiene mucho recorrido aunque cada vez es más urgente y no se puede olvidar que frente a sus aparentes contradicciones, los prohibicionistas tienen casi todo el poder en las decisiones sobre este tema, en cualquier momento pueden elegir no debatirlo y así no seguir exponiéndose. O pueden, como el que oye llover, actuar como les parezca.

Pese a todo, lo cierto es que no sabemos las consecuencias sociales que podría tener una legalización de las drogas desde este punto en el que nos encontramos, con el prohibicionismo totalmente arraigado y normalizado, sólo sabemos algo de lo que no ha funcionado y -no conviene olvidarlo- el daño humano que esas decisiones han causado (existen voces que incluso piensan que en algún momento se puede llegar a pensar en condenar a quienes iniciaron las políticas de la Guerra Contra las Drogas porque si no eran conscientes del daño a la humanidad, lo vieron en seguida en insistieron pese a ello). Y tampoco lo sabemos todo -si es que eso fuera posible- porque las posturas políticas previas a abordar un tema, han condicionado, como siempre hacen, las formas de medir y de mirar el mundo. Se podría pensar que tenemos mucha información e investigación sobre drogas, pero como ya discutimos en otro lugar (I, II), ni es tan buena, ni es tan objetiva. El lobby prohibicionista se ha encargado de sesgar lo que podemos saber con sus lustros de poder y además se han encargado de crear otra trampa, la de la evidencia científica, con sus expertos y expertas en drogas para institucionalizar sus planteamientos a priori.

Llegados a este punto, conviene volver al principio porque tal vez alguien no coincida o no entienda la posición de partida por la que la Guerra contra las Drogas y el probicionismo han causado tanto daño y fracasado. Cuando, desde una perspectiva fundamentalmente medicalizada, nos ofrecen datos -normalmente con muchos porcentajes como manda la evidencia científica ortodoxa-, de las consecuencias negativas que tiene el consumo de cualquier sustancia, incluidos el alcohol y el tabaco, en la salud de una persona, tienen razón en lo fundamental, las drogas son malas para la salud, nos reafirmamos en este punto y no lo vamos a discutir. Cuestión bien distinta es que persiguiendo a quienes las consumen, bien directamente con medios policiales y judiciales, bien indirectamente creando o manteniendo prejuicios sociales, el consumo disminuya, cosa que -también de manera general- parece más bien al contrario. Tampoco lo ha hecho persiguiendo a los productores de las sustancias (normalmente agricultores buscándose la vida), ni a quienes trafican con ellas, siendo la consecuencia de esto último que las cárceles se han ido llenando ya no tanto de grandes mafiosos como de pequeños vendedores y vendedoras y quienes se encargan de llevar las sustancias que si, habitualmente, ya tenían una vida precaria, el encarcelamiento no ayuda a cambiar esa situación. Por no hablar de aquellos países que están o han estado en un conflicto armado contra los narcotraficantes, con incontables bajas humanas (más que las directamente relacionadas con el consumo), mientras y para colmo la producción de sustancias seguía creciendo. Menos de aquellos países y gobernantes o futuros gobernantes de otros que son partidarios de la pena de muerte o directamente el asesinato de quienes consumen o trafican, pese a que vaya en contra de los Derechos Humanos y lo que es más importante, de la mínima humanidad; el mayor de los fracasos.

La otra cara de la moneda en el argot de quienes se califican a sí mismos como expertos y expertas, es la de la reducción de la demanda, aquellas medidas y acciones por las que se espera reducir el consumo y por lo tanto y como consecuencia que así se dejen de producir drogas por falta de demanda, a parte de mejorar la salud de las poblaciones. Pues bien, cuando las sustancias son ilegales el éxito de la prevención es difícil de determinar, aunque no es menos cierto que la inversión en ella es enormemente baja (sobre todo comparado con el que se destina a la Guerra Contra las Drogas) y resulta complicado distinguir si la falta de medios (y casi siempre de ideas) es la causa primera o realmente la prevención del uso de sustancias ilegales no se aborda metodológicamente bien. Quizás ofrecer información, pero no toda, sólo aquella que pone de manifiesto lo malas que son las drogas, sin poder además regular su uso legal, no tenga más recorrido. Y es que a nadie se le debe escapar ya a estas alturas que gran parte de las limitaciones para prevenir, es que no se puede actuar directamente sobre las sustancias que son ilegales, están fuera, por definición, de alcance. ¿Cómo se previene a alguien de que no haga algo que no puede hacer?

Imaginemos, por imaginar, que queremos poner un punto de información y análisis de sustancias en una fiesta, para evitar (a veces a esto lo llaman prevención de riesgos, otras de daños y hay quien no lo considera estrictamente prevención) que la gente que asiste consuma sustancias adulteradas, que sean otra cosa de lo que creen y pagaron o simplemente que lo hagan en las mejores condiciones posibles de cuidado y conocimiento. Una primera pregunta que algunas personas se hacen es si esto sería necesario de estar las sustancias disponibles legalmente. Lo del conocimiento y cuidados nunca estaría de más, pero seguramente si no tuvieran que esconderse para comprarlas, sería más fácil proporcionarlos.

Pues bien, en nuestra situación inicial sin el último inciso, ahora la fiesta cuelga un cartel de prohibido consumir drogas dentro del recinto que es todo lo que puede hacer. De tal forma ese punto de información que queríamos poner, por ser mínimamente coherentes, ya no permiten -sus organizadores- que esté dentro, puesto que está prohibido consumir y sería ridículo por innecesario. Asumen que por prohibir algo no se producirá aunque en realidad nadie cree eso, sólo se lavan las manos ante posible repercusiones legales, derivadas de las posturas prohibicionistas. Las personas que asisten pueden, no consumir, hacerlo fuera y entrar o hacerlo dentro saltándose la prohibición en el caso de que existiera -y siempre existe-, posibilidad de que no te descubran y expulsen de la fiesta. Así pues, en este ejemplo que nos hemos inventado, la primera prohibición, la general, afecta a la segunda, la particular y ambas a los consumidores o potenciales consumidores. Si se ven afectados para bien o para mal, sólo depende de su decisión previa de consumir o no hacerlo. No tenido intención de consumir no hay más de lo que hablar, es para bien, pero en nada han afectado las normas. Si deciden hacerlo, parece que las prohibiciones están aumentando sus posibilidades de daño, sin negar que estas ya son unas concretas sólo por decidir hacerlo. Por supuesto y aunque tengan el punto de información pueden decidir pasar del mismo, pero si este no existe, sus posibilidades de elección se reducen a cero, después, lógicamente, de tomar la de consumir. Al final da la sensación de que salvo en la situación ideal que nadie quiera consumir, en el resto, los riesgos son mayores, tanto como menores las opciones que se limitan por las prohibiciones.

Por alguna razón, las posturas prohibicionistas defienden que tener más opciones incide directamente sobre la decisión inicial de querer consumir, ampliándola. De alguna forma el argumento es parecido al de quienes creen que son las posibilidades de empleo las que inician un movimiento migratorio hacia un país. Una posible solución, siguiendo esa lógica, sería eliminar las posibilidades de empleo en dicho país y evitar así que fuera al mismo la gente buscando ampliar sus opciones. La más usada, no obstante, es prohibir la entrada con las consecuencias que ya conocemos. Otra, tal vez, pase por pensar que el origen de su decisión, se basa en que la persona considera que no tiene opciones en su país y ya en el segundo paso, busca dónde cree que tendrá más. Este pequeño -y tonto, lo reconocemos- ejercicio anterior, quizás y no obstante, nos pone ante el fondo de los esquemas bajo los que una y otra postura reconocen su mundo. Es contra intuitivo pensar que por tener más opciones de consumir drogas se consumirá menos, como choca con una parte de la experiencia practica que tener menos opciones lleva también a consumir menos.

Salvo que no pensemos que tener más opciones es mejor que tener menos, en la vida en general, y en el ejemplo en particular, los prohibicionistas, seguramente con toda su buena intención, la mayoría al menos, están limitando opciones. Y no lo querrían para sí (o sí) en todos los aspectos de su vida; normalmente la gente prefiere tener más opciones que menos, pero tener menos es lo que impulsan para los demás que quieren consumir drogas (mientras amplían las suyas propias), les quitan, en definitiva, esperando que tomen la de no consumir.

Y ahora es cuando los prohibicionistas se ponen serios e introducen la economía en sus discusiones. Si se legalizaran las drogas no significaría que desaparecerían las mafias como por arte de magia. Seguramente no, nunca se ha dejado de traficar con tabaco (aunque es un dato al que no se alude con frecuencia), pero no se puede negar tampoco que si bien es la forma de que algunos ganen o se ahorren dinero, no es la única -recurrir al estraperlo- para conseguirlo, los que quieran. Hay más opciones, luego se reduce también el poder de los traficantes, en realidad se redistribuye de otra forma.

El otro gran tema -nos cuentan- es que detrás de la legalización del cannabis están grandes empresas con sus intereses económicos. Pues es posible, como detrás de casi todo lo que ocurre en el mundo y sobre lo que discutimos; igual que los Estados están haciendo también sus cuentas. Pero del mismo modo que mientras haya sustancias ilegales seguirán haciendo constantemente sus cuentas las grandes empresas que trafican con las mismas, descontando además del precio final, los daños que asumen tantas personas, y pagan los estados.

Los estados movilizan una gran cantidad de recursos represivos para luchar contra las drogas, los traficantes incorporan las posibles pérdidas a su precio, mientras también mejoran sus sistemas de producción y distribución como las empresas más innovadoras que salen en las revistas para aspirantes a millonarios y el precio, al final, no ha subido. Una parte muy importante del coste final lo pagan las personas en sus vidas (y lo descuentan los mafiosos) y todavía después, se traduce, retorna, de nuevo en gasto para los Estados en forma de prisiones, sistemas judiciales y sanitarios. Mientras, los narcotraficantes sólo se embolsan crecientes beneficios lo que, quizás, denota un sistema poco racional, no muy económico, si la Economía ha de ser entendida como la ciencia de las decisiones racionales. Pero todos sabemos que como en el tema de las drogas, lo racional, se construye idealmente primero y luego se intenta que todo encaje con esa definición, casi siempre la de unos pocos y para su beneficio, racional.

Drogas 2

En estos días cada vez resulta más frecuente el uso de términos como complejo o complejidad para referirse a problemas que afrontamos y sus posibles soluciones. Un ejemplo de ello es el denominado problema de las drogas.

Esta noción de complejidad proviene, sobre todo, de la observación de que el inicio del consumo y el desarrollo de una adicción tiene múltiples causas y así, por ejemplo, se debe considerar la sustancia, la vía de administración, la dosis, la frecuencia, el número de sustancias que se combina, la biología y genética de un individuo, también la familia, el entorno más cercano, el entorno más lejano, la prensa, la publicidad, la cultura, las leyes… podríamos y deberíamos seguir enumerando factores que desde distintas perspectivas se considera necesario para entender el fenómeno de las drogas.

Pese a la amplitud de un posible listado y el desarrollo de diferentes modelos que nos ayudan a comprender cómo cabe que se relacionen variables entre sí, debemos antes reflexionar sobre la complejidad y decidir si realmente nos enfrentamos a un problema complejo y, en tal caso, si actuamos en consecuencia.

Cotidianamente hacemos uso de la palabra complejo asociándola a complicado. Por un lado pensamos en algo que se compone de múltiples elementos, pero por otro es posible visualizar un todo compacto u homogéneo como, por ejemplo, un complejo de edificios, a veces simplemente juntos y otras juntos para una actividad común. En nuestra mente puede aparecer también un complejo vitamínico, algo que nos indica una suma de sustancias en una sola unidad, pero que no necesariamente interaccionan. En otros casos nos es posible recuperar la imagen del complejo psicológico, irremediablemente unido a una carencia que provoca comportamiento perturbado. http://dle.rae.es/srv/fetch?id=A1JK3tM

Y, además, desde hace no mucho, las ciencias duras nos vienen hablando de ciencias de la complejidad o teorías de la complejidad que, si bien todavía pugna por una definición clara, incluye cuestiones “relativas al desorden, el caos, la no-linealidad, el no-equilibro, la indecibilidad, la incertidumbre, la contradicción, el azar, la temporalidad, la emergencia, la auto-organización…” Una de las cosas más claras de la indefinición de las ciencias o ciencia de la complejidad podría ser que la complejidad que estudian no se refiere a la mayor o menor cantidad de elementos necesario contemplar en un problema, sino a la relación entre los mismos, siendo que lo que aparece en la interacción es lo complejo. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0186-10422012000100011

La complejidad “científica” se describe a veces como un nuevo y emergente paradigma frente al actual, dominante todavía y que tantos éxitos proporciona basándose en el mecanicismo, reduccionismo y determinismo. Es interesante, como decíamos, que la complejidad se ha desarrollado -sobre todo- dentro de las ciencias físico-naturales, y es todavía más marginal si cabe en las sociales. Ello se debe a que las primeras utilizan el lenguaje y pensamiento matemáticos y hoy se apoyan necesariamente en la computación que tanto contribuyeron a desarrollar en parte por la necesidad de afrontar modelos cada vez más complicados, con más variables. Pero si lo pensamos bien, la complejidad puede que forme parte del pensamiento y metodología tradicionales en las ciencias sociales aunque no fuera en estas donde se vislumbró la idea misma, puede que debido a la asunción de que las sociedades y sus problemas contienen inevitablemente la incertidumbre e impredecibilidad en su naturaleza. De alguna manera, la necesidad de predecir para controlar de una forma de entender la ciencia nos ha puesto frente a lo complejo que no es siempre predecible ni controlable.

La separación entre saberes blandos y duros ha sido no pocas veces criticada pero sobre todo las ciencias sociales han intentado copiar las herramientas metodológicas de las físicas. Producto de las ciencias y el pensamiento principalmente occidental basado en el mecanicismo, reduccionismo y determinismo nos hemos empeñado en clasificar ordenar y estratificar parcelas del conocimiento o del saber hacer lo que nos lleva a considerar un “factor institucional, de gremios académicos —cuando no de mafias— de intereses y de poder” (Kõppen, Mansilla y Miramontes (2005, p. 4–12). 252 Contaduría y Administración, Vol. 57 No. 1, enero–marzo 2012: 241–264). Una idea que, sin embargo, recupera relativa fuerza y en paralelo a la complejidad es precisamente la interdisciplinariedad, hasta tal punto que a veces parece la única propuesta desde las ciencias sociales al enfrentar su novedad. Y aun así se da discusión entre la conveniencia de aplicar la interdisciplinariedad o multidisciplinariedad o ambas a la vez.

Para terminar de complicarlo, todavía existe una perspectiva adicional de la complejidad. Hasta ahora nos hemos referido sobre todo a lo que se puede englobar bajo la idea de complejidad restringida que proviene fundamentalmente de las ciencias duras y pone a disposición metodologías algo más concretas, sobre todo matemáticas. Pero además existe el pensamiento iniciado por Morín que se llama a veces complejidad general y que concretamente nos habla del pensamiento complejo. No ofrece alternativas metodologías, nos propone a cambio que se deben ir creando, teniendo constantemente presente al sujeto que piensa formando parte de lo pensado. La recomendación del pensamiento complejo es claramente la de incorporar en un proceso continuo al sujeto y su subjetividad, de tal forma que se construyan puentes entre las diversas parcelas artificiales del conocimiento. Así, el pensamiento complejo “está animado por una tensión permanente entre la aspiración a un saber no parcelado, no dividido, no reduccionista, y el reconocimiento de lo inacabado e incompleto” (Morin 1990:23). “Ninguna ciencia ha querido conocer la categoría más objetiva del conocimiento: la del que conoce. Ninguna ciencia ha querido conocer su origen cultural” (1981, p. 24)

El pensamiento complejo puede brindar el campo reflexivo necesario para desarrollar un marco epistémico inclusivo de valores éticos y políticos conformes a las necesidad y desafíos de las comunidades sociales, locales, nacionales, regionales y planetaria. Las ciencias de la complejidad pueden brindar las herramientas metodológicas concretas para el estudio de fenómenos complejos. Considero que el desafío más fundamental es estimular el desarrollo de las ciencias de la complejidad guiadas por un pensamiento complejo. (Leonardo G. Rodríguez Zoya, Julio Leónidas Aguirre, Teorías de la complejidad y ciencias sociales. Nuevas estrategias epistemológicas y metodológicas. Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 30 (2011.2)

Las ciencias de la complejidad nos obligan a seguir preguntándonos si el fenómeno o el problema de las drogas es complejo y en tal caso podemos intentar aplicar alguna de sus propuestas metodológicas. El pensamiento complejo nos anima, en el fondo, a reformar la sociedad occidental discurriendo sobre la misma de una manera distinta y señala que las ciencias de la complejidad tampoco tienen la pretendida neutralidad que reclaman, estando ética y políticamente condicionadas por intereses concretos, muy especialmente por los de la parte norte del mundo, como casi todo lo científico.

Resulta irremediable ver que el estudio sobre drogas está teñido de mecanicismo, reduccionismo y determinismo, que independientemente de si se aborda como un problema complejo o complicado con o sin la consideración de la interdisciplinariedad, está muy ligado a las formas científicas dominantes y políticamente no neutrales, parceladas según también intereses académicos concretos. El papel de la subjetividad de quienes investigan y trabajan en drogas es, si cabe, más evidente que en otros campos, también el que la relación entre subjetividades tiene en las organizaciones estatales o supraestatales. Pero rara vez es analizado, como si nada tuvieran que ver y no se impusieran a través de normativas, mensajes, clasificaciones, partidas presupuestarias…y políticas públicas. No pocas veces todo ello se enmascara dentro de una idea de evidencia científica disponible que vuelve a dejar fuera del análisis los métodos y subjetividades creadoras de la misma.

Independientemente de si hablamos de fenómeno o problema, sus posibles soluciones -si las tuviera- no pueden desligarse del cambio, reforma o evolución de la civilización y los expertos y expertas en drogas rara vez quieren hablar sobre ello. Es un tema complicado sobre el que hacerlo, te la juegas, esconde muchas estructuras de poder, no sólo el académico científico, y es precisamente sus relaciones con otras esferas de la vida pública, política o comunitaria y de las relaciones entre sistemas nacionales lo que lo hacen complejo.

Basta con esperar

Resulta absolutamente desalentador que el nuevo Secretario General del PP, en uno de los primeros temas que aborda, recupere la idea del papeles para todos o la de efecto llamada como contra argumento a no se sabe muy bien qué amenaza o estrategia. Lo que, no obstante, desde estas líneas más nos gusta y ya nos estaba haciendo falta, es la expresión “buenismo” con la que tanto se prodiga. Es casi humillante ver como al rato se pasea entre las personas no hace mucho sacadas del mar y todavía recuperándose en algún muelle del sur de España o mirando los restos de un salto a una de las vallas.

Es también doloroso comprobar que en todos estos días de actividad mediática no se le ha escuchado hacer uso de la palabra personas:

Casado: “A mí también me desgarra hablar con inmigrantes, yo también soy persona”

https://www.abc.es/espana/abci-casado-tambien-desgarra-hablar-inmigrantes-tambien-persona-201808011345_video.html

Al margen de que preguntar de dónde es cada cual se puede considerar hablar con estas personas de refilón, hubiera sido curioso que dijera algo como: “A mi también me desgarra hablar con personas, yo también soy inmigrante”. Un ligero cambio en el guión, cualquier cosa, algo que nos hubiera dado esperanzas en que sobre este tema se piensa en serio y se quiere hacer algo. Pero no, esta vez tampoco.

Papeles para todos y efecto llamada. Como novedad que conviene mencionar ante este renovado interés en los grandes medios de comunicación por la inmigración en las costas españolas, está que en esta ocasión se ha dado voz a muchas personas para que aportaran los datos de lo que ocurre y viene ocurriendo, y -resulta- no casa nada con las posturas que defiende el nuevo y renovado PP. En particular, ha quedado patente para cualquiera que quiera verlo que el efecto llamada nada tiene que ver con gesto alguno del nuevo gobierno. Si cabe, es un efecto relacionado con el observador que mira o no lo hace, lo cuenta o no, porque el número de llegadas lleva creciendo unos años y alcanzó su máximo año tras año sin que fuera noticia, como si no hubiera ocurrido.

Pero da igual. El caso es que después de tanto tiempo de una política de inmigración concreta, con varios gobiernos de distinto signo, tampoco este parece ser el momento en que se abrirá un debate sobre cómo abordar la misma. Los argumentos están cerrados; buenismo, papeles para todos y efecto llamada de ello se encargan. Así y como reacción, ya hemos tenido que soportar también que el nuevo gobierno tuviera que decir que no está prevista una nueva regularización. Ante esta insoportable actitud de no querer hablar de nada y sacar todos los viejos temas y frasecitas, lo único que queda es la UE, la patada hacia arriba que sirve como perfecta coartada. Y mayor garantía de que no se hará nada y nada cambiará no es posible tener.

La solución populista de Casado es una inmigración legal y ordenada que tampoco es cosa suya ni novedosa, es una mantra desde hace décadas. Suena convincente para cualquiera y a continuación permite añadir que tenemos “derecho a defender nuestras fronteras”. Lo que no explica es por qué si existiera la posibilidad de llegar de manera legal y ordenada no se hace. Y si existiera y la gente no quisiera seguirla, habría que plantearse entonces en qué estamos fallando porque si una persona tiene a su disposición vías para acceder a un país de manera legal, no es muy razonable pensar que prefiera jugarse la vida. Vamos, que la esencia de la inmigración ilegal es esa, no poder acceder de manera legal y seguir queriendo hacerlo o se llamaría de otra forma.

Al final es tan sencillo como esto, si lanzas un tema a la arena de la opinión pública y te sacas fotos, lo menos que puedes hacer es darle un poco de seguimiento y un mínimo de profundidad para que tenga recorrido. Pues de momento parece que debemos seguir sentados esperando a que Casado o Sánchez nos cuenten sus ideas.

Es verdad que existe una gran diferencia, al menos el buenismo de dejar que un barco lleno con personas sacadas del mar (o con una sola como muestra de que una vida sí importa) atraque cuando no se lo permiten en Italia, ya es grandioso, y no cabe, además, relacionarlo con el aumento de actos racistas cuando lo contrario sí. Basta con esperar.

Inmigración francesa

Entiendo perfectamente el movimiento por el que, tras ganar Francia el Mundial de Fútbol, se ha querido poner de manifiesto la importancia en el equipo de las personas que en algún momento -ellas o sus familias- fueron inmigrantes al país. Es el mismo caso con el jugador de la selección croata que fue, parece ser, refugiado. Es loable, el mensaje es claro, más o menos sé consciente de lo que aportan las personas extranjeras ahora que tanto celebras tu orgullo patrio.

No obstante, hay algo que no termina de gustarme en ese mensaje y, entiendo, que se pueda considerar rizar el rizo o la critica por la crítica. Me pregunto si debemos considerar que resaltar las bondades de la integración por medio de los méritos deportivos es lo más adecuado. Y más que por los méritos deportivos, en base al éxito, por la victoria, porque la selección francesa no hubiera sido objeto de aquellas alabanzas si hubieran perdido en cuartos de final o ni si quiera hubiera pasado a los mismos. Entonces y con la misma lógica, alguien podría haber dicho (y seguro que ha ocurrido) que no puede ser que una selección esté conformada por extranjeros, lo que explica la derrota. Este argumento se puede escuchar no pocas veces de las personas que se quejan de la nacionalización de deportistas o de los equipos de ligas nacionales que sólo tienen una amalgama de distintos extranjeros y ningún nacional -puro- que realmente sienta los colores del club, añadiendo, de paso, que son todos poco menos que mercenarios. Y eso que hablar de mercenarios en el fútbol da para mucho, empezando por algunos directivos que organizan las competiciones.

Por definición creo que, por mucho que se empeñen, el deporte competitivo no es fuente ni estrategia de integración. Cuando se trata de competir, de ganar, la atribución de responsabilidades siempre está condicionada por el éxito o el fracaso. Sabemos que si ganas pensarás una cosa y si pierdes otras; si ganas tiendes a otorgarte el mérito y si pierdes a culpar a los demás. La integración, por definición, no se debe asociar a la competencia, son cuestiones algo contradictorias. Cuando compites debes tener claro un otro que no eres tu, al que quieres derrotar y que necesitas no pocas veces clasificar de distintas formas peyorativas para ayudarte. No se trata de criticar la competición ni las virtudes del deporte competitivo (no me gusta la mercantilización del fútbol, pero eso no es relevante para el caso), se trata de señalar si el deporte es lo mejor a lo que mirar para la integración. Mi respuesta es que no, ni siquiera apelando a esa teórica fraternidad que se produce entre los miembros de un mismo equipo en pos de unos mismos objetivos, porque, en el fondo, dentro de un equipo también se compite por jugar, por jugar más minutos o por el protagonismo. Es parte del juego, una parte de la vida a día de hoy, no tiene por que ser malo para determinados objetivos o formas de vida, pero no ayuda a otros. En todo caso, el tema de las estrategias de integración por medio del deporte son otra cuestión sólo transversal a la que ahora tratamos.

http://institucional.us.es/revistas/anduli/11/art_3.pdf

Pese a la buena intención de resaltar lo que los inmigrantes aportan a una sociedad, el problema es, precisamente, que es necesario señalar que son inmigrantes (o de origen extranjero) no que son franceses y que son parte de la definición del país. Veinte años atrás, la anterior selección francesa que ganó el Mundial ya estaba compuesta “por jugadores provenientes de las antiguas colonias francesas” y ello no ha cambiado la situación por la que una sociedad tiende hacia las posturas racistas, como si no tuvieran en cuenta lo que estos “inmigrantes” aportan en el fútbol.

https://www.semana.com/mundial-rusia-2018/noticias/francia-campeon-del-mundial-de-rusia-como-una-seleccion-de-inmigrantes-jovenes-alcanzo-la-gloria-575356

El conjunto era conocido como el ‘black-blanc-beur’ (negro-blanco-árabe). Las grandes estrellas eran jugadores provenientes de las antiguas colonias francesas como Zinedine Zidane, Thierry Henry, Lilian Thuram, Marcel Desailly, entre otros.

La cuestión, como se puede ver en estas líneas (bien intencionadas sin duda), es que la definición de país no se hace contando también con estas personas, las mismas aportan a una sociedad pero no la definen, como si nunca terminaran de ser de pleno derecho; sólo aportan a lo que otros consideran debe ser su sociedad.

El padre de Kylian es un camerunés y su madre tiene origen argelino, conjugando el negro y el árabe que representan la mayoría de inmigrantes franceses. Una reivindicación para las personas de origen extranjero que terminan aportando para engrandecer un país y no para quitarle fuerza como piensan los movimientos nacionalistas de extrema derecha.

En realidad estos jugadores son tan franceses como el que más o no podrían haber jugado para su selección. Enfocado de esta forma paternalista parece que en el fondo son los buenos chicos que, pese a todo, a su dura vida y dificultades, “terminan aportando”. Ello no cuestiona por qué nuestras sociedades tienen que favorecer situaciones intolerables, sólo pone de relieve que algunos seres excepcionales consiguen, por su tesón (o buena suerte), sobreponerse a todo y ganarse un sitio (aunque sea en el fútbol). Aun así, este discurso deja un vacío por el que no se quiere reconocer que todos los seres pueden ser excepcionales, y dado que unos lo logran y otros no, sometidos a las mismas dificultades, los que no (siempre según la consideración de quien tiene poder para definir), son prescindibles o, como lo consiguen pocos, un riesgo innecesario que estén. La integración medida sólo por las historias de éxito, por los que triunfan, es también un buen objeto de discusión para otro día.

En definitiva, a nadie se le ocurre decir que estos jugadores son, en realidad, Francia, se resalta su otredad no su pertenencia. Probablemente este enfoque sí que enfadaría a esos movimientos nacionalistas de extrema derecha de los que se teme sus reacciones. Tenemos miedo a estos señores y señoras, justificado sin duda, pero no creo que haciendo concesiones a su discurso, se consiga un cambio en su interpretación del mundo.

Drogas I

A medida que se va quitando protagonismo a los Dioses en la definición e interpretación de nuestras vidas, vamos buscando seguridades alternativas que nos permitan un mínimo de certeza sobre la que construir la nuestra y el pensamiento cotidianos, sin tener que estar constantemente dudando y meditando cada paso. Es muy difícil vivir en la contingencia permanente, recordándonos a cada minuto que nada es seguro y que los Dioses o el azar dirán qué ocurre a continuación.

La salud, la enfermedad, la vida y la muerte son dos de los ámbitos en los que los Dioses juegan y han jugado mayor protagonismo, por la lógica aplastante de que sin salud o muertos, el sentido de todo lo que pensamos o hacemos hoy, pierde muchos enteros.

La medicina, ayudada de una idea concreta de ciencia, entra en parte a sustituir a esos Dioses, aunque también, afortunadamente, a sus mucho menos eficientes chamanes, curanderos y demás que los representaban. Pero también conviene reconocer que en línea con otras evoluciones del pensamiento en la sociedad, la medicina tiene una parte antropocéntrica, entendiendo por tal no ya que el hombre es el centro del universo sino que tu, individuo, lo eres.

Existen suficientes evidencias de que la salud depende en parte de dónde naces, vives y cuánto tienes, así como de tus hábitos que a su vez se ven influidos por dónde naces, vives y cuánto tienes. También de que alguna parte de la salud está menos vinculada con todo ello y más a combinaciones genéticas o cuestiones varias, como accidentes, sobre las que como individuo nada puedes hacer aunque influya dónde naces, vives y cuánto tienes. Pero lo que domina en buena parte del discurso público de la salud a día de hoy es un empeño por decirte que tú eres tu propio Dios, que la responsabilidad de tu salud es tuya. Y en una buena medida es cierto, no puedes influir mucho en las políticas de salud a las que te someten, aunque quieran hacértelo creer, poco en el resto de cosas que pasan en tu comunidad, pero eres dueño de tus hábitos. Si comes sano, haces ejercicio y evitas las drogas, tu salud será mejor, aunque te puedan matar en una guerra, tener que salir huyendo porque no tienes trabajo o qué comer. Aunque comas comidas que no lo son y la industria que las produce se lucre de ello, la inversión en salud disminuya o la contaminación de lo que comes, el aire, ríos y mares importe sólo de vez en cuando.

Pero no seamos demagógicos y lleguemos ya al tema de las drogas. ¿Como es posible que no sólo la ciencia, nuestros mayores todos, nosotros mismos, digamos y sepamos que consumiendo drogas tu salud será peor y la gente, nosotros mismos, lo sigamos haciendo?

Puede que la respuesta no sea sencilla, y no pretendemos tenerla, pero nunca puede ser promocionar el uso de drogas, de nuevo por lógica aplastante. La mayor dificultad, no obstante, comienza cuando no te puedes explicar que otros individuos decidan consumir, ni siquiera suspendes el juicio al respecto y, no obstante, quieres que dejen de hacerlo porque tú sabes lo que es bueno para ellos.

Entonces aparece un personaje que son muchos individuos cuya actitud creo que puede quedar retratada por estas líneas encontradas en el ensayo de Bertrand Russell, La conquista de la felicidad, del año 1930.

Pregúntese seriamente si el mundo ha mejorado gracias a la enseñanza moral que tradicionalmente se da a la juventud. Considere la cantidad de pura superstición que contribuye a la formación del hombre convencionalmente virtuoso y piense que, mientras se nos trataba de proteger contra toda clase de peligros morales imaginarios a base de prohibiciones increíblemente estúpidas, prácticamente ni se mencionaban los verdaderos peligros morales a los que se expone un adulto. ¿Cuáles son los actos verdaderamente perniciosos a los que se ve tentado un hombre corriente? Las triquiñuelas en los negocios, siempre que no estén prohibidas por la ley, la dureza en el trato a los empleados, la crueldad con la esposa e hijos, la malevolencia para con los competidores, la ferocidad en los conflictos políticos… estos son los pecados verdaderamente dañinos más comunes entre ciudadanos respetables y respetados. Por medio de estos pecados, el hombre siembra miseria en su entrono inmediato y pone su parte en la destrucción de la civilización.

Otra víctima nada infrecuente de la manía persecutoria es cierto tipo de filántropo que siempre está haciendo el bien a la gente en contra de la voluntad de esta, y que se asombra y horroriza de que no le muestren gratitud. Nuestros motivos para hacer el bien rara vez son tan puros como imaginamos. El afán de poder es insidioso, tiene muchos disfraces, y a menudo es la fuente del placer que obtenemos al hacer lo que creemos que es el bien para los demás. Tampoco es raro que intervenga otro elemento. Por lo general, “hacer el bien” a la gente consiste en privarle de algún placer: la bebida, el juego, la ociosidad o algo por el estilo. En este caso, hay un elemento que es típico de gran parte de la moral social: la envidia que nos dan los que están en posición de cometer pecados de los que nosotros tenemos que abstenernos si queremos conservar el respeto de nuestros amigos. Los que votan, por ejemplo, a favor de la prohibición de fumar (leyes así existen o han existido en varios estados de Estados Unidos) son, evidentemente, no fumadores para los que el placer que otros obtienen del tabaco es una fuente de dolor. Si esperan que los antiguos adictos al cigarrillo formen una comisión para ir a darles las gracias por emanciparlos de tan odioso vicio, es posible que queden decepcionados. Y entonces pueden empezar a pensar que han dedicado su vida al bien común, y que quienes más motivos tenían para estarles agradecidos por sus actividades benéficas parecen no darse ninguna cuenta de que deberían agradecérselo.

He conocido demasiada gente dedicada a evitar el uso de drogas que responde a este perfil. Convencidos y convencidas de que su trabajo es un bien para la sociedad y de que el individuo debe decidir por un estilo de vida saludable, olvidan la responsabilidad que emana de sus propios pecados cotidianos contra la civilización y el estilo saludable de la vida de algunos a su alrededor. Nadie es perfecto, claro, pero ser tan conscientes de lo que deben hacer los demás y tan poco de lo que hacen ellos y ellas, resulta tan complicado de explicar como lo son los motivos por lo que algunas personas deciden consumir cuando es del todo ilógico. Esperan aun así que se les esté agradecidos, llevan muy mal lo contrario y a cada paso se encargarán de poner sobre la mesa todos sus grandes méritos para ensalzar su ego; normalmente en detrimento de todos los demás que no saben o están en su contra. Es muy difícil estar en posesión de la verdad y que no te lo reconozcan.

Verán, ningún adicto a una sustancia o a otra cosa quiere que los demás lo sean. Si se preguntara y escuchara sus respuestas, es posible que dijeran no sólo lo que necesitan sino que tuvieran alguna idea sobre cómo evitar que otros pasaran por lo mismo. Es posible que en la conversación se hablara menos de la adicción o el consumo que de otras cosas, pero se podría correr ese riesgo.

Procesamiento rápido

De la expresión carne humana (referida a personas migrantes) dicha por Matteo Salvini, ministro del Interior de Italia -ni más ni menos que un Ministro de Europa- a centros de clasificación, utilizada entorno al reciente acuerdo europeo sobre inmigración, no va tanta diferencia. Menos si consideramos que también se usa la idea de procesamiento (rápido) que -siendo susceptibles- puede remitirnos a otros tipos de procesamiento como el penal o de carne. A estos lugares en territorio no comunitario, también se han referido como, simplemente, centros de internamiento de inmigrantes, concepto que -no pocos periodistas olvidaron-, ya es suficientemente discutido en la actualidad en nuestro país pues suponen privar de libertad a muchas personas que no han cometido delito que lo justifique.

Como ya antes en estas líneas  quisimos resaltar, la percepción del tiempo es un componente esencial en el análisis de las migraciones. Después de tantos años de procesos migratorios en Europa, volver a poner en el centro de la discusión la diferencia entre inmigrante económico y solicitante de asilo es -para empezar- una broma de los tiempos que corren.

Existe hoy una alarma generalizada que ha llevado a que el tema de una Cumbre europea fuera precisamente la inmigración. Dicha sensación es impuesta, forzada, el tema aparece en las agendas políticas respondiendo a otros intereses que los de seres humanos que ya llevan muchas décadas padeciendo y muriendo en su proceso migratorio. No quiere esto decir que no debamos alarmarnos, deberíamos estar desolados por tanto tiempo ya de injusticia. Hoy, las disputas políticas internas en Alemania han condicionado el tiempo de tal forma que resultaba evidente que hacía falta una solución sobre el papel para que Merkel salvara presiones. Lo que es, sin embargo, una tendencia y está de fondo -el clima y no el tiempo- es el aumento de poder de la extrema derecha por toda Europa. La misma, sabe que no le interesa una solución al tema, le interesa realmente seguir sacando votos y réditos políticos de una población crecientemente racista que odia a otra empobrecida, desplazada, prejuiciada e indefensa. Es este el circuito de retroalimentación que debería preocuparnos más pues, de momento, no se ven tendencias en sentido contrario para poder frenarlo.

De esa Cumbre, resulta que una de las ideas que quedan es que ahora hay que darse prisa en clasificar a las personas que son inmigrantes económicos y las que son refugiadas. Y aunque no se den cuenta, sólo hablar de clasificar personas de esa forma, ya resulta doloroso. No importa tanto que a día de ayer, pero desde hace años, el proceso de asilo tenga unos plazos que contravengan todas las normas en vigor; para solucionar eso no hay tanta prisa. Recordemos que cuando una persona solicita asilo primero se realiza un análisis para determinar si dicha petición puede ser admitida a trámite. Esto ya tarda y no pocas se ven encerradas por toda Europa mientras ocurre. Al menos en España, la media de resolución de estas solicitudes, ya las admitidas a trámite, está quizás en año y medio, cuando debería hacerse en un máximo de 6 meses, y luego, cerca del 70% de las mismas son negativas, quedando muchas personas como inmigrantes económicos producto de consideraciones administrativas que poco o nada tienen que ver con la vida ni de ese momento, ni de cuando se presentó la solicitud. Imaginen si en una vida más o menos estable pasan cosas en el plazo de dos años y puede cambiar todo, qué no será vivirlo pendiente de un papel.

Los que ahora se quieren dar prisa parece que, conscientes o no de ello, nos están diciendo que hace falta una clasificación más rápida que permita inadmitir mayor número a trámite y clasificar como inmigrantes económicos. Y se quedan más tranquilos y tranquilas si este procesamiento se hace con la gente retenida en unos centros, bien sea en su territorio bien sea en el de algún país fronterizo. Piensan, tal vez, que así tenemos el control, pudiendo devolverlos fuera, a algún sitio, cuando sea. Ocurre y se hace, no pocas veces contraviniendo la ley, pero deben saber que otras muchas más, al final de un periodo de confinamiento, se acaba dejando pasar a la gente, porque no hay motivos para otra cosa.

Muchas de las personas que así piensan, supongo que la mayoría, no han tenido oportunidad de conocer estos centros. Yo sí, varios de ellos en varios países europeos y les aseguro que no querrían estar allí; y los hay de todo tipo, más parecidos a cárceles, más a centros colectivos, más a campamentos. De algunos se puede entrar y salir cumpliendo un horario, de otros no. El caso es que la idea no es nueva, ya la aplicamos y hemos aplicado en el pasado, ni siquiera la de tener centros fuera de nuestras fronteras es nueva. No son la solución y menos si lo que se pretende es disuadir, como quieren que creamos. Verán, lo que es muy común no querer asumir, es que si se endurece el control de entrada y permanece la voluntad de entrar, sólo se favorece a las mafias, que se busquen soluciones nuevas, lugares distintos por los que intentarlo y que se asuman aun mayores riesgos para la propia vida, es una evidencia para quien quiera verlo.

Me encontré con estas palabras de un comentarista influyente de noticias que creo ayudan mucho a entender por dónde se mueve la justificación de lo injustificable, consecuencia de todo este despropósito de Cumbre.

“La guerra en Siria sigue haciendo huir por miles a sus habitantes, y ninguna disuasión por parte de las autoridades europeas les hace pensar que los peligros de las fronteras son peores que los de su tierra. Las penosas situaciones a las que se enfrentan en su camino hacia Europa son mejores que la amenaza diaria de la muerte.”

¿Cómo tienen tanta cara para mentir de forma tan descarada? La Guerra de Siria está prácticamente acabada desde hace meses, el Estado Islámico está prácticamente derrotado y probablemente los mayores males los estén causando los turcos a los kurdos, tanto en Siria como en Irak. Pero como digo, ya no existe la mentira de ser refugiado, la guerra está acabada, hay un plan de reinserción para los combatientes opositores y por lo tanto lo que hay que hacer es empezar a devolver a los millones de sirios que no se hayan integrado, no dejar que sigan viniendo.

No son refugiados, son INMIGRANTES ECONÓMICOS. Y como tal debemos tratarlos.

https://www.elconfidencial.com/mundo/2018-06-15/las-grietas-del-muro-migratorio-europeo-estan-en-grecia_1578708/

Ya no existe guerra (prácticamente), si existe es por culpa de unos otros, los soldados se están reintegrando en un país asolado, aquellos que no se hayan integrado en Europa se los devuelve y se impide que vengan más porque nos están mintiendo y son inmigrantes económicos, ya no existen refugiados. ¿Cómo debemos tratarlos es la pregunta? Es una pieza magnífica.

Nos dicen que este denominado problema migratorio (ya así llamado por décadas) no tiene una solución sencilla. Puede ser. Si la tiene, pasa en primer lugar por no generar problemas innecesariamente, lo que quiere decir tener un sistema estable de entrada y acogida, pues el tiempo nos ha demostrado ya que este proceso no parará, en el mundo de hoy no. Ello pasa por remover trabas que existen mas que por inventar sistemas nuevos y quizás, tal como estaba previsto en la Cumbre y no se hizo y para el tema específico de asilo, desde la UE revisar el conjunto de disposiciones del llamado convenio de Dublin, como máximo. Si vamos a seguir adelante con la Unión Europea – y eso está por ver entre otras cuestiones por el creciente sentimiento anti inmigración que mueve voto-, no tiene sentido que el proceso de asilo sea responsabilidad del primer país por el que entra la persona. Las cuestiones de procedimiento y económicas se pueden resolver con voluntad, lo importante es el mensaje hacia fuera y dentro que diga que es la zona completa, Europa, la que se hace cargo y compromete con los principios de defensa de los Derechos Humanos entre los que inequívocamente está recogido el asilo. Es la mejor forma de dejárselo claro a las posturas racistas. En el momento que asumamos que cumplir con los Derechos Humanos nos significa un problema, empezaremos a tener uno serio y quizás no esté muy lejos que algún ocurrente -tipo Matteo Salvini- verbalice algo similar.

En segundo lugar, la idea es crear un mecanismo de atención europeo a las crisis. Es decir, tratar las crisis como tal y cuando lleguen, comprometiéndose a poner los recursos necesarios como en cualquier otra crisis. Esto evitaría que el propio concepto de crisis estuviera al albur de necesidades políticas y sí humanas.

Libertad de prensa

Siendo el día 3 de mayo el Día Mundial de la Libertad de Prensa, es normal que se publicaran artículos de opinión y noticias que sirvieran para defender a una noble profesión, la del periodismo, de los ataques que sufre. Tengo, no obstante, la sensación, de que la preocupación de no pocas opiniones derivaba a las fake news, la posverdad o las redes y no tanto a las presiones que los periodistas pueden sufrir para realizar su labor. Una de estas presiones que seguro no me pareció ver, es la de los medios en los que trabajan no pocos de ellos y ellas.

Pocas semanas después, encontramos que un programa de debate político en las mañanas es cancelado cuando ya antes su presentador había sido sustituido y -todo indica- en parte es por presiones desde el sistema político, pues, al menos las altas cuotas de pantalla no lo justificaban. https://www.elespanol.com/bluper/noticias/mediaset-cancela-mananas-cuatro

A día de hoy, el debate sigue abierto por la sustitución de la cúpula de RTVE y curiosamente, quienes antes se sentían cómodos con un sesgo informativo claro, ahora avisan de que no permitirán que se instale un medio público partidista. Dicho debate parece que está ya desde hace un tiempo entre nosotros, se repite cíclicamente y que se quedará por mucho más. De ayer también es que unos periodistas que destapan un escándalo son llamados ante un juez por revelación de secretos https://www.republica.com/2018/06/21/ignacio-escolar-y-raquel-ejerique-imputados-por-revelacion-de-secretos-en-el-caso-cifuentes/. No es, desde luego, el primer ni será el último caso, en que el denunciante de ilegalidades se ve perseguido y para cuando se demuestran sus afirmaciones el daño ya es irreversible.

En clase de mi hija se planteó una situación muy interesante al respecto. Un alumno con muy buenas notas que sin duda alguna envidia suscita, fue acusado de copiar en un examen. La profesora no quiso escuchar a más posibles testigos y despachó el asunto enfadada con los denunciantes por el mal que causaban. El niño avisó a su madre que habló con la directora que se enfadó todavía más. Pero la cosa no paró, la tensión subió y el niño acusó de otras cosas a otros alumnos en venganza. La reacción ante lo que podía pasar del profesorado, fue hablar con todos y decirles que no se acusaba a otro de copiar, que eso no lo debían hacer ya en el instituto y que, en todo caso, copiar iba en contra de quien lo hace y su educación. Y para relajar tensiones se pidieron todos perdón mutuamente. Me alegro de los resultados de la solución, pero, sin tener claro qué otra cosa se podría haber hecho, el mensaje de fondo es complicado de digerir; no seas un chivato.

Seguimos sin tener clara la verdad de lo ocurrido y quién tiene razón, es cuestión de cada cual tomar sus experiencias y según quién te lo cuente si deseas posicionarse; nadie sabe lo que pasó, a estas alturas quizás ya sólo y como desde el principio, el niño y quien denunció, los demás sólo podemos tomar partido. Quizás ni eso, pues es conocida nuestra capacidad de contarnos la historia y acabar creyendo en ella. Y esto es parecido a lo que pasa cuando hablamos de posverdad.

Una parte de la posverdad se liga al posmodernismo y la crisis en el pensamiento del siglo pasado que todavía hoy vivimos. De tanto pensar acabamos dándonos cuenta que es imposible hacerlo sino desde uno mismo, es decir, el pensamiento es pensado por alguien en un bucle infinito, de lo que -se deduce- la objetividad y por lo tanto la verdad, son imposibles. Este relativismo científico ha llevado a muchas mentes brillantes a retraerse de la esfera pública en favor de periodistas y políticos pues no estaban seguros de nada. Pero peor aun, nos ha servido para pasar al relativismo moral por el que parecería que todo vale. Sin embargo es una conclusión inadecuada. En nuestro pequeño ejemplo, sin saber quién miente o dice la verdad y por lo tanto no pudiendo encontrar culpables (ni queriendo), podemos entender todo lo ocurrido en ese micromundo tan particular que es la escuela pero que no está aislado del resto. Un sistema competitivo, una presión por los resultados en forma de nota, en la escuela y en las familias, que es reflejo del mundo laboral, reflejo también de muchos valores transmitidos en diferentes medios, personalidades forjadas bajo esas lógicas… pueden generar más unos comportamientos que otros. No es un juicio moral, menos teniendo presente que todos incorporamos hoy esquemas similares y no se puede predecir tampoco cuándo ocurrirá de nuevo, ni si lo hace, ni si lo hace en una forma distinta con el mismo fondo, pero podemos entenderlo sin encontrar culpables.

La otra parte de la posverdad no es mas que la clásica demagogia -apelar a nuestras emociones que no razón para pasar un mensaje-. Es una estrategia consciente que se decide o no emplear y hoy tiene el rango de industria con sus gabinetes de comunicación y demás. Y tiene -como no- su ciencia -para colmo- que ha descubierto que los mensajes llegan en menor porcentaje por las palabras y los argumentos que por las referencias emocionales a miedos o estados preconcebidos previos. Cosa que, siendo cierta, es posible discutirla pues es cierta en un contexto dado, hoy, pero se podría cambiar.

En su vertiente de pensamiento científico, la posverdad está llevando a nuevos logros, ahora se empieza a pensar en términos de relaciones, sistemas, complejidad y emergencia sin abandonar el estudio de la unidad mínima aislada que tantos éxitos ha traído. La demagogia, sin embargo, es la misma que hace siglos, se ha sofisticado acorde a los tiempos y se ha extendido por todos lados, desde la política donde ya estaba, hasta la comunicación de las empresas con sus clientes y también empleados y empleadas. En un mundo social crecientemente complejo, la demagogia se empeña en la simplificación y la creación del mensaje, más que en el intento de comprensión del fenómeno y sus relaciones. La demagogia nos lo resume todo en “no te chives”. Pero sigue siendo una estrategia consciente, esto es lo importante, no tiene nada que ver con la otra parte de la posverdad descrita, que sólo es consciente de que debe seguir interrogándose no sólo sobre el fenómeno estudiado con todas sus relaciones, sino sobre quien habla del mismo y el papel que juega como observador.

Lo que sabemos del periodismo es que desde finales del siglo pasado el poder político puso en marcha mecanismos para controlar el mismo con fuerza, bien mediante el poder económico, bien utilizado la justicia. Y que en no pocas ocasiones ha sido el poder económico el que ha empezado esa búsqueda de control del poder político por medio de la prensa. En sociedades que se complejizan todo ocurre en más de una dirección, las interdependencias son mayores. Y precisamente por ello, las posibilidades de acción son también mayores, la cantidad de posibilidades se amplían. Lo cual no quiere decir que estemos a salvo y que el periodismo siempre encontrará un camino para resistir, una innovación, sería caer en el error de pensar que la historia sigue una linea de creciente mejora hasta el infinito o tal vez la otra idea errónea por la cual la historia solo se repite. En esta ocasión el periodismo y con el los demás, se ha salvado porque en paralelo se generalizó el uso de la red, algo que curiosamente y al principio veía como una amenaza.

El gran error del periodismo puede ser seguir intentando convencer y convencerse de que es el cuarto poder. El poder tiene tendencia a ser uno. Es algo incómodo, no cabe duda, pero es necesario ganar consciencia de que sólo existe periodismo confrontando al poder y los medios de comunicación deben comprenderlo.

Feminismo y rapero

Una periodista, en el programa la Sexta Noche, utilizó, para defender que no todo vale en la libertad de expresión y así el encarcelamiento de un rapero (que era el tema de debate) que las palabras pueden hacer daño. Por lo tanto, hay palabras que no deben ser dichas y, para argumentarlo, quiso poner el ejemplo del cambio en el lenguaje que se impulsa desde el feminismo como forma de trasformar la sociedad. Es decir, las palabras son tan importantes para crear el mundo en el que nos movemos que mira el feminismo lo que hace, luego si lo son, que un rapero diga esto o aquello en un concierto o en sus letras, puede perfectamente ser delito. En realidad la confusión de esta periodista no puede ser más grande.

No es una confusión sólo suya, mucha gente cree en una especie de magia de las palabras o cree que estas encierran grandes peligros. Se puede argumentar que se trata de una forma de hablar, que todos y todas entendemos que cuando nos referimos a la magia o al horror de las palabras, en realidad lo estamos haciendo a las ideas. Quizás, pero resultaría algo más embarazoso condenar al rapero por sus ideas, no queda muy moderno. Y ello -además- nos llevaría a un problema complicado si el acusado nos dijera: mis ideas no son esas, en realidad yo pronuncio tales palabras porque es mi medio de vida, me dirijo a un público que no me pagaría por hacer otra cosa.

Es una posibilidad aterradora, estaríamos condenando a la víctima que, conocedora de los gustos de las masas sólo se adapta a sus demandas; deberíamos llevar a la cárcel a todos eso incitadores y no al pobre rapero. Y digo -estaríamos condenando- por si alguien se quiere liberar de esa responsabilidad, cuando en realidad, es la sociedad, por medio de sus leyes y los jueces que aplican una legislación -todos y todas- quienes estamos condenando.

Pero volvamos a las palabras. Alegarán que estas incitan o puede hacerlo a la acción y la mera posibilidad de que algo ocurra ya es como para una condena. No se puede negar que esta posibilidad sí que da miedo. Tuve un profesor que vivía con cierto tormento no saber las repercusiones de lo que dijera a sus alumnos y alumnas, se sentía responsable de cómo se interpretaría y las consecuencias futuras de ello. Era grande, pero yo vivo desolado desde que lo conocí por si un día acabara en prisión por alguna cosa que hagamos cualquiera de toda aquella panda de descerabrados a quienes trataba de enseñar.

Seamos algo más prácticos, la realidad puede ser que a nadie le importan las ideas o expresiones de las mimas (palabras) más o menos radicales de un señor o una señora, en toda sociedad existen personas en los extremos. Que a alguien no le guste la corona o la Guardia Civil es aceptable dentro de unos límites pequeñitos e inevitable si me lo permiten. Lo que preocupa a algunos, sobre todo los que ostentan el poder, es que se extienda esa radicalidad y si lo hace -si preocupa- es porque ya se cree que lo está en buena medida. Entonces es cuando deciden que hay que poner límites para intentar que esas expresiones vuelvan al rincón de la marginalidad social y no arrastren a más personas. Siendo prácticos, es tan sencillo como eso, ven amenazado y usan su poder; les preocupan las ideas y atacan las palabras.

Pero incluso antes que las ideas, existen las creencias. Lo hacen a la vez y se retro alimentan, si bien se suele pensar que las creencias son algo más estables una vez que, a base de ideas, están configuradas en un ser humano. Para mi gusto, Bertrand Russel lo explica muy bien en Fundamentos de filosofía.

El efecto que producen nuestras pasiones sobre nuestras creencias constituye uno de los temas favoritos de los modernos psicólogos; pero el efecto inverso, es decir, el de nuestras creencias sobre nuestras pasiones, existe asimismo, si bien no tiene el carácter que se le hubiera supuesto en la psicología intelectualista de la vieja escuela.

Así que sí, parece que también cuentan nuestras pasiones en este batiburrillo. Debe ser por ello que los tertulianos y tertulianas resultan tan predecibles.

Y llegamos entonces al principio. A la periodista que busca resaltar la importancia de las palabras, es evidente que no le gusta mucho el feminismo y torticeramente, usando la clásica demagogia, cree probado que si las palabras son tan importantes para este movimiento, debe ser porque importan mucho, luego puedo condenar a perder su libertad a un ser humano por usar unas u otras. Si esto fuera cierto nos pone de nuevo ante una situación difícil si el rapero en cuestión hubiera expresado las mismas ideas con un lenguaje de género cuidado. O si con las mismas, una autoridad decidiera que, como no le gusta el feminismo, se pudiera detener a cualquier que dijera algo desdoblando el género.

Por supuesto no es el momento histórico para esto último, quedaría muy feo, con ridiculizar a quienes usan alguna expresión como portavozas parece suficiente, de momento. La cuestión es más complicada. El feminismo defiende unas ideas y se respalda en unas creencias y viceversa. Una de esas ideas-creencia es que con el lenguaje se pueden producir realidades. Pero por realidades se está pensando, primero, en ideas y creencias, y luego, se espera que una vez adoptadas por más personas produzcan comportamientos. Por mucho que alguien se pueda empeñar, las palabras sin quien las interprete no son nada. Así que no, señora periodista, creo (son mis creencias) que el feminismo no debe ser usado para justificar la detención de un rapero, pero es un buen intento.

Amigo

Querido amigo, si no recuerdo mal, marchaste poco después del pucherazo en la Asamblea de Madrid. Te puedes imaginar que, si fueron capaces de aquello, qué no habrá ocurrido en estos ya 15 años. Cómo pasa el tiempo, ¿qué tal tus niños? veo por Facebook que son 2. Qué invento ese de las redes sociales ¿no? ¿quién nos lo hubiera dicho?

Total, que después de aquello han seguido gobernando los mismos, año tras año, hijo tras hijo. Han tenido que dimitir de la presidencia alguna que otra vez y estado varios de los altos responsables de todos estos gobiernos en la cárcel, pero como si nada, allí siguen. La última…, no sé cómo explicarlo. Parece ser que falsificaron para ella un Master que no hizo y luego sacaron unas imágenes guardadas durante 8 años en las que se veía como robaba unas cremas en un supermercado. Como te lo cuento. Y dimitió sólo por esto último ¿te lo puedes creer? pero muy ofendida. Todos y todas se ofenden mucho y -de verdad te digo- es lo que a mí más me duele.

Otra Presidenta de Madrid -y argumentan que es sólo una anécdota- se dio a la fuga tras el alto por estar mal aparcada en el centro y acabó atropellando, ya en su casa hasta la que llegó la persecución, a uno de los agentes. A veces me da por pensar que estas cosas tienen la virtud de hacerte olvidar el fondo, sacudes la cabeza de lado a lado reconociendo la humanidad del personaje y con ello te olvidas del sistema moralmente corrupto que han construido, auspiciado por sus ideales liberales mal entendidos.

Me siguen resultando tan incomprensibles mis conciudadanos como entonces, cuando con unas cañas y recién empezando a salir al mundo que nos conocimos, creíamos arreglarlo. Aquellas normas que pensábamos cambiar lo han hecho ya, a peor, silenciosamente, de la mano de la misma panda de anómalos que causaron los problemas, y la peña los vota como si nada. Lo malo es que te ponen en la tesitura de dejar de creer en la democracia, justo igual que ellos y ellas que en realidad -sabemos- nunca creyeron.

En fin, que como hablábamos ya estaba pasando, se han cargado, entre unos u otras, una o varias generaciones, la nuestra, seguro. Te dirán -nos dicen- que es una exageración, que seguimos siendo un gran país, que muchos otros están peor…Ya sabes que no es eso, la incredulidad día tras día ante lo que ocurre, la frustración, la impotencia, el miedo, han causado tanto daño que la gente se ha vuelto desconfiada hasta de si, retraída, más cutre en general, egoísta y priman, como contrapunto, de nuevo los machitos, el abusón de toda la vida vuelve como modelo. Pero, de verdad, no es sólo discurso izquierdista el mío, en las oficinas -que desafortunadamente es lo que mejor conozco-, no te puedes ni imaginar cómo se reproducen los patrones de esta nefasta forma de ser. La gente está envenenada e inmunizada, parece que han aceptado que sólo existe una dirección. Si ya teníamos dificultades para encontrar referentes, ahora es casi un milagro.

El retroceso en libertades no te lo creerías, la mala prensa y sus periodistas se han vuelto como locos en su propia salsa, la justicia pasa por su mayor etapa de descrédito y entre todos, utilizando a las fuerzas de seguridad, les ha dado por perseguir a cualquier persona que discrepe utilizando grandes palabras con brocha gorda, como terrorismo, mientras la banda que tantas tardes nos hizo llorar, sigue su camino de desaparición.

Los poderosos han perdido el norte, sienten más que nunca que pueden hacer lo que les dé la gana pese a que mucha gente sale a la calle y protesta, pero como quien ve llover. Mientras, como en una recurrente pesadilla, se vuelve a mirar a la vivienda como objeto de especulación; ya hace años lo decíamos y tuvo que venirse el chiringo abajo. Me pregunto si es que vivo y he vivido yo en otro mundo.

Quizás, amigo, hoy me he levantado en un mal día, viéndolo todo negro, ya me conoces. Con los años no he conseguido dejar de ser un nube negra y eso que nos bombardean con la idea de ser positivos, de que si lo piensas con mucha fuerza tú puedes. Pero que nada, no me funciona.