Todas las entradas de: Carlos Lopez

Estimado Luis

https://economia.elpais.com/economia/2017/09/08/actualidad/1504867507_445438.html

Estimado Luis,

La gente, mucha gente, está hasta el gorro de escuchar que hace falta cambios, muchos cambios y que estos se pueden emprender despacito. El sistema, los sistemas, nos demuestran una y otra vez su gran inercia y aunque gente sin duda bien intencionada como usted, nos dice que se puede hacer, la realidad demuestra lo contrario. Una y otra vez, la fuerza de las inercias o los puntos de atracción de los sistemas, hacen que experimentemos, en nuestros entornos, en nuestras empresas, en su política, que las grandes dinámicas acaban arrasando con todo y nada cambia.

Llevamos escuchando los seis objetivos clave para una futura política económica del señor Jordi Galí que usted dice compartir, tanto tiempo, que ya no creemos que en el marco dentro del que estamos eso, ni cualquier otra cosa, sea posible. Menos aun y si en particular de economía hablamos, recién saliendo de una crisis que apunta hacia el extremo contrario.

El nacionalismo independentista tiene la virtud de estar canalizando ese sentimiento, sin dejar de ser parte del problema y causante de la situación. Pero estimado Luis, tengo gente joven en mi entorno (y no vivo en Catalunya) que ni piensa en un trabajo estable, ni en uno que les motive, ni en formar familia, mucho menos en una jubilación, ¿cuánto tiempo dice usted que requieren esas reformas que en todo este tiempo, además, sólo se han alejado? Se lo crea o no, hay mucha gente que no es independentista que quisiera ver que es posible oponerse a la dinámica apisonadora que no les permite ver un futuro ni siquiera gris. Hay mucha gente a la que le gustaría ver que es posible decir basta y no (aunque lo digan otros), sin tener que bajar la cabeza y soñar que al día siguiente, tal vez, algo cambiará en sus vidas, cada día, pero no ver señal alguna de que eso es posible. Delirios de juventud es posible argumentar, pero ocurre algo parecido entre gente que ya cumplió los 40, los baby boomers, los que sufrieron la fiebre de la construcción y las hipotecas y encima han escuchado las mismas promesas vacías muchas más veces.

Demasiada gente ya no entiende qué es eso de respetar la ley que les oprime y sirve para justificar su situación y no ven motivo para hacerlo salvo la fuerza que los obliga. Está cansada de que la ley sólo cambie para perjudicarles y sin el mayor problema, por la vía rápida. Está cansada, estimado Luis, eso lo resume todo, agotada.

Usted puede no verlo, es posible seguir pidiendo paciencia y confianza argumentando que el nuestro es un gran país, pero no pocos han optado ya por el desafío, por el golpe en la mesa y aunque el independentismo les pueda parecer un error, resulta esperanzador que sea posible negarse, resistir, poner nervioso al poder, a los que ostentan todo, con la esperanza de que, tal vez, caigan, reaccionen o mejor que renazca un sistema distinto. El caso es que todos tenemos una sola certeza, lo que pueda ocurrir en estos días es incierto, pero -fíjese- la incertidumbre es preferida a la certidumbre que supone seguir como estamos y esa reflexión ya no puede esperar.

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Vagón de silencio

Tomé un AVE Madrid-Alicante en el vagón de silencio. Un tipo, con el móvil sin bajar el volumen, cogió la llamada y estuvo 10 minutos hablando desde su asiento. La conservación fue intrascendente -ya lo anticipo- en unos 30 segundos se podría haber finiquitado. Esto no es la primer vez que lo vivo, incluso podría añadir que me pasa en cada viaje en ese tipo de vagón; alguien coge una llamada o lo que es peor, llama y tiene una conversación con el otro lado de la linea y con todo el resto de personas que acompañan, porque -supongo­ ya que hablas que no sea bajito y pueda escucharte el resto. Otro tipo se puso vídeos de fitness en inglés y sin cascos hasta que su compañera de asiento, muy hábilmente, le dijo que si quería los que Renfe entrega con el precio del billete y ella cogió para si. La pobre mujer se ve que quería estudiar algo y por eso eligió la plaza, buscando poder concentrarse. Aun así, el prenda, pasado el rato, cogió su teléfono y llamó a alguien.

¿De dónde salen estos tarados? ¿Cómo es posible que no sepan interpretar bien todos los signos y símbolos que tienen a su alcance señalando que la gente que va en ese vagón prefiere un rato de silencio? ¿Deberíamos ser generosos e ir caso por caso, estudiando las circunstancias o concluir que simplemente hay gente que es imbécil y ya está, así es la vida? A fin de cuentas, no es algo tan grave, es cierto que nadie muere de eso.

Muchas veces no somos capaces de leer bien los signos. Eso les paso a todos aquellos que defendieron, según se iban produciendo atentados en otros países europeos, que en España estábamos mejor preparados. A veces llegaron incluso a justificarlo diciendo que, por la trayectoria con el terrorismo de ETA, teníamos una experiencia que otros lugares no. Son los mismos que ahora, por responsabilidad periodística -dicen- critican todos los errores que han podido cometer las Fuerzas de Seguridad.

El primer error es pensar que el terrorismo se puede combatir sólo con la policía o el ejército. Los signos de ello sí que los tenemos en nuestra historia reciente. Otro signo lo podían haber encontrado en las detenciones que hasta la fecha se han practicado, en su número pero también en su forma, porque donde se corría para hablar de la detención, no tanto sobre los resultados de las investigaciones que, resulta, concluyeron dejando en libertad a muchas de esas personas acusadas. El incremento constante de la islamofobia también podría haber sido considerado un signo.

En estos días desde el atentando se puede ver muchas opiniones contrarias a que la integración o mejor la falta de la misma, sea un signo. Está bien, un indicador solo no puede explicar un comportamiento tan extremo y deleznable. La cuestión es que estas posiciones suelen confundir el orden de los términos. A veces piensan que la falta de integración produce pobreza, paro o malas notas, pero no es así, son más bien estos, signos de una integración deficiente. El matiz es importante, integración no deja de ser una construcción para el análisis y la discusión (poca discusión en los últimos años), pero nadie en su día a día piensa en términos de la misma; tienes trabajo o no, te relacionas normalmente o no, vives el futuro con esperanza o no… es lo que cada uno de nosotros sí experimentamos a diario.

Hay muchos factores que pueden influir en la construcción de la idea de integración, pero uno es el nivel de racismo en la sociedad de acogida o si queremos el grado de islamofobia en este caso. Como otras veces hemos dicho en estas líneas, la integración no sólo tiene en cuenta variables de la persona, todas ellas se producen en un contexto dado y la sociedad de acogida entra de lleno en el resultado de la misma, no está al margen mirando desde fuera tan sólo contando cuántas personas hay integradas o no. La integración es dinámica.

Y además están los símbolos. Igual que algunos compañeros de vagón se niegan a interpretar correctamente los que indican que se debe estar en silencio, es posible que a no pocos les pase igual con los relativos a la religión y la cultura; la propia y la extraña. Es necesaria una sensibilidad mediana y prestar atención a algo que no seas tu mismo y tus circunstancias, pues es fácil no ver o entender lo que tienes delante de las narices. Esto no se debe confundir con el buenismo acusador, la conclusión que se colige no es repartir mamandurrias, comprender e interpretar correctamente es simplemente lo inteligente y en el fondo la única solución.

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Turismofobia

Este verano tocó la turismofobia. Por un momento amenazó el burkini como el pasado, pero no cuajó aunque en ambos casos se produjeron protestas en la calle y, como se acaba demostrando, son temas sobre los que no está, ni mucho menos, todo dicho.

El mayor argumento a favor del turismo pasa por el dinero; por el dinero que deja, por el que se gastan o no, por el peso del turismo en la economía, por las familias que viven del turismo… A mí esto me parece pobre, incluso si el Presidente del Gobierno habló de la falta de inteligencia de quienes protestaban contra lo que nos da de comer.

Luego resulta que, en el fondo, hay cierta coincidencia en que el modelo de turismo se puede y debe revisar, si bien no tanta en si es una mala idea hacerlo de forma tan llamativa, en la calle, justo en el momento de máxima afluencia de turistas. Quienes protestan, al menos, sí que están de acuerdo en que es necesario, creen que, sin la oportunidad, el sistema nunca permitirá hacer reflexión alguna, saben -intuyen- que donde el dinero está por encima de todo no hay discusión posible. Algo parecido les debe pasar a los de la seguridad de los aeropuertos.

Los que no están de acuerdo con que se proteste (que no creen que se deba protestar nunca, en ninguno caso) porque puede suponer pérdida de dinero, sí lo están con que se podría impulsar un modelo por el que cada turista pagara más por estancia. Esto muestra que la elección de indicadores para la discusión pública es siempre una cuestión espinosa; en este caso se suelen usar los 80 millones de estancias, la cantidad media de gasto por persona, el porcentaje del PIB que se debe al turismo y el porcentaje de empleos asociados al mismo, y estos se repiten como un mantra a base de titulares en la prensa.

Normalmente, quienes no gustan de la protesta suele darse que creen, además, en la Ley de la oferta y la demanda para que rija nuestras vidas. No les sería, entonces, tan difícil, imaginar qué ocurriría si un destino mantiene la demanda pero no puede cubrirla toda; el precio subiría. ¿Por qué no ocurre eso en nuestro caso? Es una pregunta dolorosa pues tal vez encontráramos la respuesta en que no es un destino tan atractivo si no se mantienen los precios bajos. Pero eso no puede ser, España es un gran destino, tiene una industria turística puntera, innovadora, la mejor del mundo y sol y cultura a partes iguales y decir lo contrario puede resultar antipatriótico ¿Entonces? Tal vez sea una elección y no tanto un ley divina.

Ya sabemos que la Ley de la oferta y la demanda no debería recibir tan regio nombre, quizás teoría sería suficiente. El sector turístico se basa, como tantos otros, en sueldos bajos (teniendo en cuenta la intensidad del trabajo) y esto no es nuevo, es una contaste desde mucho antes de la Gran Crisis, sólo de tal forma se pueden mantener los precios bajos y afectar a la demanda. Así las cosas, el único camino para que el año que viene los titulares puedan ser que llegan 90 millones de turistas en vez de 80, es seguir bajando los precios y seguirán apareciendo pisos de alquiler turístico y todo lo que se quiera, pues no pocos serán los que sigan pensando en sacar tajada de la gran industria, es inevitable.

El problema de cualquier empresa, de cualquier sector, es seguir tirando sólo de su ventaja competitiva pues esta acaba siempre desapareciendo. Aparecen otros actores que quieren su parte, nuevas ideas y se llega al limite desde el que ya no se crecerá (que parece una obsesión). Mientras se sigue pensando a corto plazo, en ingresos, en dinero, en los resultados del trimestre, esto no se suele ver y, de repente, la gallina de los huevos de oro entra en crisis y no te das ni cuenta. Pero siempre se concluye que eso no pasará mañana que el sol seguirá siendo un atractivo, que las cosas se acomodarán por su propia naturaleza. Y si algo cambia, además y por suerte, será posible culpar a los que protestaban.

Pudiera parecer que hablar de estas cosas significa que te alegraría que un sector sufriera una crisis, y es más bien todo lo contrario, porque hemos visto otros sectores antes sufrir de lo mismo, por lo que se quiere evitar. En mi caso, además, soy hijo de agente de viajes, me gusta mucho el turismo porque es parte de mi vida, una muy importante. Pero también he vivido en primera persona lo que ocurre cuando sólo se piensa en dinero. Viví el primer cambio del sector turístico cuando dejaban de venir a vernos personas y pasaron a ser billetes (pasó lo mismo en la banca y tantos otros sectores, la construcción sin ir más lejos). Y aquí ocurre otra cosa muy curiosa en los que no son favorables a las protestas. Resulta que esgrimen el argumento de que son otros los que quieren que dejen de venir personas turistas con menor nivel adquisitivo y pretenden que vengan sólo los que gastan cuartos, se acusa a los otros (a los que protestan) de tener una propuesta de elitismo turístico puesto que, se piensa, debería ser contraría a los ideales que se les atribuyen. Al hacerlo, relacionan un indicador que no dice nada, el del dinero gastado por persona (que no deja de ser una media cutre), con que si se quiere un mejor tipo de turista esto sólo puede ser si vienen los que mayor nivel adquisitivo tienen. Claro que sí, eso es como un jefe que tuve que se declaraba de izquierdas y para justificar que no tuviéramos días de descanso en agosto decía que eso de las vacaciones es una idea burguesa. Todo vale.

La cuestión es otra. Una industria que supone ¿qué? el 11% del PIB, el 13% de los puestos de trabajo, no se puede construir sobre una base tan débil y que no es otra que la precariedad laboral. Esta no debe ser nunca la ventaja competitiva. Con ese peso tan grande dentro del conjunto de la economía, surge ya la pregunta de si no será necesario, para mantener esa precariedad que es la que permite ofrecer precios bajos, basarse en una precariedad general, estructural. ¿Quien quiere trabajar en el sector turístico?, el que se ve obligado y no tiene más opciones. Esto debería hacernos pensar, basamos la economía en un sector del que la gente, en cuanto puede, sale corriendo, mientras el objetivo es aumentar el número de estancias.

No veo claro, entonces, que esto vaya sobre odiar a una categoría de personas, las que viajan por placer a otro país. Está bien, la estrategia es correcta, no pocos dejarán de hacer preguntas por miedo a que les tachen de turismofóbicos, no es algo con lo te guste vivir. Aunque no parece que la discusión vaya sobre las personas turistas. La discusión va sobre la propia discusión, conviene hablar de este tema y no crear etiquetas para desterrar a los que lo pretenden o acusarles de ir contra el pan de los demás. Ya hemos visto antes -varias veces- lo que luego puede ocurrir.

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ONG empeñadas

Recientemente un amigo estuvo en Melilla compartiendo labor con personas que se dedican a ayudar inmigrantes y refugiados de la mano de las ONG. Le contaban que sienten tener a todo el mundo en contra; la policía por supuesto, autoridades y políticos y una amplia parte de la sociedad.

Hace poco hemos visto como, en Italia, se dejaba ver oficialmente un cuestionamiento de la labor de las ONG en el mar rescatando náufragos y embarcaciones. A los pocos días de una acusación pública sobre que alguna organización era sospechosa de estar en contacto con los traficantes de personas y atacar, de paso, la labor de todas ellas, resulta que había que firmar o no un protocolo por el que las embarcaciones deben llevar policías en las operaciones de rescate y otra serie de medidas para, supuestamente, organizar mejor el “trabajo”. Afortunadamente algunas se negaron a firmar.

Resulta interesante, y quizás sea una anécdota, ver como una noticia de El País se refiere a este asunto diciendo: “No todas las ONG empeñadas en salvar refugiados e inmigrantes en el Mediterráneo decidieron avalar el protocolo propuesto por el Gobierno italiano y sellado de forma definitiva en Roma.” El término empeñadas es lo curioso, sobre todo porque lo utiliza dos veces en el mismo párrafo. ¿Empeñadas? ¿a qué se refiere? ¿tal vez a que el dinero no les llega y han tenido que empeñar hasta la camisa? ¿no, verdad? aunque podría acercarse a la realidad. Entonces ¿se referirá a que están obcecadas? El lenguaje siempre es interesante, lo más plausible es que se refiera a que, pese a tenerlo todo en contra, las ONG se empeñan en salvar vidas. Si es así debe movernos a la reflexión, salvar vidas cómo puede tener a gente en contra, eso sería lo más cercano a dejar de utilizar el concepto humanos para referirnos a nuestra especie.

La cuestión es que no pocos pueden pensar que esta labor en el mar podría bien estar limitada sólo a los ejércitos y fuerzas y cuerpos de seguridad de los estados y, por lo tanto, que las ONG no pintan nada. Pero se puede, también, opinar, que si las ONG deciden intervenir es porque entienden que los gobiernos, precisamente, están dejando funciones o no ponen todos los medios necesarios y por ello merece la pena realizar esa misión que, según el propio artículo, supone un 40% de todos los salvamentos -vidas-. Tal y como están las cosas y según las acusaciones sobre que esta labor hace de efecto llamada, no parece del todo claro que poner la misión en manos de los estados y no tener presencia, pudiera suponer un descenso de muertes. Para confirmarlo nos basta recurrir al patinazo de Zoido (nada menos que Ministro del Interior en España) que dijo “No es nuestra responsabilidad que los inmigrantes decidan huir”. Vale que luego pidió disculpas y aclaró, pero una cosa así no se te escapa si no la tienes bien reflexionada.

Este tipo de planteamientos en ciudadanos o ciudadanas que comentan noticias en la red viene siendo frecuente desde hace mucho tiempo, pero verlo en dirigentes políticos, de fuerzas que no se consideran a si mismas radicales, es muy doloroso y preocupante. El menosprecio a las ONG, la negación de su actividad, el ataque a sus planteamientos, sólo era cuestión de tiempo, se veía venir. En los últimos años, poco a poco, los poderes iban asomando la patita, ahora parece que ya no les hace falta un mínimo de contención, sienten que pueden hacerlo porque a estas organizaciones cada vez les apoya menos gente, son más irrelevantes en el discurso social. Es esto una pérdida y un peligro en el mundo depredador que vivimos.

Pero debería mover a la reflexión. La estrategia de las ONG de incomodar al poder pero sólo un poco, de sentirse parte crítica pero colaboradora del estado, llegados a este punto, se ve que no ha funcionado y no sólo en el tema concreto de la inmigración y los Derechos Humanos. En España al menos, la Cooperación Internacional ha perdido casi toda la financiación, la intervención social anda en estos días preocupada por la distribución de fondos del IRPF, la sagrada “X” que los ciudadanos marcamos en la Declaración de la Renta. Las ONG se han vuelto casi invisibles e irrelevantes de no ser por esa presencia en muchas calles de captadores de fondos, cuestión que puede ser también muy cuestionable. Han pasado sin pena ni gloria por esta inmensa crisis social y han salido debilitadas, no sólo el poder las ningunea (cosa que podría incluso verse como un logro) sino que la sociedad no las respalda con claridad ¿es posible que algo estén planteando mal?

Claro que se puede seguir argumentado que hay muchos tipos de organizaciones sociales, pero ello no puede servir de excusa. Hay chiringuitos dirigidos por tramperos y tramperas, hay muchas que van de la mano directamente de partidos políticos, otras que sólo saben bailar el agua al poder, demasiadas son oportunistas. Ojalá resolvieran estas cuestiones internas, cambiara su imagen, retomaran la crítica y cumplieran con su papel de cuarto poder vigilante. Es verdad que a veces se pone sobre estas organizaciones una aspiración moral y ética que no se cumple en ninguna otra parte de la sociedad y que es limitante para la acción, dadas las reglas que tenemos, pero su labor principal, creo, es precisamente cambiar esas reglas y nadie dijo que eso fuera sencillo, como tampoco que fuera sólo cuestión de dinero. Desde luego, confiar en los poderes y sus gobiernos es lo menos razonable. No lo sé, conociendo el percal quizás sea una esperanza vana, pedir demasiado, buscar super héroes y no pueda ni deba ser, pero es por conservar alguna esperanza.

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Estamos como para pedir un día

Eso me dijo un vecino al coincidir en el ascensor y comentar los golpes por las obras que se escuchaban en todo el edificio. Hay que cambiar cañerías y la parte final de cada cambio tiene que ser en casa de uno, por lo que alguien tiene que estar para abrir la puerta, es decir, si trabajas, pedirte un día. No lo conozco de nada, ni siquiera baja a las reuniones de vecinos, me sorprendió que con esa simple frase me explicara con tanta claridad cómo siente que es su situación laboral. Pero pensándolo, es sorprendente que las cosas estén tan complicadas en los entornos laborales que diera por sentado que yo lo entendería, cuando bien podría ser un optimista al estilo Rajoy y haberle hablado de las cifras de la economía y la recuperación. Sí -le habría dicho- pero la economía está mejorando y ya andamos por datos cercanos a antes de que empezara la crisis, hace lo menos 11 años.

Una amiga está bastante enfadada y buscando trabajo porque después de jornada tras jornada de 13 horas, ahora no le conceden unos días de vacaciones; resulta que sigue habiendo algo urgente que hacer. Otra me cuenta que de entre sus compañeros y compañeras, una está de baja y otro tiene problemas en la piel y el pelo, según parece, en ambos casos, por aguantar a la loca de su jefa. Y me lo cuenta resignada, como quien tiene la experiencia de que cosas así ya ocurrieron en su trabajo antes y seguirán haciéndolo; antes, cuando todavía se hablaba del acoso en el trabajo y se escribían libros, pues desde hace un tiempo ya ni se menciona.

¿Cómo interpretamos estas anécdotas? Puede ser que exista un sesgo en quien las escucha -yo- que sólo busco quedarme con las cosas malas, y que resulte que por cada una de estas me hubieran contado cinco de trabajos ideales en los que reinara la inteligencia, la paz y la felicidad y hubiera decidido obviarlos. Puede ser también que la gente, para hablar, elige sólo lo malo que les pasa y sobre lo bueno no te cuentan para no generar envida. Tal vez la explicación esté en alguna característica sociológica, que soy más cercano a una generación de edad con estudios universitarios sobre el sacrificio de sus familias (pues pensaron que sus hijos, gracias a la educación, vivirían mejor que ellos) que resulta que tiene mala suerte y lo peor del marcado laboral se concentra en nosotros y nosotras, viviendo el resto otra realidad mucho mejor. Tal vez, como se está poniendo de moda, en pueblos, ciudades pequeñas y el campo, sean felices y cosas tales sólo pasen a los que viven en las grandes urbes.

No descartando ninguna de las anteriores, cabe también pensar que las relaciones laborales han explotado y que el abuso ya no tiene frenos. La crítica al sindicalismo que era tan pareja a la crítica al funcionariado en este país, tuvo la gran suerte de, además, coincidir por el camino con la gran crisis. O quizás en la gran crisis tuvieron que ver mucho los mismos que piensan así. El caso es que ya no queda casi nada de ese mundo y ahora es el Gobierno el que tiene que pedir una subida de sueldos, como si sólo eso fuera la solución, pero no deja de ser gracioso; si prefieres reír en vez de llorar.

Puede ser que el empresariado y sus jefes que no son más que trabajadores auto engañados, vean que ya no tienen por qué frenar en su presión para lograr más horas por menos dinero. Seguro que ríen al escuchar al Gobierno hablar de pagar más, cuando no les hace falta, el mercado y su ley de la oferta y la demanda no obliga -piensan-. No es necesario contratar si pueden presionar para que se trabaje más. Si encima asumiéramos la hipótesis de Rajoy, el problema ya no es el dinero, hay de sobra y, lo mejor, las expectativas son buenas ¿cómo lo explicamos entonces?. La conciliación, las medidas sociales para mejorar el bienestar de empleados y empleadas… seguro que se tronchan al oír hablar de esto. Les basta con seguir defendiendo el otro gran hilo argumental -junto a sindicatos y funcionarios malos y vagos-, que no es otro que la gente no quiere trabajar. Así tampoco les es necesario la autocrítica, ni pensar en formas de organización mejores dado que las decimonónicas funcionan hoy casi mejor que entonces.

El dinero puede empezar a fluir, es posible conceder que en esto pueda tener un poco de razón Rajoy (no discutamos por ello), pero la cultura laboral ha retrocedido a la época poco posterior al esclavismo. Y la señora Presidenta de la Comunidad de Madrid, con su idea de las vacaciones, es sólo un ejemplo más. Puede estar bien para ella hablar de no cogerse vacaciones, pero para personas que trabajan 10 horas (más otras dos para ir y volver de casa) por menos de 1.000 euros brutos, si además les quitas las vacaciones y tienen miedo a pedir un día para abrir su casa y que llegue el agua caliente, pues no es lo mismo. Por lo menos necesitan que sus vacaciones puedan pedirlas coincidiendo con las obras ¿no? para no perder días. Y ya que estamos, aprovechar las mismas para arreglar papeles e ir al dentista, qué menos que poder elegir cuándo te coges las vacaciones. Por no mencionar las piruetas que es necesario hacer para encajar los horarios si tienes hijos pequeños, siendo la época veraniega ya la locura máxima. Lo que resulta complicado es entender que la gente todavía se anime a tener hijos, quizás lo del pan debajo del brazo esté marcado a fuego en nuestro ADN y alguien lo siga pensando.

Ante lo descrito seguro que estos días estivales nos encontramos todos y todas, como tontos del haba, diciendo la frase “pues la cosa estará fatal pero no veo mas que gente en la playa y en los bares”. Quien más y quien menos la pronunció también en los peores años de la crisis, como intentando justificar que -bueno- no todo el mundo estaba tan mal. Pero en el fondo, si lo pensamos, no es eso. No se trata de llegar a fin de mes y poder gastar algo si tienes vacaciones, que por otro lado no es poco. Hablamos de llegar a Marte en pocos años, de innovación tecnológica sin fin, de coches eléctricos en nuestras ciudades, por ejemplo, y pensamos que todo esto se puede construir sobre la base de unas relaciones laborales podridas, caducas, abusonas con los trabajadores y trabajadoras… pues lamento decir que esto no ocurrirá, no se entrará en modernidad alguna mientras no solucionemos algo tan básico como la forma de relacionarnos con el trabajo, con inteligencia, no recurriendo a la fuerza. La tensión seguirá creciendo lo haga o no la economía, es lo que nos enseña la historia y en este país o lo que sea, costará vanagloriarse de estar entre los “grandes” del mundo.

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Al estilo RFEF

Lo ocurrido en la Federación Española de fútbol no es más que un reflejo del estilo de liderazgo que nos domina. Es verdad que la historia del poder nos remonta a sus anales para contarnos que la del humano se puede explicar por la psicología especial que desarrollan algunos seres y que, además, podríamos ser cualquiera en las mismas circunstancias.

Pero lo hemos visto todos y todas, en nuestro entorno, en nuestro trabajo, por ejemplo. Líderes que consideran que su labor consiste en repartir prebendas, en ocuparse de a quién se pone dónde para asegurarse lealtades, adoración y servilismo; inteligencia lo menos, es ese un riego para el todopoderoso personaje. Y el mundo en general funciona así, recuerdo cuando en mis primeros pasos conversaba con mi padre sobre lo que veía y él movía la cabeza como diciendo: pues lo que te queda por tragar…

Grandes errores se han cometido por equipos prebendados que no eran capaces de pensar ni hablar más allá de lo que sus líderes les limitan. En realidad no pueden considerarse equipos, son personas interesadas que se juntan y su valor es el silencio más sacar las castañas del fuego de vez en cuando, poner la cara. Se suelen distinguir además porque, en privado, todos sus miembros están deseando la desaparición de ese líder, su muerte, bien para hacer cosas distintas a las que su majestad quiere, bien para ocupar su puesto. Y porque los que se van y abandonan o denuncian son tachados de traidores y la sola pronunciación de su nombre indica a todo el mundo cómo serán recordados los que si quiera se plateen proceder de la misma forma. Generan estos grupetes una narración de lo que está bien y lo que está mal y siempre encuentran la forma de explicar que no hubo otra opción para tal o cual decisión que no tomaron. Son distinguidos, además, por el desprecio hacia los que no son de su clase divina, esto también es necesario, negar la existencia de quienes no están en su juego aunque estos sean quienes sostienen su chiringo.

Lo que interesa más es saber si esto está en vías de extinción en nuestra cultura o, por el contrario, se seguirá reproduciendo. ¿Quién lo sabe? Algunos tienen la esperanza de cuando vayan pasando a la jubilación toda una generación que aprendió en otra época, tomarán su lugar unos jóvenes muy formados, que gustan de ir a festivales de música, viajar y miran el poder y la vida de otra forma. Otros que al ver cómo acaban algunos de estos personajes -los más oscuros- en la cárcel o suicidándose, será suficiente para los que sigan.

Mi experiencia si embargo no me permite ser tan optimista y ya me gustaría. Son detalles, pero por ejemplo, hace nada se habló desde el Ministerio de los CV ciegos, aquellos donde no aparecen datos que puedan llevar a prejuicios en quien selecciona. ¿En serio? ¿Todavía estamos en este punto tan básico dentro del mercado laboral? Eso no debería estar ya en discusión, a estas alturas, pero ya ven, se presenta como algo realmente innovador. Y también hace poco, Iberia apareció en los medios por pedir test de embarazo a sus candidatas para azafatas de vuelo. Pero hace nada, en mi entorno, tuve que escuchar una conversación -una vez más- sobre contratar a una mujer que dijo que estaba embarazada. Sí, estamos en ese nivel tan bajo.

Alguien podrá pensar que lo comentado antes y estos ejemplos que, seguro, todos vemos a diario, no están relacionados. En mi modesta opinión sí lo están, denotan un estilo, piramidal, de liderazgos, en el que si no compartes unos valores los acabas adoptando porque el mundo no lo creaste tu y si te quieres desenvolver en el, las reglas son esas. Esta es la clave, no existen estímulos para pensar y actuar de otra forma, el daño es sistémico. Estos señores de la federación son sólo la cara más visible y grotesca; de otra forma no se explica el silencio de tanta gente durante tantos, tantísimos años, porque, al final, lo acabamos viendo como algo normal y sobre lo que nada se puede hacer. Y que vayan a la cárcel por el mal uso del dinero, siendo necesario, no resolverá nada hasta que nos cuestionemos el estilo que permitimos.

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¿Poco que perder?

Escuché a un tertuliano, a propósito del tema de la independencia, decir que la propiedad privada la inventamos precisamente para disuadir a los humanos de tomar acciones que pudieran provocar pérdida en su patrimonio. Es una idea muy buena, seguramente se le escapó y él no quería desvelarnos ese secreto a todos y todas.

Lo cierto es que este tema, el de la consulta, está dando para muchos planteamientos bizarros. Pero es que este argumento ha triunfado entre una parte de nuestros intelectuales que llevan varios días muy contentos y contentas porque, al parecer, figuras destacadas del proceso, se están retirando del mismo precisamente porque ven que las amenazas pueden ir contra sus posesiones. Pues desde luego, si esto es así, quienes pensaran que no corrían ese peligro y se dan cuenta ahora, mejor están en su casa meditando sobre cómo nos han metido en todo esto. Aunque por otro lado, bien parecen estos argumentos una extensión del viejo prejuicio que tantos chistes arroja sobre la relación de los catalanes con el dinero, y en manos de nuestros generadores de opinión, es difícil saber qué resulta peor.

En todo caso, en este escenario, es comprensible que mucha gente quiera independizarse del PP. Lo es menos que quieran hacerlo de la mano del PdCAT, ni siquiera bajo la ilusión de que el siguiente paso será, ya destrozado como partido, deshacerse del mismo. La cuestión clave en este asunto es si este movimiento de oposición al poder y deseo de cambio de statu quo y en el sistema de relaciones sociales de los catalanes, lo es de verdad de las clases hasta ahora perdedoras o sólo de unas élites que piensan seguir igual el día después pero ya con todo el poder para ellas. De momento da la sensación que es más esto segundo.

Un dato interesante y que quizás pueda estar pasando desapercibido es lo que parece un 37,4% de españoles que podrían estar a favor de que se votara en Catalunya. No de entre los catalanes, el dato es sobre el conjunto de los españoles. Vale que sí, esto es de una empresa en un momento puntual y las barómetros ya sabemos, y todo eso. Pero es interesante porque de ser algo ajustado a la realidad no serían sólo votantes de Unidos Podemos, es algo más que el resultado de este partido en las últimas elecciones.

Toda manipulación de sentimientos de pertenencia para dar capricho a unos políticos, la historia demuestra que es un error de consecuencias fatídicas, sobre todo en el momento que queda al descubierto y ya no hay marcha atrás. Pero si por el camino se consiguen adherir los descontentos de la gente que viene siendo, además, perdedora de tal manipulación, los resultados son mucho más impredecibles. Y eso todavía está por descubrir porque, para mayor gloria de nuestro tertuliano, tal vez haya mucha más gente que no tiene tanto que perder y sí mucho por ganar. Pensemos en esos jóvenes que no pueden irse de casa de sus padres o que ya pasados los 30 sólo han compartido habitaciones y trabajos miserables. O en los que todavía no han conseguido recuperarse de la pérdida de su trabajo durante la crisis y tienen cargas familiares, una hipoteca y van todo el día arrastrados para sobrevivir. Estos y muchos otros ven el futuro tan incierto que quizás les compense correr el riesgo. Habrá que verlo.

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La libertad no está relacionada con la seguridad

El mismo día que cansinamente, los tertulianos volvían a debatir sobre seguridad o libertad, El País publicaba esta noticia que nos muestra como “La ley mordaza ‘recauda’ 13,5 millones en multas por desplantes a la policía”.

Es un debate completamente falso, desde el primer día y cada atentado. No existe un término en una ecuación tal que digamos bienestar=seguridad-libertad; llamémosle X, no bienestar, tal vez democracia o inventemos un término nuevo. No es una ecuación donde la libertad o la seguridad estén en función la una de la otra y a más de una menos de otra o viceversa. No es un juego de suma cero, es ese un planteamiento de lo más simplificador.

Resulta ridículo pensar que ofreciendo tu libertad a otro tendrás más seguridad, sobre todo si no están relacionadas. Menos aún cuando simplemente te quitan libertades sólo a cambio de unas tertulias en las que se habla de ello, a toro pasado, cuando ya te las han quitado.

Y es ridículo porque sólo tenemos que imaginar cualquier circunstancia en la que otro tiene todo el poder sobre ti ¿qué ocurre? ¿lo usa para protegerte? Pues no se me ocurre ningún ejemplo en el que ello sea cierto, simplemente no pasa.

Todo poder quiere más, toda persona que se acostumbra a que obedezcan sus deseos quiere más, es consustancial al ser humano y así lo demuestra la historia. ¿Por qué habrías de pensar que sin libertad algunos hombres o mujeres excepcionales, reflexionados, la gestionarían en nuestra defensa? Es tentar a la suerte, con escasas posibilidades de éxito.

Por otro lado ¿qué tiene la seguridad que sea necesario ceder libertad? Tal planteamiento cuanto menos denota falta de imaginación en el mundo de la inteligencia en el que supuestamente vivimos. Porque es una trampa y es mentira. Te lo dirá cualquier experto en seguridad, la mejor es la que no se nota, el resto son medidas de control social dirigidas a las víctimas más que a los agresores. Tenemos que convencer a las víctimas de que están seguras (de paso que nos voten) y por eso ponemos medidas muy visibles, es por su bien -te cuentan-, para que estén tranquilos, aunque la amenaza, tal como hemos visto, no se controle de esa forma.

Alguien siempre presto argumenta que no le importa que le quiten libertades, que no tiene nada que esconder y que lo prefiere a que un día por la calle le claven un cuchillo o exploten una bomba. Pero claro que esto es una memez, si el 100% no somos terroristas y sólo unos cuantos individuos está dispuestos a atentar, en realidad todos podríamos decir que no tenemos nada que ocultar, que nos cacheen, registren, lean nuestros correos o vean nuestros mensajes; no están vinculados al terrorismo. Y ¿por qué hacerlo entonces para pillar a ese puñado de personas? No tiene mucha lógica y poco que ver con la seguridad.

Hagamos, sugiero, lo que dice alguna teoría cuando nos enfrentamos a la incertidumbre, introducimos más incertidumbre para controlarla. Apostemos por ampliar las libertades; frente al terrorismo, más libertad. Cada atentado, ampliación de las libertades individuales. ¿Qué pasaría entonces? ¿qué sentido tendría el terrorismo?

Para empezar serían detectados antes porque los terroristas no sabrían qué hacer con su libertad si la tuvieran. Si la reacción que buscan atentando es precisamente limitar las libertades de sus víctimas, -porque no buscan aumentar la seguridad- para que se parezcan más ellos mismos, por qué lo hacemos. Entiendo que suena utópico, buenista y ridículo. Es difícil imaginar que un gobierno que quiera ser elegido de nuevo diga que para combatir el terrorismo pretende promover mayor libertad entre sus ciudadanos en vez de quitársela. Aunque no sé muy bien por qué nos suena tan ridículo. Ni qué tiene que ver con la seguridad.

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Traumas

Un empleo puede ser una experiencia traumática, no sólo representan traumas aquellos de la infancia con una araña o un plato de comida realmente malo. Esto nos pone ante una tesitura incómoda, una pregunta molesta ¿cuánta gente hay traumatizada por allí por sus experiencias laborales?

Te empiezas a dar cuenta cuando miras hacia atrás e intentas explicar lo que viviste y no sabes cómo. Pretendes no tener que hablar de ello si te preguntan en otra entrevista de trabajo o con tus nuevos compañeros y recurres a los tópicos, te preparas las frases para salir del paso si llega el momento. Sabes que puedes estar propiciando un nuevo estigma sobre tu persona, uno por el que no te contraten o te miren con sospecha en ese nuevo entorno.

Me pasó entrevistando a un candidato que con toda libertad hizo lo que siempre te recomiendan los gurúes del empleo no hacer, soltó toda su rabia. Rabia porque había tenido que agachar la cabeza, rabia porque vivió un buen tiempo en un ambiente infesto, tuvo que ver cómo destrozaban a compañeros y compañeras hasta que caían enfermos, se iban o despedían; finalmente le tocó a él.

Tanta honestidad resultó incómoda, al principio mi reacción fue lo que quizás hemos aprendido todos, culpar de lo ocurrido al que lo narraba, considerando su potencial conflictividad y que en un futuro pudiera provocar lo mismo en el entorno para que el estaba siendo seleccionado. Culpé a la víctima que es una gran costumbre de nuestros tiempos; sin darme cuenta, hasta más tarde que en realidad también cuestionaba mi propio entorno laboral.

Él, sin embargo, se quedó tan agustito, como si verbalizarlo estuviera siendo terapéutico, para añadir que llevaba dos años en paro. Se preguntaba si su edad tendría algo que ver, 34 años, porque ahora las empresas buscan veinteañeros que aguanten el tirón con todo, cobren poco, cubran más allá de cualquier horario y trabajen como buenos soldados sin cuestionarse nada.

Madre mía, 34 años y ya llevaba una experiencia traumática y dos de paro quizás por no haberla superado. ¿Estamos todos locos y el único cuerdo es él? Pues sí. El caso es que para mí también fue terapéutico, de estas conversaciones que a veces uno tiene en la vida de las que sale cansado, removido y durante varios días vuelven incesantemente a tu cabeza. Claro que yo también lo he vivido, en los dos lados, y me cuesta encontrarme gente que -lo disimule mejor o peor- no haya pasado por circunstancias similares. No puede ser casualidad, tiene necesariamente que ver con el sistema que padecemos y quizás una prueba de ello es que tanto supuesto experto nos intente convencer a todos de ponerlo bajo la alfombra, de no dejarlo saber, perpetuando así una enfermedad social, aunque sea lo mejor en la práctica. La consecuencia de airearlo, no se sabe muy bien cómo funciona el mecanismo, puede ser que no encuentres otro trabajo porque te mirarán con sospecha, y habiendo cientos de candidatos pues…

Otro tipo de expertos, los que se dedican a lo macro y no a lo micro, nos invaden con sus ideas sobre un mundo productivo mejor y hacia dónde deberíamos ir. Hablan de nuevas tecnologías, innovación, inversión, pequeña empresa frente a gran empresa, lo público frente a lo privado, competitividad… pero no consideran campo de su preocupación el sistema de relaciones en el trabajo. Y todo está conectado, sus grandes ideas no se pueden desarrollar sin que funcione el día a día de los entornos laborales. No puede haber innovación, no puede haber competitividad, ni productividad, con tanta gente traumatizada.

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Rebelión de las masas

Es comprensible que un periódico como el País no sea partidario de Pedro Sánchez y así lo deje claro en su editorial del día siguiente a las primarias; perder definitivamente la identificación que durante tanto tiempo se venía haciendo entre partido y diario no debe ser fácil.

No obstante, hay una cosa muy interesante en dicho editorial cuando habla de la crisis de la democracia representativa. El argumento único, como en tantas otras ocasiones estos días, es que ha ganado el populismo, definido como demagogia, mentiras y promesas imposibles de cumplir. De alguna forma viene a cuestionar que la elección directa y no delegada es un peligro porque pueden salir elegidos personajes como Trump, los de Unidos Podemos o el propio Sánchez. Es la rebelión de las masas que se oponen al establishment, al aparato, a la clase política.

Sánchez ha conectado con la experiencia vital de mucha gente de su partido y fuera del mismo porque ha sido víctima de manipulaciones y conspiraciones, relegado al ostracismo, justo en el momento que defendió decir no a lo que era un clamor popular precisamente porque el PP representa la manipulación, la mentira y la conspiración constantes (para mucha gente). No se puede olvidar la relación entre ambas cosas, no siendo un líder muy querido, ha sufrido lo que muchas personas en su día a día o en algún momento de su vida. Y en vez de agachar la cabeza, culparse a sí mismo y buscar terapia, se ha rebelado. Si hubiera sido sustituido de otra forma no hubiera pasado nada.

Resulta que no pocos políticos y periodistas siguen viendo la política como un objeto propio y distinto del resto de cosas de la sociedad. Y se olvidan que el común de los mortales, ese que a veces desprecian por insignificante considerando que no sabe lo que vota, vive la política a diario, no sólo la de los políticos al encender la tele para ver el telediario. Seguro que muchos trabajadores de El Pais, por ejemplo, hubieran votado a Sánchez porque están cansados de ser un número y trabajar para lograr números, de que los traten como imbéciles, del ejercicio del poder en su entorno, de las cosas que tienen que aguantar a diario. Quizás me equivoque, quizás esta empresa es modélica y muy distinta al resto mayoritario de nuestra sociedad.

Sigo pensando que no están entendiendo lo que se habla en las conversaciones diarias. La frustración que se expresa, la desesperanza, la alienación. No se trata sólo del trabajo, de una remuneración adecuada si se tiene trabajo, es más profundo. Se quiere formar parte de algo bueno, no un engaño continuo, no de un sistema para sostener privilegios, se busca poder ser buena gente y sobrevivir, no tener que comportarse despiadadamente a cada momento para salir adelante. Se desea una forma distinta de relacionarnos, más humana, más enriquecedora, más horizontal y eso se ve muy lejano.

Lo que Ortega en su Rebelión de las masas planteaba era la diferencia entre quienes se esfuerzan por alcanzar la excelencia y los que no. Quizás lo que le faltó por ver es que la mayoría, la masa, se esfuerza mucho y padece por ello a diario y su recompensa es ver el deterioro de sus vidas. Las masas y la élites se han invertido y las primeras reclaman lo suyo tal como se les dijo obtendrían si actuaban correctamente. Es posible que las masas se engañen y crean falsamente que están más preparadas que sus elites, y reclamen un poder que la historia no les reserve, pero creen tener pruebas suficientes. Nos prevenía el autor de ese riesgo, lo que quizás dio por sentado es que las élites seguirían siendolo a base de tesón. Aunque no es menos cierto que nunca consideró élites a los señoritos y señoritas de postín, refinados sólo en su maneras y no en su pensamiento. Y de este estilo de personas nos sobran entre las élites.

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