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Construyendo relatos

La primera vez que presté atención a la idea de construir un relato, fue cuando se la escuché al presidente de un trabajo que tuve. Venía a significar -él- que había que inventarse una historia para contar verdades a medias que la gente nos comprara. Una historia bien contada, engranada, es más asumible y se retiene mejor, convenciendo al final. Lo cierto es que a este señor le había perdido el respeto intelectual hace mucho tiempo, sus muchos libros y publicaciones me parecían palabras puestas unas detrás de otras porque en realidad pensaba de otra manera, solo asumía un rol al escribir. La gente tenemos que ganarnos la vida, tampoco voy a culparle del todo.

En estos días, el tema de la construcción de un relato se escucha por todos lados. Como metodología es muy antigua, claro, pero no dejo de acordarme de aquel viejo socialista arrepentido y su petición para que construyéramos mentiras, incluso en nombre de la ciencia. Cada bando de nuestro conflicto político hace eso, construir su relato y lo escuchas repetido 100 veces y cada una suena mejor que la anterior. Para ser preciso, tomando café, a un señor en un bar es a quien mejor he escuchado relatar lo que defendía, más convincente que a cualquier político que se lo inventó.

Lo cierto es que sabemos que nuestras mentes funcionan de una forma muy selectiva con la información, es más que posible obtener muchas versiones diferentes partiendo de los mismos datos, cosa que vimos recientemente cuando se proclamó o no la independencia. Nos gusta y necesitamos, explicar cualquier fenómeno a la luz de la nueva información disponible, buscando siempre causalidades que no tienen por qué ser reales y nos valemos de los relatos.

Este defecto en nuestra percepción que es posible parta de una configuración biológica determinada, no puede, a estas alturas, seguir llevándonos al enfrentamiento. Tenemos herramientas para evitarlo, pero pasan todas por teorizar, por utilizar nuestro recurso humano menos inmediato.

Lo primero que vemos es que los independentistas no han dejado de comportarse como tales, pero han aparecido nacionalistas españoles por todos lados y los herederos del pensamiento franquista se han quitado la careta. Esto es bueno, han dejado a los radicales de izquierda en un punto medio de sensatez que antes no tenían otorgado. Y además han confirmado su hipótesis de que existen muchos radicales en la derecha, teoría que estaba bien pero nadie terminaba de creerse.

Nos han insistido mucho en que la mayoría no son todos, en que todos debe ser los españoles en su conjunto y en que no se puede violar la ley. El juego de los conjuntos es complicado, se pueden crear a medida que se acerca o aleja el foco de atención hasta llegar a la humanidad toda o al individuo y su ADN único. Y luego nos encontraremos con los que hacen la media o cuentan manifestantes. Esto no aporta información útil, ya deberíamos saberlo. Podríamos, por ejemplo, preguntar a todos los españoles si creen que los españoles deben tener la capacidad de decidir sobre su propio futuro y es complicado imaginar que la respuesta fuera no. Si los andaluces son españoles no deberíamos privarles de esa capacidad de decisión o pasar a considerarlos no españoles, dejando de tener tal pregunta sentido. También podemos imaginarnos preguntar a los catalanes si creen que los andaluces deberían tener capacidad para decidir sobre su propio futuro. Lo normal sería encontrarnos que dijeran que no que son los catalanes los que tienen que poder opinar sobre el futuro de los andaluces, al menos unos cuantos catalanes. Es un callejón sin salida, por eso no queda más remedio que recurrir a la ley que en realidad nadie sabe lo que dice, cada cual puede, atendiendo a su percepción, leer una cosa, como en todas las leyes y el 155 es el mejor ejemplo. Incluso es posible recurrir a leyes y tratados superiores, otro juego de conjuntos, y encontrar argumentos.

Total, las narrativas dónde nos llevan ¿a la violencia? Algunos tarados lo están deseando, pero creemos que no es la mayoría de la población española. También sabemos o especulamos con que ello no resolverá el problema, lo pospondrá unos años y creará un montón de nueva narrativa que no hace sino permitir que determinados partidos vivan del conflicto en cuanto a número de votos. Mientras siga siendo así, no podemos esperar otra cosa que escaladas de tensión cada cierto tiempo, y todas las miradas puestas en la reacciones de los votantes de cada cual. Y en el fondo que nadie quiere un referendum de verdad, uno para el conjunto de los españoles que responda a la pregunta de si tenemos derecho a decidir sobre el modelo por el que nos autogobernamos o no. Desde luego que sólo imaginarlo es quitarle una buena parte del poder al actual sistema de partidos, constructores de relatos, pero quizás sea eso lo que debemos hacer visto que el periodo de inestabilidad que llevamos viviendo estos años nos lleva una y otra vez a esa cuestión; el exceso de protagonismo de los partidos frente al escaso del ciudadano.

Desde luego cabe especular con que este proceso reciente, llevado por las consecuencias de la decisión final a la responsabilidad de cada persona, es decir, si al final no se trata de creer una cosa u otra, sino de decidir y asumir las consecuencias, el mismo hubiera ido por otro lado. Siempre es más sencillo oponerse a un poder cuando ya sabes la respuesta, que tenerlo tú y tomar las decisiones, entonces más te vale asegurarte que cuestionas todas las narrativas escudriñando lo que es razonable en cada una. Sería bueno dejar que los ciudadanos pasáramos de la preadolescencia a la edad adulta y el sistema no es recomendable que siga tratándonos como a niños en política. Las consecuencias serían menos dramáticas. De verdad que esperar día tras día a la comparecencia de unos u otros, mes tras mes, año tras año, y la interpretación posterior de sus palabras construidas con toda intencionalidad para ello, roza el ridículo.

Caixabank y el Real Decreto-ley 15/2017

Resulta que una sociedad tiene en sus estatutos -normas de funcionamiento que todos aceptan y bajo las que se rigen- que tengo que aprobar por votación una cosa como el cambio de domicilio fiscal. Pues bien, el Gobierno de España puede, por medio de un Real Decreto a la carrera, cambiar eso y quitarme esa postestad. Es, obviamente, el caso de Caixabank y el Real Decreto-ley 15/2017, de 6 de octubre, de medidas urgentes en materia de movilidad de operadores económicos dentro del territorio nacional.

Esto es lamentable. Si no fuera porque lo que es democrático ya ha perdido todo significado y sólo sirve de acusación de unos a otros, diría que este Real Decreto es profundamente antidemocrático. Tampoco es que ingenuamente crea que una organización como Caixabank, por tener que votar ciertas cosas, sea democrática en su funcionamiento interno, pero por lo menos algo de disimulo se mantenía en el esfuerzo de convocar juntas y demás mecanismos.

La redacción del Decreto con las justificaciones que usa es más lamentable si cabe que el fondo. Evidentemente no menciona el propósito del mismo y cuenta milongas sobre otras áreas del derecho y otras épocas por las cuales es posible hacer eso. Y lo justifica, para bochorno de quien se lo lea, por la movilidad de las empresas que es necesario preservar pues así lo dice la Constitución; siempre la misma. Resulta que en el tercer tremiste del año se producen muchos movimientos de empresas que -resulta también- es por motivos estratégicos (y así nos va, la estrategia de las empresas es trimestral por lo que se insinúa). No tiene desperdicio por lo que se copia a continuación un párrafo.

La extraordinaria y urgente necesidad de la medida viene justificada por la exigencia de garantizar la plena vigencia del principio de libertad de empresa consagrado en el artículo 38 de la Constitución, así como de respetar la prohibición de adoptar medidas que obstaculicen la libertad de establecimiento de los operadores económicos prevista en el artículo 139 de la Constitución. Por consiguiente, se debe evitar que las divergencias interpretativas y controversias societarias demoren la eficacia del traslado del domicilio dentro del territorio español en aras de consolidar la unidad del mercado. Esta necesidad es especialmente acuciante atendiendo al incremento de movimientos societarios que se produce en el último trimestre de cada año, al adoptar nuestras empresas decisiones de planificación estratégica cuya implantación requiere en muchas ocasiones el traslado del domicilio social y que, en el contexto actual, pueden venir motivadas por las especiales circunstancias que caracterizan el momento en que esta norma va a entrar en vigor.

Por supuesto no se puede quitar la libertad a los miembros de una sociedad para que pongan en sus estatuos que una decisión como la de cambiar de sede fiscal se deba debatir y votar. Pero para eso, nos dice el Decreto, se puede, si eso, incluir en los estatutos (convocando una Junta) después de la entrada en vigor del mismo Real Decreto que lo anula. Es de cachondeo.

A continuación seguro que alguien argumenta de nuevo la necesidad de respetar la Ley, claro, la misma que se puede cambiar sin más, de tapadillo, a medida de, en este caso, una concreta entidad bancaria, y contraria a derechos de personas que habían aceptado una normas de juego estatutarias y que, en el fondo, son los dueños de la misma. Pierden toda fuerza los mismos que argumentan que si se quiere cambiar una ley existen mecanismos para ello, lo cual, sabiendo como funciona el poder, todos sabemos que es falso.

Habrá mucha gente feliz viendo como las empresas “se van de Catalunya”. Evidentemente es un error conceder esa importancia y poder a las empresas frente a la política, es el error que venimos cometiendo desde que nos colaron la doctrina neoliberal. El dinero es cobarde y si alguien piensa que luego no se cobrará el favor que le está haciendo al Gobierno lo tiene claro y en el fondo lo pagaremos todos y todas, como siempre, si es que, con todo lo ocurrido en la banca, no está pagado con creces.

No conviene tampoco olvidar que otra vez y de nuevo, hay políticos que ya empiezan a decir que han fallado a los ciudadanos. Joder, ¡otra vez! Hace tres días decían lo mismo con la gran crisis y hace dos con las varias elecciones e imposibilidad de acuerdos. Podemos seguir así hasta el infinito, cada vez y con cada problema, pero que siempre fallan es el punto al que se llega. Se deberían volver en bloque a sus ocupaciones anteriores dado que su incapacidad ya es manifiesta y reconocida siendo, como son, los mismos personajes.

Resulta muy cansado salir a la calle, cada vez, votar, cada vez, para llegar al mismo punto también cada vez. Los ciudadanos estamos haciendo todo lo que se nos deja para mostrar nuestro compromiso con un sistema de toma de decisiones colectivo, que nos importan las cosas, acusación que tantas veces se ha vertido sobre la pasividad y anomia sociales. Pero el poder no se da por aludido y sigue haciendo todo lo que está a su alcance para demostrarnos que, en realidad esto no es una democracia, es un sistema como otro cualquiera, con el que nos fue bien un tiempo, a algunos y no a todos, pero ya ni eso.

Tienen lo que siempre han clamado, con la boca pequeña y cínicamente, que es una sociedad movilizada, ciudadanos debatiendo, implicados y resulta que sólo saben utilizarlo para enfrentarnos. Ya está bien de sostener esta gran mentira.

Estimado Luis

https://economia.elpais.com/economia/2017/09/08/actualidad/1504867507_445438.html

Estimado Luis,

La gente, mucha gente, está hasta el gorro de escuchar que hace falta cambios, muchos cambios y que estos se pueden emprender despacito. El sistema, los sistemas, nos demuestran una y otra vez su gran inercia y aunque gente sin duda bien intencionada como usted, nos dice que se puede hacer, la realidad demuestra lo contrario. Una y otra vez, la fuerza de las inercias o los puntos de atracción de los sistemas, hacen que experimentemos, en nuestros entornos, en nuestras empresas, en su política, que las grandes dinámicas acaban arrasando con todo y nada cambia.

Llevamos escuchando los seis objetivos clave para una futura política económica del señor Jordi Galí que usted dice compartir, tanto tiempo, que ya no creemos que en el marco dentro del que estamos eso, ni cualquier otra cosa, sea posible. Menos aun y si en particular de economía hablamos, recién saliendo de una crisis que apunta hacia el extremo contrario.

El nacionalismo independentista tiene la virtud de estar canalizando ese sentimiento, sin dejar de ser parte del problema y causante de la situación. Pero estimado Luis, tengo gente joven en mi entorno (y no vivo en Catalunya) que ni piensa en un trabajo estable, ni en uno que les motive, ni en formar familia, mucho menos en una jubilación, ¿cuánto tiempo dice usted que requieren esas reformas que en todo este tiempo, además, sólo se han alejado? Se lo crea o no, hay mucha gente que no es independentista que quisiera ver que es posible oponerse a la dinámica apisonadora que no les permite ver un futuro ni siquiera gris. Hay mucha gente a la que le gustaría ver que es posible decir basta y no (aunque lo digan otros), sin tener que bajar la cabeza y soñar que al día siguiente, tal vez, algo cambiará en sus vidas, cada día, pero no ver señal alguna de que eso es posible. Delirios de juventud es posible argumentar, pero ocurre algo parecido entre gente que ya cumplió los 40, los baby boomers, los que sufrieron la fiebre de la construcción y las hipotecas y encima han escuchado las mismas promesas vacías muchas más veces.

Demasiada gente ya no entiende qué es eso de respetar la ley que les oprime y sirve para justificar su situación y no ven motivo para hacerlo salvo la fuerza que los obliga. Está cansada de que la ley sólo cambie para perjudicarles y sin el mayor problema, por la vía rápida. Está cansada, estimado Luis, eso lo resume todo, agotada.

Usted puede no verlo, es posible seguir pidiendo paciencia y confianza argumentando que el nuestro es un gran país, pero no pocos han optado ya por el desafío, por el golpe en la mesa y aunque el independentismo les pueda parecer un error, resulta esperanzador que sea posible negarse, resistir, poner nervioso al poder, a los que ostentan todo, con la esperanza de que, tal vez, caigan, reaccionen o mejor que renazca un sistema distinto. El caso es que todos tenemos una sola certeza, lo que pueda ocurrir en estos días es incierto, pero -fíjese- la incertidumbre es preferida a la certidumbre que supone seguir como estamos y esa reflexión ya no puede esperar.

Vagón de silencio

Tomé un AVE Madrid-Alicante en el vagón de silencio. Un tipo, con el móvil sin bajar el volumen, cogió la llamada y estuvo 10 minutos hablando desde su asiento. La conservación fue intrascendente -ya lo anticipo- en unos 30 segundos se podría haber finiquitado. Esto no es la primer vez que lo vivo, incluso podría añadir que me pasa en cada viaje en ese tipo de vagón; alguien coge una llamada o lo que es peor, llama y tiene una conversación con el otro lado de la linea y con todo el resto de personas que acompañan, porque -supongo­ ya que hablas que no sea bajito y pueda escucharte el resto. Otro tipo se puso vídeos de fitness en inglés y sin cascos hasta que su compañera de asiento, muy hábilmente, le dijo que si quería los que Renfe entrega con el precio del billete y ella cogió para si. La pobre mujer se ve que quería estudiar algo y por eso eligió la plaza, buscando poder concentrarse. Aun así, el prenda, pasado el rato, cogió su teléfono y llamó a alguien.

¿De dónde salen estos tarados? ¿Cómo es posible que no sepan interpretar bien todos los signos y símbolos que tienen a su alcance señalando que la gente que va en ese vagón prefiere un rato de silencio? ¿Deberíamos ser generosos e ir caso por caso, estudiando las circunstancias o concluir que simplemente hay gente que es imbécil y ya está, así es la vida? A fin de cuentas, no es algo tan grave, es cierto que nadie muere de eso.

Muchas veces no somos capaces de leer bien los signos. Eso les paso a todos aquellos que defendieron, según se iban produciendo atentados en otros países europeos, que en España estábamos mejor preparados. A veces llegaron incluso a justificarlo diciendo que, por la trayectoria con el terrorismo de ETA, teníamos una experiencia que otros lugares no. Son los mismos que ahora, por responsabilidad periodística -dicen- critican todos los errores que han podido cometer las Fuerzas de Seguridad.

El primer error es pensar que el terrorismo se puede combatir sólo con la policía o el ejército. Los signos de ello sí que los tenemos en nuestra historia reciente. Otro signo lo podían haber encontrado en las detenciones que hasta la fecha se han practicado, en su número pero también en su forma, porque donde se corría para hablar de la detención, no tanto sobre los resultados de las investigaciones que, resulta, concluyeron dejando en libertad a muchas de esas personas acusadas. El incremento constante de la islamofobia también podría haber sido considerado un signo.

En estos días desde el atentando se puede ver muchas opiniones contrarias a que la integración o mejor la falta de la misma, sea un signo. Está bien, un indicador solo no puede explicar un comportamiento tan extremo y deleznable. La cuestión es que estas posiciones suelen confundir el orden de los términos. A veces piensan que la falta de integración produce pobreza, paro o malas notas, pero no es así, son más bien estos, signos de una integración deficiente. El matiz es importante, integración no deja de ser una construcción para el análisis y la discusión (poca discusión en los últimos años), pero nadie en su día a día piensa en términos de la misma; tienes trabajo o no, te relacionas normalmente o no, vives el futuro con esperanza o no… es lo que cada uno de nosotros sí experimentamos a diario.

Hay muchos factores que pueden influir en la construcción de la idea de integración, pero uno es el nivel de racismo en la sociedad de acogida o si queremos el grado de islamofobia en este caso. Como otras veces hemos dicho en estas líneas, la integración no sólo tiene en cuenta variables de la persona, todas ellas se producen en un contexto dado y la sociedad de acogida entra de lleno en el resultado de la misma, no está al margen mirando desde fuera tan sólo contando cuántas personas hay integradas o no. La integración es dinámica.

Y además están los símbolos. Igual que algunos compañeros de vagón se niegan a interpretar correctamente los que indican que se debe estar en silencio, es posible que a no pocos les pase igual con los relativos a la religión y la cultura; la propia y la extraña. Es necesaria una sensibilidad mediana y prestar atención a algo que no seas tu mismo y tus circunstancias, pues es fácil no ver o entender lo que tienes delante de las narices. Esto no se debe confundir con el buenismo acusador, la conclusión que se colige no es repartir mamandurrias, comprender e interpretar correctamente es simplemente lo inteligente y en el fondo la única solución.

Turismofobia

Este verano tocó la turismofobia. Por un momento amenazó el burkini como el pasado, pero no cuajó aunque en ambos casos se produjeron protestas en la calle y, como se acaba demostrando, son temas sobre los que no está, ni mucho menos, todo dicho.

El mayor argumento a favor del turismo pasa por el dinero; por el dinero que deja, por el que se gastan o no, por el peso del turismo en la economía, por las familias que viven del turismo… A mí esto me parece pobre, incluso si el Presidente del Gobierno habló de la falta de inteligencia de quienes protestaban contra lo que nos da de comer.

Luego resulta que, en el fondo, hay cierta coincidencia en que el modelo de turismo se puede y debe revisar, si bien no tanta en si es una mala idea hacerlo de forma tan llamativa, en la calle, justo en el momento de máxima afluencia de turistas. Quienes protestan, al menos, sí que están de acuerdo en que es necesario, creen que, sin la oportunidad, el sistema nunca permitirá hacer reflexión alguna, saben -intuyen- que donde el dinero está por encima de todo no hay discusión posible. Algo parecido les debe pasar a los de la seguridad de los aeropuertos.

Los que no están de acuerdo con que se proteste (que no creen que se deba protestar nunca, en ninguno caso) porque puede suponer pérdida de dinero, sí lo están con que se podría impulsar un modelo por el que cada turista pagara más por estancia. Esto muestra que la elección de indicadores para la discusión pública es siempre una cuestión espinosa; en este caso se suelen usar los 80 millones de estancias, la cantidad media de gasto por persona, el porcentaje del PIB que se debe al turismo y el porcentaje de empleos asociados al mismo, y estos se repiten como un mantra a base de titulares en la prensa.

Normalmente, quienes no gustan de la protesta suele darse que creen, además, en la Ley de la oferta y la demanda para que rija nuestras vidas. No les sería, entonces, tan difícil, imaginar qué ocurriría si un destino mantiene la demanda pero no puede cubrirla toda; el precio subiría. ¿Por qué no ocurre eso en nuestro caso? Es una pregunta dolorosa pues tal vez encontráramos la respuesta en que no es un destino tan atractivo si no se mantienen los precios bajos. Pero eso no puede ser, España es un gran destino, tiene una industria turística puntera, innovadora, la mejor del mundo y sol y cultura a partes iguales y decir lo contrario puede resultar antipatriótico ¿Entonces? Tal vez sea una elección y no tanto un ley divina.

Ya sabemos que la Ley de la oferta y la demanda no debería recibir tan regio nombre, quizás teoría sería suficiente. El sector turístico se basa, como tantos otros, en sueldos bajos (teniendo en cuenta la intensidad del trabajo) y esto no es nuevo, es una contaste desde mucho antes de la Gran Crisis, sólo de tal forma se pueden mantener los precios bajos y afectar a la demanda. Así las cosas, el único camino para que el año que viene los titulares puedan ser que llegan 90 millones de turistas en vez de 80, es seguir bajando los precios y seguirán apareciendo pisos de alquiler turístico y todo lo que se quiera, pues no pocos serán los que sigan pensando en sacar tajada de la gran industria, es inevitable.

El problema de cualquier empresa, de cualquier sector, es seguir tirando sólo de su ventaja competitiva pues esta acaba siempre desapareciendo. Aparecen otros actores que quieren su parte, nuevas ideas y se llega al limite desde el que ya no se crecerá (que parece una obsesión). Mientras se sigue pensando a corto plazo, en ingresos, en dinero, en los resultados del trimestre, esto no se suele ver y, de repente, la gallina de los huevos de oro entra en crisis y no te das ni cuenta. Pero siempre se concluye que eso no pasará mañana que el sol seguirá siendo un atractivo, que las cosas se acomodarán por su propia naturaleza. Y si algo cambia, además y por suerte, será posible culpar a los que protestaban.

Pudiera parecer que hablar de estas cosas significa que te alegraría que un sector sufriera una crisis, y es más bien todo lo contrario, porque hemos visto otros sectores antes sufrir de lo mismo, por lo que se quiere evitar. En mi caso, además, soy hijo de agente de viajes, me gusta mucho el turismo porque es parte de mi vida, una muy importante. Pero también he vivido en primera persona lo que ocurre cuando sólo se piensa en dinero. Viví el primer cambio del sector turístico cuando dejaban de venir a vernos personas y pasaron a ser billetes (pasó lo mismo en la banca y tantos otros sectores, la construcción sin ir más lejos). Y aquí ocurre otra cosa muy curiosa en los que no son favorables a las protestas. Resulta que esgrimen el argumento de que son otros los que quieren que dejen de venir personas turistas con menor nivel adquisitivo y pretenden que vengan sólo los que gastan cuartos, se acusa a los otros (a los que protestan) de tener una propuesta de elitismo turístico puesto que, se piensa, debería ser contraría a los ideales que se les atribuyen. Al hacerlo, relacionan un indicador que no dice nada, el del dinero gastado por persona (que no deja de ser una media cutre), con que si se quiere un mejor tipo de turista esto sólo puede ser si vienen los que mayor nivel adquisitivo tienen. Claro que sí, eso es como un jefe que tuve que se declaraba de izquierdas y para justificar que no tuviéramos días de descanso en agosto decía que eso de las vacaciones es una idea burguesa. Todo vale.

La cuestión es otra. Una industria que supone ¿qué? el 11% del PIB, el 13% de los puestos de trabajo, no se puede construir sobre una base tan débil y que no es otra que la precariedad laboral. Esta no debe ser nunca la ventaja competitiva. Con ese peso tan grande dentro del conjunto de la economía, surge ya la pregunta de si no será necesario, para mantener esa precariedad que es la que permite ofrecer precios bajos, basarse en una precariedad general, estructural. ¿Quien quiere trabajar en el sector turístico?, el que se ve obligado y no tiene más opciones. Esto debería hacernos pensar, basamos la economía en un sector del que la gente, en cuanto puede, sale corriendo, mientras el objetivo es aumentar el número de estancias.

No veo claro, entonces, que esto vaya sobre odiar a una categoría de personas, las que viajan por placer a otro país. Está bien, la estrategia es correcta, no pocos dejarán de hacer preguntas por miedo a que les tachen de turismofóbicos, no es algo con lo te guste vivir. Aunque no parece que la discusión vaya sobre las personas turistas. La discusión va sobre la propia discusión, conviene hablar de este tema y no crear etiquetas para desterrar a los que lo pretenden o acusarles de ir contra el pan de los demás. Ya hemos visto antes -varias veces- lo que luego puede ocurrir.

ONG empeñadas

Recientemente un amigo estuvo en Melilla compartiendo labor con personas que se dedican a ayudar inmigrantes y refugiados de la mano de las ONG. Le contaban que sienten tener a todo el mundo en contra; la policía por supuesto, autoridades y políticos y una amplia parte de la sociedad.

Hace poco hemos visto como, en Italia, se dejaba ver oficialmente un cuestionamiento de la labor de las ONG en el mar rescatando náufragos y embarcaciones. A los pocos días de una acusación pública sobre que alguna organización era sospechosa de estar en contacto con los traficantes de personas y atacar, de paso, la labor de todas ellas, resulta que había que firmar o no un protocolo por el que las embarcaciones deben llevar policías en las operaciones de rescate y otra serie de medidas para, supuestamente, organizar mejor el “trabajo”. Afortunadamente algunas se negaron a firmar.

Resulta interesante, y quizás sea una anécdota, ver como una noticia de El País se refiere a este asunto diciendo: “No todas las ONG empeñadas en salvar refugiados e inmigrantes en el Mediterráneo decidieron avalar el protocolo propuesto por el Gobierno italiano y sellado de forma definitiva en Roma.” El término empeñadas es lo curioso, sobre todo porque lo utiliza dos veces en el mismo párrafo. ¿Empeñadas? ¿a qué se refiere? ¿tal vez a que el dinero no les llega y han tenido que empeñar hasta la camisa? ¿no, verdad? aunque podría acercarse a la realidad. Entonces ¿se referirá a que están obcecadas? El lenguaje siempre es interesante, lo más plausible es que se refiera a que, pese a tenerlo todo en contra, las ONG se empeñan en salvar vidas. Si es así debe movernos a la reflexión, salvar vidas cómo puede tener a gente en contra, eso sería lo más cercano a dejar de utilizar el concepto humanos para referirnos a nuestra especie.

La cuestión es que no pocos pueden pensar que esta labor en el mar podría bien estar limitada sólo a los ejércitos y fuerzas y cuerpos de seguridad de los estados y, por lo tanto, que las ONG no pintan nada. Pero se puede, también, opinar, que si las ONG deciden intervenir es porque entienden que los gobiernos, precisamente, están dejando funciones o no ponen todos los medios necesarios y por ello merece la pena realizar esa misión que, según el propio artículo, supone un 40% de todos los salvamentos -vidas-. Tal y como están las cosas y según las acusaciones sobre que esta labor hace de efecto llamada, no parece del todo claro que poner la misión en manos de los estados y no tener presencia, pudiera suponer un descenso de muertes. Para confirmarlo nos basta recurrir al patinazo de Zoido (nada menos que Ministro del Interior en España) que dijo “No es nuestra responsabilidad que los inmigrantes decidan huir”. Vale que luego pidió disculpas y aclaró, pero una cosa así no se te escapa si no la tienes bien reflexionada.

Este tipo de planteamientos en ciudadanos o ciudadanas que comentan noticias en la red viene siendo frecuente desde hace mucho tiempo, pero verlo en dirigentes políticos, de fuerzas que no se consideran a si mismas radicales, es muy doloroso y preocupante. El menosprecio a las ONG, la negación de su actividad, el ataque a sus planteamientos, sólo era cuestión de tiempo, se veía venir. En los últimos años, poco a poco, los poderes iban asomando la patita, ahora parece que ya no les hace falta un mínimo de contención, sienten que pueden hacerlo porque a estas organizaciones cada vez les apoya menos gente, son más irrelevantes en el discurso social. Es esto una pérdida y un peligro en el mundo depredador que vivimos.

Pero debería mover a la reflexión. La estrategia de las ONG de incomodar al poder pero sólo un poco, de sentirse parte crítica pero colaboradora del estado, llegados a este punto, se ve que no ha funcionado y no sólo en el tema concreto de la inmigración y los Derechos Humanos. En España al menos, la Cooperación Internacional ha perdido casi toda la financiación, la intervención social anda en estos días preocupada por la distribución de fondos del IRPF, la sagrada “X” que los ciudadanos marcamos en la Declaración de la Renta. Las ONG se han vuelto casi invisibles e irrelevantes de no ser por esa presencia en muchas calles de captadores de fondos, cuestión que puede ser también muy cuestionable. Han pasado sin pena ni gloria por esta inmensa crisis social y han salido debilitadas, no sólo el poder las ningunea (cosa que podría incluso verse como un logro) sino que la sociedad no las respalda con claridad ¿es posible que algo estén planteando mal?

Claro que se puede seguir argumentado que hay muchos tipos de organizaciones sociales, pero ello no puede servir de excusa. Hay chiringuitos dirigidos por tramperos y tramperas, hay muchas que van de la mano directamente de partidos políticos, otras que sólo saben bailar el agua al poder, demasiadas son oportunistas. Ojalá resolvieran estas cuestiones internas, cambiara su imagen, retomaran la crítica y cumplieran con su papel de cuarto poder vigilante. Es verdad que a veces se pone sobre estas organizaciones una aspiración moral y ética que no se cumple en ninguna otra parte de la sociedad y que es limitante para la acción, dadas las reglas que tenemos, pero su labor principal, creo, es precisamente cambiar esas reglas y nadie dijo que eso fuera sencillo, como tampoco que fuera sólo cuestión de dinero. Desde luego, confiar en los poderes y sus gobiernos es lo menos razonable. No lo sé, conociendo el percal quizás sea una esperanza vana, pedir demasiado, buscar super héroes y no pueda ni deba ser, pero es por conservar alguna esperanza.

Estamos como para pedir un día

Eso me dijo un vecino al coincidir en el ascensor y comentar los golpes por las obras que se escuchaban en todo el edificio. Hay que cambiar cañerías y la parte final de cada cambio tiene que ser en casa de uno, por lo que alguien tiene que estar para abrir la puerta, es decir, si trabajas, pedirte un día. No lo conozco de nada, ni siquiera baja a las reuniones de vecinos, me sorprendió que con esa simple frase me explicara con tanta claridad cómo siente que es su situación laboral. Pero pensándolo, es sorprendente que las cosas estén tan complicadas en los entornos laborales que diera por sentado que yo lo entendería, cuando bien podría ser un optimista al estilo Rajoy y haberle hablado de las cifras de la economía y la recuperación. Sí -le habría dicho- pero la economía está mejorando y ya andamos por datos cercanos a antes de que empezara la crisis, hace lo menos 11 años.

Una amiga está bastante enfadada y buscando trabajo porque después de jornada tras jornada de 13 horas, ahora no le conceden unos días de vacaciones; resulta que sigue habiendo algo urgente que hacer. Otra me cuenta que de entre sus compañeros y compañeras, una está de baja y otro tiene problemas en la piel y el pelo, según parece, en ambos casos, por aguantar a la loca de su jefa. Y me lo cuenta resignada, como quien tiene la experiencia de que cosas así ya ocurrieron en su trabajo antes y seguirán haciéndolo; antes, cuando todavía se hablaba del acoso en el trabajo y se escribían libros, pues desde hace un tiempo ya ni se menciona.

¿Cómo interpretamos estas anécdotas? Puede ser que exista un sesgo en quien las escucha -yo- que sólo busco quedarme con las cosas malas, y que resulte que por cada una de estas me hubieran contado cinco de trabajos ideales en los que reinara la inteligencia, la paz y la felicidad y hubiera decidido obviarlos. Puede ser también que la gente, para hablar, elige sólo lo malo que les pasa y sobre lo bueno no te cuentan para no generar envida. Tal vez la explicación esté en alguna característica sociológica, que soy más cercano a una generación de edad con estudios universitarios sobre el sacrificio de sus familias (pues pensaron que sus hijos, gracias a la educación, vivirían mejor que ellos) que resulta que tiene mala suerte y lo peor del marcado laboral se concentra en nosotros y nosotras, viviendo el resto otra realidad mucho mejor. Tal vez, como se está poniendo de moda, en pueblos, ciudades pequeñas y el campo, sean felices y cosas tales sólo pasen a los que viven en las grandes urbes.

No descartando ninguna de las anteriores, cabe también pensar que las relaciones laborales han explotado y que el abuso ya no tiene frenos. La crítica al sindicalismo que era tan pareja a la crítica al funcionariado en este país, tuvo la gran suerte de, además, coincidir por el camino con la gran crisis. O quizás en la gran crisis tuvieron que ver mucho los mismos que piensan así. El caso es que ya no queda casi nada de ese mundo y ahora es el Gobierno el que tiene que pedir una subida de sueldos, como si sólo eso fuera la solución, pero no deja de ser gracioso; si prefieres reír en vez de llorar.

Puede ser que el empresariado y sus jefes que no son más que trabajadores auto engañados, vean que ya no tienen por qué frenar en su presión para lograr más horas por menos dinero. Seguro que ríen al escuchar al Gobierno hablar de pagar más, cuando no les hace falta, el mercado y su ley de la oferta y la demanda no obliga -piensan-. No es necesario contratar si pueden presionar para que se trabaje más. Si encima asumiéramos la hipótesis de Rajoy, el problema ya no es el dinero, hay de sobra y, lo mejor, las expectativas son buenas ¿cómo lo explicamos entonces?. La conciliación, las medidas sociales para mejorar el bienestar de empleados y empleadas… seguro que se tronchan al oír hablar de esto. Les basta con seguir defendiendo el otro gran hilo argumental -junto a sindicatos y funcionarios malos y vagos-, que no es otro que la gente no quiere trabajar. Así tampoco les es necesario la autocrítica, ni pensar en formas de organización mejores dado que las decimonónicas funcionan hoy casi mejor que entonces.

El dinero puede empezar a fluir, es posible conceder que en esto pueda tener un poco de razón Rajoy (no discutamos por ello), pero la cultura laboral ha retrocedido a la época poco posterior al esclavismo. Y la señora Presidenta de la Comunidad de Madrid, con su idea de las vacaciones, es sólo un ejemplo más. Puede estar bien para ella hablar de no cogerse vacaciones, pero para personas que trabajan 10 horas (más otras dos para ir y volver de casa) por menos de 1.000 euros brutos, si además les quitas las vacaciones y tienen miedo a pedir un día para abrir su casa y que llegue el agua caliente, pues no es lo mismo. Por lo menos necesitan que sus vacaciones puedan pedirlas coincidiendo con las obras ¿no? para no perder días. Y ya que estamos, aprovechar las mismas para arreglar papeles e ir al dentista, qué menos que poder elegir cuándo te coges las vacaciones. Por no mencionar las piruetas que es necesario hacer para encajar los horarios si tienes hijos pequeños, siendo la época veraniega ya la locura máxima. Lo que resulta complicado es entender que la gente todavía se anime a tener hijos, quizás lo del pan debajo del brazo esté marcado a fuego en nuestro ADN y alguien lo siga pensando.

Ante lo descrito seguro que estos días estivales nos encontramos todos y todas, como tontos del haba, diciendo la frase “pues la cosa estará fatal pero no veo mas que gente en la playa y en los bares”. Quien más y quien menos la pronunció también en los peores años de la crisis, como intentando justificar que -bueno- no todo el mundo estaba tan mal. Pero en el fondo, si lo pensamos, no es eso. No se trata de llegar a fin de mes y poder gastar algo si tienes vacaciones, que por otro lado no es poco. Hablamos de llegar a Marte en pocos años, de innovación tecnológica sin fin, de coches eléctricos en nuestras ciudades, por ejemplo, y pensamos que todo esto se puede construir sobre la base de unas relaciones laborales podridas, caducas, abusonas con los trabajadores y trabajadoras… pues lamento decir que esto no ocurrirá, no se entrará en modernidad alguna mientras no solucionemos algo tan básico como la forma de relacionarnos con el trabajo, con inteligencia, no recurriendo a la fuerza. La tensión seguirá creciendo lo haga o no la economía, es lo que nos enseña la historia y en este país o lo que sea, costará vanagloriarse de estar entre los “grandes” del mundo.

Al estilo RFEF

Lo ocurrido en la Federación Española de fútbol no es más que un reflejo del estilo de liderazgo que nos domina. Es verdad que la historia del poder nos remonta a sus anales para contarnos que la del humano se puede explicar por la psicología especial que desarrollan algunos seres y que, además, podríamos ser cualquiera en las mismas circunstancias.

Pero lo hemos visto todos y todas, en nuestro entorno, en nuestro trabajo, por ejemplo. Líderes que consideran que su labor consiste en repartir prebendas, en ocuparse de a quién se pone dónde para asegurarse lealtades, adoración y servilismo; inteligencia lo menos, es ese un riego para el todopoderoso personaje. Y el mundo en general funciona así, recuerdo cuando en mis primeros pasos conversaba con mi padre sobre lo que veía y él movía la cabeza como diciendo: pues lo que te queda por tragar…

Grandes errores se han cometido por equipos prebendados que no eran capaces de pensar ni hablar más allá de lo que sus líderes les limitan. En realidad no pueden considerarse equipos, son personas interesadas que se juntan y su valor es el silencio más sacar las castañas del fuego de vez en cuando, poner la cara. Se suelen distinguir además porque, en privado, todos sus miembros están deseando la desaparición de ese líder, su muerte, bien para hacer cosas distintas a las que su majestad quiere, bien para ocupar su puesto. Y porque los que se van y abandonan o denuncian son tachados de traidores y la sola pronunciación de su nombre indica a todo el mundo cómo serán recordados los que si quiera se plateen proceder de la misma forma. Generan estos grupetes una narración de lo que está bien y lo que está mal y siempre encuentran la forma de explicar que no hubo otra opción para tal o cual decisión que no tomaron. Son distinguidos, además, por el desprecio hacia los que no son de su clase divina, esto también es necesario, negar la existencia de quienes no están en su juego aunque estos sean quienes sostienen su chiringo.

Lo que interesa más es saber si esto está en vías de extinción en nuestra cultura o, por el contrario, se seguirá reproduciendo. ¿Quién lo sabe? Algunos tienen la esperanza de cuando vayan pasando a la jubilación toda una generación que aprendió en otra época, tomarán su lugar unos jóvenes muy formados, que gustan de ir a festivales de música, viajar y miran el poder y la vida de otra forma. Otros que al ver cómo acaban algunos de estos personajes -los más oscuros- en la cárcel o suicidándose, será suficiente para los que sigan.

Mi experiencia si embargo no me permite ser tan optimista y ya me gustaría. Son detalles, pero por ejemplo, hace nada se habló desde el Ministerio de los CV ciegos, aquellos donde no aparecen datos que puedan llevar a prejuicios en quien selecciona. ¿En serio? ¿Todavía estamos en este punto tan básico dentro del mercado laboral? Eso no debería estar ya en discusión, a estas alturas, pero ya ven, se presenta como algo realmente innovador. Y también hace poco, Iberia apareció en los medios por pedir test de embarazo a sus candidatas para azafatas de vuelo. Pero hace nada, en mi entorno, tuve que escuchar una conversación -una vez más- sobre contratar a una mujer que dijo que estaba embarazada. Sí, estamos en ese nivel tan bajo.

Alguien podrá pensar que lo comentado antes y estos ejemplos que, seguro, todos vemos a diario, no están relacionados. En mi modesta opinión sí lo están, denotan un estilo, piramidal, de liderazgos, en el que si no compartes unos valores los acabas adoptando porque el mundo no lo creaste tu y si te quieres desenvolver en el, las reglas son esas. Esta es la clave, no existen estímulos para pensar y actuar de otra forma, el daño es sistémico. Estos señores de la federación son sólo la cara más visible y grotesca; de otra forma no se explica el silencio de tanta gente durante tantos, tantísimos años, porque, al final, lo acabamos viendo como algo normal y sobre lo que nada se puede hacer. Y que vayan a la cárcel por el mal uso del dinero, siendo necesario, no resolverá nada hasta que nos cuestionemos el estilo que permitimos.

¿Poco que perder?

Escuché a un tertuliano, a propósito del tema de la independencia, decir que la propiedad privada la inventamos precisamente para disuadir a los humanos de tomar acciones que pudieran provocar pérdida en su patrimonio. Es una idea muy buena, seguramente se le escapó y él no quería desvelarnos ese secreto a todos y todas.

Lo cierto es que este tema, el de la consulta, está dando para muchos planteamientos bizarros. Pero es que este argumento ha triunfado entre una parte de nuestros intelectuales que llevan varios días muy contentos y contentas porque, al parecer, figuras destacadas del proceso, se están retirando del mismo precisamente porque ven que las amenazas pueden ir contra sus posesiones. Pues desde luego, si esto es así, quienes pensaran que no corrían ese peligro y se dan cuenta ahora, mejor están en su casa meditando sobre cómo nos han metido en todo esto. Aunque por otro lado, bien parecen estos argumentos una extensión del viejo prejuicio que tantos chistes arroja sobre la relación de los catalanes con el dinero, y en manos de nuestros generadores de opinión, es difícil saber qué resulta peor.

En todo caso, en este escenario, es comprensible que mucha gente quiera independizarse del PP. Lo es menos que quieran hacerlo de la mano del PdCAT, ni siquiera bajo la ilusión de que el siguiente paso será, ya destrozado como partido, deshacerse del mismo. La cuestión clave en este asunto es si este movimiento de oposición al poder y deseo de cambio de statu quo y en el sistema de relaciones sociales de los catalanes, lo es de verdad de las clases hasta ahora perdedoras o sólo de unas élites que piensan seguir igual el día después pero ya con todo el poder para ellas. De momento da la sensación que es más esto segundo.

Un dato interesante y que quizás pueda estar pasando desapercibido es lo que parece un 37,4% de españoles que podrían estar a favor de que se votara en Catalunya. No de entre los catalanes, el dato es sobre el conjunto de los españoles. Vale que sí, esto es de una empresa en un momento puntual y las barómetros ya sabemos, y todo eso. Pero es interesante porque de ser algo ajustado a la realidad no serían sólo votantes de Unidos Podemos, es algo más que el resultado de este partido en las últimas elecciones.

Toda manipulación de sentimientos de pertenencia para dar capricho a unos políticos, la historia demuestra que es un error de consecuencias fatídicas, sobre todo en el momento que queda al descubierto y ya no hay marcha atrás. Pero si por el camino se consiguen adherir los descontentos de la gente que viene siendo, además, perdedora de tal manipulación, los resultados son mucho más impredecibles. Y eso todavía está por descubrir porque, para mayor gloria de nuestro tertuliano, tal vez haya mucha más gente que no tiene tanto que perder y sí mucho por ganar. Pensemos en esos jóvenes que no pueden irse de casa de sus padres o que ya pasados los 30 sólo han compartido habitaciones y trabajos miserables. O en los que todavía no han conseguido recuperarse de la pérdida de su trabajo durante la crisis y tienen cargas familiares, una hipoteca y van todo el día arrastrados para sobrevivir. Estos y muchos otros ven el futuro tan incierto que quizás les compense correr el riesgo. Habrá que verlo.

La libertad no está relacionada con la seguridad

El mismo día que cansinamente, los tertulianos volvían a debatir sobre seguridad o libertad, El País publicaba esta noticia que nos muestra como “La ley mordaza ‘recauda’ 13,5 millones en multas por desplantes a la policía”.

Es un debate completamente falso, desde el primer día y cada atentado. No existe un término en una ecuación tal que digamos bienestar=seguridad-libertad; llamémosle X, no bienestar, tal vez democracia o inventemos un término nuevo. No es una ecuación donde la libertad o la seguridad estén en función la una de la otra y a más de una menos de otra o viceversa. No es un juego de suma cero, es ese un planteamiento de lo más simplificador.

Resulta ridículo pensar que ofreciendo tu libertad a otro tendrás más seguridad, sobre todo si no están relacionadas. Menos aún cuando simplemente te quitan libertades sólo a cambio de unas tertulias en las que se habla de ello, a toro pasado, cuando ya te las han quitado.

Y es ridículo porque sólo tenemos que imaginar cualquier circunstancia en la que otro tiene todo el poder sobre ti ¿qué ocurre? ¿lo usa para protegerte? Pues no se me ocurre ningún ejemplo en el que ello sea cierto, simplemente no pasa.

Todo poder quiere más, toda persona que se acostumbra a que obedezcan sus deseos quiere más, es consustancial al ser humano y así lo demuestra la historia. ¿Por qué habrías de pensar que sin libertad algunos hombres o mujeres excepcionales, reflexionados, la gestionarían en nuestra defensa? Es tentar a la suerte, con escasas posibilidades de éxito.

Por otro lado ¿qué tiene la seguridad que sea necesario ceder libertad? Tal planteamiento cuanto menos denota falta de imaginación en el mundo de la inteligencia en el que supuestamente vivimos. Porque es una trampa y es mentira. Te lo dirá cualquier experto en seguridad, la mejor es la que no se nota, el resto son medidas de control social dirigidas a las víctimas más que a los agresores. Tenemos que convencer a las víctimas de que están seguras (de paso que nos voten) y por eso ponemos medidas muy visibles, es por su bien -te cuentan-, para que estén tranquilos, aunque la amenaza, tal como hemos visto, no se controle de esa forma.

Alguien siempre presto argumenta que no le importa que le quiten libertades, que no tiene nada que esconder y que lo prefiere a que un día por la calle le claven un cuchillo o exploten una bomba. Pero claro que esto es una memez, si el 100% no somos terroristas y sólo unos cuantos individuos está dispuestos a atentar, en realidad todos podríamos decir que no tenemos nada que ocultar, que nos cacheen, registren, lean nuestros correos o vean nuestros mensajes; no están vinculados al terrorismo. Y ¿por qué hacerlo entonces para pillar a ese puñado de personas? No tiene mucha lógica y poco que ver con la seguridad.

Hagamos, sugiero, lo que dice alguna teoría cuando nos enfrentamos a la incertidumbre, introducimos más incertidumbre para controlarla. Apostemos por ampliar las libertades; frente al terrorismo, más libertad. Cada atentado, ampliación de las libertades individuales. ¿Qué pasaría entonces? ¿qué sentido tendría el terrorismo?

Para empezar serían detectados antes porque los terroristas no sabrían qué hacer con su libertad si la tuvieran. Si la reacción que buscan atentando es precisamente limitar las libertades de sus víctimas, -porque no buscan aumentar la seguridad- para que se parezcan más ellos mismos, por qué lo hacemos. Entiendo que suena utópico, buenista y ridículo. Es difícil imaginar que un gobierno que quiera ser elegido de nuevo diga que para combatir el terrorismo pretende promover mayor libertad entre sus ciudadanos en vez de quitársela. Aunque no sé muy bien por qué nos suena tan ridículo. Ni qué tiene que ver con la seguridad.