Trump y los automoderados

Parece que se impone una nueva sección en los telediarios y tertulias, es el espacio Trump. Cada día de los pocos que lleva gobernando se hace necesario comentar alguno de sus varios desmanes de la jornada anterior. El hombre cunde, no cabe duda. Pero ¿qué se esperaban?

Durante muchos días, no obstante, hubo comentaristas, casi todos y todas la verdad, que decían que no sería lo mismo lo que decía en campaña que lo que luego haría. Estos mismos, algo más escépticos, están ahora -como antes- por que el sistema de frenos, su propio partido o vaya usted a saber qué, no le dejarán poner en práctica las cosas que firma. Es interesante preguntarse por qué le daban tanta cancha al personaje. Había sido machista, racista, despreciado el medio ambiente, dejado claros sus intereses comerciales personales… ¿qué hacía falta? ¿que le pareciera bien la tortura? pues ya lo tienen.

Desde luego eso no ha sido todo. Como estos comentaristas escuchaban su propio chirriar de ideas, no pocos recurrieron a que los populismos de derechas e izquierdas son lo mismo y así ya podían unir en el imaginario lo que está a la izquierda de PSOE en España con Trump. Y tan frescos se quedaron. No es menos cierto que a no pocos les sigue dando más miedo que gobierne ese populismo de izquierdas que el propio Trump. Han pretendido que cualquier postura disconforme con el sistema se considere populista y entonces ha aparecido un nuevo tipo de comentarista de la actualidad, el autodenominado moderado.

El automoderado es una figura muy interesante, se lo dice todo él mismo o ella misma, como si por hacerlo se pudiera medir esa moderación en lo que plantee a continuación y no siguiera siendo un espacio demasiado indefinido y sujeto a apreciaciones. Pero el efecto es impecable, si te sales de lo que digo, de la inmutabilidad del sistema como a mí me parece, eres un peligroso radical populista de derechas o de izquierdas, tanto da.

El caso es que no tienen nada que ver, que los extremos no se conectan salvo que seamos capaces de hacer un agujero en el espacio tiempo. Y los automoderados me dirán, claro, eso es que tú defiendes a los populismos de izquierda, radial -añadirán acusatoriamente-. Puede ser, pero no me dirán que la izquierda plantea ir contra la inmigración o contra las mujeres o contra el medio ambiente y defiende la tortura; yo veo diferencias aunque soy probado miope. A alguien se le puede ocurrir recurrir al tema de la libertad de prensa que supuestamente la izquierda radical pretende cortar, no se sabe muy bien qué pruebas hay de ello. Bien, pero aun así, después de ver lo que Trump hace con la prensa, este argumento se sostiene a duras penas; declarar la guerra a los medios y a la verdad desde el primer día no pinta muy bien.

Ya bueno, claro, no, -me dirán los automoderados- pero el populismo de izquierdas hace propuestas que no se pueden pagar. Eso está bien, entramos ya en el terreno de las cosas que se pueden discutir. Y no olvidemos que en estos días está también por ver que algún comentarista automoderado saque el tema de la subida de la bolsa. Este argumento es como aquel por el que, al fin y al cabo, el personaje ha ganado unas elecciones. Me parece que deberíamos pensar si no son dos síntomas de una misma enfermedad y ver si queremos hacer algo por averiguar cual es, tratar sólo los síntomas o no hacer nada y esperar que el cuerpo enfermo se cure por si solo.

Es esta una pregunta interesante. Imaginemos que el sistema está enfermo y la enfermedad es la desigualdad, por mucho que los automoderados se empeñen en negar los informes que hablan de ello. Desigualdad implica más pobreza, sin duda, pero no es tanto eso como el sentimiento de injusticia por el que unos tienen todo y otros cada vez menos, aunque coman todos los días. Es comprensible que determinadas clases sociales defiendan ese statu quo y que la izquierda que lo cuestiona haya sido su enemigo tradicional, pero ahora se enfrentan a un dilema, a un juego que no se sabe dónde llegará. Resulta que tienen que valorar a quienes no se preocupan por la enfermedad y seguirán defendiendo los intereses de unas clases, la suya incluida, pero se basan en el descontento de las demás. Puede ser que Trump y los que quizás vengan después, hayan puesto en una posición muy difícil a los automoderados. Se verá o no.

Cónclave de la ultraderecha europea

Cónclave de la ultraderecha europea este sábado en Alemania entre protestas

Hace ya algunos años, empecé a escribir unas pocas lineas sobre distintas situaciones injustas y equivocadas cuando tenían que ver con la inmigración. Siempre he pensado que es un tema vital para cualquier sociedad, pero nunca pude imaginar que se convertiría en el motivo principal del Brexit, la elección de Trump o el ascenso de los partidos de ultra derecha hasta el poder en Europa. O tal vez sí lo imaginaba, como el que tiene pesadillas y al despertar se acuerda pero sitúa las mismas en el sitio de los miedos con pocas posibilidades de ocurrir.

El caso es que ya hoy me queda muy poco más que añadir. El racismo se ha impuesto y es un argumento político de peso. Ante todas las advertencias que se hicieron por personas influyentes y no por quien -como es mi caso- no pinta nada, ya sólo se puede añadir “te lo dije”.

Hasta dónde nos llevará comulgar con los discursos del odio por el otro extranjero es cuestión de esperar. Por un lado cabe pensar que cuando enciendes la llama ya no te queda otra que mirar hasta que se queme el combustible. Tal vez confiar en que algún cortafuegos quede y que si bien no esté muy saneado, sirva de algo. Desde luego parece que lo que está por venir pondrá a prueba la capacidad de regeneración y autoconservación de nuestros sistemas.

Mientras tanto podemos empezar a pensar en qué hicimos mal o qué no hicimos para permitir que una vez más en la historia un grupo de personas se convirtieran en el chivo expiatorio, el motivo político unificador. Tal vez esté en nuestra naturaleza, aunque en la misma hay tantas cosas que no explicaría por qué se estimulan unas y no otras. Es posible que simplemente nunca se tomara en serio este tema.

También cabe pensar que una mayoría no quiera escuchar lo que consideran discursos moralistas. Bastante tienen con su día a día, sus muchas ocupaciones, renuncias y miedos, como para que encima unos pesados vengan con explicaciones rebuscadas que les hacen cuestionarse planteamientos y sentirse mal con ello. Desde luego no les gusta que les llamen racistas aunque lo sean de manual, mucho menos que por serlo caerán sobre todos las Siete Plagas.

Antifrágil de Nassim Taleb

Hace un tiempo tuve una entrevista de trabajo algo desagradable. Después de mucho rato de tensión, la conclusión del entrevistador fue que lo que todos buscamos es estabilidad en la vida. Lo curioso era que el puesto (en el mismo momento me enteré) era de media jornada y mal pagado, pues todavía hay muchas ofertas que no facilitan este tipo de información y vas a ciegas. Pero además, ni corto ni perezoso, el hombre me dijo que en aquella empresa nadie se asentaba hasta como mínimo pasados los tres años y que lo normal era que te despidieran por periodos de unos meses y luego te volvieran a llamar varias veces a lo largo de todo ese tiempo. Algo así como una prueba de obstáculos de resistencia.

Pero eso no fue todo, claro, el rato no tuvo desperdicio. En un momento dado y después de tanta tensión, tuve que parar y preguntar dónde quería llegar. Me dijo que quería saber si yo era conflictivo porque la empresa tenía una serie de denuncias y no querían más. Acabáramos, si hubiera empezado por ese punto. Era lo que parecía, una de esas entrevistas en las que la persona cree que en la organización y en el puesto se vive mucha tensión que es necesario saber soportar y no todo el mundo vale. Un joyita vaya, pues pocas cosas más devastadoras existen que creerse que en tu lugar de trabajo se soporta mucha presión y comulgar con ello, llevarlo a gala y que sea parte de la identidad corporativa. Suele indicar una dependencia muy alta de unas pocas personalidades, mucha desorganización y baja calidad del trabajo. Normalmente reina la idea de “este trabajo consiste en aguantar el tirón”, esa gran asignatura que se imparte en los diferentes ciclos de educación de todas las sociedades del conocimiento.

Este episodio me ha venido a la cabeza leyendo “Antifrágil”, libro de Nassim Taleb. Entiendo perfectamente la forma de pensar del entrevistador por la que es mejor ser duro, ya que si te portas correctamente con la gente te lo pagarán mal, los halagos debilitan y cosas en esa linea. Cómo no entenderlo si es lo que hemos vivido en distintas organizaciones, muchos desde el colegio, toda nuestra vida. Pero Nassim propone una serie de conceptos sobre este tema y otros que merecen considerarse. La cuestión es que a los humanos y a sus organizaciones nos hace bien la tensión, el estrés, los ejercicios para fortalecernos. Pero como todo el mundo que hace deporte sabe, es tan importante el esfuerzo como el descanso, la mitad del rendimiento futuro está en los periodos de descanso. Nada hay tan negativo como la tensión constante, es mejor más intensidad intercalada con periodos de recuperación. Lo contrario es como la tortura de la gota malaya, ir dejando que una insignificante gota te caiga en la frente durante mucho tiempo hace que te vuelvas loco. Está claro que algunas personas podrían confundir esto con una reivindicación de los demonizados sindicatos relativa a más periodos de vacaciones o mejores horarios y aunque puede estar relacionado no es la idea. Trabajar intensamente en un proyecto, aprender del mismo, salir fortalecido, crear todo un nuevo mundo de posibilidades y nuevas relaciones, permitir la creatividad y el error y empezar proyectos de nuevo, estimular en definitiva capacidades humanas, no tiene nada que ver con trabajar poco ni con ser blando. Hablamos de modelos de gestión.

La idea que nos propone es que en determinadas situaciones orgánicas y complejas, lo mejor no es la dureza sino la antifragilidad. El libro -como decía- merece una lectura para profundizar en ese concepto, si bien él preferiría una crítica porque dice que quien se atreve a opinar contracorriente sale más fortalecido de estas últimas si es antifrágil. El caso es que por todos lados volvemos a la dureza, en política, en relaciones internacionales… no sólo en aquella organización. A duros y duras gusta llamar a cualquiera que no es agresivo, blandos, a veces buenistas; confunden ambos términos, lo confunden todo. La cuestión es que lo que es duro puede costar que se rompa (aunque al final casi siempre lo hace por desgaste) pero tampoco mejora. Así que no puedo dar la razón a mi entrevistador de entonces, los humanos no buscamos la estabilidad. No pasar hambre no entra dentro de la idea de estabilidad. Nos gustan los retos, cambiar, aprender, el estrés aunque no que este sea parte diaria de toda nuestra vida laboral. En cambio, se nos enseña a acomodarnos como objetivo de ciertos ambientes y sistemas, a que no seamos conflictivos y cuestionemos cadenas de poder, pero en el fondo no está en nuestra naturaleza perder masa y volvernos fofos mentales. El problema suele ser que nos acostumbramos tanto a aguantar lo que venga, a bajar la cabeza que ya no se nos puede pedir otra cosa, nos entrará el pánico. Esto nos lleva a ser muy frágiles, cualquier cambio puede rompernos. Y todavía a algo más inquietante, muchas organizaciones duras, expuestas a no mejorar, en el fondo necesitan basarse en plantillas frágiles.

Bueno, ya sabemos que existen organizaciones y personas para todo y a muchos les va bien así, total, sólo se vive una vez y mientras el chiringo aguante… Correcto, lo único que me preocupó es que aquel hombre se quedó convencido de que me interesaba.