Vagón de silencio

Tomé un AVE Madrid-Alicante en el vagón de silencio. Un tipo, con el móvil sin bajar el volumen, cogió la llamada y estuvo 10 minutos hablando desde su asiento. La conservación fue intrascendente -ya lo anticipo- en unos 30 segundos se podría haber finiquitado. Esto no es la primer vez que lo vivo, incluso podría añadir que me pasa en cada viaje en ese tipo de vagón; alguien coge una llamada o lo que es peor, llama y tiene una conversación con el otro lado de la linea y con todo el resto de personas que acompañan, porque -supongo­ ya que hablas que no sea bajito y pueda escucharte el resto. Otro tipo se puso vídeos de fitness en inglés y sin cascos hasta que su compañera de asiento, muy hábilmente, le dijo que si quería los que Renfe entrega con el precio del billete y ella cogió para si. La pobre mujer se ve que quería estudiar algo y por eso eligió la plaza, buscando poder concentrarse. Aun así, el prenda, pasado el rato, cogió su teléfono y llamó a alguien.

¿De dónde salen estos tarados? ¿Cómo es posible que no sepan interpretar bien todos los signos y símbolos que tienen a su alcance señalando que la gente que va en ese vagón prefiere un rato de silencio? ¿Deberíamos ser generosos e ir caso por caso, estudiando las circunstancias o concluir que simplemente hay gente que es imbécil y ya está, así es la vida? A fin de cuentas, no es algo tan grave, es cierto que nadie muere de eso.

Muchas veces no somos capaces de leer bien los signos. Eso les paso a todos aquellos que defendieron, según se iban produciendo atentados en otros países europeos, que en España estábamos mejor preparados. A veces llegaron incluso a justificarlo diciendo que, por la trayectoria con el terrorismo de ETA, teníamos una experiencia que otros lugares no. Son los mismos que ahora, por responsabilidad periodística -dicen- critican todos los errores que han podido cometer las Fuerzas de Seguridad.

El primer error es pensar que el terrorismo se puede combatir sólo con la policía o el ejército. Los signos de ello sí que los tenemos en nuestra historia reciente. Otro signo lo podían haber encontrado en las detenciones que hasta la fecha se han practicado, en su número pero también en su forma, porque donde se corría para hablar de la detención, no tanto sobre los resultados de las investigaciones que, resulta, concluyeron dejando en libertad a muchas de esas personas acusadas. El incremento constante de la islamofobia también podría haber sido considerado un signo.

En estos días desde el atentando se puede ver muchas opiniones contrarias a que la integración o mejor la falta de la misma, sea un signo. Está bien, un indicador solo no puede explicar un comportamiento tan extremo y deleznable. La cuestión es que estas posiciones suelen confundir el orden de los términos. A veces piensan que la falta de integración produce pobreza, paro o malas notas, pero no es así, son más bien estos, signos de una integración deficiente. El matiz es importante, integración no deja de ser una construcción para el análisis y la discusión (poca discusión en los últimos años), pero nadie en su día a día piensa en términos de la misma; tienes trabajo o no, te relacionas normalmente o no, vives el futuro con esperanza o no… es lo que cada uno de nosotros sí experimentamos a diario.

Hay muchos factores que pueden influir en la construcción de la idea de integración, pero uno es el nivel de racismo en la sociedad de acogida o si queremos el grado de islamofobia en este caso. Como otras veces hemos dicho en estas líneas, la integración no sólo tiene en cuenta variables de la persona, todas ellas se producen en un contexto dado y la sociedad de acogida entra de lleno en el resultado de la misma, no está al margen mirando desde fuera tan sólo contando cuántas personas hay integradas o no. La integración es dinámica.

Y además están los símbolos. Igual que algunos compañeros de vagón se niegan a interpretar correctamente los que indican que se debe estar en silencio, es posible que a no pocos les pase igual con los relativos a la religión y la cultura; la propia y la extraña. Es necesaria una sensibilidad mediana y prestar atención a algo que no seas tu mismo y tus circunstancias, pues es fácil no ver o entender lo que tienes delante de las narices. Esto no se debe confundir con el buenismo acusador, la conclusión que se colige no es repartir mamandurrias, comprender e interpretar correctamente es simplemente lo inteligente y en el fondo la única solución.

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Turismofobia

Este verano tocó la turismofobia. Por un momento amenazó el burkini como el pasado, pero no cuajó aunque en ambos casos se produjeron protestas en la calle y, como se acaba demostrando, son temas sobre los que no está, ni mucho menos, todo dicho.

El mayor argumento a favor del turismo pasa por el dinero; por el dinero que deja, por el que se gastan o no, por el peso del turismo en la economía, por las familias que viven del turismo… A mí esto me parece pobre, incluso si el Presidente del Gobierno habló de la falta de inteligencia de quienes protestaban contra lo que nos da de comer.

Luego resulta que, en el fondo, hay cierta coincidencia en que el modelo de turismo se puede y debe revisar, si bien no tanta en si es una mala idea hacerlo de forma tan llamativa, en la calle, justo en el momento de máxima afluencia de turistas. Quienes protestan, al menos, sí que están de acuerdo en que es necesario, creen que, sin la oportunidad, el sistema nunca permitirá hacer reflexión alguna, saben -intuyen- que donde el dinero está por encima de todo no hay discusión posible. Algo parecido les debe pasar a los de la seguridad de los aeropuertos.

Los que no están de acuerdo con que se proteste (que no creen que se deba protestar nunca, en ninguno caso) porque puede suponer pérdida de dinero, sí lo están con que se podría impulsar un modelo por el que cada turista pagara más por estancia. Esto muestra que la elección de indicadores para la discusión pública es siempre una cuestión espinosa; en este caso se suelen usar los 80 millones de estancias, la cantidad media de gasto por persona, el porcentaje del PIB que se debe al turismo y el porcentaje de empleos asociados al mismo, y estos se repiten como un mantra a base de titulares en la prensa.

Normalmente, quienes no gustan de la protesta suele darse que creen, además, en la Ley de la oferta y la demanda para que rija nuestras vidas. No les sería, entonces, tan difícil, imaginar qué ocurriría si un destino mantiene la demanda pero no puede cubrirla toda; el precio subiría. ¿Por qué no ocurre eso en nuestro caso? Es una pregunta dolorosa pues tal vez encontráramos la respuesta en que no es un destino tan atractivo si no se mantienen los precios bajos. Pero eso no puede ser, España es un gran destino, tiene una industria turística puntera, innovadora, la mejor del mundo y sol y cultura a partes iguales y decir lo contrario puede resultar antipatriótico ¿Entonces? Tal vez sea una elección y no tanto un ley divina.

Ya sabemos que la Ley de la oferta y la demanda no debería recibir tan regio nombre, quizás teoría sería suficiente. El sector turístico se basa, como tantos otros, en sueldos bajos (teniendo en cuenta la intensidad del trabajo) y esto no es nuevo, es una contaste desde mucho antes de la Gran Crisis, sólo de tal forma se pueden mantener los precios bajos y afectar a la demanda. Así las cosas, el único camino para que el año que viene los titulares puedan ser que llegan 90 millones de turistas en vez de 80, es seguir bajando los precios y seguirán apareciendo pisos de alquiler turístico y todo lo que se quiera, pues no pocos serán los que sigan pensando en sacar tajada de la gran industria, es inevitable.

El problema de cualquier empresa, de cualquier sector, es seguir tirando sólo de su ventaja competitiva pues esta acaba siempre desapareciendo. Aparecen otros actores que quieren su parte, nuevas ideas y se llega al limite desde el que ya no se crecerá (que parece una obsesión). Mientras se sigue pensando a corto plazo, en ingresos, en dinero, en los resultados del trimestre, esto no se suele ver y, de repente, la gallina de los huevos de oro entra en crisis y no te das ni cuenta. Pero siempre se concluye que eso no pasará mañana que el sol seguirá siendo un atractivo, que las cosas se acomodarán por su propia naturaleza. Y si algo cambia, además y por suerte, será posible culpar a los que protestaban.

Pudiera parecer que hablar de estas cosas significa que te alegraría que un sector sufriera una crisis, y es más bien todo lo contrario, porque hemos visto otros sectores antes sufrir de lo mismo, por lo que se quiere evitar. En mi caso, además, soy hijo de agente de viajes, me gusta mucho el turismo porque es parte de mi vida, una muy importante. Pero también he vivido en primera persona lo que ocurre cuando sólo se piensa en dinero. Viví el primer cambio del sector turístico cuando dejaban de venir a vernos personas y pasaron a ser billetes (pasó lo mismo en la banca y tantos otros sectores, la construcción sin ir más lejos). Y aquí ocurre otra cosa muy curiosa en los que no son favorables a las protestas. Resulta que esgrimen el argumento de que son otros los que quieren que dejen de venir personas turistas con menor nivel adquisitivo y pretenden que vengan sólo los que gastan cuartos, se acusa a los otros (a los que protestan) de tener una propuesta de elitismo turístico puesto que, se piensa, debería ser contraría a los ideales que se les atribuyen. Al hacerlo, relacionan un indicador que no dice nada, el del dinero gastado por persona (que no deja de ser una media cutre), con que si se quiere un mejor tipo de turista esto sólo puede ser si vienen los que mayor nivel adquisitivo tienen. Claro que sí, eso es como un jefe que tuve que se declaraba de izquierdas y para justificar que no tuviéramos días de descanso en agosto decía que eso de las vacaciones es una idea burguesa. Todo vale.

La cuestión es otra. Una industria que supone ¿qué? el 11% del PIB, el 13% de los puestos de trabajo, no se puede construir sobre una base tan débil y que no es otra que la precariedad laboral. Esta no debe ser nunca la ventaja competitiva. Con ese peso tan grande dentro del conjunto de la economía, surge ya la pregunta de si no será necesario, para mantener esa precariedad que es la que permite ofrecer precios bajos, basarse en una precariedad general, estructural. ¿Quien quiere trabajar en el sector turístico?, el que se ve obligado y no tiene más opciones. Esto debería hacernos pensar, basamos la economía en un sector del que la gente, en cuanto puede, sale corriendo, mientras el objetivo es aumentar el número de estancias.

No veo claro, entonces, que esto vaya sobre odiar a una categoría de personas, las que viajan por placer a otro país. Está bien, la estrategia es correcta, no pocos dejarán de hacer preguntas por miedo a que les tachen de turismofóbicos, no es algo con lo te guste vivir. Aunque no parece que la discusión vaya sobre las personas turistas. La discusión va sobre la propia discusión, conviene hablar de este tema y no crear etiquetas para desterrar a los que lo pretenden o acusarles de ir contra el pan de los demás. Ya hemos visto antes -varias veces- lo que luego puede ocurrir.

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ONG empeñadas

Recientemente un amigo estuvo en Melilla compartiendo labor con personas que se dedican a ayudar inmigrantes y refugiados de la mano de las ONG. Le contaban que sienten tener a todo el mundo en contra; la policía por supuesto, autoridades y políticos y una amplia parte de la sociedad.

Hace poco hemos visto como, en Italia, se dejaba ver oficialmente un cuestionamiento de la labor de las ONG en el mar rescatando náufragos y embarcaciones. A los pocos días de una acusación pública sobre que alguna organización era sospechosa de estar en contacto con los traficantes de personas y atacar, de paso, la labor de todas ellas, resulta que había que firmar o no un protocolo por el que las embarcaciones deben llevar policías en las operaciones de rescate y otra serie de medidas para, supuestamente, organizar mejor el “trabajo”. Afortunadamente algunas se negaron a firmar.

Resulta interesante, y quizás sea una anécdota, ver como una noticia de El País se refiere a este asunto diciendo: “No todas las ONG empeñadas en salvar refugiados e inmigrantes en el Mediterráneo decidieron avalar el protocolo propuesto por el Gobierno italiano y sellado de forma definitiva en Roma.” El término empeñadas es lo curioso, sobre todo porque lo utiliza dos veces en el mismo párrafo. ¿Empeñadas? ¿a qué se refiere? ¿tal vez a que el dinero no les llega y han tenido que empeñar hasta la camisa? ¿no, verdad? aunque podría acercarse a la realidad. Entonces ¿se referirá a que están obcecadas? El lenguaje siempre es interesante, lo más plausible es que se refiera a que, pese a tenerlo todo en contra, las ONG se empeñan en salvar vidas. Si es así debe movernos a la reflexión, salvar vidas cómo puede tener a gente en contra, eso sería lo más cercano a dejar de utilizar el concepto humanos para referirnos a nuestra especie.

La cuestión es que no pocos pueden pensar que esta labor en el mar podría bien estar limitada sólo a los ejércitos y fuerzas y cuerpos de seguridad de los estados y, por lo tanto, que las ONG no pintan nada. Pero se puede, también, opinar, que si las ONG deciden intervenir es porque entienden que los gobiernos, precisamente, están dejando funciones o no ponen todos los medios necesarios y por ello merece la pena realizar esa misión que, según el propio artículo, supone un 40% de todos los salvamentos -vidas-. Tal y como están las cosas y según las acusaciones sobre que esta labor hace de efecto llamada, no parece del todo claro que poner la misión en manos de los estados y no tener presencia, pudiera suponer un descenso de muertes. Para confirmarlo nos basta recurrir al patinazo de Zoido (nada menos que Ministro del Interior en España) que dijo “No es nuestra responsabilidad que los inmigrantes decidan huir”. Vale que luego pidió disculpas y aclaró, pero una cosa así no se te escapa si no la tienes bien reflexionada.

Este tipo de planteamientos en ciudadanos o ciudadanas que comentan noticias en la red viene siendo frecuente desde hace mucho tiempo, pero verlo en dirigentes políticos, de fuerzas que no se consideran a si mismas radicales, es muy doloroso y preocupante. El menosprecio a las ONG, la negación de su actividad, el ataque a sus planteamientos, sólo era cuestión de tiempo, se veía venir. En los últimos años, poco a poco, los poderes iban asomando la patita, ahora parece que ya no les hace falta un mínimo de contención, sienten que pueden hacerlo porque a estas organizaciones cada vez les apoya menos gente, son más irrelevantes en el discurso social. Es esto una pérdida y un peligro en el mundo depredador que vivimos.

Pero debería mover a la reflexión. La estrategia de las ONG de incomodar al poder pero sólo un poco, de sentirse parte crítica pero colaboradora del estado, llegados a este punto, se ve que no ha funcionado y no sólo en el tema concreto de la inmigración y los Derechos Humanos. En España al menos, la Cooperación Internacional ha perdido casi toda la financiación, la intervención social anda en estos días preocupada por la distribución de fondos del IRPF, la sagrada “X” que los ciudadanos marcamos en la Declaración de la Renta. Las ONG se han vuelto casi invisibles e irrelevantes de no ser por esa presencia en muchas calles de captadores de fondos, cuestión que puede ser también muy cuestionable. Han pasado sin pena ni gloria por esta inmensa crisis social y han salido debilitadas, no sólo el poder las ningunea (cosa que podría incluso verse como un logro) sino que la sociedad no las respalda con claridad ¿es posible que algo estén planteando mal?

Claro que se puede seguir argumentado que hay muchos tipos de organizaciones sociales, pero ello no puede servir de excusa. Hay chiringuitos dirigidos por tramperos y tramperas, hay muchas que van de la mano directamente de partidos políticos, otras que sólo saben bailar el agua al poder, demasiadas son oportunistas. Ojalá resolvieran estas cuestiones internas, cambiara su imagen, retomaran la crítica y cumplieran con su papel de cuarto poder vigilante. Es verdad que a veces se pone sobre estas organizaciones una aspiración moral y ética que no se cumple en ninguna otra parte de la sociedad y que es limitante para la acción, dadas las reglas que tenemos, pero su labor principal, creo, es precisamente cambiar esas reglas y nadie dijo que eso fuera sencillo, como tampoco que fuera sólo cuestión de dinero. Desde luego, confiar en los poderes y sus gobiernos es lo menos razonable. No lo sé, conociendo el percal quizás sea una esperanza vana, pedir demasiado, buscar super héroes y no pueda ni deba ser, pero es por conservar alguna esperanza.

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