Barrio

Debemos reflexionar sobre si lo acontecido en torno al fallecimiento de Mame Mbaye Ndiaye es tan lamentable como pareció. Desde luego su muerte lo es.

Es fácil comprender que para una parte de la prensa que un ayuntamiento “podemita” sea responsable de la represión a los “manteros” es muy jugoso. Por eso adquirió tanta importancia establecer una causalidad directa entre las ya reconocibles carreras calle abajo cuando se da el aviso y el fallecimiento. Lo curioso es que, al rato, estos medios parece que quisieron deshacer esa conexión que seguía ella sola propagándose por las redes. A nadie se le escapaba en esos momentos que podría haber una respuesta en la calle y es muy posible que estos medios no quisieran que la policía, a la que tanto defienden como parte de su ideología de orden, se pudiera volver contra ellos y acusarles de haberles cargado una responsabilidad que no era suya, pero que acabara con una batalla en las calles dirigida precisamente contra ese cuerpo. En esas horas previas, todo el mundo sabía que podría haber disturbios porque se conoce de sobra la olla a presión en la se obliga a vivir a tanta gente y no sólo en el barrio de Lavapiés.

Madrid ya tiene su Mollenbeck gracias a Carmena es el titular más claro que ejemplifica toda la carga ideológica que se puede llegar a mezclar con la muerte de una persona. No obstante, más lamentable es todavía que días después, esa pelea por definir lo acontecido y repartir culpas siguió entre los representantes políticos, periodistas y policía, hasta el punto que se han presentado denuncias y nuevamente, a los tuits de algunas personas. Tengo un amigo que trabaja en una organización con un grado de conflictividad laboral por encima de lo normal que ya es decir en este país post crisis. Él, un tipo sabio, me define perfectamente el papel de la abogada que lleva todos los juicios; resulta que ella genera, muy sutilmente, los conflictos, para aparecer luego como quien salvó a la organización al resolverlos. No sé a ustedes, pero a mí me parece que de estos perfiles ha habido mucho en los días de los que estamos hablando.

Lo que saco en claro es que resulta más cómodo, dentro de lo que cabe, el enfrentamiento ideológico que tener que hablar de las causas profundas. Lo que de fondo tenemos es que una persona pueda permanecer 12 años en un país y seguir en situación irregular, algo que resulta bochornoso a parte de inhumano. ¿Cuándo deja alguien de ser extranjero? Debemos reconocer que es un concepto un tanto endeble este de extranjero que sólo tiene sentido cuando se mezcla con el racismo institucional. Por medio de este último es por el que los estados, diseñando procedimientos administrativos que acaban en sí mismos, hacen imposible regularizar a determinadas personas y no a otras.

Tampoco debe pasar desapercibido que uno de los ayuntamientos que colgó la pancarta de Refugees Welcome confesó que sus propuestas para hacer algo sobre la situación de irregularidad de tantas personas habían estado muy paradas. Es muy difícil enfrentarse a este tema, el racismo imperante ofrece resistencias por todos lados, las competencias de un ayuntamiento sobre la materia son escasas y siempre resulta más cómodo ponerlo al final de la lista de tareas, porque -no se puede negar- todo lo que tiene que ver con inmigración levanta a una muy buena parte de la sociedad en tu contra, aquí y en toda Europa y a la que te descuidas te acaban diciendo que la solución -si tanto te gustan- es que te los lleves a tu casa.

Pero pasó algo más, vimos unas imágenes de un señor agarrado a una farola, tembloroso por tamaño desafío a la autoridad, a quien proporcionaron un porrazo en la cabeza con una violencia que podría haberlo matado, sin aparentemente ser necesario. Esto no tiene excusa, y también, en mi modesta opinión, se está pasando muy por encima de ello.

En el fondo que el racismo es tan estructural como el machismo es algo que convendría asumir para poder afrontarlo. Ya sabemos que no siempre se presenta en su forma blanco o negro, la humanidad -nos dicen- avanza, ahora se mezcla con una desconfianza crónica al que no tiene dinero y eso lo hace aparentemente más complejo.

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Tarta y pensiones

No puede estar más equivocado Jorge Galindo cuando afirma “La democracia va tanto de escoger ganadores como de definir quién va a salir perdiendo”. Su argumento central es que no existe dinero para todo lo que diferentes “grupos” piden y, por lo tanto, hay que elegir quien sale perdiendo, es decir, a quién se le da en detrimento de otro. Lo plantea como un juego de suma cero, donde las normas del sistema por el que se guía, establecen que la ganancia de unos es exactamente igual a la pérdida de otros. Si la democracia es realmente esto, no existe diferencia con cualquier otro sistema de gobierno y nos lleva a una tesitura complicada.

La intención del autor es buena, la reflexión final de Galindo es que hay grupos que vienen continuamente siendo los perdedores de las decisiones y su pregunta, entiendo que retórica, es si esto debe continuar así. Estos grupos olvidados son: “…los jóvenes, los inmigrantes, las mujeres con contratos precarios, los que se retiraron sin apenas cotización, los hogares en riesgo de pobreza y exclusión.” La respuesta es que no, no tiene que ser así, pero aplicando su lógica es precisamente lo que ocurre y ocurrirá.

La mejora forma -nos cuentan- de asegurar que dos niños se repartan de manera equilibrada un trozo de tarta es pedirle a uno que lo corte en dos mitades y al otro que elija trozo primero. Esta sencilla regla de juego introduce la interdependencia. Cabe pensar que una idea de lo que podría ser la democracia se parecería a esta; consiste en inventar y explotar reglas que aprovechen la dependencia mutua de todos con todos, para que nadie sobre. En un hipotético sistema con estas reglas, ya no dependes del buen rollo, ya no es necesario escoger ganadores y perdedores, por lógica evidente y no sólo interés propio, todos se quiere que sean ganadores.

Lo que no conviene es mezclar sistema capitalista de producción con democracia. Entiendo que es un anatema, por ejemplo para Cs, pero no son lo mismo pese a que han crecido juntos como gemelos. El error más frecuente es llevar la lógica competitiva del sistema económico capitalista al sistema político democrático. Cierta lógica económica presupone que el motor del mundo es el egoísmo y la codicia. Realistas se llaman, pero nos dejan más tranquilos al explicarnos que guiándonos por el interés propio beneficiamos también a nuestro vecino, entre otros mecanismos por el espíritu competitivo. No existen perdedores y ganadores, estos últimos, en todo caso, son simplemente los más aptos, dicen.

Como se aprecia y no sólo porque tienen dos nombres, la lógica económica y la democrática podrían ser cosas distintas, hablan desde planos distintos. Una, parte de una única concepción del humano y la otra habla del sistema y sus reglas. Se complementan y se necesitan, claro, pero aun suponiendo que hombres y mujeres son sólo lo que dice esa lógica económica, por encima están las reglas que ordenan o pueden hacerlo, tal como el reparto de tarta muestra. Cuando la democracia se guía por la lógica capitalista, se convierten en la misma cosa y deja de existir, poniéndose al servicio sólo de una muy concreta visión del mundo, la económica y sus fines. Y entonces damos por bueno que unos tienen que perder para que otros ganen, sabiendo que la democracia no tiene que limitarse a ello, puede ser mucho más y -encima- su propia existencia de eso depende.

Utilicemos el caso de las pensiones pues parece ser lo que mueve en el fondo las líneas de Galindo. Si subimos las pensiones y si hacemos lo otro y lo de más allá el dinero no llega. Pero si pensamos por un momento en el sistema de las pensiones, vemos que es de los últimos reductos de unas reglas que se saltan la lógica capitalista. Por algún extraño motivo, los que trabajan ponen dinero todos los meses para los que ya no, igual que a su vez estos hicieron y -si nos dejan- harán los que vienen. Resulta raro, normal que de miedo esta forma de proceder. Lo suyo sería que yo me buscara la vida ahora y cuando ya no trabaje, si es que eso llega a ocurrir. Sacrificarse ahora por otros cuando -además- no sé siquiera si llegaré vivo a jubilarme, y encima confiar en que los siguientes gobiernos y a los individuos que después les toque querrán pagarme, parece irracional.

Es obvio que esta locura de sistema tiene que terminar, es uno que genera solidaridad intergeneracional, aunque sea por obligación, mueve dinero que gestiona el estado y los destinatarios finales que a su vez influyen mucho en la economía, votan en función de sus intereses y encima tienen la desvergüenza de pararse a protestar. Entonces, los de la lógica económica, sacan el Excel y dicen que cada vez trabaja menos gente y se vive más años y por lo tanto el gasto en pensiones perjudica a todos los demás y hay que controlarlo (eliminarlo es su deseo). Tampoco conviene perder de vista que aquí hay muchos millones muy golositos para cualquiera a quien privadamente se los delegáramos para que hiciera lo que considerara, según su egoísmo aunque en nuestro beneficio.

Cojamos el argumento por el que se empieza toda discusión sobre pensiones utlimamante, a saber, que la gente vive más y algunas mejor porque están más sanas esos años. En el momento que convirtamos el anhelo de la humanidad en un problema, en el momento que vivir más y mejor deje de ser uno de los motivos de la misma, no sólo y también el sistema económico colapsará. Dicen que el dinero mueve el mundo, pero probemos a quitarle al mundo la esperanza de vivir y veremos que no es cierto. Deberían entenderlo, no hay nada más egoísta que querer vivir.

Total, Excel en mano, diferentes gobiernos e instituciones como la UE, nos dicen que el sistema de pensiones no es sostenible y se dedican a reformarlo para gastar menos en él. Saben que de golpe no lo pueden parar, pero matarlo poco a poco precarizando a los pensionistas y metiendo miedo a los futuros, sí; eso y no otra cosa explica que cada dos por tres en los últimos años, sea motivo de debate y recortes reformistas.

Soluciones al problema de Excel hay muchas. Lo sabemos porque para otras cuestiones, sobre todo las relacionadas con las finanzas, se encuentran, y a veces son hasta creativas, pero también porque es difícil creerse que tanto sabio dedicado a estos menesteres sólo puede concluir “no da”. Lo que no existe es voluntad democrática. La democracia bien usada tiene la capacidad de hacer aparecer cosas donde antes no las había. Se trata de eso, no sólo de la forma de elegir a los representantes, ni siquiera de la obediencia ciega a las leyes, porque la democracia también contempla la desobediencia si no hay acuerdo. Puede, si se quiere, cambiar la idea de ganadores y perdedores por la de el todo es mayor que la suma de sus partes. Puede, en fin, servir para crear y no para destruir.

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En el fondo seguimos muy al principio

Mi hija empezó este año escolar preocupada porque en su cole se metían con las chicas llamándolas feministas. Su madre y yo le explicamos que el insulto era que se pretendiera usar la palabra precisamente para insultar y que nosotros éramos feministas.

El día 8 de marzo, volviendo en el tren de la manifestación de Madrid, ya rotos de cansancio y con sólo la conversación para aliviarlo, me dijo que no entendía cómo en su cole no habían hecho nada por el Día de la Mujer. Razonó que se hacen actividades por muchos días, Halloween, el Día de San Patricio, el Día de la Paz… pero nada, ni una sola palabra en clase por parte de su profesora en el Día de la Mujer, ni una explicación siquiera.

Venía de estar entre 160 mil personas, según Delegación de Gobierno, y de no poder dar un solo paso desde Atocha, de sentir toda aquella emoción y yo no puedo por más que alegrarme de que hiciera sola, con sus 12 años recién cumplidos, la reflexión. De eso se trata, creo que intuye que algo importante pasó. Sólo pude añadir que se quejara por medio del Consejo Escolar y que escribiera unas palabras para el Director o para el periódico. Hablamos de un colegio público de Móstoles.

Cuestiones como esta y la lamentable actitud de determinados partidos políticos, sus políticos y políticas, sindicatos, empresarios y empresarias y periodistas hacen que, conscientes de que se ha dado un paso, sepamos que ya tenemos que dar otro. Sólo cuando empezaron a ver la que se venía encima recularon, se lo pensaron dos veces. En el caso de los partidos es normal, ante unas próximas elecciones no quieren ver como pierden votos de mujeres y algunos hombres por el feminismo, más si cabe con lo apretado que está rascar poder, pero es algo triste.

Mientras hablemos de violencia de género, acoso, reparto de las tareas del hogar, techo de cristal, brecha salarial… ya sabemos que se lo pensarán dos veces y se propondrán o aceptarán algunas medidas, y se puede celebrar como un triunfo si es así, no como hasta ahora. Pero cuando hablemos de concebir el mundo desde unas relaciones de poder distintas, sabemos que las resistencias serán enormes, que habrá también bajas en el movimiento.

En este sentido, Carmena, los días previos al 8M, en un programa con Ana Pastor y otras compañeras políticas, me pareció de lo más lúcido cuando, en una de sus intervenciones, reprendía de una forma muy suave a sus compañeras diciendo que no se trataba de exponer las medidas que cada cual estaba llevando a cabo o proponía desde su partido, había que ir al fondo, al cambio social más profundo. Fue maravillosamente decepcionante su conclusión cuando, quizás ya rendida por ver que aquello iba de lanzar propuestas dijo que una muy sencilla y necesaria era que las reuniones acabaran a la hora que se programa que acaben. En el fondo seguimos muy al principio.

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