La crisis migratoria ya es historia

Hace unos pocos años, en España, se empezó a preguntar por la necesidad de mantener servicios, programas y profesionales para solicitantes de asilo, dado que cada vez se contaba que llegaban menos. Realmente los números así lo indicaban y estábamos, además, en mitad del fragor de los recortes. Estas conversaciones tenían lugar en torno al 2010 y 2011, justo cuando, también, la opinión pública daba muestras de ser algo más desfavorable a la inmigración, según las series históricas del CIS. Es decir, venían menos personas, se buscaba recortar y la población era más negativa con la inmigración. No se debe olvidar que en el 2012 el Gobierno de España retira la asistencia sanitaria universal a las personas en situación irregular salvo para algunos supuestos y sin grandes muestras de disconformidad por parte de la ciudadanía.

Resulta que por la misma época, 2011, empezaba el conflicto en Siria y sólo dos años después el de Ucrania, que son el segundo y tercer país de los que España recibe en el 2016, más solicitudes de asilo. El primero parece ser Venezuela, cuestión que también invita a la reflexión.

El inicio de un conflicto y la llegada de personas solicitando protección a países europeos, es normal que se dilate, incluso algunos años. Ello tiene que ver con la cercanía geográfica al conflicto, con lo caro y difícil que pueda ser el viaje y con las trabas administrativo políticas, entre otras cosas. Cuanto más difícil es el viaje, suele ser también mayor la sensación de que el motivo de la salida durará más tiempo o que ya no se podrá regresar, y esa decisión también tarda en tomarse, como es humano. Los movimientos de personas dependen de elecciones individuales y no pocas veces colectivas que no podemos predecir, como tampoco el estallido de nuevos conflictos que fuercen a poblaciones a huir. Por este motivo, a parte de por la ilegalidad e inhumanidad, criticamos que el cierre de fronteras o el endurecimiento de la entrada sean útiles, dado que se convierten en parte del problema, siendo siempre decisiones a corto plazo ante dinámicas que deberían ser miradas a más largo plazo. La protección internacional que no es ni mucho menos una idea nueva del siglo pasado, se inventó para eso y perdura.

Si en el 2010, 2011, inmersos en nuestras preocupaciones por salir adelante, hubiéramos sabido que, en el 2017, el número de solicitudes de asilo triplicarían la cifra más alta de todos los años anteriores, quizás y sólo quizás, hubiéramos tenido otro tipo de conversaciones que no fueran cerrar servicios para solicitantes. Tal vez algunos y algunas hubieran incluso sido más contundentes con el cierre de fronteras, quién sabe. Las mentes más perversas que son contrarias a la recepción de personas que solicitan protección en base al Derecho Internacional, puede que incluso se hubieran abstenido de mezclar Venezuela con la política interna si creyeran entonces que esto acabaría teniendo repercusiones en el número de solicitudes. Una vez más, en parte ello se explica porque los movimientos humanos no son predecibles, se adaptan a las condiciones, reaccionan.

La cosa no acaba aquí, 2015 es el año en el que se empieza a hablar con total nitidez de crisis de refugiados en Europa, de la que España forma parte. Los conflictos que provocan la huida no siempre tienen conexión entre sí, a varios niveles pueden ser independientes unos de otros. Pero desde la perspectiva de los países receptores sí podemos ver las conexiones con más claridad. Los países europeos pueden recibir flujos procedentes de muchos conflictos independientes a la vez, pero como tales países, no son independientes, hay conexión entre los mismos, hay influencias; para empezar cierta legislación aunque se salte no pocas veces a la torera. En definitiva, lo que hace uno afecta al resto.

Además y por otro lado, es complicado determinar cuándo un fenómeno alcanza el nivel de crisis, si antes del millón de personas menos una llegando a las costas, por ejemplo o sólo después del millón de personas más una. No es que la situación no fuera desesperada para muchos seres humanos como nosotros, pero nacidos en otro país, los meses antes de que se usara el término, lo era, del mismo modo que las naciones, personas y formaciones políticas anti inmigración crecían desde años antes.

Entonces, resulta arriesgado hacer afirmaciones del tipo: lo peor de la crisis migratoria ya ha pasado. A toda persona con una mínima sensibilidad le gustaría que así fuera, pero no es el enfoque adecuado. Es muy triste pensarlo, los conflictos que generan la migración son diversos, seguirán existido y no podemos saber hacia dónde se dirigirán las personas afectadas. Y el rédito político de ser duro con la inmigración es posible que todavía no esté en su umbral máximo. De esta forma, es fácil que se produzcan nuevas crisis o que la actual se perpetúe y ya no seamos capaces de verlo de otra forma. Cabe recordar cuanto tiempo se quedaron entre nosotros expresiones como avalancha, problema de la inmigración, incluso crisis sólo referida a la llegada de personas a España. Mirado desde el día de hoy, poca justificación tenía tal uso.

Aunque parezca en contra de toda lógica, la mejor manera que tenemos de prevenir crisis futuras es tener un mejor sistema de acogida, una forma de canalizar los flujos migratorios que incluya, por supuesto, a Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia. Estos países son los que hoy con más claridad se oponen, pero no son los únicos, otros no lo dicen y han actuado igual.

Hay dos ideas más que son contraintuitivas. La primera es que el número de personas extranjeras acogidas tiene una relación directa con los movimientos de oposición a la inmigración. Esta relación no es tal, pues coincide que muchos países que se oponen son los que menores porcentajes de extranjeros tienen con respecto a su población total. Ocurre que asentar una idea entre la ciudadanía e ir convenciendo no es tampoco algo que se consigue de la noche a la mañana. Estaba presente, determinados partidos políticos se habían ido encargando de alimentarla y cuando se declara la crisis de la inmigración en el 2015, como profecía autocumplida, se sientan a recoger todavía más votos. El ascenso en Europa de la ultra derecha e incluso el Brexit son claras muestras.

La otra idea es que tener buenas condiciones de acogida hace de efecto llamada. El caso de España, por ejemplo, muestra lo contrario. Las concertinas, las noticias constantes de muertes en el mar, el alto porcentaje de rechazos de asilo, la retirada de la asistencia sanitaria universal, no han conseguido que hoy no soliciten asilo más personas que nunca antes, cosa que pasa desapercibida para los medios de comunicación.

Y en todo caso, siempre habría que definir qué se considera buenas condiciones de acogida. Desde luego no suelen serlo, en ningún país, no las aceptaríamos para nosotros mismos y nos quejaríamos, pero siempre alguien, presto, pensará que cualquier cosa es mejor que lo que se deja atrás, para zanjar la conversación.

Analizar las cosas con una perspectiva más amplia, creo que ayudaría, y desde luego hacer mejores y más profundos análisis que este, claro. No estaría mal -propongo- dejar de usar la lógica simple de la oferta y la demanda, esa especie de idea platónica por la que el mundo tiende al equilibrio y lo único que debemos hacer es darle pequeños empujones cuando éste se desorienta. Heráclito, ya antes que el ateniense, veía que el mundo era un proceso, un fluir constante que gira realizando combinaciones sin fin. Pensar que ayer fuimos refugiados y que mañana podemos serlo de nuevo, amplía las opciones de actuación, incluso nos acerca a soluciones. Sería curioso, por ejemplo, preguntar a Puigdemont qué piensa sobre esto.

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