Feminismo y rapero

Una periodista, en el programa la Sexta Noche, utilizó, para defender que no todo vale en la libertad de expresión y así el encarcelamiento de un rapero (que era el tema de debate) que las palabras pueden hacer daño. Por lo tanto, hay palabras que no deben ser dichas y, para argumentarlo, quiso poner el ejemplo del cambio en el lenguaje que se impulsa desde el feminismo como forma de trasformar la sociedad. Es decir, las palabras son tan importantes para crear el mundo en el que nos movemos que mira el feminismo lo que hace, luego si lo son, que un rapero diga esto o aquello en un concierto o en sus letras, puede perfectamente ser delito. En realidad la confusión de esta periodista no puede ser más grande.

No es una confusión sólo suya, mucha gente cree en una especie de magia de las palabras o cree que estas encierran grandes peligros. Se puede argumentar que se trata de una forma de hablar, que todos y todas entendemos que cuando nos referimos a la magia o al horror de las palabras, en realidad lo estamos haciendo a las ideas. Quizás, pero resultaría algo más embarazoso condenar al rapero por sus ideas, no queda muy moderno. Y ello -además- nos llevaría a un problema complicado si el acusado nos dijera: mis ideas no son esas, en realidad yo pronuncio tales palabras porque es mi medio de vida, me dirijo a un público que no me pagaría por hacer otra cosa.

Es una posibilidad aterradora, estaríamos condenando a la víctima que, conocedora de los gustos de las masas sólo se adapta a sus demandas; deberíamos llevar a la cárcel a todos eso incitadores y no al pobre rapero. Y digo -estaríamos condenando- por si alguien se quiere liberar de esa responsabilidad, cuando en realidad, es la sociedad, por medio de sus leyes y los jueces que aplican una legislación -todos y todas- quienes estamos condenando.

Pero volvamos a las palabras. Alegarán que estas incitan o puede hacerlo a la acción y la mera posibilidad de que algo ocurra ya es como para una condena. No se puede negar que esta posibilidad sí que da miedo. Tuve un profesor que vivía con cierto tormento no saber las repercusiones de lo que dijera a sus alumnos y alumnas, se sentía responsable de cómo se interpretaría y las consecuencias futuras de ello. Era grande, pero yo vivo desolado desde que lo conocí por si un día acabara en prisión por alguna cosa que hagamos cualquiera de toda aquella panda de descerabrados a quienes trataba de enseñar.

Seamos algo más prácticos, la realidad puede ser que a nadie le importan las ideas o expresiones de las mimas (palabras) más o menos radicales de un señor o una señora, en toda sociedad existen personas en los extremos. Que a alguien no le guste la corona o la Guardia Civil es aceptable dentro de unos límites pequeñitos e inevitable si me lo permiten. Lo que preocupa a algunos, sobre todo los que ostentan el poder, es que se extienda esa radicalidad y si lo hace -si preocupa- es porque ya se cree que lo está en buena medida. Entonces es cuando deciden que hay que poner límites para intentar que esas expresiones vuelvan al rincón de la marginalidad social y no arrastren a más personas. Siendo prácticos, es tan sencillo como eso, ven amenazado y usan su poder; les preocupan las ideas y atacan las palabras.

Pero incluso antes que las ideas, existen las creencias. Lo hacen a la vez y se retro alimentan, si bien se suele pensar que las creencias son algo más estables una vez que, a base de ideas, están configuradas en un ser humano. Para mi gusto, Bertrand Russel lo explica muy bien en Fundamentos de filosofía.

El efecto que producen nuestras pasiones sobre nuestras creencias constituye uno de los temas favoritos de los modernos psicólogos; pero el efecto inverso, es decir, el de nuestras creencias sobre nuestras pasiones, existe asimismo, si bien no tiene el carácter que se le hubiera supuesto en la psicología intelectualista de la vieja escuela.

Así que sí, parece que también cuentan nuestras pasiones en este batiburrillo. Debe ser por ello que los tertulianos y tertulianas resultan tan predecibles.

Y llegamos entonces al principio. A la periodista que busca resaltar la importancia de las palabras, es evidente que no le gusta mucho el feminismo y torticeramente, usando la clásica demagogia, cree probado que si las palabras son tan importantes para este movimiento, debe ser porque importan mucho, luego puedo condenar a perder su libertad a un ser humano por usar unas u otras. Si esto fuera cierto nos pone de nuevo ante una situación difícil si el rapero en cuestión hubiera expresado las mismas ideas con un lenguaje de género cuidado. O si con las mismas, una autoridad decidiera que, como no le gusta el feminismo, se pudiera detener a cualquier que dijera algo desdoblando el género.

Por supuesto no es el momento histórico para esto último, quedaría muy feo, con ridiculizar a quienes usan alguna expresión como portavozas parece suficiente, de momento. La cuestión es más complicada. El feminismo defiende unas ideas y se respalda en unas creencias y viceversa. Una de esas ideas-creencia es que con el lenguaje se pueden producir realidades. Pero por realidades se está pensando, primero, en ideas y creencias, y luego, se espera que una vez adoptadas por más personas produzcan comportamientos. Por mucho que alguien se pueda empeñar, las palabras sin quien las interprete no son nada. Así que no, señora periodista, creo (son mis creencias) que el feminismo no debe ser usado para justificar la detención de un rapero, pero es un buen intento.

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