Drogas III

El debate sobre la legalización del cannabis es de esos que dan dolor de cabeza a quienes se encargan de las políticas públicas. Cada vez son más las voces contra las mismas en materia de drogas porque durante al menos los últimos 50 años priman en el mundo aquellas que causan bastantes más daños a las personas que beneficios a su salud y eso, para una política pública, es un tema muy serio. El reconocimiento del fracaso de la denominada “Guerra Contra las Drogas” y por extensión de las posturas prohibicionistas cada vez atrae más consenso.

Si aceptamos que el prohibicionismo y su hermano más cruel la Guerra Contra las Drogas han fracaso (como ya se intuía desde el principio porque había precedentes) y que por el camino siguen dejado una huella de dolor humano imborrable, quizás no pocas personas piensen que no tiene sentido oponerse a la regularización del cannabis, si cabe aunque sólo sea por emprender un camino ligeramente distinto al seguido hasta ahora. Pero no debemos auto engañarnos ni jugar a las palabras, regularizar significa legalizar primero y luego permitir el consumo, ya legal, bajo determinadas condiciones, por no generar desde el principio más dudas, como si hubiera una solución intermedia.

https://www.elmundo.es/internacional/2018/09/09/5b9408b2e5fdea6a3e8b45b2.html

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2018-06-08/guerra-contra-drogas-espana_1574353/

https://idpc.net/es/publications/2018/10/balance-de-una-decada-de-politicas-de-drogas-informe-sombra-de-la-sociedad-civil

Un caso que gusta mucho mencionar a la mayoría de prohibicionistas y a nos pocos regularicionistas es el del tabaco. No se puede negar que ciertos éxitos se han conseguido en la reducción del consumo de dicha sustancia, pero tampoco que los mismos se deben, en muy buena medida, a que es y siempre ha sido una sustancia legal sobre la que se podía -precisamente- regular. ¿Qué evita que alguien piense que ese es el camino para otras sustancias, legalizarlas primero y regularlas después o la vez? Esta es, parece, la mayor oposición que ahora ponen los prohibicionistas en el debate sobre el cannabis, les preocupa y con razón, que si se permite hablar sobre una sustancia, lo siguiente sea hacerlo sobra otra o todas las que ahora se consideran ilegales. Les preocupa, principalmente que se discuta.

Pero desde el momento que ya se habla del cannabis se encuentran con una trampa, pues han estado insistiendo en que la baja percepción de riego de consumo de esta sustancia era un error, la misma es dañina y peligrosa como lo son todas ¿no es el mero echo de hablar sobre su legalización y no de otras, una asunción de que hay sustancias más y menos peligrosas? ¿es que acaso se debe legalizar en función de la peligrosidad? ¿no nos han insistido muchos en que, por ejemplo, el alcohol es la peor de todas siendo que es legal? Lo cierto es que nadie ha tendido esa trampa a los prohibicionistas, es fruto de sus propias contradicciones desde el principio y sobre todo, de insistir en ellas largo tiempo en una huida hacia delante.

Es verdad que el debate sobre la peligrosidad para la salud de una sustancia es también largo y no se puede simplificar. La única verdad es que las drogas repercuten siempre negativamente en la salud, incluso las que curan, puede ser a corto, medio o largo plazo, depende de la frecuencia, el cuerpo que las recibe, el contexto social, puede o no que el remedio sea peor que la enfermedad… y miles de consideraciones más. Pero precisamente por ello, cabe preguntarse si la peligrosidad de la sustancia debe ser parte del debate, porque entonces ya nos vemos obligados a hacer un ranking, de las menos a las más peligrosas y acabaremos en un punto que conocemos, los prohibicionitas serán partidarios de prohibir hasta el Ibuprofeno y los legalicionistas volverán a que el café debe ser parte también del debate (y eso que el que el café desapareciera de las discusiones sobre sustancias hace años no deja de tener su miga). Otra inquietante pregunta trasluce del mismo planteamiento, ¿acaso la perspectiva de la salud ayuda en la discusión sobre las drogas? Es este, de momento, un anatema y lo dejaremos.

Es posible poner el análisis de la peligrosidad sobre la mesa, discutir eternamente sobre el propio concepto de peligrosidad cuando de drogas hablamos, perpetuar así el debate, que quizás los prohibicionistas acaben cediendo en el cannabis, pero el fondo, si ese es el camino que se elige, lo importante para la humanidad continuará sin abordarse. Y es que el tema va más lejos que el que alguien tome una sustancia legal o ilegal, todo ser humano, en algún momento y si tiene suerte toma alguna, el debate es sobre las sociedades que queremos y cómo nos relacionamos con otros seres humanos y sus decisiones. Puede que algunos prohibicionistas de toda su vida se encuentren ahora abatidos por los derroteros que parece toman los acontecimientos y las reflexiones, como si su vida, obra y dedicación al bienestar de los demás se derrumbara por un rumbo que claramente ven equivocado. No es el momento, la discusión puede trascender a las drogas y formar parte, al fin, de otra mayor sobre el futuro de la humanidad, deberían aprovechar la ocasión pues en el fondo es la que han estado esperando toda su vida, quejándose de que el tema de las drogas -decían- no interesaba a nadie de verdad.

Por no llevar las cosas a la filosofía, el misticismo o la utopía, dejémoslo en que parece que la discusión todavía tiene mucho recorrido aunque cada vez es más urgente y no se puede olvidar que frente a sus aparentes contradicciones, los prohibicionistas tienen casi todo el poder en las decisiones sobre este tema, en cualquier momento pueden elegir no debatirlo y así no seguir exponiéndose. O pueden, como el que oye llover, actuar como les parezca.

Pese a todo, lo cierto es que no sabemos las consecuencias sociales que podría tener una legalización de las drogas desde este punto en el que nos encontramos, con el prohibicionismo totalmente arraigado y normalizado, sólo sabemos algo de lo que no ha funcionado y -no conviene olvidarlo- el daño humano que esas decisiones han causado (existen voces que incluso piensan que en algún momento se puede llegar a pensar en condenar a quienes iniciaron las políticas de la Guerra Contra las Drogas porque si no eran conscientes del daño a la humanidad, lo vieron en seguida en insistieron pese a ello). Y tampoco lo sabemos todo -si es que eso fuera posible- porque las posturas políticas previas a abordar un tema, han condicionado, como siempre hacen, las formas de medir y de mirar el mundo. Se podría pensar que tenemos mucha información e investigación sobre drogas, pero como ya discutimos en otro lugar (I, II), ni es tan buena, ni es tan objetiva. El lobby prohibicionista se ha encargado de sesgar lo que podemos saber con sus lustros de poder y además se han encargado de crear otra trampa, la de la evidencia científica, con sus expertos y expertas en drogas para institucionalizar sus planteamientos a priori.

Llegados a este punto, conviene volver al principio porque tal vez alguien no coincida o no entienda la posición de partida por la que la Guerra contra las Drogas y el probicionismo han causado tanto daño y fracasado. Cuando, desde una perspectiva fundamentalmente medicalizada, nos ofrecen datos -normalmente con muchos porcentajes como manda la evidencia científica ortodoxa-, de las consecuencias negativas que tiene el consumo de cualquier sustancia, incluidos el alcohol y el tabaco, en la salud de una persona, tienen razón en lo fundamental, las drogas son malas para la salud, nos reafirmamos en este punto y no lo vamos a discutir. Cuestión bien distinta es que persiguiendo a quienes las consumen, bien directamente con medios policiales y judiciales, bien indirectamente creando o manteniendo prejuicios sociales, el consumo disminuya, cosa que -también de manera general- parece más bien al contrario. Tampoco lo ha hecho persiguiendo a los productores de las sustancias (normalmente agricultores buscándose la vida), ni a quienes trafican con ellas, siendo la consecuencia de esto último que las cárceles se han ido llenando ya no tanto de grandes mafiosos como de pequeños vendedores y vendedoras y quienes se encargan de llevar las sustancias que si, habitualmente, ya tenían una vida precaria, el encarcelamiento no ayuda a cambiar esa situación. Por no hablar de aquellos países que están o han estado en un conflicto armado contra los narcotraficantes, con incontables bajas humanas (más que las directamente relacionadas con el consumo), mientras y para colmo la producción de sustancias seguía creciendo. Menos de aquellos países y gobernantes o futuros gobernantes de otros que son partidarios de la pena de muerte o directamente el asesinato de quienes consumen o trafican, pese a que vaya en contra de los Derechos Humanos y lo que es más importante, de la mínima humanidad; el mayor de los fracasos.

La otra cara de la moneda en el argot de quienes se califican a sí mismos como expertos y expertas, es la de la reducción de la demanda, aquellas medidas y acciones por las que se espera reducir el consumo y por lo tanto y como consecuencia que así se dejen de producir drogas por falta de demanda, a parte de mejorar la salud de las poblaciones. Pues bien, cuando las sustancias son ilegales el éxito de la prevención es difícil de determinar, aunque no es menos cierto que la inversión en ella es enormemente baja (sobre todo comparado con el que se destina a la Guerra Contra las Drogas) y resulta complicado distinguir si la falta de medios (y casi siempre de ideas) es la causa primera o realmente la prevención del uso de sustancias ilegales no se aborda metodológicamente bien. Quizás ofrecer información, pero no toda, sólo aquella que pone de manifiesto lo malas que son las drogas, sin poder además regular su uso legal, no tenga más recorrido. Y es que a nadie se le debe escapar ya a estas alturas que gran parte de las limitaciones para prevenir, es que no se puede actuar directamente sobre las sustancias que son ilegales, están fuera, por definición, de alcance. ¿Cómo se previene a alguien de que no haga algo que no puede hacer?

Imaginemos, por imaginar, que queremos poner un punto de información y análisis de sustancias en una fiesta, para evitar (a veces a esto lo llaman prevención de riesgos, otras de daños y hay quien no lo considera estrictamente prevención) que la gente que asiste consuma sustancias adulteradas, que sean otra cosa de lo que creen y pagaron o simplemente que lo hagan en las mejores condiciones posibles de cuidado y conocimiento. Una primera pregunta que algunas personas se hacen es si esto sería necesario de estar las sustancias disponibles legalmente. Lo del conocimiento y cuidados nunca estaría de más, pero seguramente si no tuvieran que esconderse para comprarlas, sería más fácil proporcionarlos.

Pues bien, en nuestra situación inicial sin el último inciso, ahora la fiesta cuelga un cartel de prohibido consumir drogas dentro del recinto que es todo lo que puede hacer. De tal forma ese punto de información que queríamos poner, por ser mínimamente coherentes, ya no permiten -sus organizadores- que esté dentro, puesto que está prohibido consumir y sería ridículo por innecesario. Asumen que por prohibir algo no se producirá aunque en realidad nadie cree eso, sólo se lavan las manos ante posible repercusiones legales, derivadas de las posturas prohibicionistas. Las personas que asisten pueden, no consumir, hacerlo fuera y entrar o hacerlo dentro saltándose la prohibición en el caso de que existiera -y siempre existe-, posibilidad de que no te descubran y expulsen de la fiesta. Así pues, en este ejemplo que nos hemos inventado, la primera prohibición, la general, afecta a la segunda, la particular y ambas a los consumidores o potenciales consumidores. Si se ven afectados para bien o para mal, sólo depende de su decisión previa de consumir o no hacerlo. No tenido intención de consumir no hay más de lo que hablar, es para bien, pero en nada han afectado las normas. Si deciden hacerlo, parece que las prohibiciones están aumentando sus posibilidades de daño, sin negar que estas ya son unas concretas sólo por decidir hacerlo. Por supuesto y aunque tengan el punto de información pueden decidir pasar del mismo, pero si este no existe, sus posibilidades de elección se reducen a cero, después, lógicamente, de tomar la de consumir. Al final da la sensación de que salvo en la situación ideal que nadie quiera consumir, en el resto, los riesgos son mayores, tanto como menores las opciones que se limitan por las prohibiciones.

Por alguna razón, las posturas prohibicionistas defienden que tener más opciones incide directamente sobre la decisión inicial de querer consumir, ampliándola. De alguna forma el argumento es parecido al de quienes creen que son las posibilidades de empleo las que inician un movimiento migratorio hacia un país. Una posible solución, siguiendo esa lógica, sería eliminar las posibilidades de empleo en dicho país y evitar así que fuera al mismo la gente buscando ampliar sus opciones. La más usada, no obstante, es prohibir la entrada con las consecuencias que ya conocemos. Otra, tal vez, pase por pensar que el origen de su decisión, se basa en que la persona considera que no tiene opciones en su país y ya en el segundo paso, busca dónde cree que tendrá más. Este pequeño -y tonto, lo reconocemos- ejercicio anterior, quizás y no obstante, nos pone ante el fondo de los esquemas bajo los que una y otra postura reconocen su mundo. Es contra intuitivo pensar que por tener más opciones de consumir drogas se consumirá menos, como choca con una parte de la experiencia practica que tener menos opciones lleva también a consumir menos.

Salvo que no pensemos que tener más opciones es mejor que tener menos, en la vida en general, y en el ejemplo en particular, los prohibicionistas, seguramente con toda su buena intención, la mayoría al menos, están limitando opciones. Y no lo querrían para sí (o sí) en todos los aspectos de su vida; normalmente la gente prefiere tener más opciones que menos, pero tener menos es lo que impulsan para los demás que quieren consumir drogas (mientras amplían las suyas propias), les quitan, en definitiva, esperando que tomen la de no consumir.

Y ahora es cuando los prohibicionistas se ponen serios e introducen la economía en sus discusiones. Si se legalizaran las drogas no significaría que desaparecerían las mafias como por arte de magia. Seguramente no, nunca se ha dejado de traficar con tabaco (aunque es un dato al que no se alude con frecuencia), pero no se puede negar tampoco que si bien es la forma de que algunos ganen o se ahorren dinero, no es la única -recurrir al estraperlo- para conseguirlo, los que quieran. Hay más opciones, luego se reduce también el poder de los traficantes, en realidad se redistribuye de otra forma.

El otro gran tema -nos cuentan- es que detrás de la legalización del cannabis están grandes empresas con sus intereses económicos. Pues es posible, como detrás de casi todo lo que ocurre en el mundo y sobre lo que discutimos; igual que los Estados están haciendo también sus cuentas. Pero del mismo modo que mientras haya sustancias ilegales seguirán haciendo constantemente sus cuentas las grandes empresas que trafican con las mismas, descontando además del precio final, los daños que asumen tantas personas, y pagan los estados.

Los estados movilizan una gran cantidad de recursos represivos para luchar contra las drogas, los traficantes incorporan las posibles pérdidas a su precio, mientras también mejoran sus sistemas de producción y distribución como las empresas más innovadoras que salen en las revistas para aspirantes a millonarios y el precio, al final, no ha subido. Una parte muy importante del coste final lo pagan las personas en sus vidas (y lo descuentan los mafiosos) y todavía después, se traduce, retorna, de nuevo en gasto para los Estados en forma de prisiones, sistemas judiciales y sanitarios. Mientras, los narcotraficantes sólo se embolsan crecientes beneficios lo que, quizás, denota un sistema poco racional, no muy económico, si la Economía ha de ser entendida como la ciencia de las decisiones racionales. Pero todos sabemos que como en el tema de las drogas, lo racional, se construye idealmente primero y luego se intenta que todo encaje con esa definición, casi siempre la de unos pocos y para su beneficio, racional.

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