¿Qué hemos aprendido?

Si escuchamos en una organización española, a un presidente o alguien con mucha responsabilidad diciendo en público cosas como somos los mejores en esto o los que más tenemos en aquello, por norma general debemos permanecer atentos y atentas. Puede ser hasta cierto, con datos objetivos en la mano, y la cuestión no es tanto si esos son los datos adecuados para medir la afirmación cuanto si sólo son buenos en una cosa y permanecen descuidados otro montón de aspectos.

Conocí una organización que era la que más presupuesto de España y quizás de Europa manejaba para el desarrollo de algunos de sus proyectos. Esto era casi cierto cuando lo decían. Lo que no decían tanto era que en ese sector apenas había competencia, pero sobre todo que los conflictos internos eran muchos y el clima malísimo. Acumulaban denuncias por motivos laborales y sus redes sociales estaban plagadas de comentarios negativos por los servicios que ofrecían y por la contradicción entre su misión y el trato a los trabajadores y trabajadoras. A nadie se le escapa que no tener a penas competencia y por lo tanto mucha solvencia económica es un buen motivo para hacer mejor las cosas, sobre todo porque puede que algún día la tengas y con muy poco perderás todo tu mercado.

Ser el mejor puede ser un objetivo muy legítimo, en principio digamos que todas las organizaciones deberían aspirar a ello, la cuestión es cómo defines ese “ser el mejor”. Serlo en un único aspecto, por ejemplo el volumen de negocios, quizás no sea suficiente y se deba medir por lo completa y compleja que es tu organización. Ser mejor puede referirse a no ser el que más destaca en un aspecto sino al que lo hace -cabe que no con tanta brillantez – en muchos a la vez. Una organización así en realidad es más fuerte, está más preparada para cualquier adversidad, pero también para introducir cambios e innovaciones.

Según ha ido evolucionando la crisis que empezó en 2007, cada vez es más frecuente escuchar organizaciones diciendo que se han desviado de su misión y que ese es su principal problema. En consecuencia se afanan en volver a la misma, en dejar de tener como único objetivo ingresar dinero, siendo lo normal que ya hayan intentado la vía de la innovación antes; a fin de cuentas está de moda. La lógica que muchas de estas organizaciones han seguido al ver que el negocio desaparecía, que cada vez era menor la posibilidad de tener el margen de beneficios deseado, ha sido empezar por la reducción de costes laborales y la innovación más o menos en paralelo. Esta doble estrategia ya sabemos que no funciona, por motivos obvios, es raro, pero las personas piensan peor cuando tienen miedo. Lo que trasladaban era “la cosa está fatal, el futuro es muy negro, tenemos que pensar (innovar) cómo atraer dinero”. A veces se adornaba de la dañina frase “la crisis es una oportunidad”. Entonces se hacían recortes, aumentaba la presión interna y se decía que había que pensar cómo recaudar para evitar todo aquello.

El problema fundamental es que no vieron que ya no había sitio conocido al que volver, el sistema se ha descompensado, muchas de las relaciones y reglas conocidas ya no están y la inestabilidad en busca de un nuevo equilibro es patente todo a nuestro alrededor.

“El problema no es adoptar un nuevo modelo mental sino deshacerse del antiguo”.
DEE HOOK (diseñador del sistema VISA)

Desde luego hay muchas inercias y seguirán estando por tiempo, lo cual permite que no pocos vean la luz al final del túnel después de haber sobrevivido a estos años. Se escucha menos decir que la crisis les sorprendió poco preparados, con escaso desarrollo interno en esto o aquello que hubiera ayudado a superarla. Es sorprendente mirar a muchas organizaciones y ver que los problemas que ya se planteaban antes de la crisis son los mismos que siguen teniendo, es decir, pensar que esta ha servido de acicate para afrontarlos y resolverlos no concuerda siempre con la experiencia. Muchas han tenido cambios sí, algunos muy dolorosos, pero siguen con los mismos problemas de fondo y lo peor es que ya ni siquiera sirven para afrontar el nuevo escenario. La crisis tampoco les planteó la opción de hacer ese trabajo que tanto hubiera ayudado, en realidad parece que ningún momento es bueno para el mismo, ni la bonanza, ni la crisis y esa es la clave del asunto. Empresas y organizaciones, al igual que la política, lo más frecuente es que sean cortoplacistas, miran al siguiente trimestre. No se suele ser consciente de que se está en un periodo de bonanza, sólo que se está en crisis.

Lo cierto es que el futuro a largo plazo es bastante impredecible, por muchos planes estratégicos que se quieran hacer, estos no dominan a aquel. Lo único que podemos saber con cierta certeza es que el desarrollo interno de una organización es la mejor inversión de cara al futuro, sea este el que sea que venga. Pero no, no es lo habitual, a mayor inestabilidad del entorno mayor atención también al mismo y a menor inestabilidad también. Nuestra organización puede influir en el entorno o aprovecharse del mismo, pero mucho más puede influir internamente y siempre, cosa que, quizás por obvia, nunca aparece lo suficientemente encima de las mesas de las grandes decisiones organizativas, salvada la excepción de cuando es para recortar gastos o producir más.

Podría parecer que de lo dicho se desprende la idea de tierra quemada, empezar de cero o una visión apocalíptica; tal vez una visión negativa de las organizaciones en general. No es cierto, el futuro se construye sobre el pasado y da igual que hagamos juicios sobre si el pasado fue bueno o malo, el caso es que sabemos que no volverá (nunca lo hace por definición) y todos y todas coincidimos en que queremos un futuro mejor. Y sobre lo que es un futuro mejor también existe un acuerdo social más o menos amplio, una idea del mismo compartida. Pero si hacemos caso a la filosofía oriental, el tiempo se mide en lecciones aprendidas no en días, meses y años. ¿Qué hemos aprendido? A tenor de que pocas organizaciones se vuelven hacia dentro, aumenta la presión sobre la personas, se amplía la brecha laboral, se vuelve al miedo para gestionar cada vez con un poco más de fuerza y se utilizan técnicas y pensamientos ya superados, poco hemos aprendido.

Crowdfunding

http://elpais.com/elpais/2016/09/02/opinion/1472819102_427681.html

Al parecer, a Julio Llamazares le molesta que le pidan por medio del crowdfunding. Acaba de ello extrayendo la conclusión de que sería más lógico que el Estado se hiciera cargo: “La cuestión es si la caridad del prójimo ha de sustituir al Estado, el responsable de poner los medios para que cualquiera con capacidad pueda desarrollar sus ideas, consiguiendo así el efecto perverso de que delegue cada vez más en la sociedad sus obligaciones, como ya sucede con las ONGs”.

Un primer tema que me parece interesante es el de la caridad. Este concepto aparece ligado a varias religiones (el islam también) y supone algo así como una obligación moral frente a personas con menos suerte en la vida. Un Estado (que hoy se pueda considerar como tal) no se basa en ese principio pues debe garantizar la libertad e igualdad. Así dicho parece muy sencillo, pero esas dos grandes palabras no están exentas de mucha discusión, tanta que de su definición se habla todos los días en la política. Y es que resulta cierto que las estructuras en las que vivimos coaccionan más a unos que otros y no siempre se puede entender como cuestión de mala suerte o unas malas decisiones que unas personas tengan peores condiciones que otras. La caridad tiene poco que ver con ello aunque lo diga Delibes (citado en el artículo). Esto es lo que suele hacer que nos invada un sentimiento de culpa cuando nos piden, la certeza -en el fondo- de que el mundo no es justo.

Pero salvo por ese nuestro problema con la culpa, pedir es una forma de relación básica entre humanos, nuestro jefe nos pide todos los días, nuestros compañeros, los hijos, los amantes, los amigos… nosotros pedimos constantemente ayuda a un dependiente, el pan… La cosa es tan así que existe formación específica dentro de los llamados soft skills que sólo buscan enseñar cómo se pide y cómo se dice no. Vale, a Julio Llamazares tampoco le gusta el uso de palabras inglesas para dar porte a conceptos que en español suenan menos egregios, al crowdfunding le llama el sablazo de toda la vida, por ejemplo. Pero ya me dirán qué termino utilizamos para las habilidades de pedir y decir no, algunos las incluyen dentro del más amplio habilidades sociales. Eso sí, conviene recordar, que todos y todas estamos más cómodos en la posición de dar que en la de pedir, es algo curiosamente mayoritario que nos guste más ser útiles a los demás que dependientes.

Al final también resulta molesto que cada vez que se habla de la caridad y el Estado aparezcan, como el que pasaba por allí, las ONG. Cuando una empresa se presenta a un concurso público para realizar una obra, la del AVE, por ejemplo, nadie piensa en la caridad. Cuando se subvenciona a cualquier sector de actividad, el automovilístico por ejemplo, tampoco. Por qué razón si se habla del prójimo, lo social o como queramos llamarlo, se cuestiona que el Estado delegue -pagando- en las ONG. Es cierto que no pocos piensan que la provisión de servicios sociales la debe asumir el Estado. No lo es menos que otros y por el contrario, creen que se debe privatizar al máximo todo aquello que hace hoy el Estado y dejar este al mínimo. Sin embargo, cuando unos y otros rascan poder no siempre hacen lo que piensan y los primeros siguen subcontratando servicios a las ONG porque son más baratas y los otros asumen nuevos servicios porque algo tienen que hacer cuando gobiernan que no sea sólo desmantelar los recursos que les pueden dar votos; esa es la práctica real de la política.

Y en todo este vaivén las ONG ya no saben a qué atenerse. Algunas están cómodas en la caridad y se lo pueden permitir, otras no quieren tener dinero público ni de empresas para mantenerse independientes. Las más, combinan la búsqueda de dinero privado donde el crowdfundig es sólo un método, con dinero de subvenciones y a veces contratos de servicios. También buscan dinero de fundaciones que controlan bancos y son reticentes a pagar impuestos. Además está toda la estrategia de captación de socios y parecidos, bien en la calle o de cualquier otra forma; creo que si miráramos bien el número de empleos más demandados, este de la captación de fondos para ONG sería de los primeros, vayan a los buscadores de empleo y vean. En estos tiempos, las ONG que no han cerrado emplean ingentes recursos en conseguir financiarse en detrimento -muchas veces- de su actividad que, se crea o no, es útil para la sociedad.

Claro, al final volvemos siempre al mismo punto ¿qué modelo de Estado queremos? Durante mucho tiempo las ONG en España fueron consideradas o auto consideradas socias de la acción del Estado y recibían dinero por ello. En nuestro modelo mediterráneo de Estado de bienestar era perfectamente compatible y se argumentaba además que estas organizaciones no sólo prestaban servicios necesarios y especializados sino que además -aunque se decía menos- servían de colchón para apaciguar una parte del conflicto social. A cambio de dinero para prestar servicios, no pocas no movilizaban a una parte de la sociedad y protestaban, proponiendo cosas o denunciando injusticias, pero en bajito.

La crisis, como sabemos, cambió todas las normas de juego. A las ONG les pasaron por la derecha y por la izquierda nuevos movimientos sociales cuyo origen no es muy distinto al de estas en sus comienzos, el malestar compartido. No pocas personas de esos movimientos pasaron a la política, cosa que también venía ocurriendo desde la creación de las primeras ONG en un continuo ir y venir. La diferencia, eso sí, es que antes de que el Estado pudiera hacer suyas las reclamaciones ya se habían creado partidos políticos que para qué iban a esperar si las podían hacer suyas directamente. Y las ONG clásicas in albis, acomodadas muchas de ellas, mirando a la supuestamente mejor forma de gestionar de la empresa privada con ánimo de lucro y descuidando la indignación que las vio nacer y que muchas de las personas que trabajan o son voluntarias en las mismas sentían desde mucho antes de la crisis, pero no querían verlo desde su sofá. El caso es que todos sabemos que el Estado suele ir por detrás, cuando no ignora determinadas necesidades sociales y alguien tiene que presionar. No suele ser lo habitual que desde el poder político se pongan sobre la mesa problemas sociales nuevos o que no tengan un presupuesto del que poder ufanarse al margen de los resultados.

Porque sí, señor Llamazares, aunque cueste creerlo, muchas personas estudian carreras para acabar siendo mal pagados y mal pagadas en ONGs, esto nunca le ha preocupado a nadie, incluso no pocos piensan que en dichas organizaciones no se cobra. A lo mejor a estas personas les molesta tanto como a usted que les pidan, se sienten igual de abrumados con la injusticia que nos rodea pero deciden, además, dedicarse profesionalmente o invertir su tiempo libre de manera voluntaria. Esto no quiere decir que sean mejores o peores personas que quienes deciden otras cosas, no nos engañemos, pero sí merecen, al menos, que el tema de las ONG (y el Estado de Bienestar que queremos) tenga un poco de consideración y no acabe resultando siempre una muletilla para cuestionar aquello que nace de buenos sentimientos (aunque sea por indignación ante la injusticia) como si fuera perverso, manipulador o sólo egoísta, queriendo aparentar lo contrario, algo así como un buenismo ingenuo achuchable. Es igual que lo del crowfunding, con decir que no o no decir nada, es suficiente.

Para criticar a las ONG que también tienen sus culpas y sus sombras, ya encontraré otro momento.

Burkini

Este verano el burkini se ha puesto de moda. Por momentos parecía que había que pronunciarse a favor de su prohibición en playas y piscinas o no, así como sobre si existe diferencia entre elegir libremente ponerse la prenda o es lo mismo pues se trata de una imposición machista en cualquier caso.

Todo parece empezar porque en Córcega se producen unos incidentes violentos pude que a tenor de la prenda en cuestión. Luego, desde el Ayuntamiento, se procede a la prohibición del atuendo, si bien que no haciendo mención expresa al mismo, sí argumentando cuestiones de seguridad.

A todo esto Natacha Polony publica un artículo que parece quitarle importancia a esos incidentes. El argumento es muy interesante. No le gusta, a la autora, el uso del concepto comunidad en los medios de comunicación. No existe tal cosa como una comunidad musulmana -argumenta- sino ciudadanos de confesión musulmana y esto mismo es extensible a cualquiera. Se basa en la lógica del liberalismo anglosajón de defensa de los derechos individuales. Y esto está bien, es una forma de afrontar el debate entre derechos individuales y colectivos, pero claro, ella misma acaba hablando del pueblo francés, presuponiendo además que este ente está claramente en contra del burkini y que los corsos son sólo unos valientes que lo dicen, no como sus acomplejados conciudadanos de las metrópolis.

Imaginemos, dado que no estábamos allí que somos cualquiera de nosotros o nosotras los que se ven acosados por una multitud por llevar una prenda o no llevarla. El miedo que pasas es individual (o el disgusto si la cosa no se pone tan fea), no cabe duda, pero si no consideras que has cometido agravio alguno luego tienes que intentar explicarte el motivo por el que eso te sucedió. No puede ser porque les cayeras mal a esas personas que ni conoces, entonces será por algo (quizás una comunidad) que ellos creen que representas. Tú estás ejerciendo tu libertad individual puesto que no existe norma en contra de llevar el burkini (luego se impuso) y te atacan. Además, a los días se da la razón de alguna forma a quienes te atacaron porque se prohíbe lo que antes formaba parte de tu libertad individual. Eso sí, se argumenta que es para protegerte.

Hombre, yo diría que algo de racismo subyace en todo ello, algunas cosas son de manual. Pero claro, esto no resuelve las grandes cuestiones, los debates de fondo, y no puedo estar más de acuerdo con Reverte en que es mejor no hacerlo desde estos lamentables acontecimientos pues son el peor punto de partida. Es algo tramposo empezar a pensar sobre cualquier tema con posiciones de fuerza sobre la mesa y más si no se condenan los ataques sufridos por personas que probablemente sólo querían disfrutar de un plácido día de playa, no se puede olvidar que ese es el origen. Entre lo mucho que se ha escrito me parece que se ha criticado poco lo ocurrido y, de alguna forma, así se justifica, se hace invisible también el racismo.

Pero claro, Natacha Polony deja algún recadito más por si alguien quisiera afrontar un debate que debería haberse intentado zanjar hace mucho tiempo y no esperar a que esto ocurriera. Habla de “aficionados al mestizaje y la mezcla” e interpela a su supuesta responsabilidad cuando las comunidades terminen de adueñarse del espacio público. O sea, que si te extrañas porque se ejerza un derecho individual que es llevar una prenda cuando no está prohibido, quizás puedas estar favoreciendo que los islamistas conquisten Occidente. No es eso lo que sugiere ¿verdad que no? En todo caso no creo que se trate de tener una afición como si de coleccionar sellos se estuviera hablando, el mestizaje es algo que ocurre (no siendo tampoco el mejor concepto pues nos lleva a la idea de raza y en los humanos sólo hay una) y supongo que mejor que así sea porque lo contrario – que podría ser mantener una imaginaria pureza en base a cualquier criterio que se nos antojara- ya sabemos donde acaba.

Buenismo

Guerra tras guerra se acaba demostrando que la espiral que crece hasta que se derrama sangre está basada en visiones parciales, equivocadas e interesadas del otro. La de Irak es sólo el último ejemplo y el informe Chilcot una muestra del incremento de la velocidad de nuestros días para llegar antes a la misma conclusión a la que sólo un poco después suelen llegar los historiadores.

El primer ataque, en cada caso, me parece que ha podido ser igual al que hoy se produce cuando algunas personas utilizan la palabra buenismo. Es decir, puede que todo empiece con alguien que te llama buenista si no estás dispuesto a contrata atacar ante lo que se considera una ofensa, un feo o directamente un ataque de los otros-malos que en el fondo sólo buscan tu aniquilación. Por supuesto esta atribución de intenciones maléficas al otro es necesaria siempre, todas las guerras las empiezan quienes se están defendiendo del otro, nadie parece haberlas provocado, son algo a lo que te obligan, te arrastran inevitablemente en tu defensa.

Por supuesto el pacifismo será catalogado de utópico por quienes gustan de acusar de buenismo a todo el que no piense como ellos, eso no hace falta ni discutirlo, se asume. Al final, siendo realistas -te dirán- la sociedad se sustenta en el uso de la violencia, es esta y la posibilidad última de recurrir a la misma sobre lo que se sostiene el edificio. Pues vale, supongo entonces que su consideración es que la civilización es lo que ocurre entre guerra y guerra. Puede ser, desde luego la violencia es parte de lo humano.

Pero no es eso lo que nos ocupa en estas líneas. Resulta que el Papa, ante los ataques en Europa, dijo a los periodistas algo muy obvio, algo así como que los mismos no se pueden relacionar con la práctica de una religión y que vinculado a todas las religiones hay facciones radicales, extremos que se aprovechan de las mismas. Pues para no pocos tertulianos y tertulianas, en los días que siguieron, la interpretación fue que esta postura era de un buenismo esperable del Papa, pero buenismo a fin de cuentas. La verdad para estos defensores a ultranza de la realidad única es que los islamistas son los que nos atacan buscando nuestra destrucción. Sin saber cuantos de los millones de musulmanes se pueden considerar dentro de esta categoría de islamistas, tampoco escuché reflexión alguna sobre que algún musulmán en alguna parte del mundo -también contrario a los buenistas- podría considerar que los catolicistas, por ejemplo, les atacan para acabar con ellos. Es igual de ridículo y equivocado, pero Irak, Afganistán, Siria, Libia… podría llevar a alguien a pensar de esta manera -insisto- tan equivocada.

Europa se va poblando de islamofobia y de paso inmigraciónfobia, cuestión que tampoco es nueva de ayer, sólo que a veces se hace más visible y cobra un poco más de fuerza. Y sorprendentemente los acusa buenistas señalan como culpables a los populistas de derechas que se aprovechan de las clases trabajadoras más perjudicadas por la crisis que se dejan absorber por el discurso fácil y directo a las más bajas pasiones. Vaya tela ¿no?

Europa se niega a evolucionar, quiere conservarse. Ya no estamos dispuestos a confrontar nuestras identidades e ir construyendo otras nuevas sobre las mismas, pretendemos un estancamiento dentro de un universo, planeta, civilización, estados, culturas… que están siempre en movimiento. Por supuesto esto a la larga no tendrá éxito alguno, cambiaremos de alguna forma. Por eso yo siempre me pregunto cómo es posible que, dentro de las tantas tertulias, programas de discusión y demás, nunca encuentres hablando personas algo distintas, inmigrantes o musulmanes por ejemplo. Y no sólo sobre religión o inmigración, ¿a caso no pueden tener opinión sobre la formación de gobierno o la corrupción? Por qué motivo se sigue representando una realidad única, monolítica, cuando esta es mucho más variada -en el mundo por descontado- pero en España también. Quizás fuera un buen primer paso para evitar dolores futuros.

Grupos parlamentarios

Al hacerse más complejo el escenario político español, una de las ventajas es que más personas se hacen preguntas sobre los cambios sociales que están detrás y otra que también se interroga al sistema político mismo, sus normas de funcionamiento.

Una de las cosas que últimamente ha llamado la atención -entre las muchas- es que de manera casi infantil se votara secretamente a la elección de la Presidencia del Congreso y no se quiera decir a quién corresponden esos votos. En un teórico sistema transparente (palabra de moda y casi ya sin sentido por saturación) el ciudadano debería saber lo que las personas que ha elegido hacen con su voto de las urnas, más si cabe cuando impera la disciplina de partido en la mayoría de las demás votaciones. La votación secreta puede tener sentido para proteger de represalias de su partido -por ejemplo- al diputado o la diputada que vota en conciencia, pero no para jugar partidas de ajedrez política. El caso es que ya sólo la posibilidad de tener que proteger por sus ideas a un representante público (o a cualquiera) hace que se tambalee la propia conciencia de democracia.

Otra cuestión muy llamativa es el baile en torno a la creación de grupos políticos que se produce con cada elección. Es cierto que está en juego reparto de dinero y ello puede ensombrecer el asunto, pero quitado eso, resulta escasamente comprensible que tener o no grupo suponga limitar la capacidad de hablar, proponer o convocar. Es decir, no tener grupo te deja fuera de muchas opciones políticas, te deja fuera de discutir, no sólo te quita visibilidad en los medios de cara a las siguientes elecciones. La pregunta es ¿a qué queremos que se dediquen los congresistas si no es a discutir y proponer? No tiene sentido, de nuevo en un sistema democrático, que se niegue capacidad de acción y discusión a las minorías que son las que no pueden tener grupo propio. Alguien, con evidente mala leche, podría pensar que pagar a tantas personas y no dejar que actúen (hablen), propongan, formen parte de comisiones… es una pérdida de dinero ¿para qué se les paga, para calentar una silla, para escuchar y apretar un botón según les levanten unos dedos? Claro que sí, las funciones de diputados y diputadas están dadas en la Constitución -dirá alguien- el Libro Sagrado.

Es evidente que es necesario reglas para ordenar cómo se discute y trabaja, toda organización las tiene. Y todo el que haya pensado un tiempo sobre organizaciones sabe que en ellas está una buena parte del éxito o fracaso de las mismas, bien sea en los límites escritos como en los no escritos. ¿Qué tipo de organización es el Congreso, cuál es su misión? sería la pregunta que contestar antes de saber si las normas que tiene son las adecuadas.

Pongamos que su misión es crear espacios y posibilidades, digamos que se trata de la primera organización innovadora del país. Para ello sólo existe el lenguaje, la discusión con otros y otras (cuanto más dispares a ti mejor) que son los dos elementos que estimulan el pensamiento; el estudio y la investigación individual es el otro componente mínimo necesario. Si es algo así lo que imaginamos que esta institución es, desde luego no invertir todo el tiempo necesario en hablar y discutir ideas, escuchando a cuanta más gente mejor, es un mal negocio, y deja de tener sentido negar a nadie formar grupo propio.

Otra posibilidad es que pensemos que el Congreso es un buen sitio para hacer negocios, como al parecer algunos diputados en el pasado así lo han concebido. Entonces bien, nada que objetar, lo importante será el acceso a la información y los contactos, algo menos las ideas y su discusión. Es posible también plantearse que la función del mismo es apoyar o rechazar leyes propuestas desde el Gobierno y de pasada proponer alguna (que tiene muchas posibilidades de resultar rechazada). Sé que así nos explicaban las cosas de pequeños, pero, en serio, qué función es esa de aprobar leyes y presupuestos o controlar al Gobierno y los funcionarios, quién se quiere dedicar a eso sin más. Cierto es que existen personalidades para todo, pero no lo es menos que el humano se siente mejor y es más humano cuando participa en la creación de algo que cuando es mero espectador, imaginar es una característica básica de nuestro cerebro aunque aprendamos a dejarla en un segundo plano.

Se supone que ponemos a parte de las mejores mentes de un país todas juntas en un mismo lugar y ahora vamos y les decimos que su trabajo no es pensar, es hacer lo que se les dice. No es esta una opción rentable, se desperdicia potencial y un espacio privilegiado. Y siendo así, tampoco tiene mayor sentido discutir sobre tener o no grupo parlamentario, salvo por el dinero y poder que puede suponer, no tanto por formar parte de una organización creativa.

Negacionismo

Una de las cosas más desagradables que se han podido ver en estos años de crisis es el intento de negar la existencia de la pobreza, la exclusión y marginación de una parte de nuestra sociedad. Es de dudosa moralidad pública por mucho que se enmarque en estrategias políticas por las que, sobre todo tertulianos y tertulianas, defienden que los datos son falsos o se interpretan mal.

Parecería entonces que ahora conviene recordar toda la serie de datos que muestran a las claras que la pobreza existe en España y sobre todo en el mundo, pero no parece necesario, negarlo es de estúpidos. Tampoco creo necesario afirmar que la situación ha empeorado para muchas personas durante esta ya casi infinita crisis, ni que sea una situación que empezó con la misma, ya estaba en nuestro sistema local y mundial.

Cualquier discusión o planteamiento que no tenga en su origen la preocupación por acabar con la miseria humana no debe poder recibir el nombre de político. Sólo si se asume que pobreza y exclusión no son algo consustancial a la especie se entenderá que la solución es política, que la única razón de ser de ésta y del organizarnos colectivamente es la desaparición del uso de la fuerza (ya sea física o no) para el sometimiento de los unos por los otros; porque pobreza y exclusión no son más que eso.

Claro que los hiper realistas se reirán de planteamientos como este, hablarán de utopías, de que el ser humano es lo que es, de que la historia de la humanidad demuestra lo falso de estos planteamientos, que la política va sólo sobre el poder por el poder o de economía… Estupendo, pero seamos hiper realistas, entonces, para todo, no neguemos la existencia de pobreza y exclusión, digamos que cumplen su función social, la de alimentar a unos y no a otros, la de someter, doblegar mediante el miedo para unos fines. Pero sabemos que el problema de adoptar este discurso de manera abierta, darwinista, tiene mala prensa y es peligroso para los propios intereses de quien lo sostenga, no sea que alguien quiera tomar por la fuerza lo que por el acuerdo no será nunca posible.

¿Qué ganan los voceros del poder negando la miseria de otros y otras, qué ganan diciendo que los datos y tantos trabajos académicos con sus Premios Nobel como máxima expresión son falsos e interesados, que las cosas no están tan mal? ¿Es realmente posible que se lo crean? ¿Cómo pueden explicar lo que una buena parte del resto ve o vive a diario? ¿Quizás como excepciones, situaciones que la gente se merece porque se ha ganado a pulso? Que gobierne un partido u otro no es tan importante como reconocer la realidad y querer cambiarla. Si estos bienpensantes que viven bien, alejados de todo dolor y sus gentes, persisten en su negacionismo, le hacen un flaco favor a los partidos que defienden, a la sociedad y a ellos mismos.

Toros

Antes de comenzar una de las ruedas de prensa tras los primeros contactos para intentar obtener apoyo parlamentario en su investidura, Mariano Rajoy decidió dedicar unas palabras en recuerdo a Miguel Ángel Blanco y otras a los tuits vejatorios sobre la muerte del torero Víctor Barrio.

Con la expectación y por lo tanto potencial repercusión en los medios que tiene una rueda de prensa de un Presidente en funciones que busca ser nuevamente ungido, la elección de estas menciones no es baladí. Y me surge la pregunta sobre si hubiera sido mejor escoger otro tema o enfocar este de otra manera. Por mirar hacia cuestiones cercanas al toro, quizás no hubiera estado mal mencionar el gran esfuerzo y compromiso que tiene la sociedad por eliminar las agresiones sexuales en las fiestas de San Fermín. Como mensaje para la sociedad no se me ocurre mejor ejemplo al que apoyar que esta forma de querer una fiesta y defenderla buscando eliminar de la misma algo que ocurre sistemáticamente todos los años y simplemente no se puede aceptar. Es muy valiente romper el círculo de silencio alrededor del tema a riesgo de que se pudiera cuestionar la propia fiesta y además movilizarse para luchar contra ello.

Por supuesto que hay miles de temas sobre los que poner los ojos de todo el mundo en ese espacio privilegiado que es una rueda de prensa, temas que no son necesariamente de política de partidos, simplemente de interés general. Si se quiere, puede ser una herramienta transformadora. Pero Rajoy no eligió siquiera el recuerdo del torero, que ya habría sido una elección significante, se enfocó en los tuits. Algunos de los mismos no pueden ser más desafortunados, de escasa moral y ofensivos, no cabe duda. Ahora bien, con todo el abanico de posibilidades, centrarse por parte de un personaje con esa repercusión en algo tan negativo, reprobable, con pésimo gusto y minoritario no puede tener más que un efecto perverso sobre los valores y la ética de nuestra sociedad.

Ya se encargarán los medios de dedicarle a este tema páginas y programas como así está siendo, para, sobre todo, desacreditar un todo que cuestiona la crueldad con los animales por una parte del mismo que pierde todas las formas en esa discusión. El error en esos tuits es una oportunidad que los rivales en la discusión social no dejarán escapar, es una victoria incluso si es necesario exagerar la dimensión de lo ocurrido y pedir el ingreso en prisión de los autores o autoras de los tuits.

Claro que -y por ser demagógico- sería deseable una movilización en los medios igual cada vez que se promoviera odio, hostilidad o violencia hacia personas o grupos por motivos “racistas, antisemitas u otros referentes a ideología, religión o creencias…” que también son muestra de inhumanidad.

Tentación utilitarista

El día 15 de junio de 2016, Milagros Pérez Oliva escribió un artículo para El País titulado La tentación utilitarista de la Iglesia Católica. En el mismo critica su publicidad a modo Ikea que pretende destacar la aportación económica de la Iglesia a la sociedad. Al final de su argumentación dice que hacerlo es tan mala idea “como … lo fue en su día la pretensión de algunas entidades humanitarias de utilizar como argumento en favor de los inmigrantes lo mucho que contribuían a la economía”. Creo entender que con los ciclos económicos, lo que un día parece un buen argumento a la vuelta se te vuelve en contra. Pero no termino de ver la idea.

La inmigración en España aportó a la economía (y lo sigue haciendo). No fue responsable del ciclo expansivo provocado sobre todo por la especulación en el ladrillo, pero sin su presencia tampoco habría podido ser como fue, sirvió para retroalimentarlo. La gente venía (y viene) porque había trabajo y pagaban sus impuestos y trabajaban, luego estaban contribuyendo. También compraban o alquilaban sus casas, los libros para el cole, iban de vacaciones favoreciendo el consumo interno… lo mismo que todos y todas las que vivimos en España. Tampoco conviene olvidarse de lo que supuso tener a disposición un trabajo mayoritariamente femenino para el servicio doméstico porque ello también contribuyó a mayor presencia de la mujer española en el mercado laboral; un salto pequeño más que fue posible no gracias a nuestro planteamiento sobre la conciliación. Hubo (y hay) también muchos abusos en sueldos de inmigrantes pero incluso eso contribuyó controlando la subida de costes salariales que, fue un error e ilegal en muchas ocasiones, sí, pero no pocos (los de siempre) se beneficiaron de ello cuando podían haber elegido hacer algo distinto.

Al pincharse la burbuja que todos podíamos ver era algo que tenía que ocurrir aunque no quisiéramos verlo, lo mismo, los inmigrantes siguieron y siguen contribuyendo; no fueron responsables del auge ni de la caída o tanto como los demás. Ahora bien, que alguien opina y opinaba que todo fue culpa suya, que son el problema, claro, tradicionalmente la inmigración es un chivo expiatorio de todos los males, en eso tampoco fuimos innovadores. Por todo ello no entiendo el argumento de Milagros Oliva, no sé en qué se equivocaron las “organizaciones humanitarias” al señalar lo que es cierto; contribuyeron y contribuyen a la economía.

El problema, entiendo, es el enfoque económico de los asuntos. Hoy todo tiene ese mirada, pero de la inmigración siempre se habló en esos términos, había quienes querían justificar lo injustificable mediante el daño a la economía que la inmigración causaba. Las organizaciones humanitarias intentaron desmontarlo. Lo que no podían hacer era apelar a cuestiones humanitarias en contra de argumentos económicos, pues no había, España se beneficiaba de la inmigración y era conveniente decirlo aunque no todos ni todas se lo creyeran.

Pero sigamos hablando de la pasta. Debemos definir lo que es una organización humanitaria porque para muchos lectores en esta idea puede estar el problema. Tal vez parezca que se trata de un grupo de gente con rastas que cree en unos valores extraños o del otro lado ya pasar a los curas. Evidentemente no es ni una cosa ni otra, hay muchos tipos de organizaciones que sería pesado describir aquí. Pero sí, tenemos que hablar del concepto “sin ánimo de lucro”. En este mundo mercantilizado puede resultar algo raro, pero no significa que, por un lado, estén los de las rastas viviendo casi en la indigencia por su alma comprometida y por otro los curas viviendo en la opulencia. Sí significa que hay actividad económica, estas entidades, la Iglesia también, contratan (con bajos sueldos casi siempre y ello está relacionado de nuevo y entre otras cosas con el factor género) pero también tiene proveedores, dan servicios y tienen un mercado de trabajo indirecto a su alrededor, es decir, hay actividad económica que se refleja en el PIB. Cosa bien distinta es que no repartan beneficios y que si los hubiera, lo que se denomina excedentes, se reinvierte en la propia actividad generando más valor. Además y precisamente por la actividad a la que se dedican una buena parte de estas organizaciones, en principio, ahorran unos costes en gastos sociales, primero cuando previenen situaciones más graves y segundo porque son más baratos que las administraciones (de nuevo y no conviene olvidarse).

La Iglesia que es el objeto de crítica del artículo, ocurre que tiene dos vertientes, una por ser Iglesia y dedicarse a lo relacionado con la fe y la educación a ella vinculada y otra por su “labor humanitaria”. Ambas generan actividad económica. Y por ambas recibe dinero del Estado, por tradición cultural y el poder que supone por un lado, y por otro con sus ONG. Por poder se pueden criticar ambas. De una parte la Iglesia tal vez goce de muchos privilegios y tal vez no rinda las suficientes cuentas. De la otra, puede discutirse, no pocos lo hacen, si una perspectiva asistencial, caritativa, de la intervención social es lo que queremos, pues prefieren otra basada en los derechos sociales, pero las ONG de la Iglesia no son las únicas que tienen esa perspectiva en nuestro país, hay muchas otras.

Creo que no se puede discutir que la Iglesia y en concreto Cáritas ha estado en el centro del debate sobre la pobreza y que, a diferencia de muchas otras ONG que no han podido hacerlo por su dependencia del dinero público o por su propia incapacidad de gestión, ellos y ellas enfadaron hasta a un Ministro. Las ONG, en mi opinión, deben mantener la capacidad de enfadar a los poderes públicos, sean del color que sean y esto no ocurre en nuestro modelo, principalmente por el sistema de financiación que debería ser revisado. A parte del no fin de lucro, está la idea de ser organizaciones no gubernamentales.

Ocurre que en casi todas las ONG se ha hablado en algún momento de la idea del retorno de la inversión y decirle a la sociedad lo que cada euro que llega a estas organizaciones devuelve a la misma. Se han realizado algunos intentos con – me temo – poca repercusión. Es un sector sobre el que siempre se habla al final de la lista o de la agenda y está bastante mal tratado. La izquierda, por ejemplo y en general, cree que es mejor incorporar su labor a lo público como servicio, y a veces olvida que ello requiere hablar del modelo de Estado de bienestar que se quiere y de la participación y organización de la propia sociedad, cuna de la izquierda. La derecha acepta que se presten servicios, eso sí, del estilo caritativo y más baratos, como si ello significara necesariamente eficiencia. Las ONG tienen muchas cosas que mejorar y una no es incorporar lo que se les dice desde el marketing empresarial en su quehacer, como han venido haciendo con escasos resultados pese a las promesas. Lo que sí es cierto es que salvo unas pocas, el resto siempre están bailando por unas migajas de presupuesto, lo que limita su capacidad para pensar en soluciones. Y siempre se les reprocha, desde muchos frentes, que no ocupen todo su dinero a la actividad que realizan, como si generar estructuras no fuera la clave para desarrollar e innovar.

Otro debate en esta situación, y mejor para otro día, es cuánto unos y otras, poderes y ONG, están convencidos del todo sobre favorecer que los grupos sociales más desaventajados, los estigmatizados y excluidos, puedan tomar el control de su propia situación y reivindicar por su cuenta; eso podría resultar bastante incómodo para no pocos.

Integración como excusa

En un reciente debate a cuatro televisado, Andrea Levy, del PP, tras mostrarse de acuerdo con la parte humanitaria del tema de los refugiados sirios, justificaba (o eso creo) la lentitud y casi inexistencia de los procesos de llegada a España por la necesidad de garantizar una adecuada integración.

Tal como en estas líneas antes ya he mencionado, no es hoy popular negarse a la acogida de refugiados, ningún partido político, ni político o política suyo, lo hará; unos por convencimiento otros porque no tiene sentido, dada la posición Europea, desgastar la propia imagen.

Por otro lado, la idea de ofrecer garantías de integración es una estrategia interesante porque pretende poner de relieve una honda preocupación por las personas que vendrían; si no somos capaces de conseguir que tengan un trabajo y una vida independiente no sería algo bueno y justo por nuestra parte. Cierto, y si eso, además, no se puede garantizar para la mayoría de personas que ya residen en el territorio, como para ofrecérselo a los que recién llegarían. Una idea así entronca muy directamente con la preocupación por el empleo y los recursos públicos que tiene una buena parte de la ciudadanía que, a groso modo, puede concederle cierta validez al planteamiento de “si no hay para los de aquí como para…”

Buscando más información encontré esta página del PP en la que Andrea Levy aparece en una imagen con el entonces Ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, mientras – parece – este hablaba de integración. Su planteamiento es que “el último eslabón de la acogida siempre es la integración”. Uniendo ambas cuestiones -entonces- acojamos primero y ya veremos en el futuro cómo va la integración, no pospongamos su llegada ante una situación dramática por lo que pueda ocurrir mañana.

Pero a mi entender, también ver la integración como un proceso lineal -de la acogida a la integración- es un error. Si aceptamos eso podríamos pensar que pase lo que pase en la acogida no importa, la integración viene después y es aquí cuando se le da más importancia de la que tienen a la lengua, los valores o el empleo en ese camino en una sola dirección. Para que se produzca integración hay toda una serie de factores que se influyen mutuamente, muchos de ellos, más de lo que se suele considerar, dependen de la sociedad de acogida y empiezan antes incluso de la fase de acogida.

En el segundo debate entre Pablo Iglesias y Albert Rivera para Salvados, por ejemplo, este último quiso establecer una diferencia entre refugiados y refugiadas que huyen de una guerra y las políticas de inmigración, en concreto la medida de retirar la tarjeta sanitaria. La figuras del asilo y la inmigración son distintas, las personas muchas veces son las mismas, pero lo que desde luego sí es dependiente es lo que se haga en un caso y en el otro de cara a la integración. En nuestro día a día social es muy difícil que distingamos en una persona extranjera si es solicitante de asilo o inmigrante, ni recurriendo a si hablan español o no, menos por el color de la piel, tenemos todas las garantías de acertar. Dada la aplicación administrativa y por lo tanto política de los convenios de asilo, son muchos los años pasados en los que personas solicitantes se quedaban como inmigrantes irregulares en España y, como recientemente se ha denunciado (en Italia por ejemplo se viene haciendo hace más tiempo) el número de solicitantes que acaban siendo personas sin hogar es significativo.

La integración es mucho más que las medidas administrativas que se apliquen, es un proceso multicausal que empieza por cómo la sociedad ve y define al otro, siendo menos de lo que se cree un proceso de pura voluntad del que llega, con fases predefinidas. Incluso el peso de las ayudas (muy escasas pero que preocupa mucho y genera cierto resquemor) es menor que el del racismo institucional. En este caso hace más daño a la integración las trabas que pone la propia administración que luego se queja precisamente de la falta de integración.

Tuvimos constancia hace unos días de que Amnistía Internacional Alemania denunciaba el racismo institucional en ese país. No son sólo las agresiones en la calle, el racismo institucional es una forma moderna de racismo, mucho más sutil que la agresión de persona a persona. En el marco de un proyecto europeo sobre asilo tuve oportunidad de reunirme, junto con el grupo de colaboradores y colaboradas, con altos funcionarios de distintos países, Alemania e Italia entre ellos, al margen de España. El racismo institucional se hacía patente en muchas conversaciones y ante nuestras preguntas, y casi siempre empezaba por el tema de la integración. La integración, torticeramente entendida, se ha convertido en una nueva excusa para estigmatizar, prejuiciar y excluir.

¿Estado de bienestar?

Leer los Tres Mundos del Estado de Bienestar de Esping-Andersen (es de 1991) y poner hoy las noticias justo después, puede resultar una experiencia chocante. Para llegar a la definición de sus tipos de Estado de bienestar introduce elementos de análisis que no se habían tenido tan en cuenta hasta ese momento. Viendo la evolución histórica en varios países, nos dice que es importante cómo se forma la clase trabajadora, la formación de una coalición política en la transición de una economía rural a una de clases medias y cómo esas reformas fueron institucionalizando las preferencias de clase y el comportamiento político. De las tres, las coaliciones políticas le parecen determinantes puesto que no es cierto en ningún caso histórico que una clase por si sola, ni siquiera las movilizaciones de las clase trabajadora (cuando era más uniformemente identificada y autoidentificada) y la acción de sus partidos, tuvieran un efecto final decisivo en la formación de Estados de bienestar.

A veces da la sensación de que sobre nuevas alianzas de clase estamos hablando en estos días. Podemos, con su primer planteamiento de transversalidad, se ayudó a conseguir votantes de clases sociales distintas; alianza que en buena parte se mantiene aunque ya no utilicen esa estrategia e incluso con la unión de Izquierda Unida.

Es verdad que muchas personas dicen estar cansadas de la situación política y de políticos y políticas, pero cuando el ruido periodístico-político cesa por un instante, de fondo intuimos que se están discutiendo cuestiones importantes relativas a nuestro modelo de Estado de bienestar. Ejemplos de ese ruido son diarios. Un programa de televisión sobre política, por ejemplo, invitó hace dos días a Susana Díaz para llevarse casi la mitad del tiempo intentando desentrañar su relación y juego de poder con Pedro Sánchez, apelando a las contradicciones sobre lo dicho por unos y por otros, queriendo interpretar cada gesto, lo que no pocas veces parece más un debate sobre un reality, y a lo que estamos tan acostumbradas. El tiempo libre del que ella disponía tras defenderse, lo aprovechó para verter opiniones estratégicas sobre el resto de partidos, en aquel caso tocaba muy especialmente Podemos, y residualmente, defender que su partido es el único social demócrata.

Pero si esa es la norma, no es menos cierto que la ventaja de una campaña tan larga es que ha tenido momentos importantes como cuando se cuestionó la Transición. Si atendemos a Esping-Andersen la posible explicación de la formación del Estado de bienestar en España deber estar muy influida por el tiempo más que de sobra que tuvo Franco durante el cual se hizo, por ejemplo, parte de esa transición de una social rural a otra urbana y se forjaron alianzas de clase determinadas y no otras. También cabe pensar sobre la tan aclamada Transición pues igual, explica el modelo que hoy tenemos y no pasa nada si se cuestionan las alianzas de clase, políticas o la institucionalización de determinadas reformas; no poder hablar de la Transición como de Franco sin despertar pasiones y críticas es un grave error para entendernos y decidir hacia dónde queremos ir. O visto de otra manera, cuando los ataques son tan frontales a quienes se atreven a mencionar cualquiera de esos dos temas, invita a pensar que algo de fondo existe, tal vez de un cambio de modelo se puede estar hablando y ello incita el nerviosismo.

La lógica -nos dice el autor- es que lo mismo que se puede utilizar para entender la formación de un Estado de bienestar se puede usar para evaluar su posible desaparición. Y consigue desmitificar la idea de que cuando el gasto social se considera muy alto o se cuestiona la subida de impuestos se den retrocesos en el Estado de Bienestar, es justamente lo contrario. Los riesgos para el Estado de bienestar están, en realidad, en el carácter de clase del mismo. Los basados en la lealtad de las clases medias tienen más fortaleza que los liberales (que en principio son los menos) que se apoyan en la lealtad de una clase social de menor tamaño y también con menor presencia política que no poder. Atendiendo a nuestra realidad española y que justo existe una crítica al excesivo gasto y los excesivos impuestos (siempre por debajo de los de otros países europeos) y si Esping-Andersen tuviera razón, no queda otra que pensar en que nuestro modelo bien podría ser el liberal y las alianzas de clase para sostenerlo no son tanto las de las clases medias. La cosa parece seria, pero encaja y siempre hemos albergado esa duda ante la postura de la mayoría de los grandes medios de comunicación que, en conjunto, parecen un rodillo.

Otra cosa que quiere desmitificar es que el Estado de bienestar garantiza la igualdad. Puede ayudar pero no cabe obviar que genera su propia estratificación social en función de circunstancias de clase favorecidas en cada caso. En las sociedades precapitalistas -argumenta- al no depender de la venta de nuestro trabajo, los individuos todavía no éramos una mercancía. La introducción posterior de los derechos sociales supuso un intento de desmercantilización bajo la idea de que una persona no dependa sólo del mercado para ganarse la vida. Ahora bien, resulta que la asistencia social o la seguridad social no necesariamente libran al individuo de su dependencia del mercado, como bien sabemos. Tal y como están planteados o bien trabajaste antes o bien tienes que demostrar que eres realmente pobre para tener acceso a recursos, normalmente y además, muy insuficientes y con mecanismos de estigmatización; cualquiera de las dos alternativas están orientadas a que se prefiera depender del mercado salvo que no tengas otra alternativa por alguna circunstancia grave. Ciertamente esto varía entre los distintos modelos que propone, tiene grados.

El Estado de bienestar no nació del buenismo, obviamente, ni de gráciles concesiones de las clases privilegiadas sin más, los equilibrios de poder, las contradicciones y alguna que otra consecuencia no querida también, fueron determinantes. Los razonamientos de los primeros liberales, en su contexto histórico y por ejemplo, fueron revolucionarios, progresistas si se quiere, pero no cabe olvidarse que vivían en sistemas opresores de las libertades, de la empresa (hoy emprendimiento) y muy corruptos; estados que defendían privilegios absolutistas mientras ellos veían que el mercado podría llevarnos a la libertad y la igualdad. Es curioso, pero no lo es menos que una vez apareció la industrialización, muchos de ellos vieron, de paso, que la democracia podría ser un problema para el mercado pues las masas detectaban en ella una forma de revertir el sistema de privilegios. No pocos liberales defendieron el absolutismo y el patriarcado como formas de garantizar el mercado sin lucha de clases, así el sistema productivo no se basaría en la competencia sino en la disciplina. En las mentes de muchos entonces (y hoy todavía), clase y estatus eran algo dado, natural, si se permitía cuestionar eso, el orden social colapsaría. Tampoco cabe olvidar la desconfianza que tenían los marxistas hacia la democracia puesto que sólo era un envoltorio vacío que se podía usar para sostener las diferencias y la dominación de unas clases por otras. Desde luego el camino no ha sido fácil hasta llegar a los modelos actuales.

Hemos visto, fugazmente, que el tema de las rentas universales y similares ha aparecido durante este prolongado periodo electoral, también que prestos han estado muchos a casi criminalizar por inviable económicamente la idea. La desmercantilización fortalece a los trabajadores y le quita el poder absoluto a los empleadores, razón por la que estos se han resistido siempre. Desde luego hay quien opina que si le ofreces a alguien la posibilidad de no depender del mercado y no trabajar, no lo hará. Por un lado y en las condiciones laborales actuales bien puede ser cierto, desde luego las empresas tendrían que hacer un cambio en sus planteamientos y por eso es comprensible que se resistan a cualquier cosa que les quite el poder absoluto tal como hoy ocurre y esto incluye el pleno empleo que no les interesa.

Hoy, frente al argumento de la disminución del desempleo se utiliza el de la precariedad laboral, si bien lo hemos vivido otras veces antes en los últimos 40 años. Siendo esta última cierta, ocurre que el problema se enfoca demasiado hacia el necesario aumento del consumo para mantener la economía, cuestión que se podría matizar y no se hace porque se basa en la lógica que en los últimos años nos ha dominado por medio de los economistas de cabecera que es la de la linealidad de la economía; si haces A pasa B, si tiras de aquí sube de allí y de repente vemos que no ocurre. Pero hay un enfoque que se da menos y es el de que existe una clase social asalariada que se deja la vida en entornos laborales hostiles, violentos, de relaciones coactivas y viciadas donde lo más suave que puedes escuchar es que esto no es una democracia y yo no he venido aquí a hacer amigos. Antes eran una clase social, los de cuello blanco, con cierta identificación y simpatías políticas, hoy puede estar más fragmentada, diluida, con menos poder y representación política, pero el sentido de su voto es clave y resulta que muchos y muchas, hartos, son aliados estratégicos de Podemos. Pero se equivocan los que tienen como modelo el que no se pueda prescindir de un trabajador porque resulte caro, el punto de equilibrio sería mejor cuando el trabajador o la trabajadora pudiera decir, me voy porque lo que me ofreces no es satisfactorio, o no te aguanto, o tus chanchullos no me gustan y no sólo me ofrecen otras cosas mejores sino que puedo elegir.

Otra cuestión interesante y de actualidad también en el debate de ayer mismo es que el único régimen que se compromete de igual manera con el trabajo y el bienestar es el social demócrata. En principio acepta que el derecho al trabajo es igual que el derecho a recibir unos ingresos sin trabajar. Obviamente para lograr la desmercantilización es necesario acabar de manera eficiente con muchos problemas sociales de tal forma que la mayor cantidad posible de personas trabajen y no quieran ejercer su derecho a las trasferencias sociales. O bien, como decíamos antes, permitir que las transferencias sociales inviten a depender del mercado. Y aquí es donde el desempleo se convierte en el meollo de la cuestión, de nuevo, el desencanto con la social democracia. Lo que cabe pensar es que el modelo de pleno empleo que se tenga es parte integrante del modelo de Estado de bienestar. Igual que se quiso dejar de hablar de las clases sociales también se quiso dejar de lado, por inviable, la idea de pleno empleo, ambas cuestiones manipulaciones técnicas muy interesadas en la construcción de relatos.

No es casualidad nuestra serie histórica de tan alto desempleo (no trabajamos menos, ni peor, ni somos más tontos que en otros países), es parte del modelo y en el juego de poderes beneficia a unas clases más que a otras, lo sabemos todos y todas. Se puede cambiar sólo cambiando el modelo de Estado de bienestar y es comprensible que los que se han beneficiado del actual, muchos sus mayores críticos, se resistan. Pero Esping-Andersen de alguna forma nos tranquiliza a todos y todas, en realidad nada se hace en la definición del Estado de bienestar sin la participación decisiva de conservadores, liberales y católicos, la izquierda sola no ha sido capaz hasta ahora y no parece probable que lo sea. Tendrán que ver, probablemente a la fuerza, que acabar con ciertos privilegios de clase que se vienen manteniendo les beneficiará más todavía, pero de paso al conjunto de la sociedad. Es como su argumento del ser humano en busca del propio beneficio, beneficia de paso a la sociedad pero al revés. Esto no es un juego de suma cero, el Estado de bienestar no lo es (existe el efecto multiplicador que ya Keynes argumentaba) de tal forma que lo que te quito a ti no es lo que yo gano, el modelo tampoco es la final de una competición de fútbol donde sólo puede ganar uno.

Si no llega ese momento de entendimiento, cabe pensar que la otra posibilidad es la desaparición del Estado de bienestar, no que en torno al mismo mantengamos el debate y la necesaria para avanzar tensión. La cuestión es que los únicos que amenazan con su desaparición son los que defienden más mercado frente al estado, que son pocos con mucho poder. Pero es una posición de fuerza para lograr sus intereses, en realidad todos y todas sabemos que el estado favorece al mercado, que no todo empieza en el mercado, que los que defienden más mercado bien se benefician y utilizan al estado y, en definitiva, que mercado y estado están dependientemente relacionados. Habrá que hacérselo ver.

Ver: El momento populista
Contestación a Susana Díaz: ¿qué es la socialdemocracia?
¿Socialdemócratas?
¿A quién pertenece la socialdemocracia?