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Señor Corcuera

En la Sexta Noche se entrevistó el sábado 10 de febrero a Corcuera. Entre muchas de sus lindezas criticaba a los que -dijo- se creen de izquierdas y no han trabajado en su vida, la primera vez que han cotizado por cuenta ajena es con su sueldo de diputados o algo similar a esto. Yo tengo en la familia, señor Corcuera, a un hombre al que le faltan unos meses para cumplir los treinta y este año es el primero que tiene un trabajo por cuenta ajena, y casi un trabajo se podría decir. En negro algunos le han ido saliendo, casi tantos como las veces que no le han querido pagar sin presionar y ponerse pesado con el empresario de turno. ¿Qué tipo de argumento es el suyo? ¿Qué nos quiere decir? Seguro, no lo sé ni me importa, algún caso de los que usted menciona exista entre los parlamentarios y parlamentarias, a derecha e izquierda, y no sé qué tiene de malo, se supone que es un trabajo digno, pero ¿no le hace, además, pensar? ¿A caso está diciendo que los jóvenes son unos vagos y acomodados o sólo esos jóvenes de unos partidos muy concretos? El problema, creo, es que vive en una España distinta de la que yo veo, cuestión que, me parece, comparte ampliamente con una parte de la derecha de este país.

Verá, dejé de votar al PSOE, si es que alguna vez lo hice en la pubertad, por gente como usted, por toda su generación de dirigentes socialistas en realidad, incluido -y el primero- el que fuera tantos años Presidente que además y con el tiempo, indicios da de haber empeorado. No puedo sino alegrarme por ese partido que tiende a desaparecer que usted entregara su carné; seguro que más de un peso de encima quitó con su decisión. Si ser de derechas es muy normal, no pasa nada, pero le ahorró el trago de tener que decírselo a alguno de sus antiguos compañeros.

En su discurso arremetió contra los sindicatos, con un argumento peregrino, contra la izquierda, incluso contra la que no lo es tanto como su antiguo partido, pero casi alabó a los que quedan en la derecha. A cambio, ni una critica social, ni una sola mención a la situación que hemos vivido y vivimos, ni un gesto hacia gente como esta persona de mi familia y tantísimas otras que sienten la frustración más absoluta ante la falta de oportunidades desde hace muchos años; toda su vida en realidad.

Estuvo flojo señor Corcuera. Le faltó ensalzar a los bancos, a los corruptos y al pensamiento noeliberal de la oferta y demanda, la competencia (entre los pobres) y la flexibilidad (que en realidad significa precariedad). Puedo entender que a usted y los suyos les falte un poco de cariño y de reconocimiento por lo que hicieron en su época. Pero así no lo va a conseguir, su discurso parece que está lleno de revanchismo, ego y es muy poco inspirador.

Una crítica importantísima a la izquierda, muestra de la degeneración de la juventud -supongo- fue al folleto de Zaragoza, vaya tela. Y, por supuesto, a que se pueda utilizar portavozas. El lenguaje es importante, no descubro nada ahora, para la construcción de realidades. Lo que usted no alcanza a entender es que para algunos, también hombres, el movimiento feminista y de clase es una esperanza. Cuando hablo de clase ya sabe a lo que me refiero aunque tal vez tenga que bucear en sus recuerdos. Estoy de acuerdo en que con esos gestos simbólicos no es suficiente, tal como argumentaba. Sigue haciendo falta que al movimiento feminista de clase incorpore la etnia, la nacionalidad, la discapacidad, el lugar de nacimiento… y sea determinadamente internacionalista, precisamente porque siguen existiendo pensamientos como el suyo. Criticó a Pablo Iglesias por lo del macho alfa, bien, merecido, pero usted no pocas veces tuvo esa actitud a lo largo de tan corta charla, siento decirlo.

Y es verdad que una parte del movimiento sindical ha perdido el norte, debo también darle la razón en esto, pero no tanto el que usted indica como tal. Su argumentación en contra de los sindicatos fue tremenda, resulta que si la precariedad aumenta los que por vergüenza deberían dimitir son ellos y ellas. Hombre, se puede hacer mejor, pero parece más bien apuntar en la dirección equivocada o en la misma que sospechosamente tienen los que brindan por causar la precariedad.

Su crítica a la izquierda por medio de Varoufakis fue de lo más sorprendente. Si yo no lo entendí mal, simpatizar con las ideas de un hombre al que no dejaron que las llevara a la práctica, es igual a no merecerse existir. Hubiera estado bien escuchar algún argumento en contra de las pecaminosas ideas o a favor de las opuestas, no sé, porque no resultara un pensamiento en exceso simplista. Que no le gusta la izquierda es obvio y está bien, es la salsa de la vida, pero alguna idea para argumentarlo e instruirnos…

Su aportación intelectual fue bastante escasa, debo decírselo, nada inspiradora -insisto- como de un hombre de su edad y trayectoria sería de desear y claro, deja la puerta abierta a que alguien dude, vista la caterva de ex Ministros y Presidentes que aportan tan poco al país, si realmente en su momento sólo tuvieron suerte porque no había otros perfiles. El caso es que cuando empiezan a hablar con la libertad de no tener cargo, algunos no dejamos de asustarnos y sentir la tentación de explicar lo que hoy ocurre precisamente porque estuvieron ustedes gobernando.

Todos tenemos un pasado que superar, el suyo, tal vez, el de la patada en la puerta. Pero aquí voy a decir que le honró dimitir, aunque tendría que haber sido por lo que proponía, no tanto porque no gustase. Y aun así, debo reconocer, que era una nimiedad si lo comparamos con lo que ahora nos meten en las leyes, como si aquella fuese sólo el comienzo.

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Lo menos malo

Resulta que se producirá un debate de investidura, un partido dará su no y a las pocas horas se abstendrá; más o menos. De tal forma ya hay una decisión tomada, ya se conoce el resultado desde que ese partido expulsó a su líder y todavía se sigue perdiendo el tiempo. Y entonces me encontré con estas palabras.

Los políticos dicen que debaten horas perdiendo el tiempo en cosas que ya están decididas. No escuchan a la gente. Tienen prisa porque deben rendir, poder tener poder y tener dinero. Eso es todo lo que les importa: son animales salvajes. Dispersos, distraídos. No estudian nada.

En ese mismo texto de José Manuel Orozco y que hace una interpretación de los libros del filósofo Byung – Chul Han, también aparece una interesante reflexión sobre la innovación. Esta puede perfectamente partir del aburrimiento, de hacer y ver siempre lo mismo.

Empero, no todo aburrimiento es malo. En realidad, alguien puede aburrirse de caminar y caminar, y posiblemente después de un tiempo se preocupe por cambiar su forma de caminar. Se puede tornar innovador. Es decir, contempla con aburrimiento, fijamente, una serie de acciones y las modifica. Pero el que está disperso no contempla, pasa de una acción a otra con torpeza. No innova nada. (ver en su contexto)

Con nada que hayas vivido unos pocos años te darás cuenta que ya antes se ha hablado de cambiar la ley electoral, de que las pensiones no llegarán, del envejecimiento previsto y la baja natalidad, de los independentismos, por supuesto del paro y sus soluciones -ya las has escuchado antes-. También de corrupción y de cómo solucionarla, por supuesto de la independencia de los poderes, de reformar la educación con un gran pacto aunque puede que lo políticos no estudien, de recortes de lo público, de la desunión de la izquierda y el grupito unido de la derecha, de la libertad de conciencia o la disciplina de partido, de la Transición o de la República, de la desafección política… en serio qué aburrimiento.

Es difícil saber si los políticos se están ya aburriendo también y buscarán alguna fórmula distinta, tal vez deberían buscar alguna consultoría de gestión del cambio que está tan de moda, pues el resto de la sociedad va en camino. Lo que sí se puede decir es que cuando te venden una solución como la menos mala, al final todos y todas perdemos, también los propios partidos políticos. Lo mismo ocurre cuando votas al partido que consideras el menos malo, lo haces peor. Igual si sostenemos que la democracia es el menos malo de los sistemas conocidos. ¿En qué otras circunstancias de la vida queremos optar por lo menos malo?

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¿Qué hemos aprendido?

Si escuchamos en una organización española, a un presidente o alguien con mucha responsabilidad diciendo en público cosas como somos los mejores en esto o los que más tenemos en aquello, por norma general debemos permanecer atentos y atentas. Puede ser hasta cierto, con datos objetivos en la mano, y la cuestión no es tanto si esos son los datos adecuados para medir la afirmación cuanto si sólo son buenos en una cosa y permanecen descuidados otro montón de aspectos.

Conocí una organización que era la que más presupuesto de España y quizás de Europa manejaba para el desarrollo de algunos de sus proyectos. Esto era casi cierto cuando lo decían. Lo que no decían tanto era que en ese sector apenas había competencia, pero sobre todo que los conflictos internos eran muchos y el clima malísimo. Acumulaban denuncias por motivos laborales y sus redes sociales estaban plagadas de comentarios negativos por los servicios que ofrecían y por la contradicción entre su misión y el trato a los trabajadores y trabajadoras. A nadie se le escapa que no tener a penas competencia y por lo tanto mucha solvencia económica es un buen motivo para hacer mejor las cosas, sobre todo porque puede que algún día la tengas y con muy poco perderás todo tu mercado.

Ser el mejor puede ser un objetivo muy legítimo, en principio digamos que todas las organizaciones deberían aspirar a ello, la cuestión es cómo defines ese “ser el mejor”. Serlo en un único aspecto, por ejemplo el volumen de negocios, quizás no sea suficiente y se deba medir por lo completa y compleja que es tu organización. Ser mejor puede referirse a no ser el que más destaca en un aspecto sino al que lo hace -cabe que no con tanta brillantez – en muchos a la vez. Una organización así en realidad es más fuerte, está más preparada para cualquier adversidad, pero también para introducir cambios e innovaciones.

Según ha ido evolucionando la crisis que empezó en 2007, cada vez es más frecuente escuchar organizaciones diciendo que se han desviado de su misión y que ese es su principal problema. En consecuencia se afanan en volver a la misma, en dejar de tener como único objetivo ingresar dinero, siendo lo normal que ya hayan intentado la vía de la innovación antes; a fin de cuentas está de moda. La lógica que muchas de estas organizaciones han seguido al ver que el negocio desaparecía, que cada vez era menor la posibilidad de tener el margen de beneficios deseado, ha sido empezar por la reducción de costes laborales y la innovación más o menos en paralelo. Esta doble estrategia ya sabemos que no funciona, por motivos obvios, es raro, pero las personas piensan peor cuando tienen miedo. Lo que trasladaban era “la cosa está fatal, el futuro es muy negro, tenemos que pensar (innovar) cómo atraer dinero”. A veces se adornaba de la dañina frase “la crisis es una oportunidad”. Entonces se hacían recortes, aumentaba la presión interna y se decía que había que pensar cómo recaudar para evitar todo aquello.

El problema fundamental es que no vieron que ya no había sitio conocido al que volver, el sistema se ha descompensado, muchas de las relaciones y reglas conocidas ya no están y la inestabilidad en busca de un nuevo equilibro es patente todo a nuestro alrededor.

“El problema no es adoptar un nuevo modelo mental sino deshacerse del antiguo”.
DEE HOOK (diseñador del sistema VISA)

Desde luego hay muchas inercias y seguirán estando por tiempo, lo cual permite que no pocos vean la luz al final del túnel después de haber sobrevivido a estos años. Se escucha menos decir que la crisis les sorprendió poco preparados, con escaso desarrollo interno en esto o aquello que hubiera ayudado a superarla. Es sorprendente mirar a muchas organizaciones y ver que los problemas que ya se planteaban antes de la crisis son los mismos que siguen teniendo, es decir, pensar que esta ha servido de acicate para afrontarlos y resolverlos no concuerda siempre con la experiencia. Muchas han tenido cambios sí, algunos muy dolorosos, pero siguen con los mismos problemas de fondo y lo peor es que ya ni siquiera sirven para afrontar el nuevo escenario. La crisis tampoco les planteó la opción de hacer ese trabajo que tanto hubiera ayudado, en realidad parece que ningún momento es bueno para el mismo, ni la bonanza, ni la crisis y esa es la clave del asunto. Empresas y organizaciones, al igual que la política, lo más frecuente es que sean cortoplacistas, miran al siguiente trimestre. No se suele ser consciente de que se está en un periodo de bonanza, sólo que se está en crisis.

Lo cierto es que el futuro a largo plazo es bastante impredecible, por muchos planes estratégicos que se quieran hacer, estos no dominan a aquel. Lo único que podemos saber con cierta certeza es que el desarrollo interno de una organización es la mejor inversión de cara al futuro, sea este el que sea que venga. Pero no, no es lo habitual, a mayor inestabilidad del entorno mayor atención también al mismo y a menor inestabilidad también. Nuestra organización puede influir en el entorno o aprovecharse del mismo, pero mucho más puede influir internamente y siempre, cosa que, quizás por obvia, nunca aparece lo suficientemente encima de las mesas de las grandes decisiones organizativas, salvada la excepción de cuando es para recortar gastos o producir más.

Podría parecer que de lo dicho se desprende la idea de tierra quemada, empezar de cero o una visión apocalíptica; tal vez una visión negativa de las organizaciones en general. No es cierto, el futuro se construye sobre el pasado y da igual que hagamos juicios sobre si el pasado fue bueno o malo, el caso es que sabemos que no volverá (nunca lo hace por definición) y todos y todas coincidimos en que queremos un futuro mejor. Y sobre lo que es un futuro mejor también existe un acuerdo social más o menos amplio, una idea del mismo compartida. Pero si hacemos caso a la filosofía oriental, el tiempo se mide en lecciones aprendidas no en días, meses y años. ¿Qué hemos aprendido? A tenor de que pocas organizaciones se vuelven hacia dentro, aumenta la presión sobre la personas, se amplía la brecha laboral, se vuelve al miedo para gestionar cada vez con un poco más de fuerza y se utilizan técnicas y pensamientos ya superados, poco hemos aprendido.

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