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Drogas III

El debate sobre la legalización del cannabis es de esos que dan dolor de cabeza a quienes se encargan de las políticas públicas. Cada vez son más las voces contra las mismas en materia de drogas porque durante al menos los últimos 50 años priman en el mundo aquellas que causan bastantes más daños a las personas que beneficios a su salud y eso, para una política pública, es un tema muy serio. El reconocimiento del fracaso de la denominada “Guerra Contra las Drogas” y por extensión de las posturas prohibicionistas cada vez atrae más consenso.

Si aceptamos que el prohibicionismo y su hermano más cruel la Guerra Contra las Drogas han fracaso (como ya se intuía desde el principio porque había precedentes) y que por el camino siguen dejado una huella de dolor humano imborrable, quizás no pocas personas piensen que no tiene sentido oponerse a la regularización del cannabis, si cabe aunque sólo sea por emprender un camino ligeramente distinto al seguido hasta ahora. Pero no debemos auto engañarnos ni jugar a las palabras, regularizar significa legalizar primero y luego permitir el consumo, ya legal, bajo determinadas condiciones, por no generar desde el principio más dudas, como si hubiera una solución intermedia.

https://www.elmundo.es/internacional/2018/09/09/5b9408b2e5fdea6a3e8b45b2.html

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2018-06-08/guerra-contra-drogas-espana_1574353/

https://idpc.net/es/publications/2018/10/balance-de-una-decada-de-politicas-de-drogas-informe-sombra-de-la-sociedad-civil

Un caso que gusta mucho mencionar a la mayoría de prohibicionistas y a nos pocos regularicionistas es el del tabaco. No se puede negar que ciertos éxitos se han conseguido en la reducción del consumo de dicha sustancia, pero tampoco que los mismos se deben, en muy buena medida, a que es y siempre ha sido una sustancia legal sobre la que se podía -precisamente- regular. ¿Qué evita que alguien piense que ese es el camino para otras sustancias, legalizarlas primero y regularlas después o la vez? Esta es, parece, la mayor oposición que ahora ponen los prohibicionistas en el debate sobre el cannabis, les preocupa y con razón, que si se permite hablar sobre una sustancia, lo siguiente sea hacerlo sobra otra o todas las que ahora se consideran ilegales. Les preocupa, principalmente que se discuta.

Pero desde el momento que ya se habla del cannabis se encuentran con una trampa, pues han estado insistiendo en que la baja percepción de riego de consumo de esta sustancia era un error, la misma es dañina y peligrosa como lo son todas ¿no es el mero echo de hablar sobre su legalización y no de otras, una asunción de que hay sustancias más y menos peligrosas? ¿es que acaso se debe legalizar en función de la peligrosidad? ¿no nos han insistido muchos en que, por ejemplo, el alcohol es la peor de todas siendo que es legal? Lo cierto es que nadie ha tendido esa trampa a los prohibicionistas, es fruto de sus propias contradicciones desde el principio y sobre todo, de insistir en ellas largo tiempo en una huida hacia delante.

Es verdad que el debate sobre la peligrosidad para la salud de una sustancia es también largo y no se puede simplificar. La única verdad es que las drogas repercuten siempre negativamente en la salud, incluso las que curan, puede ser a corto, medio o largo plazo, depende de la frecuencia, el cuerpo que las recibe, el contexto social, puede o no que el remedio sea peor que la enfermedad… y miles de consideraciones más. Pero precisamente por ello, cabe preguntarse si la peligrosidad de la sustancia debe ser parte del debate, porque entonces ya nos vemos obligados a hacer un ranking, de las menos a las más peligrosas y acabaremos en un punto que conocemos, los prohibicionitas serán partidarios de prohibir hasta el Ibuprofeno y los legalicionistas volverán a que el café debe ser parte también del debate (y eso que el que el café desapareciera de las discusiones sobre sustancias hace años no deja de tener su miga). Otra inquietante pregunta trasluce del mismo planteamiento, ¿acaso la perspectiva de la salud ayuda en la discusión sobre las drogas? Es este, de momento, un anatema y lo dejaremos.

Es posible poner el análisis de la peligrosidad sobre la mesa, discutir eternamente sobre el propio concepto de peligrosidad cuando de drogas hablamos, perpetuar así el debate, que quizás los prohibicionistas acaben cediendo en el cannabis, pero el fondo, si ese es el camino que se elige, lo importante para la humanidad continuará sin abordarse. Y es que el tema va más lejos que el que alguien tome una sustancia legal o ilegal, todo ser humano, en algún momento y si tiene suerte toma alguna, el debate es sobre las sociedades que queremos y cómo nos relacionamos con otros seres humanos y sus decisiones. Puede que algunos prohibicionistas de toda su vida se encuentren ahora abatidos por los derroteros que parece toman los acontecimientos y las reflexiones, como si su vida, obra y dedicación al bienestar de los demás se derrumbara por un rumbo que claramente ven equivocado. No es el momento, la discusión puede trascender a las drogas y formar parte, al fin, de otra mayor sobre el futuro de la humanidad, deberían aprovechar la ocasión pues en el fondo es la que han estado esperando toda su vida, quejándose de que el tema de las drogas -decían- no interesaba a nadie de verdad.

Por no llevar las cosas a la filosofía, el misticismo o la utopía, dejémoslo en que parece que la discusión todavía tiene mucho recorrido aunque cada vez es más urgente y no se puede olvidar que frente a sus aparentes contradicciones, los prohibicionistas tienen casi todo el poder en las decisiones sobre este tema, en cualquier momento pueden elegir no debatirlo y así no seguir exponiéndose. O pueden, como el que oye llover, actuar como les parezca.

Pese a todo, lo cierto es que no sabemos las consecuencias sociales que podría tener una legalización de las drogas desde este punto en el que nos encontramos, con el prohibicionismo totalmente arraigado y normalizado, sólo sabemos algo de lo que no ha funcionado y -no conviene olvidarlo- el daño humano que esas decisiones han causado (existen voces que incluso piensan que en algún momento se puede llegar a pensar en condenar a quienes iniciaron las políticas de la Guerra Contra las Drogas porque si no eran conscientes del daño a la humanidad, lo vieron en seguida en insistieron pese a ello). Y tampoco lo sabemos todo -si es que eso fuera posible- porque las posturas políticas previas a abordar un tema, han condicionado, como siempre hacen, las formas de medir y de mirar el mundo. Se podría pensar que tenemos mucha información e investigación sobre drogas, pero como ya discutimos en otro lugar (I, II), ni es tan buena, ni es tan objetiva. El lobby prohibicionista se ha encargado de sesgar lo que podemos saber con sus lustros de poder y además se han encargado de crear otra trampa, la de la evidencia científica, con sus expertos y expertas en drogas para institucionalizar sus planteamientos a priori.

Llegados a este punto, conviene volver al principio porque tal vez alguien no coincida o no entienda la posición de partida por la que la Guerra contra las Drogas y el probicionismo han causado tanto daño y fracasado. Cuando, desde una perspectiva fundamentalmente medicalizada, nos ofrecen datos -normalmente con muchos porcentajes como manda la evidencia científica ortodoxa-, de las consecuencias negativas que tiene el consumo de cualquier sustancia, incluidos el alcohol y el tabaco, en la salud de una persona, tienen razón en lo fundamental, las drogas son malas para la salud, nos reafirmamos en este punto y no lo vamos a discutir. Cuestión bien distinta es que persiguiendo a quienes las consumen, bien directamente con medios policiales y judiciales, bien indirectamente creando o manteniendo prejuicios sociales, el consumo disminuya, cosa que -también de manera general- parece más bien al contrario. Tampoco lo ha hecho persiguiendo a los productores de las sustancias (normalmente agricultores buscándose la vida), ni a quienes trafican con ellas, siendo la consecuencia de esto último que las cárceles se han ido llenando ya no tanto de grandes mafiosos como de pequeños vendedores y vendedoras y quienes se encargan de llevar las sustancias que si, habitualmente, ya tenían una vida precaria, el encarcelamiento no ayuda a cambiar esa situación. Por no hablar de aquellos países que están o han estado en un conflicto armado contra los narcotraficantes, con incontables bajas humanas (más que las directamente relacionadas con el consumo), mientras y para colmo la producción de sustancias seguía creciendo. Menos de aquellos países y gobernantes o futuros gobernantes de otros que son partidarios de la pena de muerte o directamente el asesinato de quienes consumen o trafican, pese a que vaya en contra de los Derechos Humanos y lo que es más importante, de la mínima humanidad; el mayor de los fracasos.

La otra cara de la moneda en el argot de quienes se califican a sí mismos como expertos y expertas, es la de la reducción de la demanda, aquellas medidas y acciones por las que se espera reducir el consumo y por lo tanto y como consecuencia que así se dejen de producir drogas por falta de demanda, a parte de mejorar la salud de las poblaciones. Pues bien, cuando las sustancias son ilegales el éxito de la prevención es difícil de determinar, aunque no es menos cierto que la inversión en ella es enormemente baja (sobre todo comparado con el que se destina a la Guerra Contra las Drogas) y resulta complicado distinguir si la falta de medios (y casi siempre de ideas) es la causa primera o realmente la prevención del uso de sustancias ilegales no se aborda metodológicamente bien. Quizás ofrecer información, pero no toda, sólo aquella que pone de manifiesto lo malas que son las drogas, sin poder además regular su uso legal, no tenga más recorrido. Y es que a nadie se le debe escapar ya a estas alturas que gran parte de las limitaciones para prevenir, es que no se puede actuar directamente sobre las sustancias que son ilegales, están fuera, por definición, de alcance. ¿Cómo se previene a alguien de que no haga algo que no puede hacer?

Imaginemos, por imaginar, que queremos poner un punto de información y análisis de sustancias en una fiesta, para evitar (a veces a esto lo llaman prevención de riesgos, otras de daños y hay quien no lo considera estrictamente prevención) que la gente que asiste consuma sustancias adulteradas, que sean otra cosa de lo que creen y pagaron o simplemente que lo hagan en las mejores condiciones posibles de cuidado y conocimiento. Una primera pregunta que algunas personas se hacen es si esto sería necesario de estar las sustancias disponibles legalmente. Lo del conocimiento y cuidados nunca estaría de más, pero seguramente si no tuvieran que esconderse para comprarlas, sería más fácil proporcionarlos.

Pues bien, en nuestra situación inicial sin el último inciso, ahora la fiesta cuelga un cartel de prohibido consumir drogas dentro del recinto que es todo lo que puede hacer. De tal forma ese punto de información que queríamos poner, por ser mínimamente coherentes, ya no permiten -sus organizadores- que esté dentro, puesto que está prohibido consumir y sería ridículo por innecesario. Asumen que por prohibir algo no se producirá aunque en realidad nadie cree eso, sólo se lavan las manos ante posible repercusiones legales, derivadas de las posturas prohibicionistas. Las personas que asisten pueden, no consumir, hacerlo fuera y entrar o hacerlo dentro saltándose la prohibición en el caso de que existiera -y siempre existe-, posibilidad de que no te descubran y expulsen de la fiesta. Así pues, en este ejemplo que nos hemos inventado, la primera prohibición, la general, afecta a la segunda, la particular y ambas a los consumidores o potenciales consumidores. Si se ven afectados para bien o para mal, sólo depende de su decisión previa de consumir o no hacerlo. No tenido intención de consumir no hay más de lo que hablar, es para bien, pero en nada han afectado las normas. Si deciden hacerlo, parece que las prohibiciones están aumentando sus posibilidades de daño, sin negar que estas ya son unas concretas sólo por decidir hacerlo. Por supuesto y aunque tengan el punto de información pueden decidir pasar del mismo, pero si este no existe, sus posibilidades de elección se reducen a cero, después, lógicamente, de tomar la de consumir. Al final da la sensación de que salvo en la situación ideal que nadie quiera consumir, en el resto, los riesgos son mayores, tanto como menores las opciones que se limitan por las prohibiciones.

Por alguna razón, las posturas prohibicionistas defienden que tener más opciones incide directamente sobre la decisión inicial de querer consumir, ampliándola. De alguna forma el argumento es parecido al de quienes creen que son las posibilidades de empleo las que inician un movimiento migratorio hacia un país. Una posible solución, siguiendo esa lógica, sería eliminar las posibilidades de empleo en dicho país y evitar así que fuera al mismo la gente buscando ampliar sus opciones. La más usada, no obstante, es prohibir la entrada con las consecuencias que ya conocemos. Otra, tal vez, pase por pensar que el origen de su decisión, se basa en que la persona considera que no tiene opciones en su país y ya en el segundo paso, busca dónde cree que tendrá más. Este pequeño -y tonto, lo reconocemos- ejercicio anterior, quizás y no obstante, nos pone ante el fondo de los esquemas bajo los que una y otra postura reconocen su mundo. Es contra intuitivo pensar que por tener más opciones de consumir drogas se consumirá menos, como choca con una parte de la experiencia practica que tener menos opciones lleva también a consumir menos.

Salvo que no pensemos que tener más opciones es mejor que tener menos, en la vida en general, y en el ejemplo en particular, los prohibicionistas, seguramente con toda su buena intención, la mayoría al menos, están limitando opciones. Y no lo querrían para sí (o sí) en todos los aspectos de su vida; normalmente la gente prefiere tener más opciones que menos, pero tener menos es lo que impulsan para los demás que quieren consumir drogas (mientras amplían las suyas propias), les quitan, en definitiva, esperando que tomen la de no consumir.

Y ahora es cuando los prohibicionistas se ponen serios e introducen la economía en sus discusiones. Si se legalizaran las drogas no significaría que desaparecerían las mafias como por arte de magia. Seguramente no, nunca se ha dejado de traficar con tabaco (aunque es un dato al que no se alude con frecuencia), pero no se puede negar tampoco que si bien es la forma de que algunos ganen o se ahorren dinero, no es la única -recurrir al estraperlo- para conseguirlo, los que quieran. Hay más opciones, luego se reduce también el poder de los traficantes, en realidad se redistribuye de otra forma.

El otro gran tema -nos cuentan- es que detrás de la legalización del cannabis están grandes empresas con sus intereses económicos. Pues es posible, como detrás de casi todo lo que ocurre en el mundo y sobre lo que discutimos; igual que los Estados están haciendo también sus cuentas. Pero del mismo modo que mientras haya sustancias ilegales seguirán haciendo constantemente sus cuentas las grandes empresas que trafican con las mismas, descontando además del precio final, los daños que asumen tantas personas, y pagan los estados.

Los estados movilizan una gran cantidad de recursos represivos para luchar contra las drogas, los traficantes incorporan las posibles pérdidas a su precio, mientras también mejoran sus sistemas de producción y distribución como las empresas más innovadoras que salen en las revistas para aspirantes a millonarios y el precio, al final, no ha subido. Una parte muy importante del coste final lo pagan las personas en sus vidas (y lo descuentan los mafiosos) y todavía después, se traduce, retorna, de nuevo en gasto para los Estados en forma de prisiones, sistemas judiciales y sanitarios. Mientras, los narcotraficantes sólo se embolsan crecientes beneficios lo que, quizás, denota un sistema poco racional, no muy económico, si la Economía ha de ser entendida como la ciencia de las decisiones racionales. Pero todos sabemos que como en el tema de las drogas, lo racional, se construye idealmente primero y luego se intenta que todo encaje con esa definición, casi siempre la de unos pocos y para su beneficio, racional.

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Drogas 2

En estos días cada vez resulta más frecuente el uso de términos como complejo o complejidad para referirse a problemas que afrontamos y sus posibles soluciones. Un ejemplo de ello es el denominado problema de las drogas.

Esta noción de complejidad proviene, sobre todo, de la observación de que el inicio del consumo y el desarrollo de una adicción tiene múltiples causas y así, por ejemplo, se debe considerar la sustancia, la vía de administración, la dosis, la frecuencia, el número de sustancias que se combina, la biología y genética de un individuo, también la familia, el entorno más cercano, el entorno más lejano, la prensa, la publicidad, la cultura, las leyes… podríamos y deberíamos seguir enumerando factores que desde distintas perspectivas se considera necesario para entender el fenómeno de las drogas.

Pese a la amplitud de un posible listado y el desarrollo de diferentes modelos que nos ayudan a comprender cómo cabe que se relacionen variables entre sí, debemos antes reflexionar sobre la complejidad y decidir si realmente nos enfrentamos a un problema complejo y, en tal caso, si actuamos en consecuencia.

Cotidianamente hacemos uso de la palabra complejo asociándola a complicado. Por un lado pensamos en algo que se compone de múltiples elementos, pero por otro es posible visualizar un todo compacto u homogéneo como, por ejemplo, un complejo de edificios, a veces simplemente juntos y otras juntos para una actividad común. En nuestra mente puede aparecer también un complejo vitamínico, algo que nos indica una suma de sustancias en una sola unidad, pero que no necesariamente interaccionan. En otros casos nos es posible recuperar la imagen del complejo psicológico, irremediablemente unido a una carencia que provoca comportamiento perturbado. http://dle.rae.es/srv/fetch?id=A1JK3tM

Y, además, desde hace no mucho, las ciencias duras nos vienen hablando de ciencias de la complejidad o teorías de la complejidad que, si bien todavía pugna por una definición clara, incluye cuestiones “relativas al desorden, el caos, la no-linealidad, el no-equilibro, la indecibilidad, la incertidumbre, la contradicción, el azar, la temporalidad, la emergencia, la auto-organización…” Una de las cosas más claras de la indefinición de las ciencias o ciencia de la complejidad podría ser que la complejidad que estudian no se refiere a la mayor o menor cantidad de elementos necesario contemplar en un problema, sino a la relación entre los mismos, siendo que lo que aparece en la interacción es lo complejo. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0186-10422012000100011

La complejidad “científica” se describe a veces como un nuevo y emergente paradigma frente al actual, dominante todavía y que tantos éxitos proporciona basándose en el mecanicismo, reduccionismo y determinismo. Es interesante, como decíamos, que la complejidad se ha desarrollado -sobre todo- dentro de las ciencias físico-naturales, y es todavía más marginal si cabe en las sociales. Ello se debe a que las primeras utilizan el lenguaje y pensamiento matemáticos y hoy se apoyan necesariamente en la computación que tanto contribuyeron a desarrollar en parte por la necesidad de afrontar modelos cada vez más complicados, con más variables. Pero si lo pensamos bien, la complejidad puede que forme parte del pensamiento y metodología tradicionales en las ciencias sociales aunque no fuera en estas donde se vislumbró la idea misma, puede que debido a la asunción de que las sociedades y sus problemas contienen inevitablemente la incertidumbre e impredecibilidad en su naturaleza. De alguna manera, la necesidad de predecir para controlar de una forma de entender la ciencia nos ha puesto frente a lo complejo que no es siempre predecible ni controlable.

La separación entre saberes blandos y duros ha sido no pocas veces criticada pero sobre todo las ciencias sociales han intentado copiar las herramientas metodológicas de las físicas. Producto de las ciencias y el pensamiento principalmente occidental basado en el mecanicismo, reduccionismo y determinismo nos hemos empeñado en clasificar ordenar y estratificar parcelas del conocimiento o del saber hacer lo que nos lleva a considerar un “factor institucional, de gremios académicos —cuando no de mafias— de intereses y de poder” (Kõppen, Mansilla y Miramontes (2005, p. 4–12). 252 Contaduría y Administración, Vol. 57 No. 1, enero–marzo 2012: 241–264). Una idea que, sin embargo, recupera relativa fuerza y en paralelo a la complejidad es precisamente la interdisciplinariedad, hasta tal punto que a veces parece la única propuesta desde las ciencias sociales al enfrentar su novedad. Y aun así se da discusión entre la conveniencia de aplicar la interdisciplinariedad o multidisciplinariedad o ambas a la vez.

Para terminar de complicarlo, todavía existe una perspectiva adicional de la complejidad. Hasta ahora nos hemos referido sobre todo a lo que se puede englobar bajo la idea de complejidad restringida que proviene fundamentalmente de las ciencias duras y pone a disposición metodologías algo más concretas, sobre todo matemáticas. Pero además existe el pensamiento iniciado por Morín que se llama a veces complejidad general y que concretamente nos habla del pensamiento complejo. No ofrece alternativas metodologías, nos propone a cambio que se deben ir creando, teniendo constantemente presente al sujeto que piensa formando parte de lo pensado. La recomendación del pensamiento complejo es claramente la de incorporar en un proceso continuo al sujeto y su subjetividad, de tal forma que se construyan puentes entre las diversas parcelas artificiales del conocimiento. Así, el pensamiento complejo “está animado por una tensión permanente entre la aspiración a un saber no parcelado, no dividido, no reduccionista, y el reconocimiento de lo inacabado e incompleto” (Morin 1990:23). “Ninguna ciencia ha querido conocer la categoría más objetiva del conocimiento: la del que conoce. Ninguna ciencia ha querido conocer su origen cultural” (1981, p. 24)

El pensamiento complejo puede brindar el campo reflexivo necesario para desarrollar un marco epistémico inclusivo de valores éticos y políticos conformes a las necesidad y desafíos de las comunidades sociales, locales, nacionales, regionales y planetaria. Las ciencias de la complejidad pueden brindar las herramientas metodológicas concretas para el estudio de fenómenos complejos. Considero que el desafío más fundamental es estimular el desarrollo de las ciencias de la complejidad guiadas por un pensamiento complejo. (Leonardo G. Rodríguez Zoya, Julio Leónidas Aguirre, Teorías de la complejidad y ciencias sociales. Nuevas estrategias epistemológicas y metodológicas. Nómadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales y Jurídicas | 30 (2011.2)

Las ciencias de la complejidad nos obligan a seguir preguntándonos si el fenómeno o el problema de las drogas es complejo y en tal caso podemos intentar aplicar alguna de sus propuestas metodológicas. El pensamiento complejo nos anima, en el fondo, a reformar la sociedad occidental discurriendo sobre la misma de una manera distinta y señala que las ciencias de la complejidad tampoco tienen la pretendida neutralidad que reclaman, estando ética y políticamente condicionadas por intereses concretos, muy especialmente por los de la parte norte del mundo, como casi todo lo científico.

Resulta irremediable ver que el estudio sobre drogas está teñido de mecanicismo, reduccionismo y determinismo, que independientemente de si se aborda como un problema complejo o complicado con o sin la consideración de la interdisciplinariedad, está muy ligado a las formas científicas dominantes y políticamente no neutrales, parceladas según también intereses académicos concretos. El papel de la subjetividad de quienes investigan y trabajan en drogas es, si cabe, más evidente que en otros campos, también el que la relación entre subjetividades tiene en las organizaciones estatales o supraestatales. Pero rara vez es analizado, como si nada tuvieran que ver y no se impusieran a través de normativas, mensajes, clasificaciones, partidas presupuestarias…y políticas públicas. No pocas veces todo ello se enmascara dentro de una idea de evidencia científica disponible que vuelve a dejar fuera del análisis los métodos y subjetividades creadoras de la misma.

Independientemente de si hablamos de fenómeno o problema, sus posibles soluciones -si las tuviera- no pueden desligarse del cambio, reforma o evolución de la civilización y los expertos y expertas en drogas rara vez quieren hablar sobre ello. Es un tema complicado sobre el que hacerlo, te la juegas, esconde muchas estructuras de poder, no sólo el académico científico, y es precisamente sus relaciones con otras esferas de la vida pública, política o comunitaria y de las relaciones entre sistemas nacionales lo que lo hacen complejo.

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Drogas I

A medida que se va quitando protagonismo a los Dioses en la definición e interpretación de nuestras vidas, vamos buscando seguridades alternativas que nos permitan un mínimo de certeza sobre la que construir la nuestra y el pensamiento cotidianos, sin tener que estar constantemente dudando y meditando cada paso. Es muy difícil vivir en la contingencia permanente, recordándonos a cada minuto que nada es seguro y que los Dioses o el azar dirán qué ocurre a continuación.

La salud, la enfermedad, la vida y la muerte son dos de los ámbitos en los que los Dioses juegan y han jugado mayor protagonismo, por la lógica aplastante de que sin salud o muertos, el sentido de todo lo que pensamos o hacemos hoy, pierde muchos enteros.

La medicina, ayudada de una idea concreta de ciencia, entra en parte a sustituir a esos Dioses, aunque también, afortunadamente, a sus mucho menos eficientes chamanes, curanderos y demás que los representaban. Pero también conviene reconocer que en línea con otras evoluciones del pensamiento en la sociedad, la medicina tiene una parte antropocéntrica, entendiendo por tal no ya que el hombre es el centro del universo sino que tu, individuo, lo eres.

Existen suficientes evidencias de que la salud depende en parte de dónde naces, vives y cuánto tienes, así como de tus hábitos que a su vez se ven influidos por dónde naces, vives y cuánto tienes. También de que alguna parte de la salud está menos vinculada con todo ello y más a combinaciones genéticas o cuestiones varias, como accidentes, sobre las que como individuo nada puedes hacer aunque influya dónde naces, vives y cuánto tienes. Pero lo que domina en buena parte del discurso público de la salud a día de hoy es un empeño por decirte que tú eres tu propio Dios, que la responsabilidad de tu salud es tuya. Y en una buena medida es cierto, no puedes influir mucho en las políticas de salud a las que te someten, aunque quieran hacértelo creer, poco en el resto de cosas que pasan en tu comunidad, pero eres dueño de tus hábitos. Si comes sano, haces ejercicio y evitas las drogas, tu salud será mejor, aunque te puedan matar en una guerra, tener que salir huyendo porque no tienes trabajo o qué comer. Aunque comas comidas que no lo son y la industria que las produce se lucre de ello, la inversión en salud disminuya o la contaminación de lo que comes, el aire, ríos y mares importe sólo de vez en cuando.

Pero no seamos demagógicos y lleguemos ya al tema de las drogas. ¿Como es posible que no sólo la ciencia, nuestros mayores todos, nosotros mismos, digamos y sepamos que consumiendo drogas tu salud será peor y la gente, nosotros mismos, lo sigamos haciendo?

Puede que la respuesta no sea sencilla, y no pretendemos tenerla, pero nunca puede ser promocionar el uso de drogas, de nuevo por lógica aplastante. La mayor dificultad, no obstante, comienza cuando no te puedes explicar que otros individuos decidan consumir, ni siquiera suspendes el juicio al respecto y, no obstante, quieres que dejen de hacerlo porque tú sabes lo que es bueno para ellos.

Entonces aparece un personaje que son muchos individuos cuya actitud creo que puede quedar retratada por estas líneas encontradas en el ensayo de Bertrand Russell, La conquista de la felicidad, del año 1930.

Pregúntese seriamente si el mundo ha mejorado gracias a la enseñanza moral que tradicionalmente se da a la juventud. Considere la cantidad de pura superstición que contribuye a la formación del hombre convencionalmente virtuoso y piense que, mientras se nos trataba de proteger contra toda clase de peligros morales imaginarios a base de prohibiciones increíblemente estúpidas, prácticamente ni se mencionaban los verdaderos peligros morales a los que se expone un adulto. ¿Cuáles son los actos verdaderamente perniciosos a los que se ve tentado un hombre corriente? Las triquiñuelas en los negocios, siempre que no estén prohibidas por la ley, la dureza en el trato a los empleados, la crueldad con la esposa e hijos, la malevolencia para con los competidores, la ferocidad en los conflictos políticos… estos son los pecados verdaderamente dañinos más comunes entre ciudadanos respetables y respetados. Por medio de estos pecados, el hombre siembra miseria en su entrono inmediato y pone su parte en la destrucción de la civilización.

Otra víctima nada infrecuente de la manía persecutoria es cierto tipo de filántropo que siempre está haciendo el bien a la gente en contra de la voluntad de esta, y que se asombra y horroriza de que no le muestren gratitud. Nuestros motivos para hacer el bien rara vez son tan puros como imaginamos. El afán de poder es insidioso, tiene muchos disfraces, y a menudo es la fuente del placer que obtenemos al hacer lo que creemos que es el bien para los demás. Tampoco es raro que intervenga otro elemento. Por lo general, “hacer el bien” a la gente consiste en privarle de algún placer: la bebida, el juego, la ociosidad o algo por el estilo. En este caso, hay un elemento que es típico de gran parte de la moral social: la envidia que nos dan los que están en posición de cometer pecados de los que nosotros tenemos que abstenernos si queremos conservar el respeto de nuestros amigos. Los que votan, por ejemplo, a favor de la prohibición de fumar (leyes así existen o han existido en varios estados de Estados Unidos) son, evidentemente, no fumadores para los que el placer que otros obtienen del tabaco es una fuente de dolor. Si esperan que los antiguos adictos al cigarrillo formen una comisión para ir a darles las gracias por emanciparlos de tan odioso vicio, es posible que queden decepcionados. Y entonces pueden empezar a pensar que han dedicado su vida al bien común, y que quienes más motivos tenían para estarles agradecidos por sus actividades benéficas parecen no darse ninguna cuenta de que deberían agradecérselo.

He conocido demasiada gente dedicada a evitar el uso de drogas que responde a este perfil. Convencidos y convencidas de que su trabajo es un bien para la sociedad y de que el individuo debe decidir por un estilo de vida saludable, olvidan la responsabilidad que emana de sus propios pecados cotidianos contra la civilización y el estilo saludable de la vida de algunos a su alrededor. Nadie es perfecto, claro, pero ser tan conscientes de lo que deben hacer los demás y tan poco de lo que hacen ellos y ellas, resulta tan complicado de explicar como lo son los motivos por lo que algunas personas deciden consumir cuando es del todo ilógico. Esperan aun así que se les esté agradecidos, llevan muy mal lo contrario y a cada paso se encargarán de poner sobre la mesa todos sus grandes méritos para ensalzar su ego; normalmente en detrimento de todos los demás que no saben o están en su contra. Es muy difícil estar en posesión de la verdad y que no te lo reconozcan.

Verán, ningún adicto a una sustancia o a otra cosa quiere que los demás lo sean. Si se preguntara y escuchara sus respuestas, es posible que dijeran no sólo lo que necesitan sino que tuvieran alguna idea sobre cómo evitar que otros pasaran por lo mismo. Es posible que en la conversación se hablara menos de la adicción o el consumo que de otras cosas, pero se podría correr ese riesgo.

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Error simbólico, error teórico

El peor dato de la presentación de la última encuesta ESTUDES sobre consumos de drogas entre adolescentes de 14 a 18 años está en su propia presentación. Resulta que se eligió el día 8 de marzo que coincide con que este año ha sido el de la huelga feminista y una inmensa movilización social.

Ese día y los que siguieron, el feminismo eclipsó casi cualquier otro tema. Si la idea es que, coincidiendo con la presentación de unos datos sobre consumos de drogas entre las personas más jóvenes, pueda darse un mínimo debate en la sociedad, el fallo de cálculo fue grande. Eso o se infravaloró la relevancia de dicha conmemoración y movimiento social, cosa no muy propia, dado el énfasis que en la recientemente aprobada Estrategia Nacional sobre Adicciones 2017-2024 se pone sobre la perspectiva de género.

Es verdad que no se suele tener debate sereno alguno sobre el tema de las drogas, no importan los datos en cuestión, pues siempre habrá una muy alta dosis de alarmismo al presentarlos en la prensa. Este año (pero la tendencia en los últimos) resulta que los datos se pueden considerar buenos dado que muestran disminución en prevalencias de determinadas sustancias y cierto retraso en edades de inicio de consumo en otras. Parece que, de momento, y a tenor de esta herramienta concreta, no se aprecia repunte alguno en la heroína, preocupación central para muchos por lo que ocurre en otros países y la propia historia en España. No es menos cierto que nos podríamos detener, por ejemplo, en que las mujeres jóvenes se emborrachan más que los hombres o que consumen más hipnosedantes, lo cual también es una tendencia que se venía observando y requiere poder explicarse.

No es menos verdad que la información sobre consumos de personas entre 14 y 18, siendo interesante y necesaria, no abarca toda la realidad. La relación entre probar una sustancia y desarrollar una adicción es algo espuria. Lo único cierto es que si nunca pruebas nada no desarrollas adicción, la probabilidad es cero. La edad de inicio a veces es un factor de riesgo y a veces lo es de protección, tienen influencia muchas cosas en la vida de las personas, no es muy racional atribuir una especie de poder mágico a las sustancias en consideración, o en términos más científicos, una causalidad directa y unívoca. Y puede pasar que los consumos de sustancias a edades más tempranas no tengan un equivalente directo con los consumos a más edad, es, por ejemplo, lo que hoy pasa con la cocaína y la heroína en España, que se consumen más tarde y seguramente tenga que ver con la representación social y cultural de las sustancias y el acceso a las mismas. El mismo tipo de encuestas a población joven, en Estados Unidos, no reflejaban el problema que estaba sucediendo con lo que ahora conocemos como crisis de la heroína.

El estudio sobre las tendencias de consumo de drogas es de esos complejos (que no sólo complicados). No se trata tanto de la existencia de muchas variables que sería un problema complicado, sino de que las que sean que tomemos en consideración interectuan entre ellas de forma no lineal, es decir, no siguen el esquema simple de A causa B, lo que nos lleva a la complejidad. Influyen, además, las condiciones iniciales, nunca tendremos, como en un laboratorio, una función que empiece en cero y sobre la que se pueda ir de adelante a atrás y viceversa probando, ningún joven afronta el consumo de sustancias en un contexto controlado, neutro.

Cada vez que nos encontramos con un sistema parecido puede cundir el desánimo y pensar que no es posible hacer nada por mucho esfuerzo investigador que pongamos. No es del todo cierto, siendo verdad que si lo que queremos predecir es la próxima crisis lo tenemos bastante difícil. Pero a corto plazo, sí podemos saber cuales serán las tendencias y esto es mucho.

Una de las formas que conocemos para afrontar la complejidad es aportando complejidad y esto, más o menos se hace, por la parte que corresponde a incluir más disciplinas mirando el problema, lo que llaman multidisciplinariedad. Pero no es suficiente si cada una de ellas se centra en sus pequeñas interacciones, por ejemplo el cerebro y las sustancias y no amplía sus miras hacia sistemas más complejos. El cerebro es un sistema complejo por sí mismo, pero que no se puede explicar si no es por su interacción con otro más complejo todavía que es el cuerpo humano que a su vez no se puede explicar sin tener en cuenta otro más complejo del que recibe información que es el ambiente y el grupo y la sociedad en la que vive con su cultura… las sustancias no son sólo unas reacciones químicas, se mueven, por ejemplo, en unos contextos de tráfico que son complejos…

La cuestión, después de todo este rollo, es que los cambios sociales son importantes para el consumo de sustancias. Del mismo modo que ahora en no pocos lugares se intenta anticipar el problema de las adicciones sin sustancia, es decir, y en particular a las nuevas tecnologías, alegando que suponen un cambio social, es si cabe mucho más importante mirar el cambio social que está suponiendo el feminismo. Lo está haciendo poco a poco, con repuntes, pero eso no debería hacer que pase inadvertido y menos para los especialistas en sustancias que están acostumbrados a la consideración de plazos largos de interacción de las personas con las mismas dado que el tiempo es una de las principales medidas. Es posible aventurar que los cambios en los roles de género, por paulatinos que sean, tienen y tendrán un reflejo en el consumo de sustancias tanto en hombres como en mujeres. Ya pasó con el tabaco, dos veces. No podemos decir en qué sentido, pero sí que ha ocurrido, está ocurriendo y ocurrirá. Por eso, el gesto simbólico de la presentación de unos datos el día 8 de marzo, se convierte, además, en un error teórico.

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Ya de coña

De vez en cuando -cíclicamente- nos encontramos con el escándalo de algún partido o de alguna organización que distribuye información que “fomenta el consumo de drogas”.

Lo primero que suele ocurrir es que se convierte en arma arrojadiza entre políticos. Cualquier cosa lo puede ser por lo que, quizás, no deberíamos prestar demasiada atención. Pero es verdad que en este caso se mezcla que el Ayuntamiento responsable es “podemita” y, claro, brotan los comentarios sobre el Comunismo y Venezuela. No es menos cierto que precisamente esto mismo nos ha dejado fabulosos escritos de lectores y lectoras en varios periódicos digitales; con más de hasta 300 comentarios en algunos casos y que aportan una información adicional muy rica, aunque no tanto sobre las drogas.

El caso es que, como casi siempre, el debate de fondo es algo más complicado de lo que refleja la prensa mayoritaria y los comentarios de los lectores. Intento siempre ponerme en el lugar de la gente que no lo ve como yo, que critica el folleto en cuestión en este caso, si bien la tan descarada mezcla de ataques a “la izquierda” por los tópicos de siempre que nada tienen que ver con el tema, me lo ha puesto más fácil.

Lo que se conoce como reducción de daños es una estrategia ampliamente reconocida, utilizada y recomendada, no sólo en el tema de las drogas. Algunas veces, el mismo uso del cinturón de seguridad en nuestros coches se denomina reducción de daños. En drogas es una estrategia que se conoce, estudia y evalúa desde hace muchos años e incluso impulsa desde varios organismos internacionales, llegando a considerarse como una parte importante dentro de la prevención. Es verdad que hay muchos países que se oponen a la reducción de daños, pero no lo es menos que hay suficiente evidencia de la que llaman científica que avala su utilidad en determinadas situaciones y contextos.

La cuestión es que sobre ese importantísimo debate no informa la prensa que da cuenta de la noticia, sólo algunas honrosas excepciones y a medias, el resto se queda en la repetición del moralismo político. Por mucho que se busque entre los diferentes medios es imposible ver, primero, el material de la discordia, no te lo enlazan para que puedas juzgar por ti mismo, y es que quizás no esté disponible. Pero tampoco te aclaran a quién va dirigida la información (salvo algún periódico que reproduce las palabras del alcalde de Zaragoza), y es clave, porque si va dirigida a personas que ya consumen o están en una situación de especial riesgo, la estrategia puede no ser para nada desafortunada; siempre atendiendo a lo que nos dicen los científicos que se dedican a estudiar sobre estos temas.

Los científicos no tienen por qué tener razón. Lo que nos dicen es que las estrategias moralistas del no consumas que es malo, no funcionan e incluso son contraproducentes para un tipo de personas que ya consumen o están en situaciones de especial riesgo de hacerlo o por hacerlo. Otro tipo de información para que el consumo sea más seguro y sobre todo sin juzgar a la persona que decide consumir, funcionan mejor para evitar daños a corto plazo, empezando por la muerte, así como también a largo plazo e incluso sobre el desarrollo o agravamiento de una adicción, por no mencionar otros riegos indirectos pero derivados del uso de sustancias.

Lo que ahora todos los científicos empiezan a decir y ya era hora, es que no todo consumo de drogas lleva directamente a la perdición, no porque consumas una sustancia te vuelves un adicto, incluso, en el peor de los casos, no porque seas un adicto dejas de ser humano. Es este un notable cambio que va dirigido a desmitificar el mundo de las drogas y el lenguaje que para quienes las usan se utiliza, dado que todos los otros intentos que se tienen de referencia como la prohibición, la persecución, el moralismo, la estigmatización, no sólo han fracasado, sino que han causado y siguen causando más daño que las sustancias mismas.

Los moralistas suelen recurrir a una pregunta trampa con mucha enjundia: Entonces ¿usted querría que su hija consumiera? La respuesta es obvia y sencilla, no, a ser posible nada, nunca, ni una copa del tan afamado por beneficioso vino. Pero esta pregunta no es un argumento; formulemos la siguiente ¿usted querría que si su hijo o hija consumiera lo hiciera asumiendo mayores riesgos de los que ya de por sí implica consumir? ¿querría que fuera tachado de mala persona, que le persiguiera el sistema social, el judicial, que se incorporara al mundo delictivo, que acabara en prisión? ¿Le gustaría que condujera un vehículo o tuviera conductas de riesgo bajo los efectos de alguna sustancia? En principio los moralistas prefieren enfocarlo de la primera forma puesto que creen que nunca les pasará, por su posición tal vez, por su control familiar, por su clase social, porque es más sencillo ser categórico con las posiciones de los demás que con las propias… y acto seguido recurren al siguiente gran anatema: los hijos de las madres que cayeron en la heroína. Se olvidan que eso no pasó, sigue pasando y todavía hoy te encuentras madres en la puerta de cualquier centro penitenciario en días de visita, por ejemplo, porque a la cárcel van más los que menos oportunidades tienen. Lo que quienes usan ese argumento desconocen es que muchos de aquellos hijos se salvaron por la reducción de daños, porque se les decía que no compartieran jeringuillas, se facilitaba salas higiénicas para que se pincharan, se utilizó y utiliza la metadona como sustitutivo y hoy podemos hablar de no pocos que han conseguido llegar a mayores y que, por cierto, no reciben casi atención, ni mucho menos como la que se presta a este folleto del que hablamos. Sus madres, salvo para maldecir a cualquiera que no opine como ellos, están desterradas al más profundo olvido de la sociedad y sus instituciones.

Está feo utilizar como referente simbólico sólo una parte del aprendizaje de aquella crisis y olvidarse de lo que no interesa en favor de unos argumentos. Se utilizó y se utiliza la reducción de daños, les guste o no. Y es más, está feo no profundizar en que posiciones moralistas y la alarma social que se impuso tuvo como consecuencia estigmatizar a una población a la que se les pusieron las cosas más difíciles que se si se hubiera actuado de otra forma, es decir, que fue un factor más en la crisis, no la solución, como se suele pensar.

La cuestión es sencilla, basta con que nos digan a quién va dirigida esa información que genera tanta discordia y consenso en su contra a la vez. Si es para repartir en una clase de primaria, sin duda es un error, ninguna perspectiva de las consideradas científicas lo respaldaría. Si va dirigida a una población que ya consume o tiene claros riesgos de hacerlo, no es tan mala idea.

No se puede cambiar que las posiciones moralistas se escandalicen ante cuestiones como estas, seguirá pasando cada vez, pero es preferible que piensen, políticos y medios sobre todo, si sus posturas están suficientemente reflexionadas e informadas y si no es posible que causen más daño que bien a muchas personas, sin necesidad. Es cierto que el que existan es un incentivo, necesario, para seguir avanzando en soluciones mejores que todo lo que hasta ahora, ya sabemos, no ha funcionado. Solo que si hubiera un poco menos de seguidimismo partidista e interesado, para que se pudiera ir más rápido y no dejar a tanta gente por el camino, ya de coña.

https://www.heraldo.es/noticias/aragon/zaragoza-provincia/zaragoza/2018/02/05/pulverice-bien-raya-cocaina-1223007-301.html

https://www.heraldo.es/noticias/aragon/zaragoza-provincia/zaragoza/2018/02/05/zec-dice-que-informa-con-base-cientifica-sobre-los-efectos-adversos-las-drogas-1223030-301.html

http://www.libertaddigital.com/espana/2018-02-06/el-ayuntamiento-podemita-de-zaragoza-las-drogas-y-los-medicamentos-son-lo-mismo-1276613355/

http://www.elmundo.es/espana/2018/02/06/5a78c0ade5fdeae55d8b45d6.html

https://www.hri.global/what-is-harm-reduction

http://www.unaids.org/es/resources/presscentre/featurestories/2016/october/20161009_harmreduction

http://www.cicad.oas.org/drogas/elinforme/informeDrogas2013/drugsPublicHealth_ESP.pdf

http://www.lavanguardia.com/politica/20180206/44587281460/folleto-drogas-zaragoza.html

https://elmurodelpuebloespanol.com/2018/02/08/del-colocarse-y-al-loro-de-tierno-galvan-al-alcalde-de-zaragoza-aconsejando-como-hay-que-drogarse/

http://www.antena3.com/programas/espejo-publico/entrevistas/el-portavoz-del-pp-de-zaragoza-sobre-el-folleto-que-habla-de-las-drogas-en-la-guia-del-senor-sanchez-se-dice-la-droga-no-mata-mata-la-ignorancia_201802085a7c50c10cf2ba3416952b5d.html

https://www.eldiario.es/sociedad/guia-drogas_0_737377064.html

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Ya puestos

Desde 2017, la crisis de la heroína en Estados Unidos ha ocupado en nuestro entorno algún reportaje y muchos artículos. La causa principal es que la mencionara Trump porque, desafortunadamente, a este hombre se le otorga más capacidad de poner algo en los titularles que a cualquier otro en el mundo.

El problema ya venía de antes, claro, empieza, según parece, hace una década. Pero a ese señor le parece ahora que es momento de señalar el tema -y es lícito sospechar-, vinculado a que cree que le puede ayudar en su idea del muro con México e incluso para seguir mal metiendo las narices en el Proceso de Paz en Colombia como desde hace décadas viene haciendo su país.

Esta cuestión que ya hoy todos conocemos por epidemia aunque pudiéramos desconocerla hasta ayer, tiene ciertas peculiaridades que hacen que se deba prestar una especial atención y no dejar pasar otros 10 años. Resulta que los datos en las últimas encuestas anuales a jóvenes sobre consumo de sustancias en Estados Unidos parecen bastante buenos, pero luego nos cuentan que el problema actual tiene mucho que ver con la receta médica de opioides que se viene realizando fundamente a adultos con dolores. De esas recetas, muchas personas desarrollan adicción, de las cuales algunas no pueden recibir las dosis que llegan a necesitar y otras simplemente se pasan al mercado de drogas ilegales porque son más baratas. En ese mercado, al margen de la heroína que ya estaba, aparecen una o varias sustancias sintéticas que tienen efectos mucho mayores en la propia adicción y en la muerte por sobredosis y que son más baratas de producir. Cuesta imaginarlo, si realmente todo lo que nos cuentan es así, escapa de los esquemas habituales, de la representación y simbología de la adicción en el cine, por ejemplo, salvo en la serie House.

O sea, que esta crisis no empezó por los más jóvenes, ni necesariamente el consumo experimental, del una cosa lleva a la otra, sino que los médicos, colectivo que domina la salud pública y nos dicen a cada rato lo que tenemos, podemos y debemos hacer, están detrás. Aun así, algunos y algunas insisten que si consumiste una sustancia una vez o en tu casa beben alcohol o fuman tabaco tienes más posibilidades de engancharte con las recetas. Que bien podría ser, pero parece no querer sino mirar a otro lado o seguir haciéndolo al mismo de siempre.

Cabe, malintencioandamente pensar, que si todo esto es como nos lo cuentan y si se tardan 10 años más en sacar conclusiones quizás pueda ser por esto, por el dominio de la profesión médica en este campo y porque harán todo lo posible por no exponer su prestigio. Tal vez, si eso ocurriera, se pudiera cuestionar alguno de los preceptos que como evidencia científica se han estado manejando en el tema de las drogas y, desde luego, mucho, muchísimo trabajo y bueno desde hace años, se podría ver de golpe afectado. Pero el culebrón no termina aquí, las farmacéuticas están detrás de todo ello, incentivando a los médicos para que receten sus productos con opiáceos más de lo necesario. Un riesgo es caer en la tentación de saltarse en las responsabilidades a estos últimos y pasar a las todo poderosas anteriores como instigadoras primeras, si bien, creo, ello no terminaría de ser del todo equilibrado con los del juramento hipocrático, porque las farmacéuticas no son sospechas precisamente de ocultar sus intereses, como tampoco lo son los que forman parte del circuito de la producción y venta de drogas ilegales, pertenezcan o no a un cuerpo de cualquier estado.

Todo ello nos lleva, desde este lado del océano, a, primero, cuestionar el modelo de salud americano, costumbre que nos gusta dado que es de aquellas cosas sobre las que pensamos sí podemos darles lecciones a la gran potencia. Esto está muy bien, siendo que los sistemas sanitarios juegan su papel en el asunto; hasta ahora -creíamos- en cuestiones como la detección y el tratamiento y no tanto en la promoción de nuevos adictos. Pero es insuficiente, ha habido y sigue habiendo epidemias en sistemas sanitarios de lo más variado y no podemos olvidar que con el nuestro se produjo también una. De momento, nos dicen que no nos puede ocurrir. La cuestión es si estamos mirando en la dirección adecuada o la institucionalización de la atención a las drogas y los intereses creados con sus inercias, no nos permite ampliar la visión. Yo no lo sé, pero conviene hablarlo, podría ser lo que la situación en el país amigo nos esté indicando.

El caso es que ya hemos mencionado algunos de los actores clave en esta historia; quedan otros, los medios de comunicación entre ellos. Sabemos que los niveles de alarma social ya han contribuido antes a agravar situaciones, incluso a provocarlas, y nuevamente nuestro momento de crisis de la heroína es un buen ejemplo. Siempre resulta complicado dentro de eso que llaman prevención universal, saber si por un lado generará más alarma y por otro más consumo o realmente prevendrá que algunas personas prueben o consuman alguna sustancia. No me imagino una campaña diciendo “cuidado con lo que su médico le receta, desconfíe de su gobierno, consulte el prospecto e Internet”. Mantener un nivel de atención e información óptimo en una población no parece más que un ideal y por lo tanto debemos contar con los medios en cualquier crisis futura, tanto para prevenirla como para ampliarla.

Otro actor que desde nuestra perspectiva podría faltar, es el cambio social. Detrás de lo que en la historia se ha acabado considerando epidemia, siempre había cambio social de alguna trascendencia entre las poblaciones afectadas. La salida de una guerra, una guerra comercial, una cambio de régimen… ¿y en esta de Estados Unidos? Es muy complicado de ver. Parece que la población afroamericana consume en estos momentos menos heroína y derivados, dicen que porque los más jóvenes ya aprehendieron de la generación que los precedió. Hoy los opiáceos afectan más a una clase media blanca empobrecida, la misma que nos cuentan votó a Trump. Seguro que no tiene nada que ver pero, si un estudio se puede permitir decirnos que el problema por el que no se presta atención a la actual situación es que los que más lo están sufriendo son varones y que si el afectado fuera cualquier otro grupo la cosa sería distinta…pues todo cabe, ya puestos.

http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-41755400

http://www.bbc.com/mundo/noticias-41696347

http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-40451574

https://elpais.com/internacional/2017/10/26/estados_unidos/1509030646_508688.html

https://elpais.com/internacional/2017/10/24/estados_unidos/1508871087_374107.html?rel=mas

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=233929

http://www.jornada.unam.mx/2017/11/09/opinion/a03a1cie

http://www.laprensa.hn/virales/1129948-410/video-viral-cajeras-drogadas-americas-opioid-epidemic-evidencia-crisis-opioides-usa

https://www.drugabuse.gov/publications/research-reports/medications-to-treat-opioid-addiction/overview

https://www.drugabuse.gov/news-events/news-releases/2017/12/vaping-popular-among-teens-opioid-misuse-historic-lows

https://www.researchgate.net/publication/242485727_Heroina_en_Espana_1977-1996_Balance_de_una_crisis_de_drogas

https://elpais.com/internacional/2017/06/12/estados_unidos/1497295458_563632.html

https://elpais.com/internacional/2017/08/26/estados_unidos/1503778994_700162.html

http://www.elperiodico.com/es/sociedad/20170827/la-adiccion-a-la-heroina-consume-estados-unidos-6228788

https://elpais.com/internacional/2017/10/24/estados_unidos/1508871087_374107.html

http://www.eldiario.es/theguardian/epidemia-EEUU-Canada-evidencia-masculinidad_0_664584383.html

http://www.eldiario.es/theguardian/Canada-responde-epidemia-abriendo-controlado_0_647436007.html

https://elpais.com/internacional/2017/10/27/colombia/1509139417_480180.html?rel=str_articulo#1517642690668

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