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Drogas I

A medida que se va quitando protagonismo a los Dioses en la definición e interpretación de nuestras vidas, vamos buscando seguridades alternativas que nos permitan un mínimo de certeza sobre la que construir la nuestra y el pensamiento cotidianos, sin tener que estar constantemente dudando y meditando cada paso. Es muy difícil vivir en la contingencia permanente, recordándonos a cada minuto que nada es seguro y que los Dioses o el azar dirán qué ocurre a continuación.

La salud, la enfermedad, la vida y la muerte son dos de los ámbitos en los que los Dioses juegan y han jugado mayor protagonismo, por la lógica aplastante de que sin salud o muertos, el sentido de todo lo que pensamos o hacemos hoy, pierde muchos enteros.

La medicina, ayudada de una idea concreta de ciencia, entra en parte a sustituir a esos Dioses, aunque también, afortunadamente, a sus mucho menos eficientes chamanes, curanderos y demás que los representaban. Pero también conviene reconocer que en línea con otras evoluciones del pensamiento en la sociedad, la medicina tiene una parte antropocéntrica, entendiendo por tal no ya que el hombre es el centro del universo sino que tu, individuo, lo eres.

Existen suficientes evidencias de que la salud depende en parte de dónde naces, vives y cuánto tienes, así como de tus hábitos que a su vez se ven influidos por dónde naces, vives y cuánto tienes. También de que alguna parte de la salud está menos vinculada con todo ello y más a combinaciones genéticas o cuestiones varias, como accidentes, sobre las que como individuo nada puedes hacer aunque influya dónde naces, vives y cuánto tienes. Pero lo que domina en buena parte del discurso público de la salud a día de hoy es un empeño por decirte que tú eres tu propio Dios, que la responsabilidad de tu salud es tuya. Y en una buena medida es cierto, no puedes influir mucho en las políticas de salud a las que te someten, aunque quieran hacértelo creer, poco en el resto de cosas que pasan en tu comunidad, pero eres dueño de tus hábitos. Si comes sano, haces ejercicio y evitas las drogas, tu salud será mejor, aunque te puedan matar en una guerra, tener que salir huyendo porque no tienes trabajo o qué comer. Aunque comas comidas que no lo son y la industria que las produce se lucre de ello, la inversión en salud disminuya o la contaminación de lo que comes, el aire, ríos y mares importe sólo de vez en cuando.

Pero no seamos demagógicos y lleguemos ya al tema de las drogas. ¿Como es posible que no sólo la ciencia, nuestros mayores todos, nosotros mismos, digamos y sepamos que consumiendo drogas tu salud será peor y la gente, nosotros mismos, lo sigamos haciendo?

Puede que la respuesta no sea sencilla, y no pretendemos tenerla, pero nunca puede ser promocionar el uso de drogas, de nuevo por lógica aplastante. La mayor dificultad, no obstante, comienza cuando no te puedes explicar que otros individuos decidan consumir, ni siquiera suspendes el juicio al respecto y, no obstante, quieres que dejen de hacerlo porque tú sabes lo que es bueno para ellos.

Entonces aparece un personaje que son muchos individuos cuya actitud creo que puede quedar retratada por estas líneas encontradas en el ensayo de Bertrand Russell, La conquista de la felicidad, del año 1930.

Pregúntese seriamente si el mundo ha mejorado gracias a la enseñanza moral que tradicionalmente se da a la juventud. Considere la cantidad de pura superstición que contribuye a la formación del hombre convencionalmente virtuoso y piense que, mientras se nos trataba de proteger contra toda clase de peligros morales imaginarios a base de prohibiciones increíblemente estúpidas, prácticamente ni se mencionaban los verdaderos peligros morales a los que se expone un adulto. ¿Cuáles son los actos verdaderamente perniciosos a los que se ve tentado un hombre corriente? Las triquiñuelas en los negocios, siempre que no estén prohibidas por la ley, la dureza en el trato a los empleados, la crueldad con la esposa e hijos, la malevolencia para con los competidores, la ferocidad en los conflictos políticos… estos son los pecados verdaderamente dañinos más comunes entre ciudadanos respetables y respetados. Por medio de estos pecados, el hombre siembra miseria en su entrono inmediato y pone su parte en la destrucción de la civilización.

Otra víctima nada infrecuente de la manía persecutoria es cierto tipo de filántropo que siempre está haciendo el bien a la gente en contra de la voluntad de esta, y que se asombra y horroriza de que no le muestren gratitud. Nuestros motivos para hacer el bien rara vez son tan puros como imaginamos. El afán de poder es insidioso, tiene muchos disfraces, y a menudo es la fuente del placer que obtenemos al hacer lo que creemos que es el bien para los demás. Tampoco es raro que intervenga otro elemento. Por lo general, “hacer el bien” a la gente consiste en privarle de algún placer: la bebida, el juego, la ociosidad o algo por el estilo. En este caso, hay un elemento que es típico de gran parte de la moral social: la envidia que nos dan los que están en posición de cometer pecados de los que nosotros tenemos que abstenernos si queremos conservar el respeto de nuestros amigos. Los que votan, por ejemplo, a favor de la prohibición de fumar (leyes así existen o han existido en varios estados de Estados Unidos) son, evidentemente, no fumadores para los que el placer que otros obtienen del tabaco es una fuente de dolor. Si esperan que los antiguos adictos al cigarrillo formen una comisión para ir a darles las gracias por emanciparlos de tan odioso vicio, es posible que queden decepcionados. Y entonces pueden empezar a pensar que han dedicado su vida al bien común, y que quienes más motivos tenían para estarles agradecidos por sus actividades benéficas parecen no darse ninguna cuenta de que deberían agradecérselo.

He conocido demasiada gente dedicada a evitar el uso de drogas que responde a este perfil. Convencidos y convencidas de que su trabajo es un bien para la sociedad y de que el individuo debe decidir por un estilo de vida saludable, olvidan la responsabilidad que emana de sus propios pecados cotidianos contra la civilización y el estilo saludable de la vida de algunos a su alrededor. Nadie es perfecto, claro, pero ser tan conscientes de lo que deben hacer los demás y tan poco de lo que hacen ellos y ellas, resulta tan complicado de explicar como lo son los motivos por lo que algunas personas deciden consumir cuando es del todo ilógico. Esperan aun así que se les esté agradecidos, llevan muy mal lo contrario y a cada paso se encargarán de poner sobre la mesa todos sus grandes méritos para ensalzar su ego; normalmente en detrimento de todos los demás que no saben o están en su contra. Es muy difícil estar en posesión de la verdad y que no te lo reconozcan.

Verán, ningún adicto a una sustancia o a otra cosa quiere que los demás lo sean. Si se preguntara y escuchara sus respuestas, es posible que dijeran no sólo lo que necesitan sino que tuvieran alguna idea sobre cómo evitar que otros pasaran por lo mismo. Es posible que en la conversación se hablara menos de la adicción o el consumo que de otras cosas, pero se podría correr ese riesgo.

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Error simbólico, error teórico

El peor dato de la presentación de la última encuesta ESTUDES sobre consumos de drogas entre adolescentes de 14 a 18 años está en su propia presentación. Resulta que se eligió el día 8 de marzo que coincide con que este año ha sido el de la huelga feminista y una inmensa movilización social.

Ese día y los que siguieron, el feminismo eclipsó casi cualquier otro tema. Si la idea es que, coincidiendo con la presentación de unos datos sobre consumos de drogas entre las personas más jóvenes, pueda darse un mínimo debate en la sociedad, el fallo de cálculo fue grande. Eso o se infravaloró la relevancia de dicha conmemoración y movimiento social, cosa no muy propia, dado el énfasis que en la recientemente aprobada Estrategia Nacional sobre Adicciones 2017-2024 se pone sobre la perspectiva de género.

Es verdad que no se suele tener debate sereno alguno sobre el tema de las drogas, no importan los datos en cuestión, pues siempre habrá una muy alta dosis de alarmismo al presentarlos en la prensa. Este año (pero la tendencia en los últimos) resulta que los datos se pueden considerar buenos dado que muestran disminución en prevalencias de determinadas sustancias y cierto retraso en edades de inicio de consumo en otras. Parece que, de momento, y a tenor de esta herramienta concreta, no se aprecia repunte alguno en la heroína, preocupación central para muchos por lo que ocurre en otros países y la propia historia en España. No es menos cierto que nos podríamos detener, por ejemplo, en que las mujeres jóvenes se emborrachan más que los hombres o que consumen más hipnosedantes, lo cual también es una tendencia que se venía observando y requiere poder explicarse.

No es menos verdad que la información sobre consumos de personas entre 14 y 18, siendo interesante y necesaria, no abarca toda la realidad. La relación entre probar una sustancia y desarrollar una adicción es algo espuria. Lo único cierto es que si nunca pruebas nada no desarrollas adicción, la probabilidad es cero. La edad de inicio a veces es un factor de riesgo y a veces lo es de protección, tienen influencia muchas cosas en la vida de las personas, no es muy racional atribuir una especie de poder mágico a las sustancias en consideración, o en términos más científicos, una causalidad directa y unívoca. Y puede pasar que los consumos de sustancias a edades más tempranas no tengan un equivalente directo con los consumos a más edad, es, por ejemplo, lo que hoy pasa con la cocaína y la heroína en España, que se consumen más tarde y seguramente tenga que ver con la representación social y cultural de las sustancias y el acceso a las mismas. El mismo tipo de encuestas a población joven, en Estados Unidos, no reflejaban el problema que estaba sucediendo con lo que ahora conocemos como crisis de la heroína.

El estudio sobre las tendencias de consumo de drogas es de esos complejos (que no sólo complicados). No se trata tanto de la existencia de muchas variables que sería un problema complicado, sino de que las que sean que tomemos en consideración interectuan entre ellas de forma no lineal, es decir, no siguen el esquema simple de A causa B, lo que nos lleva a la complejidad. Influyen, además, las condiciones iniciales, nunca tendremos, como en un laboratorio, una función que empiece en cero y sobre la que se pueda ir de adelante a atrás y viceversa probando, ningún joven afronta el consumo de sustancias en un contexto controlado, neutro.

Cada vez que nos encontramos con un sistema parecido puede cundir el desánimo y pensar que no es posible hacer nada por mucho esfuerzo investigador que pongamos. No es del todo cierto, siendo verdad que si lo que queremos predecir es la próxima crisis lo tenemos bastante difícil. Pero a corto plazo, sí podemos saber cuales serán las tendencias y esto es mucho.

Una de las formas que conocemos para afrontar la complejidad es aportando complejidad y esto, más o menos se hace, por la parte que corresponde a incluir más disciplinas mirando el problema, lo que llaman multidisciplinariedad. Pero no es suficiente si cada una de ellas se centra en sus pequeñas interacciones, por ejemplo el cerebro y las sustancias y no amplía sus miras hacia sistemas más complejos. El cerebro es un sistema complejo por sí mismo, pero que no se puede explicar si no es por su interacción con otro más complejo todavía que es el cuerpo humano que a su vez no se puede explicar sin tener en cuenta otro más complejo del que recibe información que es el ambiente y el grupo y la sociedad en la que vive con su cultura… las sustancias no son sólo unas reacciones químicas, se mueven, por ejemplo, en unos contextos de tráfico que son complejos…

La cuestión, después de todo este rollo, es que los cambios sociales son importantes para el consumo de sustancias. Del mismo modo que ahora en no pocos lugares se intenta anticipar el problema de las adicciones sin sustancia, es decir, y en particular a las nuevas tecnologías, alegando que suponen un cambio social, es si cabe mucho más importante mirar el cambio social que está suponiendo el feminismo. Lo está haciendo poco a poco, con repuntes, pero eso no debería hacer que pase inadvertido y menos para los especialistas en sustancias que están acostumbrados a la consideración de plazos largos de interacción de las personas con las mismas dado que el tiempo es una de las principales medidas. Es posible aventurar que los cambios en los roles de género, por paulatinos que sean, tienen y tendrán un reflejo en el consumo de sustancias tanto en hombres como en mujeres. Ya pasó con el tabaco, dos veces. No podemos decir en qué sentido, pero sí que ha ocurrido, está ocurriendo y ocurrirá. Por eso, el gesto simbólico de la presentación de unos datos el día 8 de marzo, se convierte, además, en un error teórico.

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Ya de coña

De vez en cuando -cíclicamente- nos encontramos con el escándalo de algún partido o de alguna organización que distribuye información que “fomenta el consumo de drogas”.

Lo primero que suele ocurrir es que se convierte en arma arrojadiza entre políticos. Cualquier cosa lo puede ser por lo que, quizás, no deberíamos prestar demasiada atención. Pero es verdad que en este caso se mezcla que el Ayuntamiento responsable es “podemita” y, claro, brotan los comentarios sobre el Comunismo y Venezuela. No es menos cierto que precisamente esto mismo nos ha dejado fabulosos escritos de lectores y lectoras en varios periódicos digitales; con más de hasta 300 comentarios en algunos casos y que aportan una información adicional muy rica, aunque no tanto sobre las drogas.

El caso es que, como casi siempre, el debate de fondo es algo más complicado de lo que refleja la prensa mayoritaria y los comentarios de los lectores. Intento siempre ponerme en el lugar de la gente que no lo ve como yo, que critica el folleto en cuestión en este caso, si bien la tan descarada mezcla de ataques a “la izquierda” por los tópicos de siempre que nada tienen que ver con el tema, me lo ha puesto más fácil.

Lo que se conoce como reducción de daños es una estrategia ampliamente reconocida, utilizada y recomendada, no sólo en el tema de las drogas. Algunas veces, el mismo uso del cinturón de seguridad en nuestros coches se denomina reducción de daños. En drogas es una estrategia que se conoce, estudia y evalúa desde hace muchos años e incluso impulsa desde varios organismos internacionales, llegando a considerarse como una parte importante dentro de la prevención. Es verdad que hay muchos países que se oponen a la reducción de daños, pero no lo es menos que hay suficiente evidencia de la que llaman científica que avala su utilidad en determinadas situaciones y contextos.

La cuestión es que sobre ese importantísimo debate no informa la prensa que da cuenta de la noticia, sólo algunas honrosas excepciones y a medias, el resto se queda en la repetición del moralismo político. Por mucho que se busque entre los diferentes medios es imposible ver, primero, el material de la discordia, no te lo enlazan para que puedas juzgar por ti mismo, y es que quizás no esté disponible. Pero tampoco te aclaran a quién va dirigida la información (salvo algún periódico que reproduce las palabras del alcalde de Zaragoza), y es clave, porque si va dirigida a personas que ya consumen o están en una situación de especial riesgo, la estrategia puede no ser para nada desafortunada; siempre atendiendo a lo que nos dicen los científicos que se dedican a estudiar sobre estos temas.

Los científicos no tienen por qué tener razón. Lo que nos dicen es que las estrategias moralistas del no consumas que es malo, no funcionan e incluso son contraproducentes para un tipo de personas que ya consumen o están en situaciones de especial riesgo de hacerlo o por hacerlo. Otro tipo de información para que el consumo sea más seguro y sobre todo sin juzgar a la persona que decide consumir, funcionan mejor para evitar daños a corto plazo, empezando por la muerte, así como también a largo plazo e incluso sobre el desarrollo o agravamiento de una adicción, por no mencionar otros riegos indirectos pero derivados del uso de sustancias.

Lo que ahora todos los científicos empiezan a decir y ya era hora, es que no todo consumo de drogas lleva directamente a la perdición, no porque consumas una sustancia te vuelves un adicto, incluso, en el peor de los casos, no porque seas un adicto dejas de ser humano. Es este un notable cambio que va dirigido a desmitificar el mundo de las drogas y el lenguaje que para quienes las usan se utiliza, dado que todos los otros intentos que se tienen de referencia como la prohibición, la persecución, el moralismo, la estigmatización, no sólo han fracasado, sino que han causado y siguen causando más daño que las sustancias mismas.

Los moralistas suelen recurrir a una pregunta trampa con mucha enjundia: Entonces ¿usted querría que su hija consumiera? La respuesta es obvia y sencilla, no, a ser posible nada, nunca, ni una copa del tan afamado por beneficioso vino. Pero esta pregunta no es un argumento; formulemos la siguiente ¿usted querría que si su hijo o hija consumiera lo hiciera asumiendo mayores riesgos de los que ya de por sí implica consumir? ¿querría que fuera tachado de mala persona, que le persiguiera el sistema social, el judicial, que se incorporara al mundo delictivo, que acabara en prisión? ¿Le gustaría que condujera un vehículo o tuviera conductas de riesgo bajo los efectos de alguna sustancia? En principio los moralistas prefieren enfocarlo de la primera forma puesto que creen que nunca les pasará, por su posición tal vez, por su control familiar, por su clase social, porque es más sencillo ser categórico con las posiciones de los demás que con las propias… y acto seguido recurren al siguiente gran anatema: los hijos de las madres que cayeron en la heroína. Se olvidan que eso no pasó, sigue pasando y todavía hoy te encuentras madres en la puerta de cualquier centro penitenciario en días de visita, por ejemplo, porque a la cárcel van más los que menos oportunidades tienen. Lo que quienes usan ese argumento desconocen es que muchos de aquellos hijos se salvaron por la reducción de daños, porque se les decía que no compartieran jeringuillas, se facilitaba salas higiénicas para que se pincharan, se utilizó y utiliza la metadona como sustitutivo y hoy podemos hablar de no pocos que han conseguido llegar a mayores y que, por cierto, no reciben casi atención, ni mucho menos como la que se presta a este folleto del que hablamos. Sus madres, salvo para maldecir a cualquiera que no opine como ellos, están desterradas al más profundo olvido de la sociedad y sus instituciones.

Está feo utilizar como referente simbólico sólo una parte del aprendizaje de aquella crisis y olvidarse de lo que no interesa en favor de unos argumentos. Se utilizó y se utiliza la reducción de daños, les guste o no. Y es más, está feo no profundizar en que posiciones moralistas y la alarma social que se impuso tuvo como consecuencia estigmatizar a una población a la que se les pusieron las cosas más difíciles que se si se hubiera actuado de otra forma, es decir, que fue un factor más en la crisis, no la solución, como se suele pensar.

La cuestión es sencilla, basta con que nos digan a quién va dirigida esa información que genera tanta discordia y consenso en su contra a la vez. Si es para repartir en una clase de primaria, sin duda es un error, ninguna perspectiva de las consideradas científicas lo respaldaría. Si va dirigida a una población que ya consume o tiene claros riesgos de hacerlo, no es tan mala idea.

No se puede cambiar que las posiciones moralistas se escandalicen ante cuestiones como estas, seguirá pasando cada vez, pero es preferible que piensen, políticos y medios sobre todo, si sus posturas están suficientemente reflexionadas e informadas y si no es posible que causen más daño que bien a muchas personas, sin necesidad. Es cierto que el que existan es un incentivo, necesario, para seguir avanzando en soluciones mejores que todo lo que hasta ahora, ya sabemos, no ha funcionado. Solo que si hubiera un poco menos de seguidimismo partidista e interesado, para que se pudiera ir más rápido y no dejar a tanta gente por el camino, ya de coña.

https://www.heraldo.es/noticias/aragon/zaragoza-provincia/zaragoza/2018/02/05/pulverice-bien-raya-cocaina-1223007-301.html

https://www.heraldo.es/noticias/aragon/zaragoza-provincia/zaragoza/2018/02/05/zec-dice-que-informa-con-base-cientifica-sobre-los-efectos-adversos-las-drogas-1223030-301.html

http://www.libertaddigital.com/espana/2018-02-06/el-ayuntamiento-podemita-de-zaragoza-las-drogas-y-los-medicamentos-son-lo-mismo-1276613355/

http://www.elmundo.es/espana/2018/02/06/5a78c0ade5fdeae55d8b45d6.html

https://www.hri.global/what-is-harm-reduction

http://www.unaids.org/es/resources/presscentre/featurestories/2016/october/20161009_harmreduction

http://www.cicad.oas.org/drogas/elinforme/informeDrogas2013/drugsPublicHealth_ESP.pdf

http://www.lavanguardia.com/politica/20180206/44587281460/folleto-drogas-zaragoza.html

https://elmurodelpuebloespanol.com/2018/02/08/del-colocarse-y-al-loro-de-tierno-galvan-al-alcalde-de-zaragoza-aconsejando-como-hay-que-drogarse/

http://www.antena3.com/programas/espejo-publico/entrevistas/el-portavoz-del-pp-de-zaragoza-sobre-el-folleto-que-habla-de-las-drogas-en-la-guia-del-senor-sanchez-se-dice-la-droga-no-mata-mata-la-ignorancia_201802085a7c50c10cf2ba3416952b5d.html

https://www.eldiario.es/sociedad/guia-drogas_0_737377064.html

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