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Turismofobia

Este verano tocó la turismofobia. Por un momento amenazó el burkini como el pasado, pero no cuajó aunque en ambos casos se produjeron protestas en la calle y, como se acaba demostrando, son temas sobre los que no está, ni mucho menos, todo dicho.

El mayor argumento a favor del turismo pasa por el dinero; por el dinero que deja, por el que se gastan o no, por el peso del turismo en la economía, por las familias que viven del turismo… A mí esto me parece pobre, incluso si el Presidente del Gobierno habló de la falta de inteligencia de quienes protestaban contra lo que nos da de comer.

Luego resulta que, en el fondo, hay cierta coincidencia en que el modelo de turismo se puede y debe revisar, si bien no tanta en si es una mala idea hacerlo de forma tan llamativa, en la calle, justo en el momento de máxima afluencia de turistas. Quienes protestan, al menos, sí que están de acuerdo en que es necesario, creen que, sin la oportunidad, el sistema nunca permitirá hacer reflexión alguna, saben -intuyen- que donde el dinero está por encima de todo no hay discusión posible. Algo parecido les debe pasar a los de la seguridad de los aeropuertos.

Los que no están de acuerdo con que se proteste (que no creen que se deba protestar nunca, en ninguno caso) porque puede suponer pérdida de dinero, sí lo están con que se podría impulsar un modelo por el que cada turista pagara más por estancia. Esto muestra que la elección de indicadores para la discusión pública es siempre una cuestión espinosa; en este caso se suelen usar los 80 millones de estancias, la cantidad media de gasto por persona, el porcentaje del PIB que se debe al turismo y el porcentaje de empleos asociados al mismo, y estos se repiten como un mantra a base de titulares en la prensa.

Normalmente, quienes no gustan de la protesta suele darse que creen, además, en la Ley de la oferta y la demanda para que rija nuestras vidas. No les sería, entonces, tan difícil, imaginar qué ocurriría si un destino mantiene la demanda pero no puede cubrirla toda; el precio subiría. ¿Por qué no ocurre eso en nuestro caso? Es una pregunta dolorosa pues tal vez encontráramos la respuesta en que no es un destino tan atractivo si no se mantienen los precios bajos. Pero eso no puede ser, España es un gran destino, tiene una industria turística puntera, innovadora, la mejor del mundo y sol y cultura a partes iguales y decir lo contrario puede resultar antipatriótico ¿Entonces? Tal vez sea una elección y no tanto un ley divina.

Ya sabemos que la Ley de la oferta y la demanda no debería recibir tan regio nombre, quizás teoría sería suficiente. El sector turístico se basa, como tantos otros, en sueldos bajos (teniendo en cuenta la intensidad del trabajo) y esto no es nuevo, es una contaste desde mucho antes de la Gran Crisis, sólo de tal forma se pueden mantener los precios bajos y afectar a la demanda. Así las cosas, el único camino para que el año que viene los titulares puedan ser que llegan 90 millones de turistas en vez de 80, es seguir bajando los precios y seguirán apareciendo pisos de alquiler turístico y todo lo que se quiera, pues no pocos serán los que sigan pensando en sacar tajada de la gran industria, es inevitable.

El problema de cualquier empresa, de cualquier sector, es seguir tirando sólo de su ventaja competitiva pues esta acaba siempre desapareciendo. Aparecen otros actores que quieren su parte, nuevas ideas y se llega al limite desde el que ya no se crecerá (que parece una obsesión). Mientras se sigue pensando a corto plazo, en ingresos, en dinero, en los resultados del trimestre, esto no se suele ver y, de repente, la gallina de los huevos de oro entra en crisis y no te das ni cuenta. Pero siempre se concluye que eso no pasará mañana que el sol seguirá siendo un atractivo, que las cosas se acomodarán por su propia naturaleza. Y si algo cambia, además y por suerte, será posible culpar a los que protestaban.

Pudiera parecer que hablar de estas cosas significa que te alegraría que un sector sufriera una crisis, y es más bien todo lo contrario, porque hemos visto otros sectores antes sufrir de lo mismo, por lo que se quiere evitar. En mi caso, además, soy hijo de agente de viajes, me gusta mucho el turismo porque es parte de mi vida, una muy importante. Pero también he vivido en primera persona lo que ocurre cuando sólo se piensa en dinero. Viví el primer cambio del sector turístico cuando dejaban de venir a vernos personas y pasaron a ser billetes (pasó lo mismo en la banca y tantos otros sectores, la construcción sin ir más lejos). Y aquí ocurre otra cosa muy curiosa en los que no son favorables a las protestas. Resulta que esgrimen el argumento de que son otros los que quieren que dejen de venir personas turistas con menor nivel adquisitivo y pretenden que vengan sólo los que gastan cuartos, se acusa a los otros (a los que protestan) de tener una propuesta de elitismo turístico puesto que, se piensa, debería ser contraría a los ideales que se les atribuyen. Al hacerlo, relacionan un indicador que no dice nada, el del dinero gastado por persona (que no deja de ser una media cutre), con que si se quiere un mejor tipo de turista esto sólo puede ser si vienen los que mayor nivel adquisitivo tienen. Claro que sí, eso es como un jefe que tuve que se declaraba de izquierdas y para justificar que no tuviéramos días de descanso en agosto decía que eso de las vacaciones es una idea burguesa. Todo vale.

La cuestión es otra. Una industria que supone ¿qué? el 11% del PIB, el 13% de los puestos de trabajo, no se puede construir sobre una base tan débil y que no es otra que la precariedad laboral. Esta no debe ser nunca la ventaja competitiva. Con ese peso tan grande dentro del conjunto de la economía, surge ya la pregunta de si no será necesario, para mantener esa precariedad que es la que permite ofrecer precios bajos, basarse en una precariedad general, estructural. ¿Quien quiere trabajar en el sector turístico?, el que se ve obligado y no tiene más opciones. Esto debería hacernos pensar, basamos la economía en un sector del que la gente, en cuanto puede, sale corriendo, mientras el objetivo es aumentar el número de estancias.

No veo claro, entonces, que esto vaya sobre odiar a una categoría de personas, las que viajan por placer a otro país. Está bien, la estrategia es correcta, no pocos dejarán de hacer preguntas por miedo a que les tachen de turismofóbicos, no es algo con lo te guste vivir. Aunque no parece que la discusión vaya sobre las personas turistas. La discusión va sobre la propia discusión, conviene hablar de este tema y no crear etiquetas para desterrar a los que lo pretenden o acusarles de ir contra el pan de los demás. Ya hemos visto antes -varias veces- lo que luego puede ocurrir.

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Estamos como para pedir un día

Eso me dijo un vecino al coincidir en el ascensor y comentar los golpes por las obras que se escuchaban en todo el edificio. Hay que cambiar cañerías y la parte final de cada cambio tiene que ser en casa de uno, por lo que alguien tiene que estar para abrir la puerta, es decir, si trabajas, pedirte un día. No lo conozco de nada, ni siquiera baja a las reuniones de vecinos, me sorprendió que con esa simple frase me explicara con tanta claridad cómo siente que es su situación laboral. Pero pensándolo, es sorprendente que las cosas estén tan complicadas en los entornos laborales que diera por sentado que yo lo entendería, cuando bien podría ser un optimista al estilo Rajoy y haberle hablado de las cifras de la economía y la recuperación. Sí -le habría dicho- pero la economía está mejorando y ya andamos por datos cercanos a antes de que empezara la crisis, hace lo menos 11 años.

Una amiga está bastante enfadada y buscando trabajo porque después de jornada tras jornada de 13 horas, ahora no le conceden unos días de vacaciones; resulta que sigue habiendo algo urgente que hacer. Otra me cuenta que de entre sus compañeros y compañeras, una está de baja y otro tiene problemas en la piel y el pelo, según parece, en ambos casos, por aguantar a la loca de su jefa. Y me lo cuenta resignada, como quien tiene la experiencia de que cosas así ya ocurrieron en su trabajo antes y seguirán haciéndolo; antes, cuando todavía se hablaba del acoso en el trabajo y se escribían libros, pues desde hace un tiempo ya ni se menciona.

¿Cómo interpretamos estas anécdotas? Puede ser que exista un sesgo en quien las escucha -yo- que sólo busco quedarme con las cosas malas, y que resulte que por cada una de estas me hubieran contado cinco de trabajos ideales en los que reinara la inteligencia, la paz y la felicidad y hubiera decidido obviarlos. Puede ser también que la gente, para hablar, elige sólo lo malo que les pasa y sobre lo bueno no te cuentan para no generar envida. Tal vez la explicación esté en alguna característica sociológica, que soy más cercano a una generación de edad con estudios universitarios sobre el sacrificio de sus familias (pues pensaron que sus hijos, gracias a la educación, vivirían mejor que ellos) que resulta que tiene mala suerte y lo peor del marcado laboral se concentra en nosotros y nosotras, viviendo el resto otra realidad mucho mejor. Tal vez, como se está poniendo de moda, en pueblos, ciudades pequeñas y el campo, sean felices y cosas tales sólo pasen a los que viven en las grandes urbes.

No descartando ninguna de las anteriores, cabe también pensar que las relaciones laborales han explotado y que el abuso ya no tiene frenos. La crítica al sindicalismo que era tan pareja a la crítica al funcionariado en este país, tuvo la gran suerte de, además, coincidir por el camino con la gran crisis. O quizás en la gran crisis tuvieron que ver mucho los mismos que piensan así. El caso es que ya no queda casi nada de ese mundo y ahora es el Gobierno el que tiene que pedir una subida de sueldos, como si sólo eso fuera la solución, pero no deja de ser gracioso; si prefieres reír en vez de llorar.

Puede ser que el empresariado y sus jefes que no son más que trabajadores auto engañados, vean que ya no tienen por qué frenar en su presión para lograr más horas por menos dinero. Seguro que ríen al escuchar al Gobierno hablar de pagar más, cuando no les hace falta, el mercado y su ley de la oferta y la demanda no obliga -piensan-. No es necesario contratar si pueden presionar para que se trabaje más. Si encima asumiéramos la hipótesis de Rajoy, el problema ya no es el dinero, hay de sobra y, lo mejor, las expectativas son buenas ¿cómo lo explicamos entonces?. La conciliación, las medidas sociales para mejorar el bienestar de empleados y empleadas… seguro que se tronchan al oír hablar de esto. Les basta con seguir defendiendo el otro gran hilo argumental -junto a sindicatos y funcionarios malos y vagos-, que no es otro que la gente no quiere trabajar. Así tampoco les es necesario la autocrítica, ni pensar en formas de organización mejores dado que las decimonónicas funcionan hoy casi mejor que entonces.

El dinero puede empezar a fluir, es posible conceder que en esto pueda tener un poco de razón Rajoy (no discutamos por ello), pero la cultura laboral ha retrocedido a la época poco posterior al esclavismo. Y la señora Presidenta de la Comunidad de Madrid, con su idea de las vacaciones, es sólo un ejemplo más. Puede estar bien para ella hablar de no cogerse vacaciones, pero para personas que trabajan 10 horas (más otras dos para ir y volver de casa) por menos de 1.000 euros brutos, si además les quitas las vacaciones y tienen miedo a pedir un día para abrir su casa y que llegue el agua caliente, pues no es lo mismo. Por lo menos necesitan que sus vacaciones puedan pedirlas coincidiendo con las obras ¿no? para no perder días. Y ya que estamos, aprovechar las mismas para arreglar papeles e ir al dentista, qué menos que poder elegir cuándo te coges las vacaciones. Por no mencionar las piruetas que es necesario hacer para encajar los horarios si tienes hijos pequeños, siendo la época veraniega ya la locura máxima. Lo que resulta complicado es entender que la gente todavía se anime a tener hijos, quizás lo del pan debajo del brazo esté marcado a fuego en nuestro ADN y alguien lo siga pensando.

Ante lo descrito seguro que estos días estivales nos encontramos todos y todas, como tontos del haba, diciendo la frase “pues la cosa estará fatal pero no veo mas que gente en la playa y en los bares”. Quien más y quien menos la pronunció también en los peores años de la crisis, como intentando justificar que -bueno- no todo el mundo estaba tan mal. Pero en el fondo, si lo pensamos, no es eso. No se trata de llegar a fin de mes y poder gastar algo si tienes vacaciones, que por otro lado no es poco. Hablamos de llegar a Marte en pocos años, de innovación tecnológica sin fin, de coches eléctricos en nuestras ciudades, por ejemplo, y pensamos que todo esto se puede construir sobre la base de unas relaciones laborales podridas, caducas, abusonas con los trabajadores y trabajadoras… pues lamento decir que esto no ocurrirá, no se entrará en modernidad alguna mientras no solucionemos algo tan básico como la forma de relacionarnos con el trabajo, con inteligencia, no recurriendo a la fuerza. La tensión seguirá creciendo lo haga o no la economía, es lo que nos enseña la historia y en este país o lo que sea, costará vanagloriarse de estar entre los “grandes” del mundo.

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Traumas

Un empleo puede ser una experiencia traumática, no sólo representan traumas aquellos de la infancia con una araña o un plato de comida realmente malo. Esto nos pone ante una tesitura incómoda, una pregunta molesta ¿cuánta gente hay traumatizada por allí por sus experiencias laborales?

Te empiezas a dar cuenta cuando miras hacia atrás e intentas explicar lo que viviste y no sabes cómo. Pretendes no tener que hablar de ello si te preguntan en otra entrevista de trabajo o con tus nuevos compañeros y recurres a los tópicos, te preparas las frases para salir del paso si llega el momento. Sabes que puedes estar propiciando un nuevo estigma sobre tu persona, uno por el que no te contraten o te miren con sospecha en ese nuevo entorno.

Me pasó entrevistando a un candidato que con toda libertad hizo lo que siempre te recomiendan los gurúes del empleo no hacer, soltó toda su rabia. Rabia porque había tenido que agachar la cabeza, rabia porque vivió un buen tiempo en un ambiente infesto, tuvo que ver cómo destrozaban a compañeros y compañeras hasta que caían enfermos, se iban o despedían; finalmente le tocó a él.

Tanta honestidad resultó incómoda, al principio mi reacción fue lo que quizás hemos aprendido todos, culpar de lo ocurrido al que lo narraba, considerando su potencial conflictividad y que en un futuro pudiera provocar lo mismo en el entorno para que el estaba siendo seleccionado. Culpé a la víctima que es una gran costumbre de nuestros tiempos; sin darme cuenta, hasta más tarde que en realidad también cuestionaba mi propio entorno laboral.

Él, sin embargo, se quedó tan agustito, como si verbalizarlo estuviera siendo terapéutico, para añadir que llevaba dos años en paro. Se preguntaba si su edad tendría algo que ver, 34 años, porque ahora las empresas buscan veinteañeros que aguanten el tirón con todo, cobren poco, cubran más allá de cualquier horario y trabajen como buenos soldados sin cuestionarse nada.

Madre mía, 34 años y ya llevaba una experiencia traumática y dos de paro quizás por no haberla superado. ¿Estamos todos locos y el único cuerdo es él? Pues sí. El caso es que para mí también fue terapéutico, de estas conversaciones que a veces uno tiene en la vida de las que sale cansado, removido y durante varios días vuelven incesantemente a tu cabeza. Claro que yo también lo he vivido, en los dos lados, y me cuesta encontrarme gente que -lo disimule mejor o peor- no haya pasado por circunstancias similares. No puede ser casualidad, tiene necesariamente que ver con el sistema que padecemos y quizás una prueba de ello es que tanto supuesto experto nos intente convencer a todos de ponerlo bajo la alfombra, de no dejarlo saber, perpetuando así una enfermedad social, aunque sea lo mejor en la práctica. La consecuencia de airearlo, no se sabe muy bien cómo funciona el mecanismo, puede ser que no encuentres otro trabajo porque te mirarán con sospecha, y habiendo cientos de candidatos pues…

Otro tipo de expertos, los que se dedican a lo macro y no a lo micro, nos invaden con sus ideas sobre un mundo productivo mejor y hacia dónde deberíamos ir. Hablan de nuevas tecnologías, innovación, inversión, pequeña empresa frente a gran empresa, lo público frente a lo privado, competitividad… pero no consideran campo de su preocupación el sistema de relaciones en el trabajo. Y todo está conectado, sus grandes ideas no se pueden desarrollar sin que funcione el día a día de los entornos laborales. No puede haber innovación, no puede haber competitividad, ni productividad, con tanta gente traumatizada.

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Alianzas liberales

Acabo de conocer una historia, como tantas otras iguales, que me remueve. Una persona se dio de baja voluntaria de un empleo para ir a otro y a la semana, resultó que el otro era una oferta falsa, una labor comercial encubierta y unas funciones que no fueron las habladas en la entrevista ni publicadas en la oferta. Cuando esta persona puso objeciones fue despedida en periodo de prueba. Esto ya es grave, merece una inspección de trabajo porque le pasará al siguiente, pero además, ésta persona se quedó sin cobrar el paro acumulado después de muchos años de trabajo. La legislación lo permite y las oficinas de empleo lo facilitan. Me pregunto quién se ha creído esta gente que es para hacer estas leyes y sobre todo por qué se lo permitimos.

Al parecer, este tipo de medidas se pensaron para evitar el fraude, aquella situación por la que te vas de un trabajo y te das de alta unos días en la empresa de un familiar o colega y así cobras el paro, por ejemplo. Y aquí me aturrullan ya las dudas. La primera pregunta es cuánta gente deja un trabajo en el que le va bien para cobrar el paro. Quizás se podría pensar en cuánta gente simplemente deja su trabajo porque no está a gusto en el mismo e indagar en las causas que lo provoca. Incluso deberíamos preguntarnos lo contrario, por qué tanta gente que no está bien en su trabajo continúa, con el daño que se hace a sí misma y muy posiblemente a los demás.

La respuesta a esta última pregunta es de lo mas sencillo, porque no le queda otra, ya lo sabemos. Lo curioso del tema, del planteamiento, es una ley que castiga al que se quiere mover, al que busca mejorar, al que quiere cambiar y permite que el mal jefe, el mal empresario, campen a sus anchas y abusen. Sin embargo intentan colarnos, con el discurso del emprendimiento como la mayor de las virtudes, que moverse, tener iniciativa, no quedarse en la zona de confort… es lo mejor, como si cambiar de trabajo no fuera el mayor de los emprendimientos.

Desde estas líneas sostenemos que una parte del alto desempleo se debe a la voluntad del tejido empresarial y capitalista de este país, a su forma de pensar y valores, puesto que les es beneficioso. Su discurso sobre el empleo, además, ha calado y se ve reflejado en las leyes, pues la distancia entre esta clase y la clase política es mínima.

Veamos. El despido debe ser barato para poder, con el menor coste posible, ajustar las necesidades de producción, nos dicen. Pero un trabajador o trabajadora no puede dejar su empresa voluntariamente y tener una protección, si se va lo hace con una mano delante y otra detrás y si se va para cambiar de trabajo -como hemos visto- se la juega. En el caso de que, irregularmente, se arreglara la situación y el trabajador se fuera teniendo paro, este es más bajo de lo que cobraba trabajando o de lo que contribuyó durante años. Y aceptando eso, las posibilidades de que si encuentra otro trabajo, en este le paguen menos que lo que cobra de paro son muy altas, ampliando el círculo de despropósitos a favor de la libertad de coacción de la clase empresarial, apoyada por la clase política, sobre la trabajadora. El trabajador no es libre de facto para abandonar su trabajo, el empresario sí para despedir, al menos valorando el coste de una acción y de otra.

Resulta contraproducente que el Estado favorezca sólo la libertad del empresario y no la del trabajador. La ideología liberal no está de acuerdo con esto, propugna menos estado y más libertad individual. El estado, en todo caso, debe tener como función garantizar y ampliar la libertad del individuo, no sólo la del individuo empresario. Resulta contraproducente porque el sistema necesita contrarrestar la espiral peores trabajos, peores condiciones, peores trabajadores, peores empresas. Nadie sale beneficiado de esto. El Estado no puede tener la imagen de ser el recaudador de impuestos, una parte de los mismos que esquilma la clase política y de represor del trabajador a favor de la empresa que además tolera que se meta la mano en el dinero público como contraprestación. Y no sólo por imagen, esto explica en parte lo que tan nerviosos pone a tantos y que denominan populismos.

Aquellos que se llaman a si mismos liberales y en realidad buscan activamente que el Estado favorezca unos intereses de clase y no la libertad individual, no lo son. Cada cual puede ser lo que quiera, pero esa postura nos llevará a todos a la ruina, tarde o temprano.

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Antifrágil de Nassim Taleb

Hace un tiempo tuve una entrevista de trabajo algo desagradable. Después de mucho rato de tensión, la conclusión del entrevistador fue que lo que todos buscamos es estabilidad en la vida. Lo curioso era que el puesto (en el mismo momento me enteré) era de media jornada y mal pagado, pues todavía hay muchas ofertas que no facilitan este tipo de información y vas a ciegas. Pero además, ni corto ni perezoso, el hombre me dijo que en aquella empresa nadie se asentaba hasta como mínimo pasados los tres años y que lo normal era que te despidieran por periodos de unos meses y luego te volvieran a llamar varias veces a lo largo de todo ese tiempo. Algo así como una prueba de obstáculos de resistencia.

Pero eso no fue todo, claro, el rato no tuvo desperdicio. En un momento dado y después de tanta tensión, tuve que parar y preguntar dónde quería llegar. Me dijo que quería saber si yo era conflictivo porque la empresa tenía una serie de denuncias y no querían más. Acabáramos, si hubiera empezado por ese punto. Era lo que parecía, una de esas entrevistas en las que la persona cree que en la organización y en el puesto se vive mucha tensión que es necesario saber soportar y no todo el mundo vale. Un joyita vaya, pues pocas cosas más devastadoras existen que creerse que en tu lugar de trabajo se soporta mucha presión y comulgar con ello, llevarlo a gala y que sea parte de la identidad corporativa. Suele indicar una dependencia muy alta de unas pocas personalidades, mucha desorganización y baja calidad del trabajo. Normalmente reina la idea de “este trabajo consiste en aguantar el tirón”, esa gran asignatura que se imparte en los diferentes ciclos de educación de todas las sociedades del conocimiento.

Este episodio me ha venido a la cabeza leyendo “Antifrágil”, libro de Nassim Taleb. Entiendo perfectamente la forma de pensar del entrevistador por la que es mejor ser duro, ya que si te portas correctamente con la gente te lo pagarán mal, los halagos debilitan y cosas en esa linea. Cómo no entenderlo si es lo que hemos vivido en distintas organizaciones, muchos desde el colegio, toda nuestra vida. Pero Nassim propone una serie de conceptos sobre este tema y otros que merecen considerarse. La cuestión es que a los humanos y a sus organizaciones nos hace bien la tensión, el estrés, los ejercicios para fortalecernos. Pero como todo el mundo que hace deporte sabe, es tan importante el esfuerzo como el descanso, la mitad del rendimiento futuro está en los periodos de descanso. Nada hay tan negativo como la tensión constante, es mejor más intensidad intercalada con periodos de recuperación. Lo contrario es como la tortura de la gota malaya, ir dejando que una insignificante gota te caiga en la frente durante mucho tiempo hace que te vuelvas loco. Está claro que algunas personas podrían confundir esto con una reivindicación de los demonizados sindicatos relativa a más periodos de vacaciones o mejores horarios y aunque puede estar relacionado no es la idea. Trabajar intensamente en un proyecto, aprender del mismo, salir fortalecido, crear todo un nuevo mundo de posibilidades y nuevas relaciones, permitir la creatividad y el error y empezar proyectos de nuevo, estimular en definitiva capacidades humanas, no tiene nada que ver con trabajar poco ni con ser blando. Hablamos de modelos de gestión.

La idea que nos propone es que en determinadas situaciones orgánicas y complejas, lo mejor no es la dureza sino la antifragilidad. El libro -como decía- merece una lectura para profundizar en ese concepto, si bien él preferiría una crítica porque dice que quien se atreve a opinar contracorriente sale más fortalecido de estas últimas si es antifrágil. El caso es que por todos lados volvemos a la dureza, en política, en relaciones internacionales… no sólo en aquella organización. A duros y duras gusta llamar a cualquiera que no es agresivo, blandos, a veces buenistas; confunden ambos términos, lo confunden todo. La cuestión es que lo que es duro puede costar que se rompa (aunque al final casi siempre lo hace por desgaste) pero tampoco mejora. Así que no puedo dar la razón a mi entrevistador de entonces, los humanos no buscamos la estabilidad. No pasar hambre no entra dentro de la idea de estabilidad. Nos gustan los retos, cambiar, aprender, el estrés aunque no que este sea parte diaria de toda nuestra vida laboral. En cambio, se nos enseña a acomodarnos como objetivo de ciertos ambientes y sistemas, a que no seamos conflictivos y cuestionemos cadenas de poder, pero en el fondo no está en nuestra naturaleza perder masa y volvernos fofos mentales. El problema suele ser que nos acostumbramos tanto a aguantar lo que venga, a bajar la cabeza que ya no se nos puede pedir otra cosa, nos entrará el pánico. Esto nos lleva a ser muy frágiles, cualquier cambio puede rompernos. Y todavía a algo más inquietante, muchas organizaciones duras, expuestas a no mejorar, en el fondo necesitan basarse en plantillas frágiles.

Bueno, ya sabemos que existen organizaciones y personas para todo y a muchos les va bien así, total, sólo se vive una vez y mientras el chiringo aguante… Correcto, lo único que me preocupó es que aquel hombre se quedó convencido de que me interesaba.

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Conciliación

Es un clamor que los horarios de trabajo se deben racionalizar. La mayor parte de las personas te dirá que no se rinde más por estar más horas y que le gustaría conciliar, lo que en principio significa tener vida además de trabajo, pero es mucho más. Sin embargo, cada vez que aparece el tema, lo hace también una oposición liberal soterrada, tal y como se pudo ver en el programa de televisión La Noche en 24 horas. La misma proviene de quienes tienen más autoridad y poder en las organizaciones laborales.

Conocí una organización que trabajaba de 9:00 a 14:00, paraba dos horas para comer y luego seguían hasta las 19:00. La atención al público no justificaba que la mayor parte de las personas que trabajaban allí tuvieran que quedarse hasta esa hora. El presidente de esa empresa, ya jubilado, aparecía a partir de las 17:00 y esperaba reunirse con todo el mundo que necesitara, hasta la hora que estimara adecuado. Si había una reunión, aunque no estuvieras en la misma, se esperaba que te quedaras a que terminara, para que te vieran y en cualquier caso salir a tu hora no era nunca lo esperado. En las dos horas de comer estaba mal visto no quedarse en la oficina para sacar un rato más. No sólo es una cuestión de cultura de una organización (porque la cultura también puede ser irracional) era un abuso y generaba muchos problemas internos de clima y desempeño. Se perdía – hablando de productividad- mucho tiempo justificando cada minuto de trabajo para no sufrir reproche por parte de compañeros o jefes. ¿Es sólo una anécdota o sigue habiendo muchas empresas, a fecha de hoy que siguen una tónica parecida?

En el mencionado programa invitaron a José Luis Casero, Presidente de la Asociación para la Racionalización de los horarios españoles y lo entrevistaron, con la ya conocida ronda de preguntas y comentarios de los periodistas presentes en la mesa. Se detecta un cierto grado de rechazo a las propuestas del invitado, incluso -se podría decir- algo más que a otras personas que asisten al programa, normalmente políticos. No significa que se usara mal tono, claro, pero sí uno de condescendencia y de inicio, a lo que el invitado planteaba. Lo curioso es que, en el fondo, más o menos estaban de acuerdo -los periodistas- con las propuestas y alegatos tomados por separado.

El argumento del entrevistado empieza por decir que no es tan importante el tema por el que le invitan, el cambio de usos horarios, como la racionalización de los mismos en varias maneras, una fundamental en el trabajo. Al parecer, el manifiesto de la Comisión del Congreso que se ocupó de esta cuestión -nos cuenta el presentador- dice que la racionalización de los horarios permitiría encontrar “más motivación y más lealtad a sus empresas”.

Primero toma la palabra Elsa González cuyo comentario dejamos para el final, pero que fue quien puso sobre la mesa el tema de los horarios de máxima audiencia en televisión. En los últimos años, estos se han ido retrasando por una cuestión de demanda, es decir, se han adaptando a la hora que pide el público ver la televisión, lo que significa -se supone- que el tiempo libre se ha retrasado también. Ello encaja con que en España se duerma menos horas de media que en países vecinos, pues la hora de entrada al trabajo no ha cambiado.

Graciano Palomo empieza su intervención por decir que en el periodismo no se puede racionalizar los horarios, una especie de enmienda a la totalidad de lo planteado. El argumento resulta algo peregrino puesto que la noticia se produce cuando se produce, lo que significaría, entonces, trabajar las 24 horas. Luego le pide al invitado medidas concretas, exactamente medidas concretas “esta, esta y esta”, “siempre que sea factible” -añade- porque él tampoco ve posible que en España se deje de comer a las 15:00. Los pinchos, entendiendo por tal el almuerzo de media mañana, se convierten en un tema importante de la conversación (ese nivel alcanza) y se cuestiona si se ha preguntado a los bares qué les parece. La respuesta a este último tema es bastante buena, porque inicialmente los bares tampoco estaban a favor de la prohibición de fumar y de lo que se trata es “que la gente llegue desayunada al trabajo y se vaya una hora y media antes a casa”.

Antonio Papell entendió que se está a favor de atrasar o adelantar la hora según el horario de invierno o verano y él está en contra radicalmente de una imposición de los “burócratas de la Unión Europea”. Resulta que el invitado tampoco está de acuerdo en que esto se haga, es como si no hubiera escuchado sus palabras previas. Luego le parece bien hablar de la conciliación, pero desde un punto de vista liberal e indirecto. Esto significa que no se debe imponer por norma, aunque está de acuerdo con las medidas, no le apetece parecerse a los alemanes ni a los franceses; lo que, llegado el caso, si estos hacen algo bien no tendría mucha lógica. Por supuesto no quiere que le quiten el desayuno de media mañana, el pincho. El invitado que ese tipo de cuestiones parece habérselas encontrado muchas veces y las tiene muy preparadas, alega que hay que distinguir entre las personas con altas responsabilidades y la mayoría de españoles que son “trabajadores de base”. Pone varios ejemplos demoledores, uno de una Ministra que puede que no se hubiera parado a pensar que no es lo mismo su sueldo y sus horarios que los de su secretaria que no tiene el mismo sueldo y sí los mismos horarios. El otro es el de un diputado que dice que a su secretaria le gusta quedarse hasta tarde cuando, por la cara de ella allí presente, no parecía cierto. Finalmente cuenta lo de un directivo de una cadena que, al parecer, opina que a los españoles nos gusta cenar tarde y ver la tela hasta tarde. La conclusión es evidente, lo que a los españoles les gusta es poder tener tiempo y hacer de él lo que les parezca, no lo que personas como estas creen que se debe hacer, a lo cual se añade que esta libertad era más alcanzable en el 2000 que hoy. La crisis reaparece constantemente cuando se habla de ir hacia atrás.

Julio César Herrero empieza diciendo que no entiende nada, que no entiende qué tienen que ver los sueldos con la racionalización de los horarios. Se mete en un lió sobre salir a cenar y empezar a las 17:00 a tomar cañas. Dice que en determinados trabajos no se puede racionalizar y pone el ejemplo de los profesores del turno de tarde, que -sin más comentario- no se entiende a qué viene, sólo que estaba en contra de algo. Sin embargo está de acuerdo en que estar más horas no es producir más.

Finalmente y promovido por el presentador, se habla de las llamadas fuera de hora como cosas normales por imponderables, a lo que el entrevistado contesta algo muy lógico: “trabajo para que eso no ocurra” aunque a veces se pueda dar.

Como antes se decía, existen personas con mayor responsabilidad que piensan que todo el mundo debe estar sujeto a la misma, a la suya. Les cuesta ver que determinadas horas para trabajar o recibir llamadas son evitables, se hace más por gusto que por necesidad y muchas veces significan una incapacidad o falta de voluntad de organización del trabajo propio y del de los demás. Resulta bastante raro que uno de los criterios de selección para acceder a posiciones de mayor responsabilidad sea poder quedarte a trabajar hasta cualquier hora, más que eso se llame horario flexible.

Hemos dejado los comentarios de Elsa Gozález para el final porque van en esa linea y pone claramente sobre la mesa el tema de la igualdad, a ella le resulta obvio. Por no poder conciliar, muchas mujeres no optan o son rechazadas para puestos de responsabilidad, por ejemplo. Pero el entrevistado tenía razón, la igualad hoy ya no es negociable y esto parece que tampoco se termina de ver. Y una cuestión muy importante es que la igualdad en el empleo y un empleo conciliable, es decir, un mejor empleo, redundaría en una mejora de la economía. Puede haber quienes no estén de acuerdo en esto y se callen porque resulta complicado oponerse al discurso de la igualdad o a que el modelo de supermujer mediterránea es insostenible. Sólo hablarán cuando escuchen que es necesario cierto gasto social aunque este se recupere multiplicado por mucho. Lo que tú dices -te dirán condescendientemente- está bien, pero no se puede pagar.

A los temas de la conciliación y de la igualdad les pasa algo curioso. El discurso es fácil, entendible y a todas luces resulta justo. Pero a la hora de hacerlo realidad, quienes ostentan mayor capacidad para promoverlo, pues no hacen nada, están bien así. El peso de la tradición aunque esta no se remonte más que a unos pocos años es muy grande, resistirse por cuestiones como los pinchos o comer a las 15:00 resulta dantesco. Los tiempos cambian muy deprisa, todo el mundo lo dice, pero para afrontar los nuevos riesgos sociales se tarda una barbaridad y quienes más podrían influir con sus decisiones están cómodos aunque sea en perjuicio del resto y contrario a las necesidades. Pedir a otros que hagan algo o cambien su forma de pensar está muy bien, necesario si eres tertuliano, pero ya hacerlo tú, es más complicado.

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La educación va por barrios

Va por barrios, pero resulta que a nadie se le escapa hablar de la recuperación económica. Entre sus defensores a ultranza y los que le ponen pegas, he escuchado un argumento de soslayo que me preocupa. Resulta que puede ser que los salarios sean bajos porque no existe suficiente gente cualificada o al menos que esto tiene su influencia. La lógica – me parece a mí – de este argumento, es que el sistema productivo busca una cualificación media que sea alta y se encuentra con un exceso de universitarios y universitarias y por el otro lado un exceso también de personas con una cualificación baja, la obligatoria.

Lo que no está del todo claro es que la otra cara de la moneda, la oferta de empleos, se pueda decir que realmente esté requiriendo mayor cualificación media. Nuestra especialización industrial se concentra en los servicios de bajo valor añadido y la parte de montaje industrial, no tanto en innovación y desarrollo.

Dicho lo cual, hablar del sistema educativo español por tradición es muy complicado. Una tradición habla constantemente de la cultura del esfuerzo y bajo la misma se encubre que con dinero para pagar la educación el esfuerzo puede ser menor. La otra se atasca en la igualdad de oportunidades por medio de la educación pero a veces parece que la mayor relevancia de esto está en la posibilidad de cambio de estrato social de los pocos que realmente pueden completar estudios hasta el final, es decir, que el hijo o la hija de familia obrera pueda cursar estudios universitarios. Pero si lo miramos bien, ambas posturas coinciden en que a mayor número de años de escolarización mayores oportunidades laborales a lo largo de la vida. Esta es la gran lucha, todos los padres quieren lo mismo para sus hijos, unos para mantener su estatus y otros para intentar salir de la exclusión y la pobreza.

Mientras tanto lo que parece incontestable es que cerca del 40% de los estudiantes de 15 o menos años ha repetido curso al menos una vez. A tenor de lo anterior no creo que esto pueda ser casual.

Desde luego es una barbaridad por muchos motivos. Uno y por seguir con la tendencia economicista de esta época, es que realmente eso es muy caro para el sistema educativo. Pero humanamente es también demoledor, incluso desde la perspectiva de la cultura del esfuerzo. Salvo excepciones, que te aparten a esa edad del curso evolutivo normal para los demás, suele significar que el horizonte es de bajo rendimiento académico y salida del mismo en cuanto sea posible. Resulta raro que por repetir contenidos estos se manejen mejor, lo cual no es necesariamente una paradoja, porque el problema no está en los contenidos. Salvo excepciones, los chicos y las chicas que repiten no se convierten en genios ni tampoco alumnos en la media después de repetir, suelen continuar rindiendo por debajo. Tampoco parece que mantener las repeticiones altas reporte beneficio alguno al sistema educativo, las notas del conjunto no mejoran, incluso hay quienes dicen que son bajas precisamente por los repetidores.

¿Por qué lo hacemos entonces? No beneficia al sistema educativo y no beneficia al estudiante, tampoco parece que lo haga al resto de la sociedad.

Según parece hay una relación cultural con este tema, es una tradición que, al menos en los países europeos, también va por barrios. Cuando existe tradición y alrededor se convive con la repetición, se incorpora dentro de los esquemas normales, es algo que el alumno sabe que está, incluso seguro que no pocas veces serán amenazados con esa posibilidad a lo largo de muchos cursos. Nuestro sistema cultural hace que sea posible repetir y por lo tanto normal, pues lo normal no es de por sí negativo o positivo, determina los límites del juego.

Al intentar explicarlo aparecen de nuevo dos lógicas. Una es que individualmente el nivel de estudios reporta beneficios económicos a la persona a lo largo de su vida y por eso la competición de tantos padres por los estudios de sus hijos; quieren que tengan el mejor futuro posible. Pero colectivamente el nivel de estudios determina el bienestar máximo que puede alcanzar un país. Y estas nuestras dos lógicas nos llevan a una competición de tirar de la cuerda con sólo un equipo a cada lado. El padre o la madre que quiere la mejor educación para su hijo y que respalda que se quite de en medio al mal estudiante para que no retrase al grupo, al momento siguiente puede formar equipo con el lado contrario de la cuerda y alegar que el nivel educativo general es bajo, lo que influye en la productividad y en que la gente no tiene la cabeza amueblada como para distinguir cuándo se les manipula desde la política y demás argumentos en esta línea.

La disputa entre el individualismo y el colectivismo es larga en nuestra historia, el fondo de muchas cuestiones. La única solución es mantener esa tensión constante y equilibrada, no permitir que ninguna de las dos lógicas domine y que choquen de manera razonada. La repetición de curso, a mi entender, es una inclinación hacia la postura individualista, colectivamente a nadie le va mejor con esa opción que tenemos tan arraigada. Individualmente unos ganan y otros pierden.

Pero además, de fondo hay un error mayor todavía. Esa lucha se establece sobre todo cuando los recursos son limitados o escasos, cuando hay que decidir cómo se reparten. Pero la educación no está en ese caso. El sistema educativo vale, habrá que decidir cómo gasto y cuánto y, como hemos visto, para beneficiar a quién. Pero el conocimiento no está sometido a esa limitación, es ilimitado. Es ilimitado colectivamente, individualmente ya sabemos que no se puede saber todo, colectivamente sí y sólo colectivamente y transversalmente a todas las generaciones humanas, el conocimiento se amplia y podrá seguir haciéndolo. Todo esto parte, claro, de la educación no como reparto de posición social, adoctrinamiento y demás, parte de considerar la educación como la vía de ampliar el conocimiento humano, independientemente del puesto de trabajo y los ingresos futuros. No obstante, parece que estamos lejos de considerarlo de esta forma, la educación sigue siendo un medio y no un fin, un medio individual y no un fin colectivo.

Cada vez que hablamos de adecuar los estudios a las necesidades del mercado, nos olvidamos el mercado que tenemos o quizás no y por eso se enseña ya antes de los 15 años cuál será la posición de cada cual en su vida. Debería ser el mercado el que se adaptara al estado del conocimiento en un momento dado y no al revés; una mayor acumulación de conocimientos de una sociedad tendría que ser la base del crecimiento sostenible, y empezando por hacer repetir sólo perpetuamos las desigualdades y el nivel bajo de conocimientos colectivo.

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