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Señor Corcuera

En la Sexta Noche se entrevistó el sábado 10 de febrero a Corcuera. Entre muchas de sus lindezas criticaba a los que -dijo- se creen de izquierdas y no han trabajado en su vida, la primera vez que han cotizado por cuenta ajena es con su sueldo de diputados o algo similar a esto. Yo tengo en la familia, señor Corcuera, a un hombre al que le faltan unos meses para cumplir los treinta y este año es el primero que tiene un trabajo por cuenta ajena, y casi un trabajo se podría decir. En negro algunos le han ido saliendo, casi tantos como las veces que no le han querido pagar sin presionar y ponerse pesado con el empresario de turno. ¿Qué tipo de argumento es el suyo? ¿Qué nos quiere decir? Seguro, no lo sé ni me importa, algún caso de los que usted menciona exista entre los parlamentarios y parlamentarias, a derecha e izquierda, y no sé qué tiene de malo, se supone que es un trabajo digno, pero ¿no le hace, además, pensar? ¿A caso está diciendo que los jóvenes son unos vagos y acomodados o sólo esos jóvenes de unos partidos muy concretos? El problema, creo, es que vive en una España distinta de la que yo veo, cuestión que, me parece, comparte ampliamente con una parte de la derecha de este país.

Verá, dejé de votar al PSOE, si es que alguna vez lo hice en la pubertad, por gente como usted, por toda su generación de dirigentes socialistas en realidad, incluido -y el primero- el que fuera tantos años Presidente que además y con el tiempo, indicios da de haber empeorado. No puedo sino alegrarme por ese partido que tiende a desaparecer que usted entregara su carné; seguro que más de un peso de encima quitó con su decisión. Si ser de derechas es muy normal, no pasa nada, pero le ahorró el trago de tener que decírselo a alguno de sus antiguos compañeros.

En su discurso arremetió contra los sindicatos, con un argumento peregrino, contra la izquierda, incluso contra la que no lo es tanto como su antiguo partido, pero casi alabó a los que quedan en la derecha. A cambio, ni una critica social, ni una sola mención a la situación que hemos vivido y vivimos, ni un gesto hacia gente como esta persona de mi familia y tantísimas otras que sienten la frustración más absoluta ante la falta de oportunidades desde hace muchos años; toda su vida en realidad.

Estuvo flojo señor Corcuera. Le faltó ensalzar a los bancos, a los corruptos y al pensamiento noeliberal de la oferta y demanda, la competencia (entre los pobres) y la flexibilidad (que en realidad significa precariedad). Puedo entender que a usted y los suyos les falte un poco de cariño y de reconocimiento por lo que hicieron en su época. Pero así no lo va a conseguir, su discurso parece que está lleno de revanchismo, ego y es muy poco inspirador.

Una crítica importantísima a la izquierda, muestra de la degeneración de la juventud -supongo- fue al folleto de Zaragoza, vaya tela. Y, por supuesto, a que se pueda utilizar portavozas. El lenguaje es importante, no descubro nada ahora, para la construcción de realidades. Lo que usted no alcanza a entender es que para algunos, también hombres, el movimiento feminista y de clase es una esperanza. Cuando hablo de clase ya sabe a lo que me refiero aunque tal vez tenga que bucear en sus recuerdos. Estoy de acuerdo en que con esos gestos simbólicos no es suficiente, tal como argumentaba. Sigue haciendo falta que al movimiento feminista de clase incorpore la etnia, la nacionalidad, la discapacidad, el lugar de nacimiento… y sea determinadamente internacionalista, precisamente porque siguen existiendo pensamientos como el suyo. Criticó a Pablo Iglesias por lo del macho alfa, bien, merecido, pero usted no pocas veces tuvo esa actitud a lo largo de tan corta charla, siento decirlo.

Y es verdad que una parte del movimiento sindical ha perdido el norte, debo también darle la razón en esto, pero no tanto el que usted indica como tal. Su argumentación en contra de los sindicatos fue tremenda, resulta que si la precariedad aumenta los que por vergüenza deberían dimitir son ellos y ellas. Hombre, se puede hacer mejor, pero parece más bien apuntar en la dirección equivocada o en la misma que sospechosamente tienen los que brindan por causar la precariedad.

Su crítica a la izquierda por medio de Varoufakis fue de lo más sorprendente. Si yo no lo entendí mal, simpatizar con las ideas de un hombre al que no dejaron que las llevara a la práctica, es igual a no merecerse existir. Hubiera estado bien escuchar algún argumento en contra de las pecaminosas ideas o a favor de las opuestas, no sé, porque no resultara un pensamiento en exceso simplista. Que no le gusta la izquierda es obvio y está bien, es la salsa de la vida, pero alguna idea para argumentarlo e instruirnos…

Su aportación intelectual fue bastante escasa, debo decírselo, nada inspiradora -insisto- como de un hombre de su edad y trayectoria sería de desear y claro, deja la puerta abierta a que alguien dude, vista la caterva de ex Ministros y Presidentes que aportan tan poco al país, si realmente en su momento sólo tuvieron suerte porque no había otros perfiles. El caso es que cuando empiezan a hablar con la libertad de no tener cargo, algunos no dejamos de asustarnos y sentir la tentación de explicar lo que hoy ocurre precisamente porque estuvieron ustedes gobernando.

Todos tenemos un pasado que superar, el suyo, tal vez, el de la patada en la puerta. Pero aquí voy a decir que le honró dimitir, aunque tendría que haber sido por lo que proponía, no tanto porque no gustase. Y aun así, debo reconocer, que era una nimiedad si lo comparamos con lo que ahora nos meten en las leyes, como si aquella fuese sólo el comienzo.

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La crisis migratoria ya es historia

Hace unos pocos años, en España, se empezó a preguntar por la necesidad de mantener servicios, programas y profesionales para solicitantes de asilo, dado que cada vez se contaba que llegaban menos. Realmente los números así lo indicaban y estábamos, además, en mitad del fragor de los recortes. Estas conversaciones tenían lugar en torno al 2010 y 2011, justo cuando, también, la opinión pública daba muestras de ser algo más desfavorable a la inmigración, según las series históricas del CIS. Es decir, venían menos personas, se buscaba recortar y la población era más negativa con la inmigración. No se debe olvidar que en el 2012 el Gobierno de España retira la asistencia sanitaria universal a las personas en situación irregular salvo para algunos supuestos y sin grandes muestras de disconformidad por parte de la ciudadanía.

Resulta que por la misma época, 2011, empezaba el conflicto en Siria y sólo dos años después el de Ucrania, que son el segundo y tercer país de los que España recibe en el 2016, más solicitudes de asilo. El primero parece ser Venezuela, cuestión que también invita a la reflexión.

El inicio de un conflicto y la llegada de personas solicitando protección a países europeos, es normal que se dilate, incluso algunos años. Ello tiene que ver con la cercanía geográfica al conflicto, con lo caro y difícil que pueda ser el viaje y con las trabas administrativo políticas, entre otras cosas. Cuanto más difícil es el viaje, suele ser también mayor la sensación de que el motivo de la salida durará más tiempo o que ya no se podrá regresar, y esa decisión también tarda en tomarse, como es humano. Los movimientos de personas dependen de elecciones individuales y no pocas veces colectivas que no podemos predecir, como tampoco el estallido de nuevos conflictos que fuercen a poblaciones a huir. Por este motivo, a parte de por la ilegalidad e inhumanidad, criticamos que el cierre de fronteras o el endurecimiento de la entrada sean útiles, dado que se convierten en parte del problema, siendo siempre decisiones a corto plazo ante dinámicas que deberían ser miradas a más largo plazo. La protección internacional que no es ni mucho menos una idea nueva del siglo pasado, se inventó para eso y perdura.

Si en el 2010, 2011, inmersos en nuestras preocupaciones por salir adelante, hubiéramos sabido que, en el 2017, el número de solicitudes de asilo triplicarían la cifra más alta de todos los años anteriores, quizás y sólo quizás, hubiéramos tenido otro tipo de conversaciones que no fueran cerrar servicios para solicitantes. Tal vez algunos y algunas hubieran incluso sido más contundentes con el cierre de fronteras, quién sabe. Las mentes más perversas que son contrarias a la recepción de personas que solicitan protección en base al Derecho Internacional, puede que incluso se hubieran abstenido de mezclar Venezuela con la política interna si creyeran entonces que esto acabaría teniendo repercusiones en el número de solicitudes. Una vez más, en parte ello se explica porque los movimientos humanos no son predecibles, se adaptan a las condiciones, reaccionan.

La cosa no acaba aquí, 2015 es el año en el que se empieza a hablar con total nitidez de crisis de refugiados en Europa, de la que España forma parte. Los conflictos que provocan la huida no siempre tienen conexión entre sí, a varios niveles pueden ser independientes unos de otros. Pero desde la perspectiva de los países receptores sí podemos ver las conexiones con más claridad. Los países europeos pueden recibir flujos procedentes de muchos conflictos independientes a la vez, pero como tales países, no son independientes, hay conexión entre los mismos, hay influencias; para empezar cierta legislación aunque se salte no pocas veces a la torera. En definitiva, lo que hace uno afecta al resto.

Además y por otro lado, es complicado determinar cuándo un fenómeno alcanza el nivel de crisis, si antes del millón de personas menos una llegando a las costas, por ejemplo o sólo después del millón de personas más una. No es que la situación no fuera desesperada para muchos seres humanos como nosotros, pero nacidos en otro país, los meses antes de que se usara el término, lo era, del mismo modo que las naciones, personas y formaciones políticas anti inmigración crecían desde años antes.

Entonces, resulta arriesgado hacer afirmaciones del tipo: lo peor de la crisis migratoria ya ha pasado. A toda persona con una mínima sensibilidad le gustaría que así fuera, pero no es el enfoque adecuado. Es muy triste pensarlo, los conflictos que generan la migración son diversos, seguirán existido y no podemos saber hacia dónde se dirigirán las personas afectadas. Y el rédito político de ser duro con la inmigración es posible que todavía no esté en su umbral máximo. De esta forma, es fácil que se produzcan nuevas crisis o que la actual se perpetúe y ya no seamos capaces de verlo de otra forma. Cabe recordar cuanto tiempo se quedaron entre nosotros expresiones como avalancha, problema de la inmigración, incluso crisis sólo referida a la llegada de personas a España. Mirado desde el día de hoy, poca justificación tenía tal uso.

Aunque parezca en contra de toda lógica, la mejor manera que tenemos de prevenir crisis futuras es tener un mejor sistema de acogida, una forma de canalizar los flujos migratorios que incluya, por supuesto, a Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia. Estos países son los que hoy con más claridad se oponen, pero no son los únicos, otros no lo dicen y han actuado igual.

Hay dos ideas más que son contraintuitivas. La primera es que el número de personas extranjeras acogidas tiene una relación directa con los movimientos de oposición a la inmigración. Esta relación no es tal, pues coincide que muchos países que se oponen son los que menores porcentajes de extranjeros tienen con respecto a su población total. Ocurre que asentar una idea entre la ciudadanía e ir convenciendo no es tampoco algo que se consigue de la noche a la mañana. Estaba presente, determinados partidos políticos se habían ido encargando de alimentarla y cuando se declara la crisis de la inmigración en el 2015, como profecía autocumplida, se sientan a recoger todavía más votos. El ascenso en Europa de la ultra derecha e incluso el Brexit son claras muestras.

La otra idea es que tener buenas condiciones de acogida hace de efecto llamada. El caso de España, por ejemplo, muestra lo contrario. Las concertinas, las noticias constantes de muertes en el mar, el alto porcentaje de rechazos de asilo, la retirada de la asistencia sanitaria universal, no han conseguido que hoy no soliciten asilo más personas que nunca antes, cosa que pasa desapercibida para los medios de comunicación.

Y en todo caso, siempre habría que definir qué se considera buenas condiciones de acogida. Desde luego no suelen serlo, en ningún país, no las aceptaríamos para nosotros mismos y nos quejaríamos, pero siempre alguien, presto, pensará que cualquier cosa es mejor que lo que se deja atrás, para zanjar la conversación.

Analizar las cosas con una perspectiva más amplia, creo que ayudaría, y desde luego hacer mejores y más profundos análisis que este, claro. No estaría mal -propongo- dejar de usar la lógica simple de la oferta y la demanda, esa especie de idea platónica por la que el mundo tiende al equilibrio y lo único que debemos hacer es darle pequeños empujones cuando éste se desorienta. Heráclito, ya antes que el ateniense, veía que el mundo era un proceso, un fluir constante que gira realizando combinaciones sin fin. Pensar que ayer fuimos refugiados y que mañana podemos serlo de nuevo, amplía las opciones de actuación, incluso nos acerca a soluciones. Sería curioso, por ejemplo, preguntar a Puigdemont qué piensa sobre esto.

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Lo menos malo

Resulta que se producirá un debate de investidura, un partido dará su no y a las pocas horas se abstendrá; más o menos. De tal forma ya hay una decisión tomada, ya se conoce el resultado desde que ese partido expulsó a su líder y todavía se sigue perdiendo el tiempo. Y entonces me encontré con estas palabras.

Los políticos dicen que debaten horas perdiendo el tiempo en cosas que ya están decididas. No escuchan a la gente. Tienen prisa porque deben rendir, poder tener poder y tener dinero. Eso es todo lo que les importa: son animales salvajes. Dispersos, distraídos. No estudian nada.

En ese mismo texto de José Manuel Orozco y que hace una interpretación de los libros del filósofo Byung – Chul Han, también aparece una interesante reflexión sobre la innovación. Esta puede perfectamente partir del aburrimiento, de hacer y ver siempre lo mismo.

Empero, no todo aburrimiento es malo. En realidad, alguien puede aburrirse de caminar y caminar, y posiblemente después de un tiempo se preocupe por cambiar su forma de caminar. Se puede tornar innovador. Es decir, contempla con aburrimiento, fijamente, una serie de acciones y las modifica. Pero el que está disperso no contempla, pasa de una acción a otra con torpeza. No innova nada. (ver en su contexto)

Con nada que hayas vivido unos pocos años te darás cuenta que ya antes se ha hablado de cambiar la ley electoral, de que las pensiones no llegarán, del envejecimiento previsto y la baja natalidad, de los independentismos, por supuesto del paro y sus soluciones -ya las has escuchado antes-. También de corrupción y de cómo solucionarla, por supuesto de la independencia de los poderes, de reformar la educación con un gran pacto aunque puede que lo políticos no estudien, de recortes de lo público, de la desunión de la izquierda y el grupito unido de la derecha, de la libertad de conciencia o la disciplina de partido, de la Transición o de la República, de la desafección política… en serio qué aburrimiento.

Es difícil saber si los políticos se están ya aburriendo también y buscarán alguna fórmula distinta, tal vez deberían buscar alguna consultoría de gestión del cambio que está tan de moda, pues el resto de la sociedad va en camino. Lo que sí se puede decir es que cuando te venden una solución como la menos mala, al final todos y todas perdemos, también los propios partidos políticos. Lo mismo ocurre cuando votas al partido que consideras el menos malo, lo haces peor. Igual si sostenemos que la democracia es el menos malo de los sistemas conocidos. ¿En qué otras circunstancias de la vida queremos optar por lo menos malo?

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¿Qué hemos aprendido?

Si escuchamos en una organización española, a un presidente o alguien con mucha responsabilidad diciendo en público cosas como somos los mejores en esto o los que más tenemos en aquello, por norma general debemos permanecer atentos y atentas. Puede ser hasta cierto, con datos objetivos en la mano, y la cuestión no es tanto si esos son los datos adecuados para medir la afirmación cuanto si sólo son buenos en una cosa y permanecen descuidados otro montón de aspectos.

Conocí una organización que era la que más presupuesto de España y quizás de Europa manejaba para el desarrollo de algunos de sus proyectos. Esto era casi cierto cuando lo decían. Lo que no decían tanto era que en ese sector apenas había competencia, pero sobre todo que los conflictos internos eran muchos y el clima malísimo. Acumulaban denuncias por motivos laborales y sus redes sociales estaban plagadas de comentarios negativos por los servicios que ofrecían y por la contradicción entre su misión y el trato a los trabajadores y trabajadoras. A nadie se le escapa que no tener a penas competencia y por lo tanto mucha solvencia económica es un buen motivo para hacer mejor las cosas, sobre todo porque puede que algún día la tengas y con muy poco perderás todo tu mercado.

Ser el mejor puede ser un objetivo muy legítimo, en principio digamos que todas las organizaciones deberían aspirar a ello, la cuestión es cómo defines ese “ser el mejor”. Serlo en un único aspecto, por ejemplo el volumen de negocios, quizás no sea suficiente y se deba medir por lo completa y compleja que es tu organización. Ser mejor puede referirse a no ser el que más destaca en un aspecto sino al que lo hace -cabe que no con tanta brillantez – en muchos a la vez. Una organización así en realidad es más fuerte, está más preparada para cualquier adversidad, pero también para introducir cambios e innovaciones.

Según ha ido evolucionando la crisis que empezó en 2007, cada vez es más frecuente escuchar organizaciones diciendo que se han desviado de su misión y que ese es su principal problema. En consecuencia se afanan en volver a la misma, en dejar de tener como único objetivo ingresar dinero, siendo lo normal que ya hayan intentado la vía de la innovación antes; a fin de cuentas está de moda. La lógica que muchas de estas organizaciones han seguido al ver que el negocio desaparecía, que cada vez era menor la posibilidad de tener el margen de beneficios deseado, ha sido empezar por la reducción de costes laborales y la innovación más o menos en paralelo. Esta doble estrategia ya sabemos que no funciona, por motivos obvios, es raro, pero las personas piensan peor cuando tienen miedo. Lo que trasladaban era “la cosa está fatal, el futuro es muy negro, tenemos que pensar (innovar) cómo atraer dinero”. A veces se adornaba de la dañina frase “la crisis es una oportunidad”. Entonces se hacían recortes, aumentaba la presión interna y se decía que había que pensar cómo recaudar para evitar todo aquello.

El problema fundamental es que no vieron que ya no había sitio conocido al que volver, el sistema se ha descompensado, muchas de las relaciones y reglas conocidas ya no están y la inestabilidad en busca de un nuevo equilibro es patente todo a nuestro alrededor.

“El problema no es adoptar un nuevo modelo mental sino deshacerse del antiguo”.
DEE HOOK (diseñador del sistema VISA)

Desde luego hay muchas inercias y seguirán estando por tiempo, lo cual permite que no pocos vean la luz al final del túnel después de haber sobrevivido a estos años. Se escucha menos decir que la crisis les sorprendió poco preparados, con escaso desarrollo interno en esto o aquello que hubiera ayudado a superarla. Es sorprendente mirar a muchas organizaciones y ver que los problemas que ya se planteaban antes de la crisis son los mismos que siguen teniendo, es decir, pensar que esta ha servido de acicate para afrontarlos y resolverlos no concuerda siempre con la experiencia. Muchas han tenido cambios sí, algunos muy dolorosos, pero siguen con los mismos problemas de fondo y lo peor es que ya ni siquiera sirven para afrontar el nuevo escenario. La crisis tampoco les planteó la opción de hacer ese trabajo que tanto hubiera ayudado, en realidad parece que ningún momento es bueno para el mismo, ni la bonanza, ni la crisis y esa es la clave del asunto. Empresas y organizaciones, al igual que la política, lo más frecuente es que sean cortoplacistas, miran al siguiente trimestre. No se suele ser consciente de que se está en un periodo de bonanza, sólo que se está en crisis.

Lo cierto es que el futuro a largo plazo es bastante impredecible, por muchos planes estratégicos que se quieran hacer, estos no dominan a aquel. Lo único que podemos saber con cierta certeza es que el desarrollo interno de una organización es la mejor inversión de cara al futuro, sea este el que sea que venga. Pero no, no es lo habitual, a mayor inestabilidad del entorno mayor atención también al mismo y a menor inestabilidad también. Nuestra organización puede influir en el entorno o aprovecharse del mismo, pero mucho más puede influir internamente y siempre, cosa que, quizás por obvia, nunca aparece lo suficientemente encima de las mesas de las grandes decisiones organizativas, salvada la excepción de cuando es para recortar gastos o producir más.

Podría parecer que de lo dicho se desprende la idea de tierra quemada, empezar de cero o una visión apocalíptica; tal vez una visión negativa de las organizaciones en general. No es cierto, el futuro se construye sobre el pasado y da igual que hagamos juicios sobre si el pasado fue bueno o malo, el caso es que sabemos que no volverá (nunca lo hace por definición) y todos y todas coincidimos en que queremos un futuro mejor. Y sobre lo que es un futuro mejor también existe un acuerdo social más o menos amplio, una idea del mismo compartida. Pero si hacemos caso a la filosofía oriental, el tiempo se mide en lecciones aprendidas no en días, meses y años. ¿Qué hemos aprendido? A tenor de que pocas organizaciones se vuelven hacia dentro, aumenta la presión sobre la personas, se amplía la brecha laboral, se vuelve al miedo para gestionar cada vez con un poco más de fuerza y se utilizan técnicas y pensamientos ya superados, poco hemos aprendido.

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Integración como excusa

En un reciente debate a cuatro televisado, Andrea Levy, del PP, tras mostrarse de acuerdo con la parte humanitaria del tema de los refugiados sirios, justificaba (o eso creo) la lentitud y casi inexistencia de los procesos de llegada a España por la necesidad de garantizar una adecuada integración.

Tal como en estas líneas antes ya he mencionado, no es hoy popular negarse a la acogida de refugiados, ningún partido político, ni político o política suyo, lo hará; unos por convencimiento otros porque no tiene sentido, dada la posición Europea, desgastar la propia imagen.

Por otro lado, la idea de ofrecer garantías de integración es una estrategia interesante porque pretende poner de relieve una honda preocupación por las personas que vendrían; si no somos capaces de conseguir que tengan un trabajo y una vida independiente no sería algo bueno y justo por nuestra parte. Cierto, y si eso, además, no se puede garantizar para la mayoría de personas que ya residen en el territorio, como para ofrecérselo a los que recién llegarían. Una idea así entronca muy directamente con la preocupación por el empleo y los recursos públicos que tiene una buena parte de la ciudadanía que, a groso modo, puede concederle cierta validez al planteamiento de “si no hay para los de aquí como para…”

Buscando más información encontré esta página del PP en la que Andrea Levy aparece en una imagen con el entonces Ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, mientras – parece – este hablaba de integración. Su planteamiento es que “el último eslabón de la acogida siempre es la integración”. Uniendo ambas cuestiones -entonces- acojamos primero y ya veremos en el futuro cómo va la integración, no pospongamos su llegada ante una situación dramática por lo que pueda ocurrir mañana.

Pero a mi entender, también ver la integración como un proceso lineal -de la acogida a la integración- es un error. Si aceptamos eso podríamos pensar que pase lo que pase en la acogida no importa, la integración viene después y es aquí cuando se le da más importancia de la que tienen a la lengua, los valores o el empleo en ese camino en una sola dirección. Para que se produzca integración hay toda una serie de factores que se influyen mutuamente, muchos de ellos, más de lo que se suele considerar, dependen de la sociedad de acogida y empiezan antes incluso de la fase de acogida.

En el segundo debate entre Pablo Iglesias y Albert Rivera para Salvados, por ejemplo, este último quiso establecer una diferencia entre refugiados y refugiadas que huyen de una guerra y las políticas de inmigración, en concreto la medida de retirar la tarjeta sanitaria. La figuras del asilo y la inmigración son distintas, las personas muchas veces son las mismas, pero lo que desde luego sí es dependiente es lo que se haga en un caso y en el otro de cara a la integración. En nuestro día a día social es muy difícil que distingamos en una persona extranjera si es solicitante de asilo o inmigrante, ni recurriendo a si hablan español o no, menos por el color de la piel, tenemos todas las garantías de acertar. Dada la aplicación administrativa y por lo tanto política de los convenios de asilo, son muchos los años pasados en los que personas solicitantes se quedaban como inmigrantes irregulares en España y, como recientemente se ha denunciado (en Italia por ejemplo se viene haciendo hace más tiempo) el número de solicitantes que acaban siendo personas sin hogar es significativo.

La integración es mucho más que las medidas administrativas que se apliquen, es un proceso multicausal que empieza por cómo la sociedad ve y define al otro, siendo menos de lo que se cree un proceso de pura voluntad del que llega, con fases predefinidas. Incluso el peso de las ayudas (muy escasas pero que preocupa mucho y genera cierto resquemor) es menor que el del racismo institucional. En este caso hace más daño a la integración las trabas que pone la propia administración que luego se queja precisamente de la falta de integración.

Tuvimos constancia hace unos días de que Amnistía Internacional Alemania denunciaba el racismo institucional en ese país. No son sólo las agresiones en la calle, el racismo institucional es una forma moderna de racismo, mucho más sutil que la agresión de persona a persona. En el marco de un proyecto europeo sobre asilo tuve oportunidad de reunirme, junto con el grupo de colaboradores y colaboradas, con altos funcionarios de distintos países, Alemania e Italia entre ellos, al margen de España. El racismo institucional se hacía patente en muchas conversaciones y ante nuestras preguntas, y casi siempre empezaba por el tema de la integración. La integración, torticeramente entendida, se ha convertido en una nueva excusa para estigmatizar, prejuiciar y excluir.

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Señores Martin Schulz y Jean Claude Juncker

Señores Martin Schulz y Jean Claude Juncker, soy muy crítico con esta Unión Europea, vaya por delante, y sus palabras que leo en El País del día 6 de mayo de 2016 me refuerzan en esa postura.

Empiezan ustedes por alabar las palabras del Papa sobre la integración y a tenor del premio Carlomagno que se le otorga. Yo también, pero me hubiera gustado más que esas ideas hubieran sido expuestas por ustedes como presidentes de la Comisión y del Parlamento Europeo. No es que yo ironice con que muy mal debe irle a la UE para que tenga que recurrir a las palabras del Papa -como ustedes anticipan que algunos y algunas harán a raíz de su artículo-, no finjo mi profunda preocupación por ello.

Ustedes, en su artículo, establecen tres retos del presente: mantener nuestro estilo de vida europeo, garantizar la seguridad y la paz y gestionar la inmigración.

La elección del primero, mantener el estilo de vida europeo y en ese orden, es muy importante, no tiene mucho que ver con lo que propone el Papa y en cierta medida, es contradictorio con los otros dos. Para empezar, el concepto es ambiguo, tal como deben ser todos aquellos que esperan granjearse un alto consenso. Así dicho, parece que ningún europeo podría oponerse a mantener su estilo de vida, pues -además- la imagen que existe de otros y por comparación, hace que sea deseable el que se tiene que ni tan mal. Pero, “mantener” parece un concepto algo reaccionario, quedarnos como estamos a toda costa; no implica mejorar. ¿Es satisfactorio para un gran proyecto como el de la UE sustentarse en “mantener” algo, no en mejorarlo? ¿para eso nos unimos, para defendernos mantenido posiciones? ¿es posible pensar que a muchos europeos y europeas “mantener” les viene realmente muy mal a la salud?

Su ambigüedad, no obstante, continúa, y me parece entender que estilo de vida se refiere sólo a resultados económicos, el crecimiento, por ejemplo. Argumentan, además, que los estados europeos, permaneciendo juntos, pueden ser el árbitro entre las grandes potencias. O sea, que no consideran que Europa sea una gran potencia y se conforman con influir un poco entre lo que otras grandes potencias hacen que es, supongo, luchar por mantener su propio estilo de vida. No sólo me parece, de nuevo, poco ambicioso, sino antes equivocado, Europa podría definir un nuevo estilo de vida diferente al de esas otras potencias, debería y creo que muchos europeos y europeas estarían dispuestos y dispuestas, pero no por una cuestión sólo de valores, es que, además, el estilo de vida europeo actual no les ayuda en nada a su día a día.

Siempre parece que defender una idea así es menospreciar el crecimiento económico, y no es el caso, en realidad ustedes mismos mencionan que la fortaleza europea es su mercado interior, potencialmente -creo- mayor que de Estados Unidos, lo que, a priori, nos debería mostrar que podemos marcar pautas a seguir en el mundo, no sólo asumir un papel de árbitro.

El problema es siempre el mismo, no creo que ustedes desconozcan que cualquier proyecto que merezca la pena y por el que los individuos se quieran realmente mover y conmover, debe contener unas ideas de transformación de la realidad y de mejora de la misma, no sólo tratar de dinero. El dinero y la economía no son un fin en sí mismo, son un fin para poder desarrollar algo que deje huella, que signifique.

Pues bien, dado que el orden por ustedes establecido pone en primer lugar el dinero, en su forma conservadora de mantener un estilo de vida -sin definir- no de mejorar nada y sí de arbitrar entre otro concepto ambiguo como el de grandes potencias, queda muy poco que añadir; en un segundo lugar ya viene el objetivo de la paz y el de la gestión de la inmigración. Las ideas económicas abstractas como el crecimiento son -sabemos- muy interesantes cuando van en primer lugar pues ejercen el efecto de un continuo horizonte por alcanzar que se mueve con cada paso que damos. Como nunca se alcanzarán los resultados, nunca se puede dar el paso al segundo y tercer objetivo. ¿Qué puesto en las listas de la economía mundial se debe tener para velar por la paz y la seguridad o preocuparse de los refugiados? ¿Cuánto crecimiento hace falta?

No pudiendo ser menos, por una parte de nuestros valores europeos compartidos (que no poco tienen que ver con el cristianismo), ustedes buscan un culpable que no es otro, en este caso, que los estados pues, a veces, parecen no querer entender ese gran proyecto. Bien podría ser, pero piensen que si tú a alguien le dices esto va de la pasta, no puedes esperar que luego no mire por la suya y se centre en lo que quiera que sean los valores europeos o en permanecer unidos.

El proyecto europeo, al menos el que yo visualizo, está necesitado de historias de éxito, concepto que utilizan los consultores de empresas y demás. Desde luego el mantenimiento de la paz y seguridad en el mundo y cómo se aborda el tema de los refugiados no lo son y no lo han sido, nada tiene que destacar la UE en este sentido, más bien en el contrario, habiendo provocado menos seguridad y paz y con ello más miseria y refugiados. Es verdad que ustedes mencionan el tratado nuclear con Irán y el del cambio climático de París. No está mal, desde luego, pero ¿son historias de éxito europeo?

Añaden, por terminar, algo que me tiene todavía sobresaltado, resulta que los voluntarios y voluntarias que atienden a los refugiados son los que muestran el rostro humano de Europa. No es que no sea así, precisamente lo que asusta es que ese rostro humano sólo lo pongan los voluntarios y el Papa y no los gobiernos y las empresas europeas. Sí, también las empresas, porque ya está bien de esta bula papal que tienen para no hacerse cargo de ciertas cuestiones delegándolas en los estados y que no nos lo cuestionemos, como si el tema no fuera tan importante para el futuro de Europa y por lo tanto para el suyo como empresas, tanto como por ejemplo el TTIP. Si seguimos pensando que está bien que las empresas miren sólo por sus intereses económicos, igual que hacen los estados, qué podemos cuestionar a nadie, sólo estamos jugando todos y todas con las mismas normas del juego.

Ustedes quieren que nos levantemos y luchemos por nuestra Europa común ¿pero qué idea de Europa? ¿para qué? ¿para ganar más dinero, quienes? ¿incluye esto sólo a los asalariados, a los votantes y no a las empresas? ¿Y a los inmigrantes y refugiados o a estos sólo los gestionamos lejos?

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Ineficiencia

En el libro de sociales de mi hija dice que la Unión Europea la forman 507 millones de personas. ¿Este sistema es tan ineficiente que no puede asumir la entrada de un millón, dos, tres o cuatro de refugiados y refugiadas? Pues parece ser ¿resulta – entonces – mejor, pagar 6 mil millones a Turquía para que atienda a los refugiados y refugiadas?

Imaginemos por un momento que hablamos de un total de 4 millones de personas – pensando en máximos que podrían querer entrar en la UE aunque nadie lo sabe – esto equivaldría a darle a cada una 1.500 euros ¿qué nos hace pensar que darle ese dinero a Turquía será mejor que esto último? ¿qué esperamos que haga Turquía? ¿convertirlo en oro?

Da igual que hablemos de Turquía que de cualquier otro país, porque podría parecer que al hacerlo se nos puede colar en la mente las más que razonables dudas sobre que no cumple con los Derechos Humanos y no es eso en lo que nos queremos centrar (aunque cabe añadir que para no hacerlo asume más peso en el apoyo a refugiados que la UE, lo cual es paradójico). Pensemos solamente si cualquiera de las dos alternativas, pagar a un país o darle 1.500 euros a cada refugiado parece eficiente.

Pongamos, por ver otras alternativas que con ese dinero que estamos dispuestos a pagar, diseñamos una red de atención en nuestros países, por ejemplo ¿para cuántos puestos de trabajo nuevos dan esos 6 mil millones? En España ya hay 60 puestos de trabajo nuevos, en el Ministerio, anticipando la llegada de personas que hasta ahora no se ha producido; cosa que probablemente pase en más países ¿es esto más eficiente? ¿se nos podrían ocurrir otras soluciones que lo fueran?

En todo caso el problema no es de dinero, es que nuestro sistema directamente no funciona y cualquier inyección de recursos es muy posible que acabara con ese mismo resultado. Y cada día de los últimos meses que se sigue mareando la perdiz resulta más obvio y más ineficiente.

En este punto se podría añadir que el problema es de voluntad política. Pero es mucho más que eso, la voluntad política no tiene entidad, es en realidad la voluntad de unas personas que viven en la burocracia y esta necesita consumir recursos constantemente de la propia ineficiencia del sistema. No es una crítica a los políticos y políticas, lo es al sistema. Si escuchamos a nuestros representantes políticos estos días, de casi todos los partidos, consideran que la solución propuesta es ilegal, no se puede deportar en masa -coinciden- ¿entonces? ¿cómo los Primeros Ministros y Presidentes, de los mismos partidos que no están de acuerdo, han llegado a proponerla? ¿cómo es posible que ni la primera solución que propusieron ellos mismos, al margen de que fuera buena o no, ni siquiera se ha puesto en practica? ¿quién puede explicar esto? Desde luego no se puede presuponer que sean personas todas poco inteligentes, ni llenas de maldad, eso sería un error.

Llegados a este punto, los ciudadanos y las ciudadanas, nos acercamos más a comprender que el auge de posturas muy duras, racistas, de partidos políticos que están al alza, no se pueden explicar tampoco por esas personas que están en tiendas de campaña al otro lado de unas verjas. Por muchas que sean, desafortunadamente no tienen ese poder pues si lo tuvieran el resultado sería el contrario, por su propia necesidad e interés. Lo que nos lleva a preguntarnos el motivo que tiene nuestro sistema para defenderse a sí mismo de esta manera, la necesidad de vivir de sí mismo, incluso si ello supone favorecer que el número de individuos, europeos y europeas que se radicalizan, crezca tan rápido, como si la historia no nos hubiera enseñado nada de cómo se destruye a sí mismo cualquier sistema.

Stafford Beer escribía: “Así pues, no es válido decir que la única manera de preservar la libertad es el ser tan sumamente ineficientes que la libertad no se sienta ni siquiera amenazada.”

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Fútbol

Estaba leyendo un libro sobre lo peligrosas que son las identidades cuando me sorprendió la noticia de otro jugador de fútbol pillado excediendo todos los límites de velocidad en el coche. El libro se titula Identidades: una bomba de relojería y es de Jean-Claude Kaufmann. Muy al contrario de lo que soñamos con la Ilustración y su base en la Razón, “la reflexividad crítica y la creatividad de singularidades personales, hoy en día todos los fundamentalismos (comunitaristas, nacionales, religiosos o raciales) se ven reforzados. Las desviaciones identitarias son una verdadera bomba de relojería”. Y Kaufmann, según va explicando lo que cree es la clave futura – abordar el tema de las identidades – menciona varias veces el fútbol, le dedica hasta un epígrafe. Es verdad que muchas personas se ven embargadas por un sentimiento de identidad nacional ante el fútbol o de otro más local, cada fin de semana, ante su equipo, sobreponiendo el mismo – si bien que sea momentáneamente – a otras fuentes de identidad personal. ¿Cómo es esto posible? Mientras, el negocio, la corrupción, la evasión de impuestos… siguen adelante a su alrededor y no muchos ni muchas parecen indignarse cuando esto debería sonarnos no sólo en la actualidad, a lo largo de la historia reciente.

Nada tengo yo en contra de dicho deporte, pero desde luego me preocupa todo lo que significa más allá de él mismo, ocupando horas y horas en las franjas más cotizadas de televisión y radio. Ni que decir tiene las lamentables imágenes que hemos visto estas Navidades de un triste Opel Corsa de la policía Nacional, camuflado, siguiendo a ese jugador que se había puesto a 200 km/h por la M-40 de Madrid.

Lamentable resulta ver cómo los modestos agentes de policía se detienen ante los de seguridad de Valdebebas como si en cualquier otra situación se hubieran frenado en mitad de una intervención – una carga policial por ejemplo – y le dan explicaciones ¡al de seguridad de la puerta! que, para más inri todavía, tiene que llamar a otro que es más encargado que él para gestionar el asunto mientras ellos se esperan pacientemente.

El ilustre jugador de fútbol no se detiene en el camino cuando va a 200 km/h, no se detiene ante las llamadas de la policía ya cuando está en la puerta, al final, los únicos que se detienen son los agentes. Menos mal que en las grabaciones al menos no se oye a la policía pedir perdón al de seguridad, pues sólo hubiera faltado. Y luego, el que le da patadas a una pelota, alega toda una serie de estupideces para no haber obedecido a los agentes como que en su país esa táctica se utiliza para los secuestros -y qué puede decir ya asesorado por sus múltiples abogados-.

Casi es peor cuando te informan de las sanciones a las que se enfrenta. Algo de dinero que es lo que le sobra, ir a saludar a un juez y poco más, el resto parece que se cachondea del asunto, sus compañeros de equipo por ejemplo; no pasa nada, ellos están por encima de todo. Igual que Esperanza Aguirre – por cierto-. Llega un momento en el que acabas por pensar que no son nadie en el mundo de ese espectáculo si no han tenido algún problema con la justicia y sido pillados a 200 km/h. ¿Estamos todos tontos? Y al día siguiente la gente se gasta porcentajes altos de sueldo mensual para ir a verles dar patadas, y los sponsor no les retiran el apoyo y dejan que sigan siendo las caras de sus caras marcas.

Y esta gente es la depositaria de grandes momentos de identidad colectiva. Escapa toda razón y efectivamente parece un mal síntoma de hacia dónde llevamos nuestra civilización.

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