Y van 6

En estos tiempos recientes se nos han impuesto distintos debates en términos de blanco o negro, como el de salud o economía. Casualidades de la vida, sexta ola mediante y los datos más altos de contagio de toda la pandemia (con una mayoría vacunada) se demuestra que no solo la discusión era estéril, el debate estaba mal planteado, como todos aquellos que se basan en marcar sí o no en una casilla. Si, de repente, el número de personas que enferman y se tienen que quedar en casa aumenta mucho -como está ocurriendo-, la producción se resiente, no pocas empresas han tenido que cerrar unos días o permanecer abiertas a muy bajo rendimiento, puesto que no había personal disponible. La economía, lógicamente, se resiente, no solo por lo que se deja de producir sino también por lo que se deja de consumir, pues ambas cosas van de la mano, como la economía y la salud. Sin producción no hay consumo, sin consumo no hay producción, sin salud no hay economía y sin economía no hay salud.

Nuestras administraciones, de manera explícita o implícita, han mantenido una lógica del equilibrio, había que conservar un mínimo de producción y consumo sin que la salud se resintiera demasiado. Cuando la saturación en los hospitales fue inasumible (no antes), se consideró que la salud estaba resintiéndose, por lo que merecía reducir la producción al mínimo. Y eso que el número de contagios era inferior al que ahora tenemos. La vacuna, como se intuía desde un principio y se ha comprobado, no previene de la enfermedad (quizás debería recibir otro nombre), hace que la salud sufra menos, de tal forma que sirve a los propósitos de mantener la producción en parámetros aceptables; no se tiene que detener salvo que nadie en un lugar de trabajo pueda asistir.

Si así se quiere ver, tiene sentido que todas las medidas que se buscara promover estuvieran ligadas al ocio, la otra cara del trabajo, debatiendo mucho sobre bares, teatros, la playa… pero muy poco del trabajo. Como recordaremos, era importante saber con cuántas personas y dónde te podías juntar, pero no era discutible que te juntaras con miles en tu trayecto al trabajo y con puñados en el lugar del mismo. La diferencia, se nos decía, es que tanto en tu viaje como en tu lugar llevas la mascarilla porque es obligatorio, en tu ocio no porque bebes y comes y si es en una sala pues… es que es demasiada gente, limitamos el aforo aunque en el metro no (porque es prácticamente imposible y cabe sospechar que se liarían gordas; la gente ha estado muy calentita). Se nos ha insistido en que los contagios se producen, casi exclusivamente, durante el ocio y ahora, pero desde el principio, vemos que no es así.

Volvamos al trabajo, porque, al final, tú puedes (de momento) decidir si vas a un bar o al teatro o te quedas en casa, pero no sobre ir a trabajar. Pensemos en aquellos trabajos que se pueden hacer desde casa o si es necesario ir puedes hacerlo organizando tu horario para, por ejemplo, no tener que coincidir con las horas en las que hay más afluencia. Pero te lo tienen que permitir o si lo haces por tu cuenta te largan, es una libertad (otro debate de marcar casillas) relativa para tu salud y economía. El número de estos trabajos es tal que el contacto, principal vector transmisor del virus, se reduce de forma drástica cualquier día, algo que es positivo tanto para los que tienen que ir con un horario fijo como parte de una cadena de producción, como para los que tienen que estar sí o si en un lugar concreto. Muchos son tanto los de un tipo como los de otro, juntos son el doble más, lo que, desde la perspectiva del virus, no beneficia ni a unos ni a otros, ni a la salud ni a la economía. La reciente experiencia demuestra, además, que es viable, se ha hecho, e incluso, por ejemplo, desde el propio sector de la salud, se han encontrado mecanismos para evitar la presencia física, no tanto del personal sanitario como de los pacientes, siendo que en muchos casos la atención y el seguimiento se daban por teléfono. Es decir, que se puede hacer, se pueden reducir mucho los contactos diarios y los desplazamientos.

¿Se habría producido esta sexta ola o varias de las anteriores si hubiéramos adoptado una forma distinta de organizar el trabajo en vez de centrarnos tanto en el ocio o en los no vacunados? ¿Una forma distinta de organizar el trabajo es negativa para la economía? En principio, la respuesta ambas preguntas parece no, pero tampoco, que se sepa, hemos evaluado como para poder afinar la respuesta. Nos hemos negado a hacer una evaluación hasta que la pandemia acabe y esta, por un lado no acaba, pero, por otro, si no evaluamos y hacemos algo distinto con las conclusiones, no parece tampoco que vaya a terminar o eso se puede colegir en función de las evidencias de las que, de momento, dos años después, disponemos.

Pero es que esto ni siquiera es nuevo, el mundo del trabajo también viene dando síntomas de agotamiento desde hace un tiempo y por varios motivos, además, porque las formas de producción y consumo han ido cambiando, es decir, que no se trata solo de una reivindicación izquierdosa. Parece que merece la pena darle una pensada profunda pero rápido a este tema si consideramos que no es probable que ni la economía ni la salud mejoren volviendo a imponer la mascarilla en exteriores, cerrando salas de fiesta o prohibiendo que la gente se reúna en la calle de noche, que más bien parecen tomaduras de pelo que soluciones que puedan dar resultados.