En cuanto ves a los tertulianos condenar la violencia de las recientes protestas, puedes intuir que no están entendiendo nada. Que ésta no es deseable no hace falta decirlo; menos los psicópatas que -por lo que sea- gobiernan el mundo, todos y todas lo tenemos claro. Aunque solo sea por instinto de supervivencia, sabes que tienes todas las posibilidades de cobrar de lo lindo si sales a manifestarte y que el estado haga el resto de tu vida más insoportable porque tiene todos los mecanismos para ello. Aquí está, quizás, la clave, si estás en un punto en que más insoportable no es aceptable, puedes valorarlo.
Sin imágenes de quemas, saqueos y enfrentamientos con la policía hasta que tenga que retroceder por miedo, no recibirás atención alguna, los bien pensantes dirán que hay tensiones sociales y cierto malestar, y otra cosa, el sistema ya se encargará de resolver eso a base de oferta y demanda. El mercado de la vivienda no puede ser mejor ejemplo. Justo en los anuncios de cada tertulia te venden unas alarmas antiocupas, y proliferan las empresas que te garantizan que cobrarás el alquiler por su módica parte mensual, paguen o no los inquilinos.
Si te oyen, pero no escuchan, puedes plantearte dejar de hacer ruido y jugártela porque no te queda mucho que perder. Y, aun así, encontrarán argumentos desde sus cómodas butacas, chivos expiatorios, que si es terrorismo, que si son jóvenes migrantes o un tipo en una red social. No pueden aceptar que el origen es el cabreo, mucho cabreo, pues en nuestras avanzadas sociedades el que no hace es porque no quiere, no porque no pueda.
Al basar una sociedad en la desigualdad, puedes esperar que los que sostienen los privilegios de unos pocos con toda su vida, entera, lleguen a querer saquear esa tienda que vende lo que nunca podrán tener. En sus distintas formas según la época, esto es tan viejo como los sistemas sociales. Tarde o temprano hay una revuelta, la gente se cansa de ser saqueada. Y no hay represión que pueda pararla, ni sacando al ejército a las calles. Cada golpe a unos chavales desarmados y pacíficos detrás de una pancarta, cada profesora empujada por la espalda –todo gallardía-, cada video escuchando que mola más pegar sin guantes por el sonido, cada anciana muerta fuera de su casa, solo acrecienta el odio –sí esa palabra- y las ganas de venganza.
Piketty intenta explicar esto de la desigualdad. Es interesante todo ello, pero ahora mencionar que sistemas como el nuestro tienen más margen incluso que los esclavistas para la desigual distribución y que unos pocos se queden con más. Esto se explica porque en sociedades con más recursos resulta más fácil no llegar al nivel de supervivencia (solo alimentarse). Sociedades más ricas pueden presionar más sobre los niveles de desigualdad.
Los humanos tenemos una asombrosa resiliencia, bien lo saben los crean estos palabros, podemos adaptarnos a malvivir mientras otros se lo quedan casi todo y nos dicen cómo – curiosamente- tenemos que vivir; si suben los precios de la alimentación, por ejemplo, te aconsejan que recorras todos los supermercados de tu zona buscando los más baratos de cada cosa, después de trabajar, claro. No me jodas. Pero si roza el límite, si pones a mucha gente cerca del mismo y han sido buenos, hecho todo lo que les dijiste, hasta van a votar con todas sus esperanzas depositadas en que algo puede cambiar, tal vez un día se cabreen. Los tertulianos entonces, deberían establecer primero si se ha llegado a ese punto, y pensar después sobre la legitimidad de la violencia, que nunca es deseable, salvo que sea en legítima defensa, también según ellos mismos nos dicen en otros casos.