Décadas nos hemos pasado escuchando que la liberalización de los mercados era buena, justa y necesaria. Con esa idea se ha vendido cantidad de lo público a manos privadas que, todavía, no han demostrado que gestionen mejor ni de lejos. Con esa idea y en aras de la libre competencia, los sueldos han bajado, porque, claro, si nuestra mano de obra es muy cara nos quedamos fuera del mercado.
Ahora llega un tipo, del país que marcó la doctrina de la liberalización (guerras y muertes incluidas para ello) y habla de aranceles. Y no pasa nada, los tertulianos, analistas y políticos, ya no se acuerdan de todo aquello que justificaba cualquier cosa; había que hacer lo que fuera para mejorar la competencia.
Pero ¿qué es un arancel? Pues parece que un impuesto. Joder, pues no llevan los liberales años dándonos la turra con lo de bajar los impuestos y ¿ahora qué? ¿un arancel no influye en esa idea sagrada de competencia? Creo que sí, no me hagan mucho caso. Y ¿no juega el estado en los mismos un papel principal cuando la idea de la perfección es la retirada de estos de la economía? No sé, es todo muy confuso.
El delincuente al frente de la nación con el mayor ejército, simplemente está poniendo de relieve las grandes mentiras en las que está basado todo un entramado académico, político y económico por el que nos han obligado a regirnos, y justificado en su nombre las mayores atrocidades. Pero esto no está todavía en el debate. Esperaremos pacientemente al siguiente invento ideológico para esconder la insoportable explotación de otros humanos y los recursos, cuyo objetivo volverá a ser convencer de que repartir mejor y convivir en paz no es una opción.