A tenor del debate por el anuncio de prohibir redes sociales a menores de 16, alguien opinaba que era buenista mostrarse en contra o tener dudas. La cuestión no deja de ser curiosa pues, de repente, la derecha ha salido a defender la libertad de expresión contra los métodos censores que propone la izquierda.
Eso que llaman las “redes sociales” -sabemos- son empresas privadas en manos de personajes que no son precisamente democráticos, no por ser inmensamente ricos sino porque así lo atestiguan sus declaraciones y gestos públicos. Todo indica que sus “redes sociales” potencian sus propios sesgos político-económicos y hacen trampas favoreciendo un tipo de discursos. Fue esta mi experiencia antes de dejar de usarlas y es compartida por no pocos otros usuarios y usuarias.
Pero los sesgos claramente -también- antidemocráticos en periódicos y televisiones desde hace muchos años, no han servido para proponer su prohibición. Nadie se atrevería, de momento, porque mentir para dañar al oponente político se considera en la franja límite de la libertad de expresión y se confunde con la opinión. Hemos vivido muchos episodios, solo por recordar, aquella mentira sobre la financiación de un partido de izquierdas en el momento que podía batir récords de votos que, años después, ha acabado en una multita, si bien no se ha movido de su sitio a ninguno de los jefes de esos medios que fueron palante con ello. Eso, como tantos otros ejemplos, es influir en el sistema democrático. Si nos quisiéramos poner estupendos, cabría decir que hay películas y series, también españolas, que propagan ideologías de odio en su fondo, disfrazadas de tópicos y entretenimiento. Las letras profundamente machistas de un cantante se han convertido en símbolo de la resistencia latina. Y ¿qué? ¿Nos vamos a dedicar a prohibir todo lo que no encaje con nuestra forma de ver el mundo? Evidentemente no, ni de lejos, eso lo hace tradicionalmente la derecha y por eso hay raperos en la cárcel. No es el camino, como tampoco lo es prohibir las “redes sociales”.
Claro que eso que llaman la batalla cultural se puede perder frente al dinero, en realidad es lo que lleva décadas pasando o tal vez a lo largo de toda la historia. La cuestión es que, cuando todavía se bajaba a comprar el periódico al quiosco, no me imagino al adolescente que recién se estrena en sus inquietudes políticas subiendo a una casa de obreros con el ABC y unos churros el domingo por la mañana. Cuanto menos hubiera recibido una sanción mediante el humor familiar. Por distintos mecanismos ese joven sabía perfectamente lo que estaba comprando, lo que representa y a quién representa, era y es sabiduría popular. No veo la dificultad de lograr lo mismo con las redes sociales. Es posible avisar de que lo que se ve en las mismas es susceptible de contener mentiras e ideología de derechas en su mayor parte, para que quien las use esté convenientemente prevenido o prevenida y ponga su capa de duda y crítica ante lo que recibe, como si decide no usarlas, no se acaba el mundo. De pequeños, en mi casa e imagino que en muchas otras, se repetía, todo lo que ves en la tele es mentira, sin excepciones. El mundo quizás era entonces más sencillo, pero bastaba con que mi padre o madre se sentaran ante una película que no habían visto y contaran el final. No solían fallar aunque te fastidiaran la trama.
Las redes sociales en realidad son eso y no las aplicaciones on-line, y es lo que debemos cuidar. Cuando la clase trabajadora vota a la derecha, el problema no son las redes sociales on-line, lo siento, lo que fallan son las redes sociales, el único sistema de momento válido para que activemos nuestros mecanismos de defensa ante el discurso de ricos y poderosos que pretenden convencerte que sus intereses son los tuyos.