Tengo la sensación de que la mayoría de los analistatertulianos han sido escépticos con respecto a los resultados de la cumbre de la ONU en Sevilla. Supongo que muchas de las participantes en la misma también. Buena parte de la ciudadanía probablemente considere que son palabras que no irán a ningún lado.
El tema central ha sido la deuda. No pocos países emplean más recursos en pagarla que en inversiones o sus sistemas sociales. Desde ese punto, hablar de desarrollo es imposible. La cumbre, por tanto, tenía cierto interés, aunque los medios puede que se empeñaran en resaltar que EEUU ha suspendido sus programas de ayudas y ni estaba, ni firmó el documento final. Pero poco se ha tratado lo que supone un sistema mundial basado en el control por medio de la deuda; no escuché mencionar la posibilidad y consecuencias si esos países se negaran a pagarla.
Ya hemos vivido situaciones parecidas por ejemplo con Argentina o cuando el tema estuvo encima de la mesa para Grecia; a los dueños se les metió el ombligo para dentro cuando en referéndum el pueblo votó no, y luego fue traicionado. En España se mencionó la posibilidad, claro que por los muy radicales de la izquierda. Es un tema capital para el mundo que es mucho más que los ricos. La cumbre, quizás, era otro intento sosegado y multilateral de abordarlo a través de la ONU, con propuestas concretas que mezclan las necesidades de millones de personas y el planeta con no adoptar posturas de incalculables consecuencias. Convendría prestar más atención. No es bueno permitirse la soberbia de pensar que unos cuantos tienen la sartén por el mango y al resto no le queda otro remedio que obedecer o cumplir las sagradas leyes que les imponen. Ya lo oímos a diario en la publicidad para que no se nos olvide “un préstamo es un acuerdo vinculante y debe ser reembolsado”. Hoy por hoy esta idea es la cimentación de casi todo el edificio.
Desde hace por lo menos 20 años la deuda ha estado entrando y saliendo de las cumbres de la ONU y no se ha llegado, por motivos distintos, a mecanismos concretos, algún plan y poco más. Todo tiene un límite, imaginamos. Sin embargo, nuestros medios de masas generalistas se han centrado más en la ayuda al desarrollo, con una imagen de la misma basada en la caridad, la solidaridad, el reparto de alimentos o la creación de pozos de agua potable. Y el debate a ratos parecía centrarse en si disminuir o mantener dicha ayuda, porque no solo EEUU, otros países ricos la están recortando. España, en cambio, se compromete ahora a llegar al 0,7 para el 2030. Cincuenta años lleva ya sobre la mesa el 0,7, unos pocos países han llegado a esa cantidad, 5 ó 6 creo en el mundo. Nuestro compromiso es del 92, nunca lo hemos cumplido. El cachondeo es de tal magnitud que puedo entender que ni la ciudadanía ni sus tertulianos se tomen en serio estas cumbres y sus acuerdos. Hablar -como se ha hecho- de multilateralismo casi da risa.
La pregunta es muy seria. Por qué un país puede firmar y ratificar acuerdos internacionales y no cumplirlos y otros firmar un préstamo y no hacer lo mismo, no cumplirlo. Si podemos ser selectivos con nuestros compromisos, alguien podría concluir que podemos serlo con todos. Ayer, en el Congreso, casi no se trató el tema, cuando el pleno era para hablar de la cumbre y el aumento en el gasto en armas. Otra vez será.