Cada día encontramos más personas dispuestas a obligar a otras a vacunarse. Les parecería bien ya fuera una obligación directa, ya indirecta por medio de sanciones o prohibiciones. En algunos países cercanos, con menores porcentajes de vacunación, ya lo están haciendo. Aquí, es innegable la presión social que ejercemos, por un lado, con el argumento de que quienes no quieren son estúpidos o, por otro, insolidarios peligrosos para el colectivo. Antes de llegar a la coerción, quizás deberíamos intentar comprender los motivos de estas personas, que serán muy variados, pero parece que se apoyan en el miedo y la desconfianza.
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